LIL BETTINA CHOUHY
Así comenzaba un poema que Becker Puig, poeta uruguayo, escribió al morir Ernesto Guevara. Tiempo después el verso se me impone, siento que hemos dejado de entendernos con palabras. Olvidadas, arrinconadas por el golpe a golpe, seguramente tampoco entienden lo que pasa.
En estos días el tema de la violencia en la sociedad, reaparece una vez más desde el liceo y la escuela Las perturbaciones de conducta de los más jóvenes son noticia. Maestros, profesores, gremios y autoridades interponen razones, decisiones, recuerdan carencias.
Discrepan, cruzan acusaciones, responsabilidades, opiniones, reclaman en un fuego cruzado al que se suman las voces de quienes opinan a través de los medios. La sociedad, la familia, la televisión, la realidad del mundo, la exclusión, la pobreza compiten en la arena del debate. La crisis de autoridad, los límites difusos. ¿Dónde está el piloto?
El asunto es complejo, admite múltiples miradas y propuestas. "En el principio era el Verbo" dice el apóstol Juan.
Marisa Silva, escritora uruguaya, titula una de sus novelas ¿Qué hacer con lo no dicho? Afirma en ella "demasiadas veces las palabras sucumben ante el silencio". Un silencio que se carga de frustraciones, impotencias, bronca y se expresa en la violencia. Desde la casa al barrio, la escuela, el liceo, el estadio, el baile, golpes y no palabras. En la poquedad de nuestro diálogo, de la ausencia de espacios para conversar con el otro, escuchar y ser escuchado, entender y ser entendido, anida quizás una clave para entender esas violencias. El lenguaje, como todos sabemos, es un hito en la historia de la evolución de la especie. Verbalizar es un proceso complejo, pero sanador.
"Las palabras no entienden lo que pasa". No las valoramos. Así mudos e impotentes, nos enfrentamos con impiedad, sin respeto, cruelmente con el otro. "La poesía -la palabra- es un arma cargada de futuro" dice el poeta. Vivimos reclamados por las otras armas cargadas de muerte.
Educar, socializar es verbalizar y desde allí, solo desde allí la autoridad se puede ejercer con éxito. Reglas claras, límites precisos, diálogo y respeto mutuo promueven encuentros verdaderos.
Los fogones, las ruedas de familia, el espacio para el diálogo, ¿dónde están? ¿Queremos actualizarlos, reinventarlos? Da más trabajo, es cierto, mucho más que laudar a los golpes. Un abuelo preguntado por un periodista, sobre si pegar o no a los hijos dijo: "jamás toqué a mis hijos a pesar de que mi madre me curtía a golpes. Hay que tomarse el tiempo para conversar, para explicar con respeto y autoridad. Con eso alcanza."