FACUNDO PONCE DE LEÓN
Mi apellido me ha traído dolores de cabeza en una doble dirección: por un lado justificar ante algunos que ni mi familia ni yo somos de nariz repingada ni millonarios. En la vereda opuesta, también muchas veces sentí que el hecho del apellido compuesto ya me colocaba como un buen hombre antes de probar nada, sólo por portar el Ponce de León y/o el Reyes. El tema es complejo y tiene más vuelta de tuercas de lo que parece. Buen ejemplo es la nota que se publica sobre la hija de José Pedro Damiani, Patricia.
A ella le tocó llevar la etiqueta de familia en cuna de oro, a pesar de que cada vez que entraba al ascensor para ir a trabajar, el padre les recalcaba lo importante que era la humildad. A pesar de que ella y todos sus hermanos empezaron a trabajar a los 18 años. Etiquetar tiene esa injusticia, se piensa que el apellido implica necesariamente ciertas características y luego uno ve que son falsas. En el fondo, la enseñanza clave es siempre la misma: hay que romperse el lomo trabajando y siendo humilde no en un sentido peyorativo (uruguayo) del término sino sabiendo que siempre hay algo más por aprender.
Los apellidos te imponen una herencia, te colocan sin pedirte permiso ni dejarte opción en la historia de una familia a la que tienes que responder. Si o sí. No hay escape. Algunos se encargan de estudiar esa historia, de conocer las peripecias de las generaciones anteriores. De qué país partieron, por dónde deambularon antes de llegar a esta tierra. Les gusta bucear en los antepasados para entender mejor el apellido que tienen.
Pero siempre los primeros a los que hay que responder en la línea de la historia son los padres de uno. Y ahí, de manera imperceptible, brota la libertad en el porte de nuestros apellidos. Vuelvo a la historia de Patricia Damiani que, a pesar de la indiscutible admiración que tiene por su padre, una vez no le hizo caso. Y fue clave. Y le cambió la vida. El contador quería que vendiera el campo y se dedicara a sus hijos que acababan de perder a su padre. Ella se remangó la camisa y cargó sobre sus hombros la cría de ganado. Y cargó también a sus hijos. Contra la opinión de su padre, llevó la historia de su vida por otro camino, su apellido tuvo un viraje en la historia de la familia y ahora sus hijos tienen un nuevo escenario.
Utilizo el ejemplo de esta familia para ilustrar lo que pasa en todas. Siempre uno encuentra la libertad dentro de las reglas, no hay otra manera. Las familias, sus apellidos y sus historias son esas reglas, esa herencia con la que uno tiene que construir su propia historia. Y en esa construcción es que somos libres. Por ejemplo, hoy muchos uruguayos emigran a España. En realidad vuelven al lugar desde donde partieron sus antepasados hace tres o cuatro generaciones. El hecho de que esto se explique en la historia de un apellido no quita que haya libertad en las decisiones que toman las personas.
Los hijos siempre, alguna vez, se revelan contra sus padres, que son en ese momento los actores principales de la historia de la familia. Pero esos padres también fueron hijos y los hijos también serán padres. Es decir, lo que impone la herencia de ser "fulano de tal" también es el ámbito desde el que se puede cambiar el curso de la historia.
Lo mejor es no cargar con los apellidos sino hacerlos livianos. Que no pesen. Eso no significa desconocerlos sino todo lo contrario. En muchos casos los que más conocen la historia de su familia son lo que menos peso se imponen en seguir las directivas de la historia.
La herencia nunca debe pesarnos, para que sea realmente herencia debe ser liviana, etérea, debe dejar rendijas por donde pase la libertad.