Eleonor Wauquier
CUESTE lo que cueste, Amélie Nothomb saca un libro por año. Exasperante pero sutil, amena pero pueril, esta autora escribe 3,7 novelas por año, producción casi industrial que lleva a resultados literarios desparejos. En el mes de setiembre, a cada vuelta de clases en Europa, como si entregara los deberes hechos en las vacaciones, uno de esos escritos es elegido y publicado por la autora, y luego traducido a 37 idiomas. Este año fue Diario de Golondrina, decimoquinta novela que promete mucho pero que no cumple. Se pierde tanto en lo superficial que cabe preguntarse dónde está la autora de Biografía del Hambre (2004) y de Estupor y Temblores (1999). Siempre con un estilo raro y excéntrico, Nothomb se lanza al sensacionalismo en una historia exhibicionista de sexo y sangre, estilo que sin embargo castigaba en Ácido Sulfúrico (2005). Esta última, una de las mejores obras de la autora, plantea una fuerte crítica a la llamada "televisión chatarra". Los personajes son protagonistas de un reality show donde la lujosa casa de Gran Hermano es reemplazada por un infame campo de concentración, lleno de cámaras y con enorme rating televisivo.
UNA GOLONDRINA SENSACIONALISTA. En Diario de Golondrina aparece una historia obscena, elemento raro en una autora que dice odiar la vulgaridad y lo ha proclamado en algunos de sus escritos. De todas formas, no es la primera vez que se contradice. El estilo, que en algunos de sus libros era denso y cargado de simbolismos, aparece empobrecido, parecido al de un escolar. Esta vez no es cuestión de autobiografía ni de diálogos argumentados como en Higiene del Asesino (1992). En Diario... el narrador es un hombre llamado Urbano, que se convierte en Inocencio, pero que bien podría haberse llamado de otra manera porque es un personaje vacío sobre el cual no se sabe nada, y que tampoco siente. Nothomb evoca en forma vaga a Rousseau y a Aristóteles como si garantizaran la cuota filosófica que deberían tener (que tenían) algunas de sus novelas.
A raíz de una decepción amorosa Urbano comienza un "suicidio sensorial, el comienzo de una nueva existencia" porque para él, "la vida se había convertido en la muerte". Lo único que parece brindarle sensaciones es el disco Amnesiac, del grupo Radiohead, que lo vuelve "indiferente al tóxico sentimentalismo de los recuerdos" con una hipnótica eficacia. Las menciones recurrentes a este grupo se vuelven obsesivas e injustificadas. El personaje disfruta únicamente del arte abstracto, porque dice estar totalmente alejado del bien y del mal. Pierde su empleo de mensajero por atropellar a un anciano, accidente que considera "nada serio". Conoce en un bar a un enigmático ruso que lo contrata inmediatamente como asesino a sueldo. El primer encargo lo llena de sensaciones y de confort económico, porque "ser pagado por ello proporciona una sorprendente voluptuosidad". Después de cada matanza, llega a su casa a practicar el onanismo con los recuerdos de su día laboral y deleitarse con un plato de carne fría, porque ésta, según él, "sabe a cuerpo". Un cliente por noche es, a su gusto, demasiado escaso, por lo que se dedica al "fast kill", método que consiste en matar a cualquier peatón en la calle. La autora redunda en detalles gore, describiendo por ejemplo cómo deja manchas un cerebro cuando estalla, porque es "grasa en estado puro". El próximo trabajo consiste en matar a una familia, pero en el momento de la intrusión se interesa por una muchacha a la que llama "Golondrina" que asesina a su padre por un diario íntimo.
NARCISISMO LITERARIO. Nothomb nació en 1967 en Kobe (Japón) donde pasó los primeros cinco años de su vida. Hija de un barón y diplomático belga, aprovechó los numerosos viajes paternos para incluirlos en varias novelas autobiográficas. Sus estadías en países asiáticos (Japón, China, Laos, Birmania) la alejaron de Bélgica, país que considera una "auténtica patria de lo absurdo". Pero hablar de su biografía parece redundante, ya que en su literatura relata su vida desde el nacimiento, época de la cual simula acordarse perfectamente, en Metafísica de los tubos (2000), Biografía del Hambre y El Sabotaje Amoroso (1993). Para ella Japón fue el país de la belleza y China el de la fealdad.
