CATERINA NOTARGIOVANNI
En los 23 años que llevan casados Claudio Santellanes y Sandra Parrella sólo convivieron siete años y medio bajo el mismo techo. No tuvieron fiesta de casamiento con la familia, les sobran los dedos de la mano para contar los cumpleaños que pasaron juntos y Claudio no logró llegar a tiempo para el nacimiento de su segundo hijo. ¿El motivo? Él se gana la vida trabajando como maquinista naval y vive embarcado un promedio de 8 meses al año. A pesar de la agobiante distancia, ambos han podido sortear los obstáculos, criar dos hijos y construir un vínculo de pareja que Sandra califica de modo contundente: "Somos dos almas gemelas".
¿Cómo se sostiene una relación en ese escenario? ¿Cómo se educa a la prole? ¿Cómo son las rutinas dentro del hogar? ¿Hay ventajas? Sandra (esposa de marino), Wendy Seltmann (azafata de Pluna) y Cecilia Rossello (casada con un capitán del Ejército en misión en el exterior) cuentan entretelones de sus vidas.
Wendy (34) y Francisco (43) -padres de Francesca (3) -, son una pareja con "los papeles dados vuelta", al decir de ella. Sucede que Wendy duerme fuera de casa unas 10 noches al mes y en su ausencia es Francisco quien se ocupa de la niña. "Concilié perfecto mi trabajo porque mi marido es un santo que se adapta y se encarga de la gorda", cuenta Wendy. Ellos esquivaron con éxito las inseguridades de las distancias y afirman estar agradecidos de poder ser una pareja "anti-rutina".
Lo mismo dice Cecilia Rossello (28) de su matrimonio con el capitán del Ejército Sergio Motta (34), actualmente asignado en una misión de paz en Congo, de seis meses de duración. "Extrañarnos nos fortaleció y nos unió como pareja, aunque al principio no me adaptaba", cuenta. Esta es la tercera misión de Sergio en el exterior desde que se casaron siete años atrás. Ambos quieren tener hijos, pero no mientras continúen los viajes: "Me tocó estar del lado de la hija y no queremos que nuestros chicos sufran eso de vivir extrañando al padre", señala a propósito de los viajes de su padre, coronel del Ejército actualmente en misión en la India.
DESPEGUE. Wendy Seltmann vuela en un régimen de 70 horas mensuales, con un mínimo de cuatro días libres seguidos al mes, más otros 10 días francos mensuales, así como un fin de semana obligatorio sin trabajar. En términos prácticos, ella puede estar 24 horas seguidas de servicio y hasta cuatro días fuera del país si le toca hacer la ruta de Madrid. Cuando ella se va, su marido toma el mando en el cuidado de la niña. La baña, le cocina, la lleva a la escuela, la peina, la viste y juega con ella.
"La gorda está tan acostumbrada a que duermo afuera que si se levanta de noche pide por el padre directamente", cuenta Wendy, quien considera que su situación es excepcional porque la mayoría de las azafatas tienen problemas para lidiar con la carrera y la maternidad, e incluso muchas debieron dejar de volar.
"Mi marido se da pila de maña y por eso me voy tranquila. Es más madre que yo. Hace mejor las cosas ... si hasta me indicaba cómo se cambian los pañales", dice sonriendo.
En los días francos los papeles se invierten y Wendy se convierte en una mamá full time. " Al principio me afectaba porque me siento como una madre un poco ausente, pero después me di cuenta que estoy más tiempo con ella que amigas que trabajan ocho horas. Tengo muchas actividades compartidas: la llevo a la escuela, la voy a buscar; y puedo estar todo el día con ella. Eso es mucho tiempo, fijate que 70 horas al mes afuera no es nada", acota.
Wendy se considera una mujer "súper casera", pero dice que cada tanto necesita desconectarse y tirarse a dormir en un hotel "sin que nadie me despierte". Que su marido tenga un trabajo independiente es vital en la dinámica de la dupla. De otro modo sería difícil conciliar el trabajo con la maternidad. "Para mi es un placer. Cuando Wendy no está hago todo y me vuelvo loco. Cuando regresa, descanso. En casa la actividad es muy unisex, no hay estereotipos de roles", dice Francisco.
La madre de Wendy trabajó 30 años en una compañía aérea y también tuvo que ausentarse de casa periódicamente. "Tenemos otra escuela, distinta a la época de mi madre. Entonces ella se iba y a nosotros nos mandaban con los abuelos porque mi padre no cambiaba ni un pañal", contrasta la azafata.
