Amazonas, mar y selva

 ds Amazonas 20070610 450x336
El Tiempo / GDA

JUAN URIBE, PATRICIA SÁNCHEZ Y FÉLIX LEONARDO QUINTERO | EL TIEMPO

La casa tiene todas las comodidades: en el primer piso están el comedor, la sala, cocina con heladera, la estufa de gas y eléctrica, y una terraza. En el segundo queda el único cuarto, con dos sofás cama, una cama doble, el baño y las diez hamacas.

Sería la descripción de una vivienda común y corriente si no fuera porque esta casa navega sobre las aguas del río Amacayacu, en las entrañas de la selva amazónica de Colombia.

La casa flotante de la selva, que se alimenta con energía solar, es una de las opciones turísticas más exóticas de ese país. Estar allí es vivir en un hotel que, con sus dos motores fuera de borda, se desplaza a 5 kilómetros por hora. Y en el camino se conocen algunas de las comunidades indígenas que ofrecen sus artesanías, muestran cómo manejar enormes boas y hacen exhibiciones de danzas tradicionales.

Flora y fauna selvática se despliegan a ambos lados del recorrido. En Isla de los Micos, la multitud de monos "fraile" es muy sociable y acepta en la boca cualquier alimento, sobre todo bananas.

Antes de ir, se deben tomar algunas previsiones. Hay que vacunarse contra la fiebre amarilla diez días antes del viaje. Llevar ropa ligera, agua, bloqueador solar y un buen repelente para caminar por los bosques. La mejor época para ir es de junio a diciembre, cuando llueve menos; la lluvia en la selva no es un juego de niños.

CAÑÓN. Ahora, si lo suyo es el deporte extremo, Colombia tiene una opción: el Parque Nacional del Chicamocha, en la provincia de Santander (norte de Bogotá).

Lanzarse al vacío sobre un cañón que hace 130 millones de años era mar, a través de un sistema de cuerdas y poleas en el que se alcanza una velocidad de 50 kilómetros por hora, es la reina de las actividades del parque.

Este lugar, enclavado en las montañas, fue inaugurado en diciembre pasado como el paraíso de las emociones fuertes y ya recibió más de 120.000 turistas. Es posible practicar parapente, manejar cuatriciclos, montar a caballo, caminar por senderos y hacer espeleología en alguna de 45 cuevas del sector.

Al parque, abreviado como Panachi, se llega tras un recorrido de serpenteante carretera junto a los áridos abismos del cañón con la idea de disfrutar de algo más relajado. A 1.450 metros sobre el nivel del mar, también hay variada fauna para ver: cabras y avestruces son los más llamativos.

El recorrido también es gastronómico. Los visitantes pueden ordeñar y consumir la leche de cabra, además de saborear dulces, quesos, arequipe (una especie de dulce de leche) y golosinas típicas como bocadillos de guayaba y obleas.

En la parte más alta del Parque Panachi se encuentra el Monumento a la Santandereanidad. Se trata de una gigantesca hoja de tabaco de 120 toneladas de peso que sostiene a 36 figuras de bronce que representan la Revolución Comunera, uno de los detonantes de la liberación criolla del yugo español, en la época de la colonia.

SIN TIEMPO. En el extremo norte del país se encuentra el departamento de La Guajira. Las guías turísticas advierten que hay que llevar mucha agua porque 30° es frío para La Guajira y también habría que dar otro consejo: quitarse el reloj al llegar, porque en esta península no tiene utilidad.

Allí lo único que corre es la brisa, y se olvida la paranoia de los horarios y las citas. Se rompe toda conexión con el mundo.

Si se tiene hambre, el pargo y la langosta abundan en los botes que los pescadores traen de regreso a la playa; y si lo que hace falta es sueño, se encuentra un descanso fácil en el chinchorro (así llaman los indígenas wayúu a las hamacas tejidas) que cuelgan de una choza fabricada con yotojoro, una especie de madera que forma el corazón del cactus.

Otro alivio con el que se tropieza el visitante en este lugar es el que recibe la retina, al hundirse la vista en un paisaje de aguas azules y verdes en el Ojo de Agua, una ensenada donde los pelícanos flotan tranquilamente, rodeados por rocas en las que florecen el cactus y el espinoso trupillo, un arbusto que resiste con estoicismo el calor áspero del desierto.

Los lugares a conocer son Riohacha, con más infraestructura, el Cabo de la Vela y el Pilón de Azúcar.

Guía Perú

El departamento de Lambayeque, al norte de Perú, concentra la enorme riqueza cultural de las tribus moche y sicán, con imponentes pirámides y cementerios. Queda a 700 kilómetros de la capital, Lima, desde donde hay transporte aéreo hacia Chiclayo, la ciudad más cercana. Llevar bloqueador, lentes y gorro ya que el sol en esta zona es bastante fuerte.

Sea arqueólogo por un día en los senderos del norte andino

EL COMERCIO | MARÍA HELENA TORD

Dirigirse hacia las generosas tierras del norte peruano siempre es un placer. Dotadas de unas playas envidiables, una sabrosa gastronomía y una historia que deslumbra al mundo, la brújula vira hacia el sol a más de 700 km de la no tan apacible Lima. Se llega a Chiclayo, puerta de entrada a tesoros indescriptibles que relatan la grandeza de las culturas prehispánicas que se mantienen inquebrantables en el tiempo y no se resignan a irse.

Desde las misteriosas pirámides de barro, pasando por la más grande colección de piezas de oro precolombinas peruanas y siguiendo con el más increíble hallazgo arqueológico que se haya excavado en Occidente, este circuito histórico destaca en riqueza. Allí se establecieron, 4.000 años atrás, los moche y los sicán, tribus de enorme riqueza cultural.

Las Tumbas Reales de Sipán, a 300 metros de la ciudad de Lambayeque, es un viaje al pasado. Se ingresa a este edificio piramidal por el tercer piso. Aquí se exponen más de un centenar de piezas de oro y entre ellas un sonajero con la imagen del Dios Aia Paec. Se encuentran los ornamentos del imponente Señor de Sipán: estandarte, orejeras, el collar de maníes, los protectores coxales, entre otros. Cada una de las piezas habla por sí sola y se ven flotantes en el aire y en el tiempo.

El recorrido, ya transformado en museo, muestra cómo se realizó la labor del grupo de arqueólogos encabezados por Walter Alva en el descubrimiento y la excavación de estas tumbas prehispánicas en 1987.

¿Cómo ir?

El uso de la casa flotante en la selva colombiana cuesta, por cada noche, 271 dólares en baja temporada -de enero a junio- y 333 dólares en alta temporada. Para llegar hay que viajar a la ciudad de Leticia, al sur de Colombia. Desde Bogotá, el pasaje cuesta 314 dólares. La casa flotante está a unas dos horas de Leticia.

La entrada al Parque Nacional Chicamocha (Panachi) cuesta 3 dólares; tirarse en el cable-vuelo, 7 dólares. Para llegar a Panachi se puede viajar de Bogotá a Bucaramanga por avión. Un pasaje de ida y vuelta cuesta 234 dólares. Por tierra, un recorrido de siete horas vale 30 dólares. El parque está a 45 minutos de Bucaramanga Ropa clara y protector solar son clave.

Para conocer los encantos del Cabo de la Vela, hay que viajar desde Bogotá a la ciudad de Riohacha, allí hay buenos hoteles. En el Cabo de La Vela se puede conseguir alojamiento en las chozas de los indígenas, que cobran unos 20 dólares por noche y con comida.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar