Agustín Courtoisie
LA IDENTIDAD se moldea en el cuerpo. Sin embargo, que una persona coincida o no totalmente con su cuerpo, es asunto a discutir. Por ejemplo, está el problema de qué hacer cuando el cuerpo parece traicionarnos al enfermarse o envejecer.
A esas y otras preguntas procuran dar respuesta diecinueve especialistas que trabajan en Argentina, Australia, Colombia, México, Estados Unidos y Uruguay, compilados ahora en un libro por la escritora y antropóloga Teresa Porzecanski. Los autores reflexionan, como se aclara, "en torno al cuerpo en ensayos cruzados por la dimensión de género, identidad, política, religiosidad, desempeño laboral, enfermedad y curación".
Horadado, mutilado, tatuado, pintado, o sanado con ungüentos, el cuerpo de los indígenas a menudo fue percibido de modo alucinatorio por los conquistadores españoles, según sus relatos de viajes. Hoy el paradigma con que se decida mirar el cuerpo humano en general puede multiplicar al infinito las diferentes percepciones.
MÁS KILOS, MÁS ESCLAVOS. Según la compiladora, la mirada "natural" del cuerpo no parece demasiado problemática. Pero hoy "la mayoría de los pensadores y teorías lo reivindican como una multiplicidad de dimensiones". Incluso la artificiosa polaridad entre la "Naturaleza" y la "Cultura" quizás pueda disolverse si se acepta el novedoso punto de partida que supone pensar lo sociocultural e histórico "desde los cuerpos".
El libro no omite ninguna perspectiva. La gordura, por ejemplo, según Laura Gioscia, en algunos países está relacionada con las clases sociales bajas, y la delgadez con las medias y altas. "La fobia a la gordura y a la pobreza se asocian al miedo al descontrol de masas u hordas de apetitos y demandas voraces no sólo de comida, sino de recursos y de programas focalizados". La propia Porzecanski apunta con fuerza a ciertas figuras esenciales en el escenario de los cuerpos, en particular a los médicos y las instituciones de salud: "Arrogancia o paternalismo, indiferencia o autoritarismo, entran en las alternativas de conducta que el médico puede utilizar cuando él también participa de su propio mito".
Algo análogo ocurre con la sujeción cotidiana del paciente a nutricionistas y otros técnicos que detonan actitudes similares, "omnipotentes, distantes y lejanísimos, sólo hablarán el lenguaje esotérico de aquellos que conocen el secreto". Además, la mujer que padece sobrepeso teme ser rechazada sexualmente. Por otra parte, la delgadez extrema, si se alcanza, parece permitir recuperar el control para algunas, pero puede involucrar la pérdida de la vida para otras.
JOE Y SU CIRCUNSTANCIA. "Peso 45 kilos. Quedé muy débil después de la radioterapia, casi me caigo", dice una paciente. "Yo sabía que me iba a voltear aún más la quimioterapia, porque siempre fui flaquita. Imagináte cómo había quedado después del tratamiento". El cáncer es uno de los dramas que enfrenta el cuerpo, y ello conduce a reflexionar sobre la manera en que ese fenómeno altera la percepción de sí mismo. El epígrafe de Jimmie Holland elegido por Natalia Luxardo para su capítulo "Cuerpos en situación de cáncer" no puede ser más oportuno: "Ya no soy más Joe, yo soy Joe, con cáncer".
Las palabras del canceroso van desde la negación hasta la admisión resignada, pero nunca parecen situarse ante un enemigo claramente identificable: "Dicen que tengo cáncer. Pero para mí es otra cosa, porque esto no es nuevo, siempre me pasó (hinchazón de estómago)", dice Alfredo. Por su parte, Patricia, con cáncer de mama, afirma: "Es que nunca lo vi. Lo primero que me dijeron cuando me operaron fue `te lo sacamos`. Es un fantasma. Había que creérselo para actuar en consecuencia".
