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Violencia encañona a víctimas de por vida
Delitos dejan profundas secuelas en los agredidos y Estado da pocas respuestas de atención. Problema se agrava por la agresividad en aumento de los ilícitos; crece el miedo y los riesgos de enfermar

MIGUEL BARDESIO

El hombre regresaba el viernes a su casa de la Unión cuando seis rapiñeros lo abordaron y golpearon. Lleno de furia, volvió por uno de los maleantes y le dio fierrazos hasta dejarlo gravísimo. El martes siguiente, murió el delincuente golpeado, el mismo día que el pequeño Leonardo, de tres años, recibió un tiro de un guardia contratado por los vecinos, justamente en ese barrio. El niño está internado y con riesgo de no volver a caminar.

Dos historias recientes que revelan también un costado trágico de la inseguridad: la soledad de la víctima. Durante el delito, la reacción del agredido puede ser de parálisis o de extrema violencia, como sucedió con el hombre del fierro, ahora a punto de ir a la cárcel por homicidio. Luego pasan los días y meses, la víctima no olvida y al menos, crece en ella un miedo continuo que la llevaría, por ejemplo, a contratar un guardia de seguridad. En los casos más graves puede aislarse, caer en la depresión o hasta pegarse un tiro, enumeró la psiquiatra Graciela Bouza, especialista en estrés postraumático, un trastorno muy frecuente en las víctimas.

El problema no ha hecho más que crecer en los últimos años con el incremento de la agresividad de los delincuentes. De enero a mayo de 2007, se registraron 8.090 delitos violentos (homicidio, rapiña, copamiento, lesiones y violación), o mejor dicho, una víctima cada media hora, el doble de lo que ocurría hace 15 años, según datos del Ministerio del Interior. Y un sondeo del Observatorio Montevideo reveló a mediados de año que 300.000 uruguayos han dejado de caminar por las calles por temor, el 60% se siente inseguro en la ciudad y el 23% bajo su propio techo.

A la herida abierta, la respuesta del Estado ha sido casi nula para ayudar a las víctimas a sobrellevar el trauma. Recién en 2005, la ley de humanización de cárceles creó un centro de atención. Funciona ahora en la Dirección de Prevención del Delito y pese a la poca publicidad, ha tenido unas 2.000 intervenciones. "Se presta contención psicológica, jurídica y social", dice el comisario y psicólogo Robert Parrado a cargo del centro. La modalidad consiste en visitar a la víctima y asesorarla; llegan a ella porque golpean la puerta o van a buscarla; no existe ningún canal institucionalizado.

La psiquiatra Bouza lo resume así: "muchos derechos humanos para los delincuentes, pero ninguno para la víctima". Ser amenazado con un revólver en la cabeza, como le pasó a ella misma por ejemplo, no es algo que se olvide jamás. "Es gravísimo, una experiencia tan removedora que cambia la vida radicalmente, puede dejar incapacitada a una persona". Pasará el tiempo, pero el episodio vuelve a la mente en flashbacks, el recuerdo descontrolado en imagen y sensación.

Según estudios internacionales, las víctimas de delitos violentos tienen 150% más chances de quedar desempleados por falta de ganas, rendimiento o concentración; sus matrimonios fracasan en un 30% más que lo normal y el peligro de suicidio sube un 50%. Es un círculo de angustia que se amplía con la violencia y afecta no sólo a la víctima, sino también al entorno.

Gabriela Fulco, psicóloga, cree en la urgencia de crear un gran centro de atención para minimizar los traumas pero también como prevención. Y es razonable: la enorme mayoría de los victimarios han sido agredidos, por abuso u otros delitos. "Es imperioso, era para ayer". Fulco trabaja ahora en cárcel de mujeres, pero hasta 2003 dirigió un centro de atención a víctimas de violencia doméstica. A propósito, en esos casos sí están previstos varios canales de apoyo (ver nota aparte).

Pero en el resto, la imprevisión llega al umbral de la infamia. En el juzgado penal, por ejemplo, hay una sala de espera para la víctima y los familiares del victimario. Los reproches son comunes, aunque hasta ahora sin agresiones, según Anabella Damasco, jueza penal y presidenta de la Asociación de Magistrados del Uruguay. "El Poder Judicial tiene en sus planes resolver este problema y proteger lo más posible a los damnificados", dice.