CONTRA VIENTO Y MAREA. "Soy marinero", le dijo Claudio Santellanes a Sandra Parrella la tarde que le presentó sus credenciales. Ella interpretó y aceptó; él le gustaba mucho y sólo eso le importaba. Entonces, dice, no terminó de comprender lo que eso significaba. "La primera vez que se fue me avisaron dos horas antes y para mi fue un shock. Sabía que se iría a navegar, pero nunca me imaginé que lo haría de un día para el otro", cuenta Sandra 23 años después. Desde ese día Claudio (maquinista naval con grado de Jefe de Máquinas) vivió en Uruguay un promedio de cuatro meses al año.
Sandra y Claudio se casaron en Valencia (España) porque él estaba embarcado. "Lo mío fue realmente atípico, una aventura. Me llamó y me fui. Tuve un lío con mi madre que no te imaginás. Además todo el mundo me daba para atrás, me hablaban de la trata de blancas y me decían que me casara por poder. Pero la verdad es que yo confiaba plenamente en él y estábamos muy enamorados", cuenta ella. Tampoco los compañeros de Claudio, los únicos invitados a la ceremonia, los animaban a dar el paso. "Le decían pensálo Claudio, pensálo", recuerda Sandra, "fue una tortura".
Dos años después llegó Darío, el primer hijo. "Claudio estuvo, y me ayudó con el parto. Para el nacimiento de Andrés llegó 12 días después". Los primeros ocho años, las tareas de la casa las hacía con la colaboración de su madre, abuela, suegra y cuñada. "Me dediqué a la casa y a los chiquilines porque sabiendo que el padre no iba a estar, si yo tampoco estaba se iban a criar muy solos".
Actualmente la comunicación con el padre es fácil gracias a la tecnología, pero durante años el único medio de estar conectados eran las cartas, los telegramas, las postales y los cassettes. "Nos sentábamos los tres a escucharlo", cuenta. No obstante, Sandra dice que Claudio no es un padre ausente "para nada". "Es un papá normal que tiene comunicación permanente con sus hijos. Llama siempre que puede, los rezonga y hasta hablan de fútbol", explica. Tal es así que aún desde la más absoluta distancia física, Claudio es el que pone los límites. "Su influencia es muy fuerte en los chiquilines", dice Sandra. "Tenés que conocer a mi padre para entender", acota Andrés (16), el hijo más chico. "Es un divino total", agrega ella. Mantenerse unidos no fue barato: "He pagado toda la vida una fortuna de Antel. Hoy pago $ 3.000, pero diez años atrás llegué a gastar U$S 200 por una llamada a Nigeria, por ejemplo", explica.
Los comienzos no fueron fáciles. "Nos costó mucho los 8 primeros años poder llegar a entendernos tan bien como ahora. Somos más que esposos, somos amigos. A partir de que lo logramos y unimos nuestras cabezas, llegamos a ser uno, y así formamos nuestra familia, en la que a pesar de que él no está, es como si estuviera", dice Sandra.
MISIÓN POSIBLE. Cuando Cecilia Rossello se casó con el capitán Sergio Motta tenía claro que él podría llegar a ausentarse por períodos prolongados. Ella es hija de un coronel y entiende lo importante que es para ellos irse de misión: "Si bien tenía experiencia como hija y sabía lo que me esperaba (mi padre se fue a Camboya cuando tenía 13 años y lo sufrí muchísimo) esta situación se vive diferente. Ahora estoy más acostumbrada, pero la primera vez lo extrañé horrible, no me adaptaba", comenta. Esa vez prefirió no ir al aeropuerto para no revivir la angustia que le producían las despedidas: "Fue como que se había ido a trabajar", recuerda.
Cecilia confiesa, sin embargo, que no hizo crisis y que eso se debe a la contención familiar y de la institución militar, que estaba todo el tiempo pendiente de su estado. Mientras él está ausente ella sigue con su vida, va al gimnasio, sale a cenar con amigas y se instala los fines de semana en casa de sus padres.
El plan del matrimonio es que los viajes se terminen: "Nosotros decidimos hacer esto antes de tener hijos porque a mi me tocó vivir la parte de hija y no queríamos que nuestros hijos sufran eso", dice.
VENTAJAS. Esas dinámicas familiares, como casi todo en la vida, tienen sus lados positivos. "La pareja se unió porque el hecho de extrañarnos nos fortaleció en seguridad y confianza. También ha habido casos en los que produjo todo lo contrario, pero en el nuestro y el de mis padres fue para bien", comenta la esposa del capitán del Ejército.
