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Asturianos en Uruguay
Hombres de coraje

JUAN DE MARSILIO

LA NACIÓN ORIENTAL es peculiar: uno de sus principales rasgos es el cosmopolitismo, es decir, la tendencia a recibir, sin presionarlas para que abandonen su cultura e identidad, a personas de variados orígenes étnicos y geográficos. La uruguaya es una nación de colectividades, que en los casos español e italiano, por su importancia numérica, sin desmedro de su carácter nacional, se ramifican en colectividades regionales con fuerte y dinámica presencia social y cultural. Estas colectividades y las instituciones que las nuclean, lejos de ser un elemento disolvente, son parte constitutiva de la "uruguayez". Lo prueba el que, en las últimas décadas, cuando los hijos y nietos de esos uruguayos de adopción han tenido que emigrar, muchas veces a los países y regiones de origen de sus familias, han seguido añorando al Uruguay y manteniendo vínculos afectivos con la patria. De igual modo, los pocos inmigrantes afortunados que, "hecha la América", pudieron volver a sus comarcas de origen, en medio de la alegría del retorno, han sentido cierta inesperada morriña, cierta saudade, por su segunda patria rioplatense. De entre esas muchas colectividades, el libro de Olveira Ramos enseña, desde la colonia hasta hoy, la presencia asturiana en el Uruguay.

LAS DOS ORILLAS. Vicente Álvarez Areces, Presidente del Principado de Asturias, tiene la virtud de no ignorar en el prólogo ninguna de las orillas implicadas en este libro sobre sus paisanos en tierras lejanas. Es consciente de que si emigraban de una patria, otra los recibía. Balancea bien la importancia de los recuerdos y la identidad cultural que llevaban en el ligero equipaje y el diálogo que esos hombres y mujeres entablaron con su tierra de adopción, proceso en el que Uruguay les dio mucho y ellos dieron mucho a Uruguay. Con altura política y humana, reconoce la necesidad de que Asturias cuide los lazos con sus hijos en el extranjero y con su descendencia, incluyendo el deber de recibir bien a esos hijos y nietos de asturianos que, por los mismos problemas políticos o económicos que expulsaron a sus ancestros, llegan a la vieja patria buscando mejor suerte. El prólogo refleja el espíritu del libro. Olveira, con prosa amena, subraya el amor por las dos tierras de los asturianos-orientales que rescata del olvido.

PAISANOS VALIENTES Y LABORIOSOS. Los asturianos se reconocen a sí mismos como "paisanos". Luego esa voz termina designando también al habitante del campo, o la toman para reconocerse, lejos de ella, los emigrados de una patria chica, regional o comarcal. Una de las características que se rescata en este libro, que abarca más de dos siglos, es la unidad de estos "paisanos" astures, evidenciada en los muchos casos de parientes lejanísimos o meros conocidos de la misma aldea que se encargaban de reclamar desde el Uruguay a compatriotas que necesitaban abrirse camino lejos de la "tierrina", saliendo fiadores de los mismos y brindándoles casa y comida mientras conseguían trabajo.

Siempre ha requerido coraje dejar el lugar propio e ir a echar raíces lejos pero la primera oleada de familias asturianas que llegó al Virreinato del Río de la Plata fue valiente por partida doble. A fines del siglo XVIII, en una de sus pocas decisiones descabelladas, Carlos III destinó, en varias expediciones, cientos de familias asturianas a colonizar la Patagonia para defenderla de posibles incursiones británicas. Con los recursos disponibles en esos días, el sólo pensar en instalarse en la región era para valientes. Las penalidades de las familias que llegaron a vivir en Puerto San Julián y Carmen de Patagones fueron atroces, así como la marcha hacia el norte, cuando fracasó el emprendimiento y se decidió instalar a esos paisanos como "interinos" en otros puntos del Virreinato, en su mayoría en la Banda Oriental.