Las demoras, lo tibio de los esfuerzos tienen una razón: las víctimas no protestan, más bien se aíslan, no hacen paro ni marchas ni motines. Guardan el miedo hasta que se autodestruye o destruye a otro. Y son castigado por segunda vez cuando llegan a un sistema policial y judicial no pensado para ellos, sino concentrado en la investigación y represión.

Un policía de larga experiencia confesó que a este cuerpo le resulta más fácil lidiar con los delincuentes que con las víctimas. "Es lógico, porque están muy alteradas, a veces nos echan las culpas, uno entiende", dice.

¡VIUDA! El 20 de octubre, sábado soleado, la familia volvía de un partido de baby fútbol en Solymar; Enzo, de 10 años, no había tenido una buena tarde y apenas jugó siete minutos. Iban en el camión cuando sonó el celular de Elena: un vecino llamaba para informar que le estaban robando la casa. César, al volante, enfureció, se apuró y llegó 10 minutos después a la vivienda en Lagomar Norte. Los ladrones se habían ido con un maletín con 180.000 pesos, los ahorros de toda su vida. César, quintero y feriante, no confiaba en los bancos. Y estalló en ira, tomó una escopeta y salió en busca de los delincuentes, pese a que Elena le suplicaba lo contrario. Entonces el hombre, de 53 años, apoyó el arma gatillada en el asiento del acompañante y, un movimiento, un segundo de descuido, hizo que la escopeta cayera y se disparara; la bala lo deshizo, murió en el acto.

"Me arrancaron la vida", dice ahora Elena, y se refiere a los ladrones, pero también a las autoridades. Llamó al 911 y demoró 35 minutos, que esperó con el cuerpo destrozado de su esposo en la puerta de la casa y a los ojos de Enzo y sus otros tres hijos. Encima, dos días después fue a dar declaración y el policía, el colmo del burócrata, lanzó la primera pregunta: "¿estado civil?" "¡Viuda!", gritó ella.

Sobre los ladrones, todavía no hay noticias. Ella está en tratamiento psicológico igual que el pequeño Enzo desde el incidente, aunque ambos en forma particular.

Bouza ha atendido varios casos de víctimas. El cuadro más grave se llama estrés postraumático. Es un trastorno crónico, incurable, pero sí manejable con terapia. Se caracteriza por un estado de ansiedad constante, con niveles de estrés muy superiores a los normales; los agredidos siempre en estado de alarma. A la hora del bajón, solos en casa, por ejemplo, la depresión puede ser mayor, con autoabandono e ideas de suicidio. "¿Por qué no me morí en ese momento?", se preguntaba una paciente de 60 años después de una rapiña en la que intentaron atropellarla y balearon a su esposo. "La mujer cambió totalmente después del episodio. Era activa, una ama de casa que cuidaba a sus hijos y nietos, pero su vida dio un giro: se quedaba postrada en un sillón", dice la psiquiatra.

Asociado en principio a las guerras o grandes catástrofes, ahora se sabe que el estrés postraumático afecta al 15% de las personas que sufren algún episodio de violencia. A veces, puede aparecer hasta muchos años después porque la memoria traiciona y el recuerdo vuelve sin querer en vigilia o sueños recurrentes. Aunque en el fondo depende de la historia de la persona, no cualquiera termina con un estrés postraumático, dice Bouza.

El miedo prolongado, en cambio, es una consecuencia mucho más generalizada. La psicóloga Gabriela Fulco lo explica: "en casi todos los casos aparece. El tema es: cómo hacer para superarlo o convivir con él sin que afecte la vida cotidiana". Pues es un trabajo largo, de asumir el peligro y que no sea limitante.

Niños, mujeres y ancianos son los más proclives al extremo del estrés postraumático. Luis Vega, miembro de la Organización de jubilados (Onajpu) ha escuchado muchos relatos de compañeros rapiñados, a veces con extrema violencia. "Por la edad uno ya se siente disminuido. Si encima viene alguien joven y me agrede, humilla, entonces no sirvo para nada, no puedo ni defenderme, estoy terminado".

De la experiencia clínica, Bouza saca la misma conclusión. "En general, los viejitos se mueren al poco tiempo, Un robo violento para ellos es un como un tiro de gracia".

