ALEILA le habría resultado difícil decir con exactitud cuándo comenzó el baile. Tal vez su primer compañero de verdad fue el coche. No importaba que lo compartiera con las chicas Sheridan y el hermano de éstas.
A TRAVÉS del gentío de la avenida, ayer me sentí rozado por un Ser misterioso que siempre había deseado conocer y al que reconocí enseguida, si bien no lo había visto nunca.
EL ESCRITOR tenía una riña con su muchacha. Caminaban hacia la casa de ella, y a medida que la discusión avanzaba, sus cuerpos se separaban cada vez más, uno del otro.
TODO EMPEZÓ con una obra de caridad. Mi amigo Willert estaba enfermo de anginas y varias personas fuimos a visitarlo. Durante esa visita nos bebimos la famosa botella de ron que estuvo a punto de causar la muerte de Willert.
OCURRIÓ al final de una cena de hombres, a la hora de los interminables cigarros y de las copitas incesantes, entre el humo y el cálido embotamiento de la digestión, en la ligera turbación de la cabeza después de tantas carnes y licores absorbidos y mezclados.
No sé por qué los ojos claros se asociarán con los sueños; esos ojos eran claros, muy claros, de un verde submarino, y ella tenía una pereza sonámbula, de gato.
COMO TODAS las ciudades costeras, estaba impregnada de olor a pescado. Las jugueterías aparecían repletas de conchas esmaltadas, duras, aunque frágiles. Incluso los habitantes del lugar tenían cierta apariencia de molusco...
Era temprano y no había nadie en el café con excepción del barman y dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón.
SOY OTRO desde que tuve el accidente. Mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, todo el mundo, en fin, sabe que mi coche dio cuatro vueltas de campana y que estuve hospitalizado cuatro meses -a mes por vuelta-, pero nadie advirtió los cambios que durante ese tiempo sufrió mi personalidad.