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Oscar Brando
EN UNO DE LOS POCOS cuentos perfectos que se han escrito en la literatura de todos los tiempos ("La tardecita", de Juan José Saer), Horacio Barco decide, mientras espera a Tomatis para almorzar, leer algo. Elige un libro corto que no quede interrumpido por la llegada de su amigo. La elección recae sobre La ascensión al monte Ventoux de Petrarca, un texto no desconocido por Barco pero que tiene, entre otras (y el cuento se hará cargo de ellas), la virtud de la brevedad.
Similares circunstancias pueden arrastrar a un lector a elegir un texto breve para leer: imagínese un viaje a Minas o la sala de espera en un consultorio al que, ansiosos, llegamos a la hora en que debe comenzar la consulta, pero el médico no llegó porque está operando en otra de las ocho mutualistas en las que trabaja, y encima tenemos el número 12. Digamos con decisión que este segundo caso exige revista, porque generalmente hay que estar atento a un llamado que no siempre es claro -¿ya llegó el doctor? ¿en qué puerta llaman? ¿en qué número van?- y a los pacientes que se acercan a la asistente del médico para hacer "una consultita, nada más" o a repetir remedios.
Por supuesto que "breve" puede querer decir distintas cosas: el número de páginas cambia con el tamaño de la letra, la velocidad de lectura es diferente de lector a lector y, además, varía según el texto que se lea. No es lo mismo un relato donde el protagonista es un traficante de drogas que decide infiltrarse y corromper al ejército congoleño para tratar de ayudar al contingente uruguayo sitiado en la ciudad de Goma, que otro en el que el protagonista es el lenguaje.
Pero hasta ahora se ha abusado de una teoría de la lectura. ¿Y la teoría de la escritura? Cabe preguntarse qué nos dice acerca de por qué un escritor decidió escribir un cuento o una novela que no es ni cuento ni novela, pero que se parece a una y a otra.
como si fueran amigos. El caso es que a lo largo de los días se ha ido formando en la mesa de trabajo una pilita de libros de más o menos cien páginas cada uno, que no son conjuntos de cuentos y que, de acuerdo a contratapa o solapas, pertenecerían al género narrativo. El reseñista se pregunta si se puede hacer algo con ellos, así, todos juntos, como si fueran amigos. Y la respuesta es sí, porque todo es posible en la crítica periodística. El primer paso, entonces, es leer los libros para confirmar que se trata de lo que uno cree y no de otras cosas.
La lectura confirma, con matices, la idea de partida. El primero es de un autor reconocido que, para colmo, ha recibido la bendición de Roberto Bolaño como uno de su selectivo parnaso. Habrá que leer lo anterior, porque si fuera solo por esto no integraría ningún parnaso o sería echado del paraíso sin atenuantes. Pero, como se sabe, nadie es bueno siempre, y con que lo sea unas pocas veces ya es suficiente.
El libro que sigue es el primero de una escritora uruguaya que vive en España. La contratapa informa que se trata de un relato que "mantiene una conversación" con Memoria de mis putas tristes de García Márquez. Asalta el temor del plagio, pero la advertencia tranquiliza. De todas formas el lector profesional corre a leer o a releer la última novela de García Márquez. No es una maravilla: ni la novela de Gabo ni la decisión del lector. Porque por más floja que sea y esté escrita de taquito, Memoria... está bien concebida, es redonda. Es un flagrante acto de injusticia leer a continuación la prolongación-homenaje de la uruguaya-española.
El tercer libro, con ser extraordinario, no es un relato de ficción sino un testimonio. Brevísimo, basado en una conversación, este libro fue, hace treinta años, cuando se publicó, y sigue siendo hoy, un modelo en su género. Finalmente, porque más de cuatro es abuso, el cuarto es el más declaradamente imaginativo: no es "estética del cinismo" como el primero, demasiado contaminado de realidad inmediata; no se propone subordinarse a otro texto, como el segundo, ni reconstruye, aunque con gran pericia retórica, un diálogo que tiene como referencia uno de los hechos más mentados de la historia de la humanidad, como el tercero. Dentro de su modestia, esta última obra inventa, con cierta autonomía, una trama novelesca de lectura atractiva.
