Francia quiere ser amable

| La degradación de la civilidad preocupa a los franceses, que intentan recuperar los buenos modales. Abundan los cursos para enseñar etiqueta del siglo XIX.

THE NEW YORK TIMES/PARIS

Los comensales elegantes comen espárragos con la mano y helado con tenedor. Las palabras bon appétit nunca deben ser pronunciadas al comienzo de una comida. El pasajero amable siempre dice bonjour al conductor. Y, bien sur, el invitado a una cena no debe levantarse en medio de la comida para usar el baño; en caso de que no haya más remedio, nunca jamás deberá usar la palabra toilette al preguntar al anfitrión hacia dónde debe encaminarse.

Dominar las normas de los buenos modales nunca ha sido fácil, ni siquiera para los franceses. Pese a una obsesión de siglos con el buen comportamiento, los franceses constantemente están volviendo a aprender a hacerlo y en los últimos años han sido testigos de una degradación de la civilidad y los modales, seguida de un resurgimiento del interés por estos temas.

Por un lado, la falta de respeto a la autoridad está en ascenso. En los problemáticos suburbios se queman automóviles y se lanza basura desde las ventanas. Además, los ataques verbales y físicos contra docentes en los centros de enseñanza son más comunes que hace algunos años. En el transporte los pasajeros son agredidos, los asientos cortados, y se escriben grafittis en los vagones del subterráneo de París.

Por otro lado, parece haber un impulso por retener, alentar y hasta venerar lo que los franceses llaman politesse. "Parece insólito, pero al haber cada vez más actos de incivilidad, la gente los tolera cada vez menos", indicó Frédéric Rouvillois, autor de Histoire de la Politesse, una obra académica que sigue la historia de los buenos modales en Francia durante los últimos tres siglos.

"Existe mayor conciencia de que la cortesía y el savoir-faire son herramientas útiles y necesarias en la sociedad".

Como parte de la toma de conciencia, cada vez se ofrecen más clases privadas para aprender a poner una mesa correctamente o para conocer los hábitos adecuados a la hora de cenar.

La autoridad del transporte de París está en plena campaña para promover el respeto y mejorar la calidad de los viajes a sus pasajeros. Afiches colocados en paradas y estaciones aguijonean con humor a los pasajeros para que les pongan bozal a sus mascotas, para que utilicen los contenedores de residuos para dejar la basura, para que hablen en voz tenue por celular, y para que eviten golpear a otros con la mochila. Y, por supuesto, los incentivan a saludar y despedirse de los conductores y vendedores de boletos.

EN EL LICEO. En 2005, en respuesta a las quejas sobre la interacción entre pacientes y funcionarios, la Federación de Hospitales de Francia comenzó su primera ofensiva publicitaria nacional para promover la cortesía en los centros de asistencia médica públicos y en hogares de ancianos, estableciendo una serie de normas de comportamiento bajo la consigna "¡Sea cortés!"

El Ministerio de Educación ha hecho de la buena conducta de los ciudadanos una materia que es parte los programas nacionales en los liceos. El Ministerio de Transporte, por su parte, declaró una jornada anual de cortesía al volante, con la finalidad de alentar el comportamiento amable en las rutas.

"En una sociedad que es cada vez más brutal, con vulgaridad ensordecedora, descubrimos el discreto encanto de la cortesía", indicó Point de Vue -revista semanal que está enfocada en las antiguas familias y en los remanentes de la realeza- en un artículo publicado hace algunos meses sobre el retorno de los buenos modales.

En el perfecto mundo francés las reglas gobiernan hasta los temas más comunes: cómo atender el teléfono, cómo recibir a un invitado en la puerta, cómo dirigirse a un desconocido, qué llevar a una cena y cómo comportarse en el subterráneo.

"Es igual que un deporte: hay que entrenarse con intensidad", señaló Marie de Tilly, una experta en modales, quien dicta un curso de dos horas en París destinado a mujeres, a un costo de 90 dólares. "Pero, una vez que una persona se entrena y conoce las reglas, todo surge con naturalidad".