DOBLE VÍCTIMA. Ernesto Morales abrió la puerta de su casa y lo sorprendió un hombre a palazo limpio. "Era una maquina de dar garrotazos", cuenta y lo representa en la foto. Tanto palo recibió y atajó con el brazo que la madera se quebró, ambos cayeron y lucharon en el suelo. Pero Ernesto tiene 74 años y tres infartos a cuestas, así que resolvió no pelear más con un ladrón de 20 y pocos, y encapuchado. Lo ató y lo llevó al cuarto, de donde robó cuatro relojes y 5.000 pesos. El copamiento fue el lunes 5, a las 11 de la noche en el barrio Parque Guaraní.

Ernesto, viudo y que vive solo, lo tomó bastante bien. Las secuelas son físicas más que nada: una herida en el brazo, otras en el rostro y una costilla fisurada. Cuando estaba en el piso, el ladrón le pegaba patadas para que se callara. Él gritaba por si algún vecino escuchaba.

Por lo demás, Ernesto confiesa que no tiene "miedo". "Voy a estar preparado; ahora que me pasó, no me van a agarrar por sorpresa". Del delincuente, ninguna novedad.

El problema de omisión de ayuda a las víctimas es uruguayo pero también mundial. En todos lados, este aspecto ha llegado último, luego de las políticas de represión y reclusión o planes para atacar la raíz de la violencia en los potenciales agresores.

El año pasado visitó el país Roberto Manero, un experto mexicano en victimología, cosa rara por acá, pero en crecimiento en el mundo. Su hipótesis es que la víctima atraviesa por dos agresiones: la del delincuente y la del sistema. Lo dijo así invitado en el Parlamento: "La presencia de una víctima es la constatación del fracaso del sistema policial y jurídico. Donde hay una víctima es porque falló la prevención. Es estorbosa; es como tener presente la constancia de nuestra culpabilidad. Todos somos culpables frente a ella y, entonces, nos molesta tenerla ahí. Llegan a nuestros juzgados y comisarías con toda la expresión de la ansiedad, de querer ahora mismo una solución".

Encima, cada media hora en Uruguay se suma una y otra, y van aumentando las estadísticas de delito, que tanto importan en política. Así que, consciente o inconscientemente, el Estado prefiere olvidarlas. Ahora se cumplieron 36 años de la muerte de ocho espectadores cuando dos helicópteros se precipitaron en Kibón. Tres eran niños. Nunca nadie llamó al menos para saber cómo estaban sus familiares (ver página 3). Parece que para cualquier autoridad construir cárceles o contratar policías rinde más en la opinión pública.

En 2002 salió la ley de violencia doméstica que creó juzgados especiales donde se prevé la contención. Sin embargo, el cambio costó tanto para el aparato policial y judicial que recién ahora se cumple cabalmente con la norma, opina Gloria D`Alesandro, de la ONG Instituto Mujer y Familia. Tanto es así que el Ministerio del Interior anunció el martes que sacará un nuevo protocolo para que los policías atiendan como se debe a esas víctimas, o sea, emparchar agujeros de práctica diaria.

La jueza Damasco piensa que es necesario una respuesta del Estado a los damnificados de delitos violentos. "No es una demanda que se sienta con clamor, pero sí es imprescindible". Ni ella ni la jueza penal, Aída Vera, conocen de algún lugar para recomendar a los agredidos, ni siquiera el centro oficial en Prevención del Delito. Vera agrega que tampoco preguntan mucho. "La mayoría llega al juzgado a hacer la declaración o lo que tenga que hacer e irse".

Fulco cree que algún día será realidad el centro; ella presentó un proyecto al Ministerio del Interior, donde trabaja. "Debemos progresar y virar de una justicia retributiva a una justicia restaurativa, que ponga en el centro a la figura de la víctima".

Mientras tanto, queda pedir que no pase nada grave con el pequeño Leonardo, víctima de víctimas.

Las cifras

8.090 Víctimas denunciaron delitos violentos de enero a mayo. Cuenta homicidio, violación, rapiña, lesiones y copamiento.

300.000 Uruguayos dejaron de caminar por la calle por temor. 23% no se siente seguro en su casa, según encuesta de mediados de año.

Atención a violencia doméstica

Las denuncias de violencia doméstica crecieron este año un 48% con respecto a 2006. De 1.810 en el primer trimestre del año pasado pasaron a 2.679 en igual período de 2007. Para estos casos, que aumenten las denuncias es positivo porque las mujeres (y eventualmente hombres) se van animando a resolver un problema a menudo bloqueado por el miedo y la intimidad del hogar.