Las estrategias existenciales de quien padece un cáncer varían en función de hasta qué punto la enfermedad deteriora su mundo de hábitos, relaciones, despliegues laborales o sexuales. Es curioso, señala Luxardo, de qué manera otros enfermos se adjetivan con su propia dolencia: ellos "son" diabéticos, asmáticos, cardíacos, celíacos, o hipertensos. Pero nadie "es " su cáncer, sino que "tiene" cáncer. El capítulo recorre con acierto a los maestros de la desesperación y el absurdo, como Lévinas, Kierkegaard y Buber, pero también da en la tecla cuanto interpreta con sencillez el tamaño de las "culpas" involucradas: el cáncer no parece detonar más que "culpas ligeras", a diferencia de un VIH, o las de cualquier otra enfermedad venérea.
EL CUERPO TAMBIÉN RESISTE. Cualquier teoría simple o cualquier causalidad resulta poco sustentable ante las consideraciones de Anatilde Idoyaga Molina en el capítulo titulado "Cuerpo y enfermedad". Aunque algo agobiante, previene contra cualquier mirada simplista la rigurosa enumeración de la página 211. Esa lista refiere a los posibles orígenes de las enfermedades conjeturados a lo largo de toda la historia humana: desbalance de energías internas; desequilibrios mentales; desequilibrios sociales; mal de ojo, brujería; castigos o maldades de seres sobrenaturales; transgresión de tabúes; atmósferas espirituales negativas; desequilibrios orgánicos vulgares, y múltiples variantes de cada uno de los factores enumerados.
Si se tienen en cuenta que todas esas "teorías" son previas pero en su mayoría aún contemporáneas de las etiologías científicas actuales, da la impresión de que la proporción de seres humanos que adhieren a explicaciones poco académicas es infinitamente mayor que la de aquellos que poseen alguna formación epistemológica refinada. Pero el cuerpo también es tratado y explicado por esas redes de conocimiento tradicional, guste o no.
Por si fuera poco, otra dimensión ineludible como la perspectiva de género es abordada a través de los capítulos a cargo de Mónica de Martino, Ava Baron y Eileen Boris. Las dos últimas autoras afirman con esperanza que: "El cuerpo trabajador no es meramente un lugar de dolor, cuyo sudor y trabajo excesivo no le pertenecen. Invitamos a considerar el `cuerpo` también como un sitio de resistencia y de potencial liberador".
EL CUERPO Y LO SACRO. No es posible dar una idea siquiera somera de todos los esclarecedores aportes del libro. Los tres primeros capítulos son algo más densos en disquisiciones teóricas, y están a cargo de la compiladora, Carolina González y Zandra Pedraza. Como era de esperar, son numerosas las menciones a Norbert Elias, Herbert Marcuse, Sigmund Freud y Michel Foucault.
Claro que el lector debería leer todos los capítulos pero si decide emprender un abordaje selectivo, le conviene acudir a "El cuerpo y la política", de Laura Collin. Son imperdibles los pasajes referidos a las "Actitudes corporales de los presidentes". La autora utiliza una novela de Luis Spota, para resumir ciertos consejos útiles para los mandatarios: "Deje que se le acerquen, pero no demasiado, hábleles, sí, pero tampoco les diga mucho. Una distancia, siempre debe establecerse una distancia. Los hombres del Poder, el Presidente, han de ser vistos de `lejecitos`. De otro modo se gastan, se les pierde respeto. Hay que preservar, en todo lugar y en todo momento, la dignidad de la investidura".
Los interesados en el yoga y en las denominadas medicinas alternativas, encontrarán a su medida los trabajos de Mercedes Sainar y Anatilde Idoyaga, y el de Mariana Bordes. En cuanto al vínculo entre el cuerpo y la religión, Joaquín Algranti lo focaliza en la perspectiva "neopentecostalista", Nelly Salinas lo aborda en los cultos "afroumbandistas", y por su parte, Teresa Porzecanski también se hace cargo de un aspecto del tema en "Cuerpo y trance en las religiones afrouruguayas".
EL CUERPO Y SUS ESPEJOS. Estudios antropológico-culturales, de Teresa Porzecanski (comp.), Planeta, 2008. Montevideo. Distribuye Planeta. 384 págs.