Se muda a Nueva York a los ocho años, y a los diecisiete descubre Bélgica donde hace estudios de filología románica en la Universidad Libre de Bruselas. Vuelve a Japón para probar suerte laboral como intérprete, experiencia que da origen a Estupor y Temblores, libro ganador del Gran Premio de Novela de La Academia Francesa en 1999, en el que relata el infame trato que le dieron. Una cruel jefa la destituye poco a poco de sus cargos, hasta emplearla como limpiadora en los baños de la oficina.
HAMBRE SENSORIAL. Amélie Nothomb, que casi siempre es el personaje central de sus novelas, tiene una necesidad imperiosa de sentir. En Biografía del Hambre describe muy bien el hambre sensorial que se extiende a toda su obra. La autora cuenta en sus numerosos relatos autobiográficos las mutilaciones constantes a su cuerpo, por el mero hecho de sentir. Anorexia, bulimia, alcoholismo infantil, insomnio voluntario y potomanía (patología peligrosa en la que el afectado, insaciable, toma litros y litros de agua). "El agua desalteraba sin alterarse y sin alterar mi sed. Me enseñaba el auténtico infinito, que no es una idea o una noción, sino una experiencia" (Biografía…).
El maltrato casi masoquista no se aplica a las relaciones afectivas de la autora. Anticrista (2003), novela sobre la fascinación adolescente y la edad de la pubertad, apela constantemente a una homosexualidad platónica. Nothomb siempre se enamora de mujeres: de su niñera japonesa Nishio-San, de sus compañeras de juegos infantiles, de su amiga adolescente, de su jefa: "tenía hambre de Nishio-San, de mi hermana y de mi madre (…) No tenía hambre de mi hermano, como tampoco la tenía de otros niños (…) no despertaban en mí ningún tipo de apetito". Las mujeres en sus novelas son un núcleo alrededor del cual Nothomb se agita de forma desesperada reclamando un poco de atención.
Cuando se trata del sexo masculino, utiliza una de las características principales de su estilo: una incisiva eficacia en los diálogos. Atentado (1998) narra un encuentro en un aeropuerto, el no-lugar por excelencia, donde se construye un relato que demuestra el poder de la palabra: el diálogo lleva a uno de los personajes al suicidio. Y es que la muerte es una de las temáticas favoritas de la autora. Higiene del asesino está exclusivamente compuesta de diálogos de diferentes periodistas con un autor homicida difícil y pedante, ejemplos del arte de la retórica.
Fascinada por lo monstruoso, siempre muestra personajes extremos, a los que parecería que desea asemejarse, convirtiendo sus extravagancias en un argumento publicitario. Muchos se ríen de ella por sus sombreros ridículos, y por esa automática necesidad de poner su cara, siempre exageradamente maquillada y con expresión teatral, en las tapas de sus libros. Su narcisismo extravagante, la calidad inconstante de sus entregas y una cierta prepotencia, caen mal, pero algunos lectores siguen curiosos un agudo virtuosismo en el uso de la imaginación, por no llamarlo mitomanía. En los sucesivos relatos autobiográficos, las versiones se contradicen. Es que a veces, Nothomb parece querer reunir a todo el mundo alrededor de su cuna imaginaria, mezclando versiones e historias como lo haría una niña frente a sus padres.
Una de sus pasiones es hablar de sí misma: dice que escribe de cuatro a ocho de la mañana, cuando la gente se despierta y siempre con bolígrafo, porque se considera una grafómana. Para coronar todo, dijo en una entrevista que nada la deleitaba más que comer frutas podridas.
DIARIO DE GOLONDRINA, de Amélie Nothomb. Anagrama. Barcelona, 2008. Distribuye Gussi. 105 págs.