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La guerra y el hogar
Un refugio inédito

Elperíodo de veinte años entre el final de la Primera Guerra Mundial y el comienzo de la Segunda fue notablemente dinámico. Europa (especialmente la cultura de habla alemana) sentó las bases de la actual civilización obsesionada por el consumo, a través de lo que suele denominarse Movimiento Moderno, un conjunto de conductas y criterios de juicio que convirtieron lo que antes se llamaba "moda" en una ética. La escuela de diseño Bauhaus estableció las pautas para la producción de objetos de consumo. El propagandista suizo Charles Jeanneret (también conocido como Le Corbusier) enmarcó la práctica de la arquitectura según unos criterios de funcionalidad e higiene, en busca de público (es decir clientela) masivo, y el industrial estadounidense Henry Ford creó la infraestructura que haría posible la comercialización de todo ese material a precios accesibles.

Esos veinte años entre dos masacres cambiaron los modos de aceptar o rechazar afectivamente el entorno cultural, es decir, el gusto. El Movimiento Moderno fue tan importante que aun estamos inmersos en las estribaciones de la Posmodernidad. El solo hecho de que la Academia, tan prolífica en denominaciones, no haya podido bautizar la era actual con un término autónomo de "moderno" (posmoderno, tardomoderno, hipermoderno, modernidad líquida, etc.) indica la potencia de aquellas ideas y prácticas.

El Movimiento Moderno fue un producto europeo. Estados Unidos sólo recogía algunos postulados, presentaba algunos diseñadores notables (como Frank Lloyd Wright) o impresionaba con sus rascacielos. Pero no fue sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos encontró su liderazgo en el diseño.

UN MATRIMONIO AMERICANO. Charles y Ray Eames fueron arquitectos y diseñadores, entre los más influyentes del siglo XX. Su trabajo con madera laminada y moldeada y con plásticos inyectados cambió el aspecto del planeta. Las sillas de plástico apilables y los sistemas de mobiliario de oficina (especialmente los que diseñaron para la firma Herman Miller) han invadido los ambientes habitados de todo el mundo. Eran también diseñadores y constructores de estudios de filmación, los preferidos del director Billy Wilder, debido a que en pocas horas, y con los materiales disponibles en los galpones (siempre deshechos de producciones anteriores), eran capaces de construir lo que especificaba el libreto más exigente.

La guerra permitió a Charles hacer fortuna, puesto que inventó un sistema de férulas de madera laminada que salvó miles de vidas de soldados con heridas en las piernas. Hasta la introducción de su férula, muchos soldados con heridas relativamente benignas terminaban perdiendo un miembro o la vida por causa de infecciones ocasionadas por material médico inadecuado.

En 1949 los Eames presentaron al mundo su propia casa, construida con vigas de hierro -como los rascacielos de Chicago y Nueva York-, en un estilo geométrico despojado, tomado del europeo Mies van der Rohe, último director de la Bauhaus. Fue en un terreno de la costa californiana, con grandes desniveles y repleto de eucaliptus gigantes. Allí se produjo el inicio de la modernidad arquitectónica en Estados Unidos.

Para ese entonces, todos los antiguos maestros europeos estaban instalados en aquel país, con cátedras en las universidades más importantes y estudios que acaparaban los encargos de millonarios y corporaciones. Pero de alguna manera su poderoso discurso transgresor había enmudecido. Su voluntad de romper con el pasado para renacer con nuevas energías parecía un despropósito en un país que seguía fundándose a sí mismo cada día. Dos fotos ilustran el cambio ocurrido con el Movimiento Moderno en su tránsito hacia América.

La primera, tomada en 1923, muestra a Walter Gropius, primer director de la Bauhaus, frente a Le Corbusier, sentado a una mesa en el café parisino Les Deux Magots. Ambos sostienen un intenso tête atête (literalmente sus cabezas parecen conformar un sistema planetario autónomo). Entre ambos, ensimismada y tímida, la entonces esposa de Gropius, Alma (antes y después conocida como Alma Mahler) contribuye sólo como fondo al protagonismo de ambos próceres.