"Lo lindo son los reencuentros y el extrañarse. Le hace muy bien a la pareja porque cuando estoy lejos valoro mucho más lo que tengo. Sospecho que si yo tuviera otro trabajo, Francisco haría las cosas de cualquier padre normal y no disfrutaría tanto a la gorda", cuenta la azafata.
"Tenés tiempo para vos. Entro, salgo, voy, vengo, estudio, hago cursos… El hecho de extrañarse es positivo. Nos llevamos muy bien porque somos una pareja totalmente atípica en la que cada cual tiene sus espacios y no tenemos que vérnosla con el desgaste del día a día", ilustra la esposa del maquinista naval.
"Las ventajas son pocas pero a veces la distancia ayuda a pensar y dimensionar los problemas. La desventaja mayor es que no podés solucionar los problemas cuando surgen", comenta Claudio desde un buque ubicado en aguas venezolanas.
"Siempre les digo a los dos: a ustedes los ayuda como pareja el no tener que bancarse", acota Andrés, el hijo más chico.
Dicen que la distancia es una prueba de fuego que puede destruir o afianzar vínculos. Aunque no exentos de angustias, todas estas parejas han podido consolidarse en un escenario, a priori, desfavorecedor. En un contexto de divorcios y separaciones crecientes, es inevitable preguntarse cuál es la mejor estrategia para resistir las embestidas de la rutina. Por lo visto, buscar un trabajo fuera puede ser una opción a tener en cuenta.
Lo duro es despedirse
El momento de separarse es, según todos, el más crítico ya que por más que en estos casos decir adiós por un tiempo es habitual, resulta difícil acostumbrarse.
Sandra y sus hijos hace tiempo que desistieron de ir al aeropuerto a despedir a Claudio porque todos sufrían mucho: "Era mortal, los chiquilines venían llorando y Claudio se quedaba hecho paté… entonces dijo: no me acompañan más. Decidimos que la despedida la hacíamos en casa y él se iba en un taxi como si saliera a trabajar a la esquina", recuerda Sandra.
Idéntica decisión tomó Cecilia la primera vez que su marido se fue en misión al exterior. Tenía muy presente las angustias de aeropuerto vividas cuando su padre (también militar) se iba y prefirió despedirlo en casa.
"El día que te vas es crítico, pero ya estoy acostumbrada", dice Wendy Seltmann. Su trabajo le exige salir de casa a las horas más raras, como las dos o tres de la mañana. Hacer una despedida formal implicaría que la niña tenga que cambiar sus rutinas todas las semanas. "A veces me tiento con no mandarla a la escuela para que pueda estar conmigo, pero después digo no, yo me voy a seguir yendo por muchos años y no es bueno cambiarle así las rutinas", dice.
La ausencia forma parte de las reglas de juego"
El psicólogo Álvaro Alcuri -que ha tenido entre sus pacientes a miembros de familias de estas características- dice que el denominador común es que esta situación viene planteada desde el principio de la relación y forma parte de las reglas del juego.
"No se trata de un cambio de esas reglas. Ese es uno de los ingredientes que veo, que las parejas lo toman con naturalidad. Por eso esto no es ni siquiera motivo de consulta. Generalmente cuando sí vemos un cambio en las reglas la pareja sufre muchísima tensión y puede incluso llegar a un quiebre", explica.
"En estas familias los hijos también asumen que esto es así: saben que papá no está por meses, saben que cuando papá está les presta más atención, que dispone de dinero. Es recibido en la familia como una persona importante, se lo valora por eso y no se le reprocha nada cuando se va. Eso no quiere decir que, posteriormente, el niño no se dé cuenta de que hubiera necesitado más la presencia del padre", agrega.
Alcuri observa que todas estas familias disponen de "contrapesos", de ayudas de otros miembros. "Hay entornos facilitadores y otros contradictorios con las decisiones que toma la pareja. Esto es muy importante. En general las familias que resisten y que se constituyen desde el primer momento con actividades profesionales de este tipo, están diseñadas para sostener la actividad de la persona que se va a trabajar afuera", afirma el psicólogo.
Para el especialista, la presencia de los padres siempre es importante, aunque hay edades en las que es más sustituible que en otras. "Sin duda que en los primeros tres o cuatros años del desarrollo del niño la presencia de la madre es insustituible. Generalmente en esas familias el que está ausente es el papá y éste no es insustituible. La ausencia del padre es un clásico de la historia de la humanidad. Se pasaron guerras, epidemias, migraciones y siempre hubo hombres que se iban de la casa a trabajar o a pelear la guerra y no volvían. Pero ojo, un padre ausente no es solamente el tipo que se va cuatro meses al exterior, hay padres ausentes que están todo el día en la casa papando moscas frente al televisor", sentencia.