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Richard Millet contra la literatura actual
Por suerte todo está mal

Carlos Rehermann

Es un pensamiento común en la historia de los hombres creer que en los buenos viejos tiempos reinaba la paz, había armonía y estabilidad, la prosperidad era la norma, y los hombres y mujeres convivían en una sociedad fraterna y solidaria. El poeta Hesíodo elaboró un catálogo de cinco edades: la de oro -la mejor, la primera-, de plata, de bronce, la heroica y la de hierro -la peor, la de su tiempo-. Su manía clasificatoria se debió, tal vez, a que necesitaba insumos para su obra poética, a la que conviene la variedad. Los judíos y los cristianos, a su vez, necesitaron sólo dos edades: una muy parecida a la Edad de Oro de los paganos -la temporada que pasaron Adán y Eva en el Paraíso- y otra, desastrosa por donde se la mire, que sería, según esas religiones, su era contemporánea. Los discursos sobre lo mal que anda el mundo se remontan a lejanos faraones, escribas aztecas, místicos hindúes, monjes japoneses y ermitaños medievales. Las cosas nunca estuvieron muy bien. Una variante vernácula debida a Discépolo, el tango "Cambalache", destaca por su pesimismo parejo y sin fisuras, tanto que se despega con matices de la idea anterior: el mundo es, fue y será una porquería. En estas tierras parece que ni siquiera hubo una Edad de Oro.

Los profetas y los escritores suelen ser los más amargos propagandistas del fin. Richard Millet, escritor y editor francés de larga trayectoria con más de 30 obras publicadas desde 1983, premio de la Academia Francesa, y promotor principal de la publicación de Las benévolas de Jonathan Littell (Premio Goncourt 2006), acaba de publicar Désenchantement de la littérature ("Desencanto de la literatura", Éditions Gallimard), donde anuncia un Apocalipsis literario. La palabra griega apokálypsis significa "revelación", pero es de uso creer que quiere decir "final". Parece bastante justo, porque no puede haber revelación sin que antes algo termine para siempre.

UNA ERA POSLITERARIA. Millet se declara abrumado por el predominio de la ignorancia, la estupidez y la frivolidad de la cultura occidental actual. El estado en que está la literatura, especialmente la francesa, es para él un síntoma del desastre. Le parece que se está produciendo un deterioro que sólo puede conducir al fin de la literatura. "Hemos entrado en la era posliteraria", dice. "Hemos llegado a una simple horizontalidad, el modelo americano. América carece de verticalidad. Es una especie de horizontalidad vertiginosa, y se puede ver qué es lo que produce: una proliferación de mosaicos, de cuotas raciales, la imposibilidad de pensar el mundo fuera de la utopía americana".

Generalmente los anuncios del fin de los tiempos están asociados a la denuncia de una pérdida de valores. Pero la intención proselitista no necesariamente convierte el anuncio en una falsedad. Es cierto que civilizaciones enteras han desaparecido, ha habido genocidios, etnocidios, exterminios de toda clase, lo que ha conducido a la desaparición de numerosas manifestaciones artísticas y culturales. Por ejemplo, no es disparatado decir que todas las artes murieron en Alemania hacia 1933, y de hecho buena parte de ellas no sobrevivieron hasta la caída del muro de Berlín. Para muchos ciudadanos de aquellos tiempos y lugares, sin embargo, el mundo era inmejorable, y la arquitectura, la pintura y las letras no podían estar mejor.

Millet adjudica a la horizontalidad norteamericana la responsabilidad por el deterioro de la cultura occidental. La pérdida de verticalidad a la que se refiere Millet es la perversión de la idea democrática: "El problema es que ya no existe una jerarquía de valores literarios, sino una especie de achatamiento general por el cual se querría, a partir de una perversión de la idea de democracia, que valiera todo".

Sostiene que Europa vive un proceso de islamización, que reniega culposamente de su cristiandad, y que se viene moviendo (al menos desde la creación de la Comunidad Económica Europea, y su culminación, la Unión Europea) hacia un desdibujamiento general de las identidades nacionales, mediante el maquiavélico trámite de declarar valiosa cualquier manifestación de usos y costumbres. Serbia fue, dice, el único país que se levantó contra ese proceso.

