DANIEL RODRÍGUEZ OTEIZA
Las serpenteantes calles de la ciudad vieja de Jerusalén son escenario diario del impacto de la vida moderna en un ámbito de historia milenaria. Musulmanes, judíos y cristianos tienen armoniosa convivencia.
Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella. Lucas 19:41
La fe mueve multitudes. Las sinuosas calles de la ciudad antigua de Jerusalén, una urbe con 4.000 años de historia -fue destruida y reconstruida varias veces a lo largo de los siglos y permanece como elemento testimonial que estremece, de hechos y milagros que vienen desde el fondo de los tiempos y donde se siente el impulso renovador de la fe a cada paso- atraen todos los días a millares de peregrinos, visitantes y turistas que llegan desde lejanos y contrastantes lugares, de sociedades con costumbres y tradiciones diferentes, que se expresan en un abanico de idiomas, pero que, más allá de las diferencias de credo, -son cristianos, judíos y musulmanes- están impulsados por una fuerza espiritual común. En el subyugante ámbito del añoso casco, delimitado por muros de casi seis kilómetros, y donde cada piedra, como si fuera parte de un rompecabezas armado a la perfección, contribuye a relatar los capítulos de una historia asombrosa, pero real, las legiones de viajeros que proceden de sitios tan distantes entre sí como Montevideo y Tokio, o Los Ángeles y Varsovia, completan la dimensión temporal de la ciudad, porque con sus jeans, buzos, camisas y camperas de notorios diseñadores y marcas, cámaras digitales y celulares, al igual que los vehículos último modelo que con frecuencia incursionan por las estrechas calles y obligan a los peatones a hacerse a un lado para no ser atropellados, son los que dan testimonio en las callejuelas, colinas, valles y templos, que la historia de la humanidad ha llegado al siglo XXI imbuida del mismo conjunto de creencias que impregnan los lugares sagrados.
El enjambre formado por innumerables nacionalidades y razas, que descubre en cada rincón un motivo de emoción e inspiración, también queda incorporado a la evolución y vivencias de Jerusalén, porque la ciudad es un imán irresistible y su realidad presente sigue extendiendo el hilo conductor de un proceso histórico en permanente evolución.
La ciudad fue escenario milenario de hechos dramáticos y milagrosos, de situaciones violentas, tumultuosas y sangrientas, de períodos pacíficos y armoniosos, de construcción y destrucción, de persecución e iniquidad, pero también de pasión, devoción y fe. Al internarse por las serpenteantes arterias, colmadas de lugareños y extraños, se advierte en obras monumentales y en sutiles detalles, que por allí pasaron -y dejaron su huella- cristianos, judíos, musulmanes, egipcios, babilonios, griegos, romanos, persas, mamelucos y turcos, en alucinante sucesión que fue transformando las características físicas y significado del lugar.
La realidad actual muestra otros parámetros. Hay diferencias conceptuales, de credo, convicciones y enfoques, pero en el ajetreo cotidiano imperan las armoniosas relaciones y la tolerancia entre quienes tienen en la maravillosa ciudad su lugar de residencia y su medio de vida. Está reunificada bajo jurisdicción de Israel -el sector oriental fue tomado por las fuerzas de ese país en 1967, en la Guerra de los Seis Días, después que el bombardeo jordano hizo peligrar a los lugares sagrados- y si bien a algunos países puede no gustarle esa realidad, lo cierto es que existe absoluta libertad de culto, de pensamiento y de movimiento, así como de comercio, porque por más que hay cuatro barrios delimitados por denominaciones antiguas -el musulmán, el judío, el cristiano y el armenio- la línea divisoria entre cada uno es imperceptible, con excepción del aspecto físico, idioma y hábitos de sus pobladores. No existe tensión ni rispidez, sino respeto por la individualidad y características de los habitantes y visitantes. Por lo menos, es lo que puede observar y sentir un extranjero al incursionar en la vida diaria entre los ciudadanos comunes. Ese espíritu de convivencia también está presente en las áreas más nuevas de Jerusalén, entre judíos y árabes, en el quehacer de todos los días, Los más memoriosos aseguran que en otros tiempos los problemas de relación entre las comunidades eran cuestión frecuente. Pero, eso ha quedado en el pasado. A nivel político, la situación es diferente y mucho más compleja, como quedó en evidencia en la sesión del Knesset (Parlamento) conmemorativa de los 60 años de la aprobación por Naciones Unidas del plan de partición de Palestina, que fue boicoteada por los legisladores de origen árabe.
PANORAMA. La diversidad está a cada paso, en cada nombre y en cada hecho de la vida cotidiana. Y, también pautando cada etapa de la rica historia. Para empezar, la ciudad tiene tres denominaciones. Los musulmanes la llaman El Kuds, los judíos Yerushalim -afirman con orgullo que es su capital desde que el Rey David así la proclamó en el año 1.000 AC- y los cristianos Jerusalén. Se hablan tres idiomas: hebreo, árabe e inglés. Los dos primeros, son lenguas oficiales y el tercero es la manera de comunicarse con los peregrinos, visitantes y turistas que invaden la ciudad sagrada, así como de hacer negocios con ellos. Se oye hablar en español, aunque en general es sólo en los grupos de peregrinos y visitantes, ya que muy pocos lugareños conocen ese idioma. Cuando mucho, para querer ser grato con un cliente, algunos de los comerciantes, tanto en el barrio judío como el árabe, expresan pocas palabras básicas en español, como puede ser el saludo y agradecimiento. Entre la multitud de visitantes predomina el inglés -llegan numerosos contingentes de estadounidenses y británicos- pero también se destacan el francés, el italiano, el polaco y otros idiomas de Europa Oriental, donde el fervor religioso nunca pudo ser apagado por los regímenes marxistas y resurgió con vigor cuando esos países volvieron a vivir en libertad, a fines de la década de los `80.
En el área antigua de Jerusalén, las transacciones comerciales se hacen en dos monedas: dólares y euros. El shekel, signo monetario de Israel, es aceptado con renuencia y como último recurso si el comerciante, dueño de una tienda o bar, se convence que el cliente sólo tiene billetes de esa moneda. "Esta es una ciudad con gente de todo el mundo", apuntó Isaac, propietario de un comercio del barrio judío. "Entonces hay que usar las dos grandes monedas internacionales. Es lo más práctico".
Entre la parte antigua y la nueva, Jerusalén tiene más de 700.000 habitantes. En la Ciudad Vieja, basta mirar los magníficos templos -mezquitas, iglesias y sinagogas- y otros lugares sagrados, y los atuendos típicos de los habitantes para alejar toda duda respecto de cuáles son los credos religiosos que predominan.
Cada uno tiene una zona definida por los templos que están inscriptos en la evolución de la historia de las religiones. Sin pretender mencionar todos los templos, algunos ejemplos son ilustrativos.
La mezquita de Al Aqsa, con su cúpula negra, congrega a millares de musulmanes y es punto de referencia y devoción de estos, como puede apreciarse en las distintas horas dedicadas a las oraciones.
El Muro de los Lamentos es el mayor símbolo de la fe judía y motivo de peregrinación de esa colectividad desde diferentes lugares del mundo. No bien se dialoga con cualquiera de las personas que están en el barrio judío de Jerusalén -esto también se hace extensivo a los habitantes del resto de Israel- surge con inocultable emoción la referencia al día de junio de 1967, en la Guerra de los Seis Días, cuando los primeros soldados israelíes llegaron al Muro de los Lamentos y reunificaron la ciudad eterna.
Los cristianos encuentran en Jerusalén numerosos lugares que conmueven y suscitan la reflexión. Son las 14 estaciones del doloroso y desgarrador trayecto que recorrió Jesús, desde el Pretorio hasta el Santo Sepulcro, además de otras iglesias.
En cada jornada, los devotos de las tres religiones son los grandes protagonistas de la vida de Jerusalén, junto con los habitantes que recorren la ciudad en el desempeño de sus actividades. Cada uno reza en el lugar apropiado a su credo sin interferir con el resto.
PARA TODOS. "Esto es Jerusalén. Usted no es de aquí. Por la manera como habla, se ve que usted es de Estados Unidos. No importa de donde venga: no va a tener problemas con nadie porque aquí, recibimos a todo el mundo", comentó a El País, Ahmed -sólo se identifica así, por su nombre, como lo hace la mayoría de los lugareños, sean árabes o judíos, y resulta imposible saber si es su verdadera identidad- propietario de uno de los cientos de locales comerciales que ofrecen abrumadora variedad de artículos, pese a la escasa área de los mismos. En su caso, se especializa en ropa y algún recuerdo de mediano precio. "Aquí puede andar por todos lados e ir al templo que prefiera. Nadie le va a preguntar por su fe", dice con convicción para darle tranquilidad al visitante. "Eso sí: tiene que respetar los ritos y lugares de cada religión".
Comentarios de similar tenor se expresan en el barrio judío, un área que ha estado en proceso de reconstrucción después de los daños causados en los tiempos en que fue tomado por la Legión jordana. Después de la Guerra de los Seis Días, expertos de Israel realizaron cuidadosos estudios y trabajos arqueológicos y de restauración. Sus calles y viviendas fueron reconstruidas. Al recorrer la zona e ingresar a locales comerciales, pueden verse los detalles de esa labor restauradora realizada siguiendo fielmente las características arquitectónicas de origen.
"No va a encontrar otra ciudad en el mundo como ésta", indicó un comerciante que se identificó solamente como Ehud, porque aclaró que para un extranjero es más fácil pronunciar los nombres que los apellidos. "Aquí usted puede rezar, meditar, caminar por donde prefiera, disfrutar de los lugares históricos y comprar algún recuerdo. Es cierto que hay demasiada gente en calles tan chicas, pero no se deje impresionar por eso. Se hace un tanto difícil caminar. Tenga paciencia. Verá que se va a sentir muy bien".
