El laberinto de la velocidad

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Confieso que el domingo pasado vi por primera vez una final de Fórmula Uno. Nunca me había interesado por este deporte porque no entiendo en general el mundo de los automóviles. Soy de los que ven en los coches un medio de transporte y desconocen los avances tecnológicos de los motores, el diseño, y la mecánica en general. Pero bueno, nunca está de más darse la oportunidad de experimentar el placer de aprender o ver algo nuevo.

Me pareció fascinante ver la carrera y entendí la pasión que encierra el mundo de la velocidad para quienes la cultivan. Como sigo siendo un ignorante del tema, me permito llevar la reflexión por otras rutas y dejar a los entendidos los pormenores del título que se perdió Lewis Hamilton y ganó Kimi Raikkonen.

Cuando uno corre, con las piernas o con un auto, hay dos elementos principales: tiempo y espacio: hay que recorrer un espacio en el menor tiempo posible. Muchas veces, el punto de partida es distinto del punto de llegada: la competencia comienza en un lugar y termina en otro (maratones, vueltas ciclistas, etc.) Lo mismo cuando le jugamos a alguien una carrera hasta la esquina.

Pero lo curioso es, como sucede en los circuitos de Fórmula Uno, cuando el punto de salida y llegada coinciden. ¿Hacia dónde se dirige el piloto que quiere ganar? Hacia el mismo lugar de donde arranca. Esta aparente trivialidad encierra, creo, una de las claves de la magia de estas carreras.

Se juega, no para llegar a un nuevo sitio sino para volver al mismo. Lo interesante es recorrer el camino.

Hegel fue un famoso filósofo alemán que nació en 1770 y murió en 1831, 55 años antes que Carl Benz, también alemán, inventara los automóviles como los conocemos hoy. Hegel, les decía, cree que la historia de la humanidad es el desarrollo de un espíritu que se va desvelando a lo largo del tiempo. Él pensaba que a través del método de la dialéctica avanzamos en el conocimiento de la historia hasta llegar al mismo punto de partida, que es el tiempo en el que te toca vivir. La clave, en el pensamiento de este filósofo, es que una vez que recorriste ese camino, vuelves al mismo lugar pero ya no es el mismo.

¿Hacia dónde avanzan los pilotos que corren una final de Fórmula Uno? Avanzan hacia atrás, hacia el principio. Y la velocidad no es otra cosa que una herramienta para llegar antes al lugar donde ya se había llegado.

No hay paradoja en esto porque, como bien decía Hegel, arribamos a otro lado.

Son muchos los que creen que la vida es en definitiva avanzar hacia el origen nuevamente. Suponemos que vamos hacia un lugar nuevo pero quizás estamos regresando al lugar de donde partimos, al igual que lo hizo Raikkonen antes de levantar el título mundial. Es un viaje a la semilla, como tituló su cuento el escritor cubano Alejo Carpentier.

Lo importante se encuentra en el recorrido, la estrategia que planificamos, y en la velocidad que nos proponemos. ¿Cuán rápido hay que ir? En Fórmula Uno se ha llegado a conducir a 370 kilómetros por hora, sin duda un elemento clave de la adrenalina que genera mirar y practicar este deporte.

Pero vuelvo a la pregunta aplicada a otras actividades, ¿tenemos que ir a alta velocidad en la planificación de nuestros recorridos? Intuyo que no. Les suele ir mal a los que corren todo el tiempo.

Ojo. También les va mal a los que no arrancan y se pasan la vida esperando la señal de largada o inventando frenos para no avanzar.

Hay que saber ubicarse en medio de estos extremos. El laberinto de vivir se corre sin prisa, pero sin pausa.

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