Carlos María Domínguez
POR MOTIVOS históricos, políticos, incluso, sentimentales, la cultura argentina crece en la tensión de la pertenencia y la ajenidad. Del caso es ejemplar la vida de William Henry Hudson, nacido en la Provincia de Buenos Aires en 1841 y fallecido en Inglaterra en 1922. Ezequiel Martínez Estrada le dedicó páginas magníficas en El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1951) y veinte años más tarde Alicia Jurado lo corrigió con una biografía que ahora regresa en su tercera edición. En discusión está la condición pampeana o inglesa del señor Hudson, admirado a uno y otro lado del Atlántico, y en la halagada Banda Oriental, por ser suelo de su novela La tierra purpúrea.
El nuevo prólogo de la obra muestra saludables la vanidad y la afectación anglófona de esta escritora y bióloga argentina que siguió las huellas del escritor en Inglaterra. Bajo el común amor por el autor, Alicia Jurado discute con Martínez Estrada y sus seguidores la condición argentina de Hudson y su nostalgia por la vida salvaje que llevó antes de radicarse en Londres, a los treinta y tres años de edad. Su investigación es tan sólida que se permite citar testimonios que la contradicen. Ha estudiado la obra que no fue traducida, recorrido la mayoría de los lugares de Inglaterra por donde peregrinó Hudson, consultado la bibliografía de sus amigos personales, colecciones, y la correspondencia que eludió la destrucción. Concluye que además de haber sido escritos en idioma inglés, sus libros están pensados no sólo en inglés, sino con toda la literatura inglesa. Es esta una afirmación argentina, de consecuencias polémicas e inagotables, pero más abrumadora es la singularidad del personaje.
INCLUIDO AFUERA. Nació en un campo de Quilmes, en la Provincia de Buenos Aires, llamado "Los Veinticinco Ombúes", hijo de un matrimonio norteamericano que en 1833 emigró a la Argentina y se dedicó a criar vacas y ovejas alrededor de un modesto rancho de adobe que hoy se puede visitar gracias a una fundación japonesa, vinculada por azar de un matrimonio a la familia Hudson. Tuvo cuatro hermanos, un hogar amoroso y frugal, una infancia agreste y una juventud errante en los rodeos de la Patagonia y del Uruguay. Su educación austera y británica, recibida de unos pocos maestros particulares, no le impidió involucrarse con la pampa bárbara, detrás de una temprana fascinación por la naturaleza que lo convirtió en naturalista aficionado y protector de las aves.
Cuando partió a Londres en 1874, ya estaba en comunicación con instituciones ornitológicas de Londres, publicaba artículos en la revista Proceedings, había dado a conocer varias especies autóctonas, y provocado a Charles Darwin por una precisión sobre los hábitos del pájaro carpintero que el científico respondió con una modesta aceptación de su equívoco. En Inglaterra vivió durante años en la pobreza, se casó con la dueña de la pensión en la que residía, se integró a la Royal Society for the Protection of Birds, conoció el fracaso con varias novelas y despertó admiración por sus libros de naturalista. En 1901 obtuvo la ciudadanía inglesa y una pensión de la Corona que le permitió abandonar la precariedad y anticipó los años de mayor reconocimiento, que también fueron los de su vejez.
Pese a que tuvo muy mala salud y nunca dejó de andar a la intemperie, vivió 81 años; aunque carecía de formación científica hizo notables aportes al conocimiento de la naturaleza y a pesar de su rechazo a considerarse un escritor sus páginas han sido valoradas entre las más originales de la lengua inglesa.
De sus experiencias en el Río de la Plata Hudson dio testimonio en Allá lejos y hace tiempo, Días de ocio en la Patagonia, El Ombú, Un naturalista en el Río de la Plata, La tierra purpúrea, Aves del Plata. Y son muchos los libros sobre el paisaje británico, entre los que destacan El gorrión de Londres o Una cierva en el parque de Richmond. Que sólo haya escrito en inglés, es una curiosa deriva para un argentino, pero más asombrosa es su percepción de las vivas manifestaciones de la naturaleza y desde cualquier punto de vista, la precisión y el encanto de sus descripciones, trátese de pájaros o de insectos, del comportamiento de la luz en el crepúsculo o del más cotidiano paisaje, que su pluma convierte en oro místico, cargado de ideas e imágenes esenciales.
Escribe en Nature in Downland, a propósito de las moscas: "Yo me movía y existía en medio de aquella vida, como en una bruma dorada difundida sobre la tierra; mis oídos estaban llenos del rumor de innumerables y bellas vocecitas que se fundían en una sola; dondequiera que mirase, sus cuerpos diminutos y veloces aparecían como finas rayas negras sobre el aire y el fondo verde… Y ahora, en tan corto plazo, al parecer en un día y una noche, todo ha concluido, la fiesta y la danza feérica de la vida: las miríadas de luminosos cuerpecitos como joyas, convertidos en polvo muerto". Son las palabras de un ser extravagante y exquisito, capaz de entrar a una iglesia sólo por contar, con rechazo y asco, las especies que las mujeres llevaban en sus sombreros de plumas: "Tantos tenían pájaros y tantos tenían más de uno -cuatro o cinco en algunos casos- que calculé que no habría menos de quinientos pájaros embalsamados, llevados por las fieles. Era muy triste de verlo: entre ellos había gaviotas y golondrinas y algunos viejos favoritos míos sudamericanos de plumaje brillante".
Gran parte de la obra de Hudson es inclasificable por la libertad con que reúne sus observaciones con memorias e ideas morales, estudios del comportamiento de las aves, conversaciones con aldeanos y relatos. T. E. Lawrence (de Arabia) reverenció La tierra purpúrea leyéndola doce veces, sus libros fueron amparados y celebrados por Edward Garnett, el editor que descubrió a James Joyce, a Conrad, a Virginia Woolf y a W. B. Yeats, entre otros notables, y no recibió elogio más justo que el de su amigo Joseph Conrad: "Tratarán en vano de saber cómo obtiene Hudson sus efectos y nunca lo conseguirán. Escribe sus palabras como el buen Dios hace crecer el pasto verde, y eso es todo lo que podrán decir al respecto, aunque sigan intentando averiguarlo eternamente".
EL BUEN CRITERIO. Alicia Jurado ha escrito un bellísimo libro. El fuerte carácter de su prosa, su argumentación disciplinada y vigorosa, recorre la vida de Hudson hasta las puertas selladas de una intimidad que el escritor se encargó de proteger. En su vejez reclamó muchísimas cartas personales y las quemó junto a otros papeles que, estaba convencido, no debían sobrevivirlo. Jurado sospecha que Hudson vivió no pocos amores, antes y después de casado, porque en su matrimonio no fue feliz y algunos resquicios salvados de la hoguera así lo indican. Cuando el personaje se le escabulle, se detiene en el dato cierto, examina e intuye, pero se declara rendida, y si afirma sus virtudes y acentúa ciertos perfiles míticos, valora con criterio propio las locuras y limitaciones de su biografiado.
Su honestidad está a la altura del misterioso destino de Hudson porque más allá del perpetuo reclamo de las tradiciones y las patrias, este es un hombre incómodo y prodigioso que ha dado la emoción de la belleza con la sencillez insuperable de mirar las pequeñas cosas de este mundo.
VIDA Y OBRA DE W. H. HUDSON, de Alicia Jurado, Letemendia, Buenos Aires, 2007. Distribuye Pablo Ameneiros. 307 págs.