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CULTURA
"Mafalda no me hizo rico"
Joaquín Lavado recuerda a su más famosa creación, Mafalda, e imagina cómo sería hoy. "¿Por qué no la retomo? No, el mundo ya no es igual ni yo tampoco".

EL MERCURIO | MARÍA CRISTINA JURADO

El argentino Joaquín Lavado, Quino, el papá y creador de Mafalda, el personaje de historieta más famoso de América Latina, ve florecer París.

Con su mujer de toda la vida, Alicia Colombo, celebra la primavera en la ciudad que más lo ha fascinado en sus 76 años. No por nada tiene allí su segunda casa, "una piecita de 40 metros cuadrados, de un ambiente", dice, en el boulevard Vincent Auriol, en el distrito 13, cerca de la Place d`Italie, un barrio de comerciantes y estudiantes, sencillo. Como él.

Pasa unos días difíciles: después de una vida dibujando con tinta china, sufre un edema de mácula en los ojos que no lo deja trabajar desde hace tres semanas. Paciente, espera el veredicto de sus oftalmólogos en Madrid y Buenos Aires. Sueña con volver a dibujar, admite a través del teléfono.

Quino rehúye las entrevistas. Pero los 45 años de la "pibita" que lo lanzó al estrellato en 1963, la sesuda e irreverente Mafalda, son motivo suficiente para que se decida a hablar.

Es parco y modesto y dispara directo al grano, igual que su célebre personaje de soquetes arremangados y desbocado verbo.

Acaba de lanzar su última creación, La aventura de comer, publicada en varios países de América Latina. En ella desmenuza, trincha y bate a nieve su visión de la comida, y la convierte en profundo hecho político. "La aventura de comer es una metáfora de una aventura mayor: la de vivir", explica.

Para este hijo de inmigrantes andaluces nacido en Mendoza, la vida entera es política. Por eso, desde Mafalda a su último libro, toda su producción tiene un trasfondo sociopolítico. Su arte ha consistido en encontrar el punto justo de unión con un poderoso sentido del humor que aligera y alegra.

"Se lo debo a mi abuela, que era muy comunista y repartía panfletos cuando otras bordaban, y a mis padres republicanos, que jamás aceptaron ninguna dictadura, menos la franquista. Mi casa fue un micromundo politizado y contestatario, pero siempre con sentido del humor, porque los andaluces nos reímos mucho. Somos alegres, tenemos el flamenco, y en mi familia eso existía también", recuerda.

Es libertario y extrañamente serio para ser un hombre que se ha jugado la vida entera por el humor. Tal vez porque a los 13 años perdió a su madre y a los 16, a su padre.

Se llevaba por cuatro y cinco años con sus hermanos mayores: "Por eso me acostumbré a jugar solito. Tomé la decisión de ser dibujante a los tres años y no quería ir al colegio. Me tuvieron que convencer, porque desde niño no soportaba ningún tipo de autoritarismo. En las clases descubrí que mi nombre era Joaquín y no Quino, como me decían todos".

A los 13 años entró a Bellas Artes, pero sólo se quedó dos años. Hoy se arrepiente. "Cometí un gran error. Pensaba que era inútil estudiar Geometría del Espacio, Perspectiva y Anatomía Humana, si lo que yo quería era hacer historietas. Después tuve que aprender lo mismo, mal y solo".

-¿Le costó dibujar a sus personajes?

-Esto es como aprender violín y piano, hay que empezar desde chiquito. Si hubiera terminado Bellas Artes me hubiese resultado más fácil, por ejemplo, hacer una cancha de fútbol.

-Además, quedó huérfano muy joven.

-He visto amigos de 60 perder a sus padres de 90 y es igual, el duelo nunca se termina. Nos quedamos los tres hermanos con tío Joaquín y tía Gioconda. Y, en cuanto pude, me fui a Buenos Aires.

FAMA TARDÍA. Solo al segundo viaje a la capital pudo publicar. "La fama me costó mucho y tardó. Fue con Mafalda que me hice más conocido, once años después de estar publicando mis historietas".

-Actualmente, ¿se arrepiente de haber dejado de dibujar a Mafalda?

