El sábado próximo, editorial Planeta lanza el nuevo libro de Mercedes Vigil, titulado Tiempos modernos, sobre la vida y acción de uno de los personajes más controvertidos de la historia nacional: el militar y político Venancio Flores, quien fue presidente del Uruguay en dos períodos del siglo XIX (1853-1855 y 1865-1868). A continuación, un adelanto de la novela.
"Aquí me tienen, sentada viendo pasar las cosechas con pasmosa mansedumbre, en esta villa que ya no es la misma de antes. Las calles van cambiando con tal soltura que cada vez me cuesta más desampararme de estos muros que han visto desfilar la vida de los Flores, y arrimada a la de ellos, la mía.
Ya estoy añosa y escaso me mando por el caserío de la gente de color bajo, como nos dicen por aquí, en donde las cosas se van trenzando y hasta en los festejos de San Baltasar van dando flor unos mocitos a los que llaman lubolos, remedando al negro, como si se enlazara con tinte y brillo el soplo de nuestra ralea africana.
Casi no van quedando negros bozales, aquellos que llegaron en los barcos cargando la memoria viva, y eso nos trenza las mentas del otro lado del mar.
Tampoco me gusta mandarme por la escuela de la calle Piedad; desde que se fue Don Bonifaz (Juan Manuel Bonifaz: (1805-1886) Maestro español que instauró un sistema de enseñanza en verso, precursor de la educación a pardos y negros en nuestro país) se han avecinado maestros de otros lados y ya nada es parejo.
Ahora me contento con ojear de lejos la corraliza en donde enseñaba a los mocosos a arrimar el chito y se me arrugan las tripas.
Por estas calles de San Felipe y Santiago nos va tocando la modernidad, como les gusta decir a los doctorcitos, y van brotando casas chatas con techos torcidos de pierna de negro.
Ahora las hacen cajetillas, con doble piso y azotea alzada, lo que según veo le está volteando el tinte a aquella villa blanca y chata que brotaba a las vistas del viajero cuando ojeaba desde cubierta la aldea a la que venía a aquerenciar los sueños.
Razono que con el nuevo empedrado las calles van hermoseando, aunque al llegar los aguaceros sigue embarrándose todo como cuando yo era moza. No bien se alza la ventisca, vuelven a quedar callejas oscuras como bocas de lobo, por más que hablen que han alumbrado San Felipe con las mejores bujías a querosén.
En derredor se están montando conejeras de café, truco y billar, espeso para mi gusto, a donde van los varones a cebar ocios y, cuándo no, a armar trifulcas.
Cada día que desfila van quedando menos cardizales por estos lados para secar los cueros bajo la solana, lo que nos está haciendo zánganos.
Cuando yo era moza, mañaneábamos antes que el sol y luego de rezar el rosario del amo, que lerdo fue prendiendo en mi raza, engullíamos y picábamos a trajinar, sólo frenando a holgar un rato cuando el patrón lo amparaba.
Pasábamos con el lomo torcido hasta que brotaban las estrellas y se nos despachaba a las barracas, embuchábamos lo que había y cuando sonaba "el silencio", nos volteábamos en los jergones, luego de rezar a la maña del blanco, pero sin arrinconar a los originales para que no nos desatendieran.
Cuando había algún finado, nos mandábamos a los montes a rebuscar bajo la luz de la luna algún árbol viejo para sujetar su almita, no fuera cosa que estando tan lejos de sus tierras, el pobre atocinado no diera vistas de cómo conversar con Kalunga (es a la vez a donde van los espíritus, su origen y su Dios. Es el mar primitivo, el origen de todo), y eso era asunto cardinal.
Pero es positivo que me gusta la vida en la capital, y este fondeadero es como un don para mí; cada día tropiezo con algo o alguien que me pasma, no como en campaña, que una se podía estar añadas viendo las mismas jetas.
