Eternos peregrinos

FACUNDO PONCE DE LEÓN

Recibí uno de esos correos que son cadena y trato de no abrir porque generalmente me obligan a enviar el mensaje a siete personas para que se cumplan mis deseos o se salve una vida. Pero Sergio me aconseja que lo lea porque me iba a gustar. Efectivamente, el correo decía algo interesante. Contaba la historia de un hombre que viaja muchos kilómetros para visitar a un sabio famoso en Egipto. Cuando llega, el hombre estaba desprovisto de muebles y sólo tenía una cama y libros. El viajero le pregunta dónde tiene sus cosas y el sabio le responde: "¿y dónde están las tuyas?", a lo cual le responde: "Pero yo estoy de paso por aquí, usted no". Y el hombre sabedor le dice: "Yo también estoy de paso, todos estamos de paso".

Esta pequeña anécdota tiene dos lecturas posibles: la primera es religiosa y refiere a que el sabio cree que estamos de paso por la Tierra, sea cual sea el lugar o los lugares donde nos toque vivir; lo importante es prepararse para otra vida. Hay además una segunda lectura que refiere a nuestro lugar en el mundo, más allá de que creamos o no en algo después de la muerte.

Olvidamos con frecuencia que en el origen los humanos éramos nómades, nos movíamos de un lugar al otro según nos diera comida o protección. Un día creamos el excedente y desde ese momento nos convertimos en sedentarios; como teníamos alimentos guardados no era necesario movernos y podíamos construir un hogar más adecuado para pasar más tiempo. Nos quedamos. Surgieron las comunidades, las ciudades, los países, y múltiples formas de fronteras.

Se construyeron las narraciones que hacen que uno se sienta uruguayo, argentino o japonés por el lugar donde nació. Y brotaron las historias dentro de la historia, las que hacen el destino de cada barrio, de cada ciudad, de cada esquina: fronteras dentro de la frontera. Nada de esto es necesariamente malo si se advierte del riesgo. El peligro es creer que es algo natural, que es un destino inevitable. No lo es. Así como nos mudamos de barrio, nos podemos mudar de país, de continente, ir y volver según las intensidades con que se viven los proyectos de vida.

Se me objetará que mucha gente se va de su país porque no tiene dinero, es perseguido por sus ideas políticas o necesita curar una enfermedad. No niego que esto existe, es más, creo que son las momentos donde más se debe razonar que los humanos somos eternos peregrinos: si todavía que se tienen problemas, se le suma que se abandona la tierra propia, se está agregando uno más.

No se abandona un país, viajamos de un pedazo de la Tierra a otro, es un camino que no debe tener una carga negativa y trágica. La historia de la humanidad es en buena parte la historia de los viajeros, de los que caminaban por sobre las fronteras encontrando a su paso objetos, especies, amigos. Algunos porque huían, otros porque lo decidían, pero todos eran peregrinos, aves de paso.

Lo dicho no debe interpretarse como una obligación de moverse sino como la invitación a una búsqueda que puede tener fin. Cuando Federico Luppi llama a su hijo debajo del árbol para decirle que no puede acompañarlo, el niño le pregunta por qué. Llorando le responde: "no puedo, este es mi lugar en el mundo". El diálogo encierra toda la peripecia de la familia, que emigró de Europa, llegó a la campaña rural argentina y debe partir hacia Buenos Aires. Pero uno de la familia no sigue, encontró su lugar. La película se llama Un lugar en el mundo. La volví a ver hace poco con Sergio, uno de los tantos peregrinos que buscan su lugar.

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