La magia de un mercado "de palabra"
Algunos sólo comercializan ropa y otros se dedican a la venta de hermosas artesanías de plata, bronce o madera tallada, joyas, libros y publicaciones especiales sobre Jerusalén, objetos religiosos y también, cuanto bien se pueda imaginar, desde ropa para distintas ocasiones y juguetes, hasta vajilla y alfombras. Los comerciantes tienen la habilidad de aprovechar al máximo cada centímetro de locales de reducida área. Todo se vende sin boleta, "en negro" o como prefieren decir los dueños de comercios: "de palabra".
El espíritu de convivencia sin rispidez combinado con el sentido de oportunidad para lograr buenos ingresos, queda en evidencia en el eclecticismo con que encaran su negocio. Algunos, como es el caso de Mahmoud, dicen que no hay que buscar explicaciones profundas y que "el asunto es vender. Este es un lugar visitado por gente de todo el mundo. Por eso, hay que ofrecer de todo. Usted vea, pregunte, pida y se lo vendemos. Así de sencillo".
Y, así de curioso. En un local que tiene las estanterías desbordantes de buzos y camisetas con ingeniosas inscripciones que son, entre sí, absolutamente contradictorias y pintan los mundos contrastantes que conviven en Jerusalén, el encargado, Habib, imprime al instante cualquiera de las decenas de modelos en exhibición. Vende camisetas que proclaman "¡Los palestinos venceremos!", "¡Viva Palestina libre!", "Esta tierra es de árabes y palestinos", y un modelo risueño que muestra un camello sonriente y de vivaces ojos bajo la inscripción "Remises del desierto". En anaqueles ubicados a pocos centímetros, ofrece modelos que anuncian a todo color "¡Soy el Súperjudío!" con una "S" al estilo del logo de Superman e "Israel nunca se rinde", junto con uno muy sobrio -gris con leyenda en letras negras- que tiene la inscripción "Fuerzas Armadas de Israel. Servicio de Inteligencia" complementada por esta confesión: "Mi misión es tan secreta que no sé lo que hago".
Hay que regatear, negociar, dar respuesta negativa y amagar salir del local porque un precio -siempre en dólares o euros- puede reducirse 60% en un par de minutos. Es la magia del mercado. Por lo menos, del mercado milenario.
En 300 metros pueden recorrerse 2.500 años de historia
A primera vista, el ajetreo en las sinuosas calles hace pensar que es imposible encontrar los lugares del dolor que recorrió Jesús desde el Pretorio hasta su crucifixión, sepultura y resurrección. Si una persona intenta, por su cuenta, descubrir las estaciones que recuerdan cada episodio del Vía Crucis, se embarcará en una misión, quizás no imposible, pero sí muy difícil. Jerusalén es una urbe milenaria, que tiene el movimiento de una moderna peatonal por la que transita un caudaloso río humano en las actividades diarias o en la tarea de realizar las compras para el hogar. La primera impresión que se recoge es de irreverencia y desdén porque se ve a innumerables habitantes pasar por las vías sagradas sin detenerse, sosteniendo animadas conversaciones, pensando en las preocupaciones y labor del día, sin reparar en el entorno ni pensar en el significado que esos lugares tienen para millones de personas. Las escenas son características de un barrio densamente poblado de una gran ciudad. Hay comercios de todo tipo -desde farmacias y peluquerías hasta locales que venden ropa, artesanías, joyas, libros y recuerdos- chicos que juegan al fútbol y vendedores callejeros. El apoyo de un guía es decisivo para poder ubicar las nueve (de catorce) estaciones del desgarrador recorrido que hizo Jesús llevando la cruz, que están al aire libre.
A medida que se analiza el agitado panorama, se advierte que si bien la ciudad es milenaria y tiene una fuerte carga de historia en cada una de sus piedras, el tramo al descubierto donde ocurrió el Vía Crucis sufre el impacto de la vida moderna con toda la carga que ello implica. En el frontispicio de esa parte de Jerusalén está representada una era distante en el tiempo pero cercana al corazón y fe de millones de cristianos, mientras en el palpitar callejero actual surge la realidad de otro tiempo con su ritmo y exigencias propias.
Cuando un grupo de extranjeros se detiene frente a cada estación, los lugareños siguen su rumbo, pero sin interponerse ni interferir. En cada lugar del Vía Crucis señalado por un número romano, es posible apartar y abstraer el espíritu de todo lo terreno que puede impedir la meditación y la reflexión. Es la renovación de la fe.
Así es el alma de Jerusalén, donde en una de las vías de salida se recorren 2.500 años en menos de 300 metros, desde los restos milenarios de un templo y viviendas y un tramo de una calle romana hasta llegar el siglo XXI. Todo lo que allí ocurre es único en el mundo.