Venirme a San Felipe, o como es derecho decir ahora, a Montevideo, con Misia Mariquita, fue lo más jugoso que me ha pasado, aquí he sido li-bre, o todo lo libre que puede ser una polla benguela escupida de la panza de un buque casi como de milagro.
Debe de ser por eso que me embelesa el canto; ésa era la maña para zafar de aquellos barcos roñosos y cachazudos, que podían estarse quietos días enteros en la pachorra de los mares, o zarandearse como diablos en los vendavales.
Y así llegué yo, arrastrada por mi taita cada vez que la roña amontonada en la bodega amagaba con taparme la boca, en esas letrinas en las que estuvimos meses agarrotados en los pañoles mugrosos y, pese al hambre, el ardor y la sed, no palmamos como tantos.
Llegábamos sólo con nuestras mentas, canturreábamos a sol y luna para orillar a los desgraciados que se abichaban a nuestro lado y rogar a los originales que nos socorrieran. Y por más que era cosa espinosa que en mitad del gran mar nos echaran una ayuda, los negros siempre afinábamos el canto, por si algún original nos daba la gracia de rebotarnos a casa.
Ahora, la villa no es la misma que en aquellas cosechas; está muy tristona y cada vez es más peliagudo orejear rondas de negros suplicando a sus santos en mitad de la noche, como si al gotear el tiempo fuera tragándose la memoria y nos trenzara el pelaje.
Tampoco la casa de los Flores es la misma.Todos se han ido y nos hemos quedado solitas, solitas yo y mi patrona Misia Mariquita. Si Don Venancio estuviera se encresparía ojeando estos muros lamidos por la humedad, que ya de tanto chorrear se fue acollarando en los recovecos, aliños y colgaduras como si anidase desde siempre allí.
Porque tengan cierto que cuando mi amito se cabreaba, ni el Altísimo le sujetaba el desborde, y sólo yo sé cómo se nos trenzaban las tripas al verlo tan fiero.
Pero ya no tengo bríos para airear las manchas que la ventisca del fondeadero se emperra en dejar cuando se escurre agosto. Tampoco Misia Mariquita tiene aliento ni vistas para darse cuenta de que los años se van colgando en los escondrijos, y tan poco ojea que ahorita soy yo quien lee, aunque me salteo algún asunto, como para que no se ponga más tristona de lo que está.
Ya no soy tan avispada como cuando amparaba a Don Bonifaz en la escuela. Es que mis vistas están gastadas de tanto vivir, pero hago lo que puedo y razono que él estaría azucarado de que empollé bien de sus enseñanzas.
Él fue el primero en alumbrarse que los negros debíamos ser leídos, y no bien escurrió la Guerra Grande, agenció una escuela para mozos pardos y negros, en donde los capitaneaba a ser cristianos de bien.
Estoy añosa, aunque mis hebras siguen negras como tizón, y razono que los saberes mismos no nos abonanzan, pero nos amparan a ser parejos y achicar diferencias de abajo para arriba. Y la cosa es tan verdadera que están apareciendo negros muy sabihondos y hasta para sentarse en el Cabildo estuvo sonando un tal José Rodríguez (José María Rodríguez: Primer candidato al Parlamento nacional de raza negra, postulado por la comunidad negra ante la tildada indiferencia de los partidos blanco y colorado para con los afrodescendientes).
Quiera el Altísimo que al fin se nos haga justicia, aunque por allí algún pitucón se esté burlando del varón, y mucho refunfuñe contra las sociedades de negros que van brotando.
También estamos viendo mucha cháchara en contra de La Conservación (diario editado por afrodescendientes en la década del 60 del siglo XIX), pero el asunto es que nuestro boletín sigue campante por las calles de la villa.
Bonifaz decía que una debía ser aprovechada, que había que leer para tallar el mundo, porque un pueblo educado era un pueblo libre, por eso aguijoneaba a Misia Teresita para que me apurara con las letrillas y ella le hizo comulgue.
