POR MAGDALENA HERRERA
No sé si mi hijo es cheto o plancha, o ninguno de los dos. Si me guío por características que posicionan a uno y otro desde las Ciencias Sociales, a veces le observo postura y estética de cheto, y en otras de plancha, así como en ocasiones lo veo perfilarse hacia la intelectualidad y en otras me agarro la cabeza por la superficialidad. Tiene 15 años, y nada de eso es novedad para una madre.
Lo que sí sé, o más bien sabemos, madres, es que cada fin de semana respiramos aliviadas cuando de madrugada llegan a salvo a casa. Sin paranoias, solo realistas, escuchamos cuentos de todo tipo que les ocurren apenas a unas cuadras de colegios y liceos, o de los boliches a los que concurren. Robos de celulares, championes, dinero y bicicletas ya no nos conmueven. Lo tomamos como parte del escenario que nos toca vivir e intentamos, recomendación va, consejo viene, atenuar consecuencias. "Dale todo lo que tenés", "no te resistas", "nunca estés solo".
Ahora, quizás sí acompañada de cierta paranoia, si hay algo que me aterra es que un día una salida de mi hijo no sólo me cueste 200 pesos o unos championes. Me aterra pensar que, envalentonado por el grupo o porque abandone ese anti-alcoholismo que predica, se resista a lo injusto. Y que no la saque regalada como mi sobrino, luego de una paliza cinco contra dos, en Parque Rodó.
No es necesario ser sociólogo, periodista o policía, para darse cuenta como, entre subgrupos de chicos (no son más que chicos), comienzan a generarse fuertes rencores, y eso nada tiene que ver con ideales como en tiempos oscuros. Unos cantan: "chetitos de mamita, no los vamos a desnudar, los vamos a matar". Otros responden: "vamos a distribuir pasta base para que desaparezcan todos los planchas". ¿Hasta cuando esa violencia solapada quedará nada más que en un "flaco dame la guita"? ¿Cuál es el límite que tolerarán unos sin resistirse? ¿Cuál es el umbral de discriminación que aguantarán otros sin pasar a mayores?
Por supuesto que en esta historia existen otros protagonistas que quizás tengan el verdadero poder: el consumismo, en especial de las drogas lideradas por el alcohol. El informe de Miguel Bardesio desnuda una realidad que, por no querer verla, aparenta simplificada: chetitos y planchas. Pero esos antagonismos nada tienen de superfluos. Dejo, a quien corresponda analizarlo, si el fenómeno que se observa hoy no resultará en conscuencias más graves. Ojalá alguien tome la posta.