Una asociación de ideas (habla de von Hofmannsthal) lo hace hablar de Peter Handke, de quien confirma su escasa presencia física y mediática, salvo en los lugares que los "perros guardianes" dictaminan equivocados (los funerales de Slovodan Milosevic, por ejemplo), lo cual llevó a quitarle un premio alemán y a bajar de cartel una obra suya en Francia. Se lo vilipendia en vez de leerlo. La causa es que los escritores ya no son "figuras", salvo (afirma) algunos viejos caminantes latinoamericanos y Soljenitsin. El resto de los escritores tiene una imagen fotográfica, intercambiable.

Lo legible no es, hoy en día, más que una dimensión de la visibilidad mediática que constituye una medida del tiempo humano. Y así, por contraste, evoca a Blanchot, ya completamente desvanecido, apenas cinco años después de su muerte, porque carece de imagen fotográfica, de existencia mediática.

Acerca del énfasis en los anglicismos y la oralidad de algunas estrellas francesas de las letras, dice que "muy pronto será más eficaz escribir en inglés". No es una simple fobia lingüística, sino una denuncia de la desaparición de toda forma de ficción que no sea la narración apta para ser convertida en una película de Hollywood. "Sagan [Francoise], Gavalda y sus variantes nothombescas son sub-literatura", afirma. "Estamos en un extraño invierno: el de la lengua".

DISPAREN CONTRA EL DISTINTO. Un escritor ya no es alguien con ideas sino un individuo que produce libros que se venden. Ya nadie los busca para preguntarles qué piensan. Millet sostiene que sería inútil: no hay escritores que tengan algo para decir. Cuando un escritor dice algo, ya no se entiende. Para Millet, la obsesión de los escritores exitosos franceses por "la oralidad sumerge en la oscuridad a los monumentos lingüísticos".

Un ejemplo citado por Millet es el del escritor estadounidense Saul Bellow. Un colega de Bellow, Richard Stern, propuso a la alcaldía de Chicago nombrar una calle en honor al escritor del que la ciudad más debería enorgullecerse. La edila Toni Preckwinkle comunicó la negativa del Consejo municipal porque había sido informada de que Bellow "hizo declaraciones racistas". Lo que dijo Bellow, en un reportaje del diario The New York Times fue: "¿Dónde está el Proust de los papúes? ¿Dónde está el Tolstoi de los zulús?".

Trataba de decir que no se puede comparar una cultura preliteraria con una cultura letrada. Millet dice que dos mil años de civilización han terminado en el fracaso de la lectura. No se sorprende de que se pueda entender tan mal a Bellow. Eso indica, entre otras cosas, que no se lo lee ni se lo ha leído, y que cuando el medio letrado por excelencia de la actualidad (el diario) deja escapar alguna de sus frases, la ilegibilidad se adueña del proceso.

Millet dice que Francia no es una sociedad multicultural ni mestiza, como la nueva horizontalidad insiste en afirmar. Dice que la cultura es aristocrática, blanca y europea. Se lamenta de la desaparición de los grandes hermeneutas del siglo XX (Derrida, Deleuze, Blanchot, Barthes, Lyotard, Debord, Lacan, Ricoeur, Baudrillard). Y que todos esos desaparecidos sean franceses no es casual, ya que Millet denuncia la desaparición de Francia y su lengua (es decir, Francia a secas), erradicada por el progreso de la ignorancia.

Millet es editor y lector de la editorial Gallimard. Sólo uno de sus libros fue publicado en español, en Perú (El gusto por las mujeres feas, 2004). El libro Désenchantement de la littérature mereció algunos de los ataques más furibundos de la crítica francesa. Millet fue acusado de racista y enemigo de la democracia. Según su colega Philippe Sollers (trabajan juntos en Gallimard) el ataque a su libro intenta evitar (con éxito) el debate. Fusilar a quien pide la palabra para cuestionar el estado de las cosas no parece ser un medio eficaz para promover la cultura y el entendimiento. Pero las voces que disienten con el pensamiento dominante, aunque uno no esté de acuerdo con lo que dicen, deberían ser siempre bienvenidas.



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