-No, con los años se pierde espontaneidad y gracia. Uno se va volviendo más profundo y amargo, es lo que me ha pasado a mí. He perdido ilusiones en el mundo, porque éste está cada vez peor. Por ejemplo, la gran desilusión con las ideas políticas, que hoy a nadie le importan. Si yo hiciera a Mafalda ahora no sería igual.

-¿Pero conservaría su picardía?

-No creo. Hoy tengo 76 y yo la dibujaba a los 35, es mucho tiempo. La gente me pregunta ¿por qué no la retomo? Yo digo que no, que el mundo ya no es igual ni yo tampoco. Además, los niños de hoy manejan una cantidad de tecnología bárbara de la cual no tengo la menor idea. Es un mundo que se me escapa. Mafalda era una nena de los años 60.

-¿Cómo cree que sería Mafalda hoy?

-Pues más parecida a mis dibujos de humor actuales. Tal vez no se haría tan famosa, no lo sé. A mucha gente le pasa lo mismo que a mí con la tecnología. Cuando leo que hay un robot que es anestesista, se me paran los pelos. ¡Yo quiero que me anestesie una persona!

La "pibita" que cumple 45 años

Quino dice que Mafalda no lo ha hecho rico. "En comparación con Bill Gates, soy pobrísimo. Apenas me alcanza para viajar".

-¿A usted lo impresiona que intelectuales como Eco y Cortázar se hayan fascinado con Mafalda?

-No me importa mucho. Yo digo como Pirandello: una vez que la dibujé, ya no es mía.

-¿Lo emociona que siga tan famosa a los 45 años?

-Representó 10 años de trabajo en medio siglo. La gente me dice que me abrió puertas en lo mundial. Exageración: en África o Estados Unidos, a Mafalda no la conoce nadie.

-Pero está traducida a más de veinte idiomas…

-Siempre me he asombrado de que ella, que habla con modismos argentinos, sea capaz de hacerse entender en tantos países.

-¿Será mérito de su "pibita"?

-(Reflexiona). No tengo respuestas para ese enigma. Lo que pasa es que ella ha logrado mantenerse vigente a través de los años.

-Conserva sus características, mantiene su frescura.

-Nació así porque así era el momento histórico. No por nada pasaron Mayo del 68, Juan XXIII, el Che, el movimiento feminista, la píldora. Mafalda me salió espontánea, como todos mis dibujos. El resortito final, uno no sabe cómo se dispara, eso es espontáneo. El resto es pensar.

ORIGEN. Mafalda nació de un electrodoméstico. Se la encargaron a Quino en 1963 para promocionar la línea Mansfield, pero la campaña nunca se hizo. "Las 8 tiras que dibujé quedaron guardadas en un cajón. Hasta que al año siguiente, Julián Delgado, de Primera Plana, me pidió una historieta. Allí comenzó todo".

-¿Alicia Colombo, su mujer, nunca se puso celosa de Mafalda?

-No tuvo celos, pero sí se hartó de la presión que significaban las entregas diarias, igual que yo. Por eso también dejé de dibujarla.

-Ella era Raquel, la mamá, y usted el papá de Mafalda, ¿verdad?

-Quise hacerla en medio de una familia típica de clase media, que es lo que yo conocía. El papá era yo, pero las preguntas que ella se hacía eran las que yo me hacía.

-Sigue tan viva que cumple 45. ¿Le da vitalidad saber eso?

-Ya no me siento un hombre vital. Además del ojo, tengo otros problemas de salud. Pero no quiero echarme a descansar. Habrá que ver, porque una cosa es tomar la decisión uno y otra distinta es que la vida la tome. Me sigue gustando ensuciarme las manos con tinta y hacer monos en papel, ése es el placer. Me parece muy poco espontáneo lograr una línea en el teclado. Si no me siento frente al block con el lápiz, es muy raro que se me ocurra algo. A veces, frente al papel en blanco me baja la angustia.

-¿Por qué compró en París?

-¿Usted conoce París? -pregunta a modo de respuesta-. Ah, entonces me entiende, no tengo que explicarle nada.



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