Oscar Brando
UNO, LA NOVELA El tren pasa primero de Elena Poniatowska tiene casi 500 páginas, 497 para ser exactos. Dos, en agosto de 2007 obtuvo, con jurado dividido, el premio Rómulo Gallegos: 100 mil dólares más edición. Tres, una de la novelas que llegó a finalista fue La hora azul de Alonso Cueto. Al lado de Cueto, Poniatowska es Shakespeare. Cuatro, el Rómulo Gallegos es un premio generalmente justo: lo obtuvieron, entre otras, La casa verde de Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; también la peor novela de Vila-Matas, El viaje vertical. Cinco: Elena Poniatowska nunca fue una buena novelista. Seis, así y todo no es el primer premio relumbrante que obtiene por sus novelas.
El tren pasa primero es más o menos. Cuando es más, es buena; cuando es menos, es espantosa. El defecto más notorio proviene de la mutación de un testimonio en novela. Se sabe que Elena Poniatowska se interesó por la huelga ferroviaria de 1958, por su líder obrero más destacado Demetrio Vallejo, preso desde 1959 hasta 1970, y por los problemas del movimiento sindical mexicano. Entre sus proyectos literarios estuvo escribir un libro que testimoniara esos hechos y, para eso realizó, hace más de cuarenta años, reportajes e investigaciones. La idea quedó en ciernes hasta ahora que se convirtió en novela.
Poniatowska ha realizado con virtuosismo dos tipos de trabajo. La reconstrucción de una vida a partir de una larga conversación con el personaje elegido puede tener por resultado el magnífico relato autobiográfico Hasta no verte Jesús mío, inspirado en el documento antropológico. El otro modo testimonial que Poniatowska ha practicado exige una mayor documentación periodística: sobre un hecho colectivo, la matanza de Tlatelolco o el terremoto de 1985, recoge información de testigos y víctimas, recorre la información que está a mano y va armando las figuras de un mosaico. En Tinísima cruza la investigación histórica con la ficción recreando un personaje, Tina Modotti, y un período. Pero la ficcionalización es el recurso más débil de la escritora. La fuerte impregnación popular de su actividad literaria produce, en el terreno de la ficción, culebrones. Poniatowska somete a sus personajes a simplificaciones atroces sin el asomo de parodia que enriquece el melodrama popular en Manuel Puig. Cuando quiere dibujar un personaje complejo no sabe cómo hacerlo: divide su vida en actos buenos y malos, sin acertar a mostrar las perplejidades.
Por ejemplo, Trinidad Pineda Chiñas, el protagonista de El tren pasa primero, es un líder obrero de intachable entrega, insobornable, heroico y de una gran intuición política en un mundo sindical y político corrupto, dogmático, calculador; es, además, un mal padre y pésimo compañero de sus mujeres. Estos defectos nunca lo oscurecen: se los menciona e incluso pueden ser reconocidos, como nubes pasajeras, por el propio personaje, pero no contaminan las virtudes. Las debilidades tanto ideológicas como temperamentales del personaje se asoman con timidez y compasión. Como alterna el protagonismo individual con el colectivo y domina lo documental sobre lo dramático, da la impresión de que la novela nunca empieza a contarse. Los personajes femeninos, Bárbara, Sara y Rosa, que parecen voluntariamente creados para contrabalancear la figura de Trinidad, trabajan como las ayudantes del mago. Bárbara, la sobrina de Trinidad, plantea un juego erótico con su tío que la novela elabora con alguna sutileza; pero de un saque, sin ninguna necesidad, se le atribuye una especie de fiebre uterina que quiebra la verosimilitud. Sara, la esposa y madre de siete hijos de Trinidad, es presentada en dos tiempos. Casi anulada durante el período heroico de Trinidad es retomada en un tiempo anterior cuando era una destacada militante comunista: su desmoronamiento está apenas insinuado. Rosa es casi una caricatura. Conoce a Trinidad en la cárcel y se enamora de él. Tampoco puede torcer su derrotero épico.
La fórmula relato histórico contado para destacar perfil heroico de personaje con luces y sombras, y que permite cruzarse con famosos que justo pasan por ahí, no suele producir buenas novelas, aunque sí exitosas. Ejemplos nacionales e internacionales lo confirman.
EL TREN PASA PRIMERO, de Elena Poniatowska, Buenos Aires, Alfaguara, 2007. Distribuye Santillana. 497 págs.