El coraje asturiano, militar y civil, lejos de agotarse en este episodio, fue una constante en la lucha contra el portugués por la Colonia del Sacramento, en la defensa ante las Invasiones Inglesas, en las luchas por la Independencia, del bando realista y también del patriota. Hubo en el Cerrito asturianos que se destacaron al servicio del Presidente Oribe, como su Canciller, el Dr. Carlos Villademoros, o los notables juristas Fco. Solano Antuña y José Mones Roses. Del lado de la Defensa, corría sangre asturiana por las venas de su Presidente, el Dr. Joaquín Suárez. Pero no es sólo de guerreros y luchadores políticos el recuento que hace Olveira Ramos: muchas son las historias de trabajo duro en la industria y el comercio, la mayoría de ellas signadas por el esfuerzo familiar para salir adelante. El lector montevideano que vaya rumbo al medio siglo reconocerá nombres de almacenes, cafés y otros negocios que marcaron su infancia y adolescencia: eran de asturianos. Menos conocido pero no menos notable, por lo titánico, el caso de Clemente Barrial Posada, impulsor de la industria aurífera en el departamento de Rivera. Una calle de Minas de Corrales recuerda su nombre.

MARAGATOS Y ASTURIANOS. En tiempos coloniales, los asturianos fueron importantes en la fundación de varias poblaciones. Muchas familias de "interinos", frustrado el intento de colonización patagónica, fueron parte principal del núcleo español que repobló la Colonia del Sacramento, luego de su conquista a los portugueses, en 1778. La presencia astur fue también importante en la fundación de Melo, que hasta bastante entrado el siglo XX fue una especie de pequeña Asturias. Pero la revelación más inesperada es que en la fundación de San José de Mayo hubo apenas una familia de leoneses de la Maragatería, siendo asturiana la mayoría de las familias fundadoras, viniéndole a los habitantes de San José la denominación de maragatos por un error en la crónica de un viajero europeo.

LAS DOS ASTURIAS. La Guerra Civil española y el régimen franquista fueron causa de una nueva oleada de emigración asturiana. El autor afirma sin disimulo su simpatía por la causa republicana. Varios de los asturianos notables a los que se refiere, entre ellos Enrique Cabal González, quien fue presidente de la Asociación Española Primera de Socorros Mutuos, o el periodista Álvaro Fernández Suárez, que bajo el pseudónimo de Juan de Lara publicó por catorce años sus columnas del semanario Marcha, llegaron a Uruguay con sentencia pendiente por su militancia antifranquista y, ya aquí, prosiguieron su acción política a favor del bando republicano en el exilio. Sin embargo, no deja Olveira de reconocer las virtudes de los asturianos franquistas honestos y trabajadores, ni de marcar el hecho de que, en muchos casos, las diferencias políticas no cortaron los lazos de patria y familia entre los "paisanos". Destaca en este sentido el capítulo sobre los hermanos José María y Manuel Iglesias, comerciantes ambos, franquista el mayor y el menor republicano, en cuyos encuentros familiares "volaban los techos" en el calor de la discusión política, pero que siempre terminaban reconciliándose y ayudándose entre sí. Sin embargo, la Guerra Civil llegó a dividir a la colectividad. Del Centro Asturiano, fundado en 1910, se escindió en 1939 la Casa de Asturias, en la que estaba prohibido discutir y enfrentarse por cuestiones de política o religión. Tras muchos intentos, en 2002 se ha consagrado la unificación de la colectividad en el Centro Asturiano-Casa de Asturias.

Estudios como el de Olveira muestran la necesidad de investigar el aporte de las muchas colectividades que han construido la identidad uruguaya. No sólo para entenderla mejor, sino también para mantener los lazos con las comunidades de origen y, sobre todo, para promover en nuestra sociedad el sano orgullo de ser tolerantes. Habrá que estudiar, en concreto y ahora, maneras de integrar a los inmigrantes de hoy (andinos, asiáticos, etc.) que tienen mucho para dar. Habrá que estudiar, algún día, el aporte de la diáspora uruguaya a los países en que se ha instalado, con el mismo amor y orgullo con que en este libro se repasa lo hecho por los asturianos en el Uruguay.

HÉROES SIN BRONCE. Crónica de pasiones asturianas en tierra uruguaya, de Armando Olveira Ramos. TREA/Gobierno del Principado de Asturias. 2005, Gijón. 200 págs.



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