La psicóloga Gabriela Fulco asegura que las secuelas en las víctimas de violencia doméstica son bien distintas que de otros delitos. "En estos casos, es posible que el factor sorpresa no tenga el peso que en actos cometidos por desconocidos. La negación y minimización de los hechos es una reacción usual. Y a la larga, el riesgo de traumatización siempre es mayor".

Consciente de ello, el Parlamento aprobó en 2002 una ley que crea condiciones especiales para la protección de estas víctimas. En Montevideo funcionan cuatro juzgados dedicados exclusivamente a violencia doméstica. "Allí se tratan las denuncias como si fueran casos civiles", dice Gloria D`Alesandro, del Instituto Mujer y Sociedad. Ello significa, entre otras cosas, que la víctima es parte del proceso, al contrario de lo que ocurre en la esfera penal.

A la vez, varias organizaciones sociales apoyan a las mujeres en todo el proceso, desde la denuncia a la resolución del caso con alguna medida cautelar, como la prohibición al agresor de acercarse, por ejemplo. Sólo el Instituto Mujer y Sociedad tiene ahora en carpeta unas 100 denuncias de mujeres.

En los juzgados, además, está prevista la pericia psicológica a la víctima y no sólo al victimario.

Proceso sin una de las partes

La víctima no tiene ninguna participación en el proceso penal contra el delincuente que la dañó. Su lugar es representado por el fiscal.

Para la jueza penal Anabella Damasco, presidenta de la Asociación de Magistrados, la persona agredida debería tener un lugar de mayor relieve en el desarrollo del juicio. "Es un tema que ojalá se instale en la redacción de un nuevo código de proceso penal", dice.

La situación actual contribuye a que el sistema contemple menos la atención de la víctima.

Niños más afectados

El riesgo de padecer de estrés postraumático luego de un incidente violento es de 20% para mujeres y 8% en hombres, según un estudio estadounidense del año 2000. Depende de la personalidad de la víctima y del delito.

Como principio general, debe existir algún tipo de peligro para la vida de la persona. Luego, el estudio estableció un riesgo para cada situación. Así, la violación es lo más riesgoso: la mitad de hombres y mujeres sometidos a este delito desarrollarán el trastorno. La guerra, sólo medido para el hombre, implica un peligro de 48%. Ser testigo de un homicidio, por ejemplo, es peligroso en un 6% para hombres y 8% para mujeres. La amenaza con un arma termina en estrés postraumático en un 32% de las mujeres y en el 2% de los hombres, lo mismo que la agresión física. En cambio, el peligro de esto último para las mujeres representa el 21%.

Ancianos y niños son todavía más vulnerables, en especial los chicos. "Los delitos de abuso sexual traen, por lo general, un daño gravísimo", dice Gabriela Fulco, docente de psicología forense de la Universidad de la República.

Trauma que puede invalidar

CAUSAS. El estrés postraumático se dispara en el 15% de las personas víctimas o testigos de hechos violentos donde haya riesgo de vida. A la vez, hay condiciones de la personalidad del afectado que predisponen al trastorno. Puede aparecer a los pocos días del evento o varios años después.

FLASHBACK. Es uno de los principales síntomas. Las imágenes vuelven a la mente de la víctima en cualquier momento y la persona "revive" el estrés de aquel momento. Puede manifestarse en sueños.

ANSIEDAD. El estrés postraumático se clasifica dentro de los trastornos de ansiedad porque eleva los niveles de alarma de la víctima en todo momento. Eso repercute en problemas de concentración o irritabilidad. El riesgo de desempleo sube un 150% y de fracaso en la pareja, un 30% según estudio estadounidense.

DEPRESIÓN. En ocasiones, el estrés postraumático deriva en una depresión. Riesgo de suicidio se incrementa en un 50%.

CULPA. Otro sentimiento frecuente. "¿Por qué agarré por tal calle? ¿Por qué no me resistí?", son preguntas frecuentes en afectados por el trastorno.

BLOQUEO. En algunos casos, la víctima sólo habla del evento violento que sufrió con sus allegados. Sus conversaciones son un monólogo sobre el episodio y va perdiendo la capacidad para interesarse por otras cosas.

FÍSICO. El estrés postraumático también puede desencadenar o agravar enfermedades físicas. Principalmente, afecta el sistema inmunológico con lo que se incrementa el riesgo de infecciones. A la vez, para las personas con problemas cardíacos o respiratorios, un episodio violento agrava los síntomas y el riesgo de empeorar a mediano o largo plazo.

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