LAS FICHAS TÉCNICAS. El autor prestigioso y, tal vez, sobrevaluado, es el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1958). Piedras encantadas es una novelita menor, que, como mucho libro de realismo sucio, se pierde entre el thriller, la novela negra y el policial. La trama no cierra, porque la realidad no es tan complaciente, y nos quedamos en la zona fantasma de la denuncia social que no osa decir su nombre. La hispano-uruguaya que dialoga con García Márquez es Mercedes Beroiz (1956) con la obra El llanto de los caracoles. A diferencia de la novela que la origina, en la que un viejo de 90 años cumple su último sueño con una niña de 14, ahora la niña tiene 90 años y recuerda aquel tiempo. La dispersión desfavorece la concentración que hacía la virtud central del relato del colombiano.
Ganarle a Dios de Hanna Krall es una obra mayor que exigiría un desglose de esta pequeña manada. Se trata, en su origen, de una conversación sostenida entre la periodista Krall y Marek Edelman, único sobreviviente del comando militar que organizó el levantamiento del gueto de Varsovia en 1943 y, luego de la guerra, médico cardiólogo. Pero, aquí sí, el trabajo con los distintos tiempos produce un efecto notable. Por una parte porque va diseñando los arbitrios de una vida, desde la desesperada resistencia en el gueto hasta las arriesgadas maniobras quirúrgicas para salvar vidas humanas. Ni una ni otra acción están libres de dudas, renuncias, miedos, perplejidades, traiciones. De manera que la forma en que la memoria las recoge es inevitablemente provisoria, manipuladora, tramposa: ¿qué quiero, qué debo decir en cada momento, qué tranquiliza mejor mi conciencia, cuáles son las palabras precisas para decir lo que quiero o lo que los demás quieren oír? Más que la historia del holocausto o de la pasividad o resistencia del gueto, el centro de este libro es la reconstrucción de la lucha por "ganarle a Dios" la partida difícil que nos propone.
Cynthia Ozick es una escritora neoyorquina, de larga trayectoria, nacida en 1928. Virilidad, un breve relato publicado en 1971, es una historia de usurpaciones o de mutaciones y reencarnaciones (no fantásticas, claro), y de las frágiles identidades y las glorias efímeras que se manifiestan a través del talento poético.
Finalmente, la cala teórica. Supongamos que estos relatos que leímos, que no son ni novela ni cuento, son eso otro que, según vocabularios distintos se ha dado en llamar nouvelle o novela breve o novella. Claro y didáctico, escribe Mario Benedetti: "Así como la palabra que define el cuento es la peripecia (el cuento es siempre una especie de corte transversal efectuado en la realidad, que muestra un hecho, un estado espiritual o algo aparentemente estático), la que parecería definir la nouvelle es el proceso. (...) Es decir, que cuando la ficción corta efectivamente la realidad ya estamos enterados (o nos vamos a enterar a renglón seguido) del ambiente, del carácter, de las condiciones especiales en que ese corte se produce. El cuento actúa en el lector en función de la sorpresa; la nouvelle recurre a la explicación".
PIEDRAS ENCANTADAS, de Rodrigo Rey Rosa. Ediciones del Andariego, Buenos Aires, 2008. Distribuye Gussi, 107 págs.
EL LLANTO DE LOS CARACOLES, de Mercedes Beroiz. Caballo de Troya. Madrid, 2007. Distribuye Sudamericana, 93 págs.
GANARLE A DIOS, de Hanna Krall. Edhasa. Buenos Aires, 2008. Distribuye Océano, 118 págs.
VIRILIDAD, de Cynthia Ozick. Bajo la Luna. Buenos Aires, 2008. Distribuye Ediciones del Puerto, 90 págs.
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