Hasta en sus días más enclenques me acollaraba a su catre y hacía que ojeara las novedades, cosa que le gratifico porque ahora que estoy vieja, recojo en mi sesera lo que escurrió en una vida y al final de cuentas, es lo más cardinal que tenemos.
Cuando me acerqué a Bonifaz estaba en la Unión con un montón de mocosos que había ido juntando durante la guerra y es verdadero que para haber sido el segundón de un Conde, el varón se las arreglaba bien en aquella covacha destartalada que algunos llamaban escuela.
Pero no crean que la Unión estaba tan chaucha como ahora, que ha entrado la usanza de mandarse para el casco viejo.
Lueguito de la Guerra Grande, en aquellos lugares había mucha cantinela y se levantaron casas de formación llenas de maestros gringos. También se armó un gran salón con libros y boletines, a donde a Misia le gustaba ir a buscar novedades, y alguna botica con ungüentos y tónicos que a una la dejaban pasmada.
Otro asunto que movía a mucho cristiano a la Unión eran las Corridas de Toros y los reñideros de gallos, asunto que a mí me enfriaba las tripas, aunque había quien se mandaba tempranito a esas pistas y no se regresaba hasta que salía el lucero.
Lo que sí me gustaba ojear eran los juegos de bochas que se armaban pegados a las pulperías; allí sí había jarana y una se entretenía de lo lindo, pero como les dije, hace una añada que los comerciantes se han ido y es una tristeza ver aquellas tiendas, almacenes, fraguas y jaboneras desamparadas.
Por más que han empedrado la vía y hasta allí llegan los gringos con sus tranvías, el asunto no tiene levante.
Pero rebotando a Don Bonifaz, les contaba que empolló esa maña de enseñar con versos en la mismísima corte de la Reina Isabel, y en estos lugares eso fue toda una novedad.
Cuando se mandó a capitanear la escuela de la calle Piedad, por empeño de la autoridad, Misia Teresita le dijo que yo era una negra aprovechada para rodear mocosos, y le porfiaba a mi amita para que dejara a la portuguesa moviendo los carbones, porque en nada rendía yo pegada a la mesa del aplanchadero, alisando lienzos mientras podía arrimarme a Bonifaz.
En esta casa se le tenía gran querencia y cuando se puso viejo, mi patrona fundó que era una penalidad, que debía haber formado a otros maestros ..."
Fragmento del primer capítulo, titulado "Negros bozales", agosto de 1872.
Historias de novela
Con Tiempos Violentos, Mercedes Vigil se centra en la vida del militar y político Venancio Flores. El libro es narrado por una esclava negra que llegó a Trinidad por el año 1810 y muere en Montevideo en 1872.
Por eso, además de contar la historia del Uruguay a través de la familia Flores, el texto se sumerge en la situación de los negros, cómo van llegando en las panzas de los buques a principios del 1800, y qué sucede con ellos.
La autora ha aclarado que no se trata de una reivindicación de la figura de Flores, pero que en su investigación descubrió que mucho de lo que se dice sobre este personaje es más leyenda que real.
La trayectoria de la escritora y poeta uruguaya Mercedes Vigil ha tenido lugar básicamente a través de la novela histórica. Su primer libro fue, en 2000, Una mujer inconveniente, que cuenta la vida de Irma Avegno, una de las mujeres más controvertidas del 900, y se convirtió en la novela más vendida de ese año.
Desde entonces, todos sus textos transitan las biografías y hechos reales pasados: El alquimista de la Rambla Wilson (con la historia de Humberto Pittamiglio), El coronel sin espejos, Matilde, la mujer de Batlle (narra la relación entre Matilde Pacheco y José Batlle y Ordóñez), El mago de Toledo: los hijos de las tinieblas (obra con la que se lanzó a la novela histórica internacional, que transcurre desde la Edad Media hasta el siglo XXI en Toledo y Praga) , Cuando sopla el Hamsin, Crónicas del 900, entre otros.
También ha incursionado en la literatura infantil, por ejemplo con Las aventuras de Bertoldo y Eulalio.