FACUNDO PONCE DE LEÓN
No hay estación en que no se converse sobre si preferimos el calor o el frío y siempre las opiniones están divididas entre los amantes del sol y los enamorados de la estufa.
En el fondo todos comprendemos que ambos tienen su encanto pero de lo que se trata es de saber a cuál le damos el primer puesto. Por detrás de esta cotidiana conversación que alguna vez hemos entablado podemos encontrar dos formas distintas de encarar las estaciones.
El calor nos lanza al mundo mientras que el invierno nos saca de él.
Cuando estamos en verano nos sentimos a gusto saliendo de los lugares cerrados, es al aire libre y en el agua donde mejor se soportan las altas temperaturas. Por el contrario, en el invierno el refugio privilegiado es el hogar y el abrigo.
En el verano vamos a la Naturaleza tal cual es; la playa está ahí independientemente de que nosotros juguemos en ella. Los que tienen o van a una piscina buscan imitar justamente esto, un lugar que está afuera a la espera de ser disfrutado. Los bares sacan sus mesas a la calle porque por ahí pasa el viento que sin pedirnos permiso nos refresca y nos regala la brisa ideal para contemplar la noche estrellada. Y esta condición mundana del verano trae aparejada otra cuestión que hace a nuestra condición humana: el movimiento, el viaje, la aventura.
Como el calor nos pesa estamos obligados a ir más livianos y esa liviandad no sólo se refleja en que usamos poca ropa sino que ésta tiene colores más vivos que en invierno. Rojos, amarillos, anaranjados, verdes y azules; con el calor llega el color.
Pero además de estar livianos por llevar menos ropa, el verano hace que estemos más flojos, más sueltos, las estructuras que se endurecieron durante el invierno se ablandan.
Y nos movemos, salimos de nuestro hábitat de todo el año, viajamos. Vamos más a las playas, visitamos más amigos, nos damos la oportunidad de conocer nuevos lugares y nuevas personas. Andamos descalzos.
Es por esta cuestión aventurera que en el verano florecen nuevas amistades, la gente se enamora, se conoce más, habla de cosas que con el invierno son más difíciles de conversar, se atreve a darse cambios en la rutina.
En este sentido se entiende perfectamente la noticia que se publica hoy sobre el auge del balneario Las Cañas, en el departamento de Fray Bentos, cerca de la famosa planta de celulosa Botnia.
Hay personas de todo el mundo que emprenden el viaje para pasar ahí algunos días. Uruguayos, argentinos, pero también noruegos, suecos y dinamarqueses se están encontrando en el lugar atraídos por la aventura de un verano distinto.
Claro que el afluente de veraneantes disminuyó a raíz de todo el conflicto, pero lo interesante de la noticia es que lo que se está generando son nuevos turistas, personas que antes ni sabían que existía Las Cañas y hoy se van a pasar unos días allí para ver cómo es estar cerca de la zona que fue centro de noticias durante los últimos meses.
Tomarse el verano con esa dosis de aventura es la mejor manera de enfrentarse al calor sofocante.
Salir del barrio, aunque más no sea para ir caminando hasta un lugar nuevo y conocer a alguien, andar por la vereda saludando a los vecinos y comentando los planes para el nuevo año es estar viviendo el verano como se debe vivir, al aire libre.
Ya vendrá luego el momento de replegarse en el hogar y cobijarse con su calor mientras recordamos todas las cosas que nos pasaron en los días soleados.