La segunda fotografía fue tomada en 1950 en la casa de Gropius en Massachusetts. En la foto se lo ve de espaldas, ante una mesa de desayuno, sentado frente a su esposa Ise, en lo que los estadounidenses llaman sun porch, una terraza vidriada que da al jardín. No se distinguen los rostros, que están en contraluz. Tampoco se ven los detalles de la casa, lo cual es muy llamativo, porque la foto se publicó en una revista de arquitectura, y siempre interesa saber cómo es la casa que un arquitecto diseña para sí mismo. Sólo el ambiente distendido y doméstico, con Gropius en mangas de camisa.

Justo entonces el matrimonio Eames saltó al escenario del diseño moderno. Tenían la ventaja de ser auténticamente estadounidenses. Nunca habían posado como héroes del diseño, pero habían salvado vidas de soldados compatriotas. Y eran tan buenos (o mejores) diseñadores. Y no necesitaban posar en una foto para parecer lo que no eran.

NIXON Y KRUSCHEV EN LA COCINA. En plena Guerra Fría, un pico de la discusión sobre la modernidad tuvo como tema la administración del hogar, y ocurrió en una cocina norteamericana en Moscú.

En 1959 Estados Unidos y la Unión Soviética acordaron intercambiar exposiciones nacionales sobre ciencia, tecnología y cultura. La Unión Soviética realizó la suya en Nueva York en junio, y Estados Unidos hizo lo propio en Moscú en julio. Los Eames contribuyeron con una película titulada Glimpses ("Vistazos"), que mostraba, en siete pantallas simultáneas, escenas urbanas de la vida en Estados Unidos, especialmente autopistas, aeropuertos, supermercados, e individuos disfrutando del ocio doméstico rodeados de electrodomésticos.

El vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, viajó a Moscú, donde visitó la exposición estadounidense con el Jefe de Estado de la Unión Soviética Nikita Kruschev. Ambos gobernantes discutieron animadamente ante el símbolo de la victoria del capitalismo sobre el socialismo: un lavavajillas. Ese episodio se conoce como The Kitchen Debate y significó que la guerra (aunque fuera fría) también se metía en el hogar. En esos mismos años Estados Unidos vivió un estado de paranoia sólo comparable al que ha experimentado en los años posteriores al ataque a las torres del World Trade Center de Nueva York en 2001. En tal estado de terror el hogar adquirió un carácter inédito de refugio, en sentido estricto.

ATÓMICAS Y TUPPERWARE. Mientras Kruschev y Nixon discutían sobre hornos de microondas y detergentes biodegradables en Moscú (¿Esta es la cultura, la tecnología y la ciencia que tiene para ofrecer América? ¿Una cocina?, decía el periódico soviético Pravda), un matrimonio de Miami pasó quince días en su refugio subterráneo en el jardín de su casa de los suburbios. Fue su luna de miel. Su historia se publicó en el número del 10 de agosto de 1959 de la revista Life.

En esos años se impuso un doble paradigma del hogar. Por un lado, una casa con jardín, alejada del ajetreo de la ciudad, accesible sólo mediante el automóvil, un medio de transporte que estimula el consumo de combustible, esencial para la economía estadounidense de aquellos años de petróleo barato. Y al mismo tiempo, un refugio nuclear, que estimulaba a las familias a construir y mantener con acopio de alimentos, agua potable y un botiquín. La guerra ya no suponía tropas organizadas, porque las bombas atómicas permitían una destrucción completa sin el concurso de seres humanos. Los hombres de la casa no serían llamados a filas, sino que deberían hacerse cargo de su familia y protegerla de la aniquilación desde el hogar. Para eso el modo de vida estadounidense era ideal, porque en el jardín había espacio suficiente para construir un refugio, y en la ferretería se podía comprar tantos contenedores de Tupperware como fuera preciso para guardar las vituallas.

Ésos son los temas del reciente libro Domesticity at War de Beatriz Colomina (The MIT Press, 2007). Del mismo modo que los años cincuenta y sesenta, cuando el gobierno estadounidense estimulaba la construcción de refugios nucleares en los jardines de los suburbios, después de los atentados del 11-S el hogar es el reducto final de la defensa contra un enemigo ubicuo.

Carlos Rehermann

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