La imagen de una persona se define en los primeros momentos en que se la ve, dijo de Tilly a un grupo de mujeres francesas y estadounidenses durante una de sus clases, que el mes pasado se realizaba en una habitación de hotel decorada con brocato y seda.

"En los primeros 20 segundos será juzgado su aspecto; en los segundos 20 segundos, su comportamiento y en los terceros 20 segundo, sus primeras palabras", explicó. "Existe un código. Si no se le sigue de manera apropiada, resultará muy, pero muy difícil cambiar luego su imagen".

CONCURSO. La etiqueta ha llegado también a un nivel más popular. El año pasado, el canal de televisión francés M6 organizó un reality show dedicado a "conquistar el savoir-faire". Ocho jóvenes con escasa educación fueron enviadas a un castillo francés durante un mes para prepararse para asistir a un baile de gala. Algunas comían habitualmente con las manos. Una de ellas nunca había usado pollera.

Les enseñaron a hablar, moverse, vestirse y comer correctamente y hasta cómo quitarle la caparazón a grandes langostinos, utilizando cuchillo y tenedor. La ganadora se aseguraba un lugar en la apertura del Baile de Luis XVI, un acontecimiento destinado a familias "aristocráticas", que se realiza todos los junios en un hotel de París.

Pero el intento más ambicioso por mejorar los modales es "Objetivo: respeto", una campaña iniciada en octubre de 2006 por la autoridad del transporte, intentando cambiar el comportamiento de los pasajeros que, por ejemplo, escuchan música a alto volumen o consumen comida que deriva en desprolijidad.

"Había crecientes quejas de pasajeros sobre la falta de respeto por las reglas y sobre el hecho de que la gente no hace nada para que otros se comporten correctamente", dijo Gilles Alligner, director de comunicaciones de la autoridad del transporte. "Por tanto, decidimos darles cierta responsabilidad y hacerlos nuestros socios".

Las autoridades pidieron a los pasajeros, en un foro interactivo en Internet, que enumeraran por orden de importancia los pequeños hechos que les molestan, y que respondieran a la pregunta: "¿Qué le irrita más?" La mayoría mencionó que lo que más les molestaba era la negativa de los pasajeros a dejar libres los asientos cercanos a las puertas o a pararse cuando el subterráneo viene lleno, para permitir que los asientos se plieguen y quede más lugar.

Bombones sí. Vino, ni hablar

En la clase de Marie de Tilly, experta en buenos modales, se aprende comportamiento clásico del siglo XIX. Entre otras cosas, allí se descubre que es la mujer -y no el hombre- quien debe extender la mano para iniciar un saludo. También se aprende que una señora casada debe entrelazar sus manos en la mesa, para exhibir sus joyas.

La etiqueta relativa a invitaciones, también es muy rigurosa. Un regalo apropiado para el anfitrión, es una caja de chocolates; lo ideal es depositarla en la entrada, con una tarjeta. Si se eligen flores, deben ser enviadas justo antes de la cena o, mejor aún, al día siguiente. El vino, en cambio, es un regalo inapropiado, porque indicaría que el invitado piensa que el anfitrión carece de buen gusto para elegir la botella adecuada. Siempre se debe llegar a una fiesta con cena con 15 minutos de retraso.

Sólo una persona muy rústica diría Bon appétit al comienzo de una comida. El foie grass debe comerse con tenedor y nunca untar el pan con él. Si una mujer desea más vino debe jugar con la copa vacía hasta que el comensal que está a su lado lo advierta y le sirva.

Lo mejor es evitar ir al baño, pero si no hubiera opción, hay que hacerlo con discreción. "Nunca hay que levantarse de la mesa. Nunca", afirma de Tilly. "Nunca debe pronunciarse la palabra toilette. Cuando haya un intervalo -el mejor momento es después de la cena, al retirarse de la mesa- se puede preguntar, con gran discreción: "¿Podría lavarme las manos?".

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