László Erdélyi | Gabriel Sosa
ELVIS PRESLEY. En la historia del rock Elvis es un mamut. Sus primeras fusiones revolucionarias de country y blues formaron el rockabilly, que luego según muchos se empañó, y según pocos se enriqueció, con agregados de pop, góspel, bluegrass y registros de crooner. Su catálogo de 141 discos sigue siendo una de las fuentes principales de ingresos del sello RCA, que en 1955 lo compró a Sun por 35 mil dólares. Tan gigantesca es la sombra de Elvis, que hace mucho traspasó el campo de la historia de la música, y se metió en la historia del siglo XX, sobre todo de Estados Unidos, pero también del mundo (¿de dónde, si no, salieron los contoneos eróticos de Sandro?).
Elvis murió el 16 de agosto de 1977, unas pocas horas después de volver del dentista, en el dormitorio de su mansión Graceland. Cien mil personas pasaron por la casa el 17 de agosto a presentar sus respetos en el velorio.
Luego de su muerte, Elvis entró en la dudosa leyenda estadounidense. Al día de hoy, miles y miles de personas creen que está vivo y septuagenario. A diferencia de Marilyn o JFK, Elvis nunca fue un objeto de culto ilustrado, y sí un ídolo popular, una estrella para el mínimo común denominador, sobre todo en sus últimos años. Por eso su muerte nunca fue objeto de interminables especulaciones sobre teorías conspiratorias, sino material de chusmeríos baratos.
Un icono de ese calibre no podía escaparse del cine. Una lista de las películas sobre Elvis o que lo muestran como personaje secundario, tanto biográficas como de ficción (o incluso otro subgénero, las películas sobre imitadores de Elvis), sería interminable. Y con el correr del tiempo, estas películas se han vuelto más y más delirantes, a medida que la leyenda de Elvis se descontextualizaba. Vale como ejemplo Bubba Ho-tep (2002), de Don Coscarelli, que presenta a Bruce Campbell como Elvis en un hogar de ancianos de Texas luego de cambiar lugares en los años 60 con un imitador, quien luego murió en Graceland. En el cuarto de al lado está JFK... que es negro. Ambos unen sus fuerzas en una batalla final contra una momia egipcia, que chupa el alma de los residentes.
Elvis, The Personal Archives es un libro-objeto de Jeff Scott basado en un collage de fotografías y documentos de y sobre el músico, que pretenden formar una imagen mayor, gestáltica. Y no funciona. Un pasaporte, un revólver, una silla dorada y una mesada de cocina podrán ser buen material para una creación surrealista de Duchamp, pero poco para dar idea de un mito del tamaño de Elvis. La reducción de su figura a unos pocos y seleccionados detalles banales (y de un mal gusto impresionante, hay que decirlo) sólo dan testimonio de una carnalidad hace largo tiempo abandonada, y poco reflejan de la leyenda de uno de los hombres que revolucionó el siglo XX, y que regalaba Cadillacs y joyas por capricho. Elvis no está en Elvis, The Personal Archives. A esta altura de la mitificación y la masificación, tal vez incluso esté más en Bubba Ho-tep que en sus discos y en las películas que lo tenían, aun en carne y hueso, como estrella.
RASCACIELOS. Cuando ocurrieron los ataques del 11 de setiembre de 2001, todo el mundo pensó que la era de los rascacielos había terminado para siempre. Una era nacida en los mismos Estados Unidos a fines del siglo XIX (Louis Sullivan), consolidada allí por europeos socialistas escapados de la alemania nazi (Mies van der Rohe), en una carrera al cielo que no paró durante las décadas siguientes (Philip Johnson, I.M. Pei, Norman Foster, entre otros), alcanzando hitos que asombraron a todos, hasta que el récord de altura se fue de Estados Unidos con las Petronas Towers de Kuala Lumpur en 1998 (452 metros, cuatro más que el Empire State neoyorquino).
Para tristeza —o deleite— de Osama Bin Laden, en el 2001 no paró la carrera al cielo. El Taipei Financial Center le robó el record a las Petronas con sus 508 metros de altura (2004), para el 2007 va a estar terminado el Shanghai World Financial Center con 492 metros, y por ahí, en la ciudad china de Guangzhou, el West Tower Project alcanzará los 432 metros. Y como el mundo árabe no quiere ser menos, está en marcha el Burj Dubai Project de la mano de S.O.M. (Skidmore, Owings & Merrill) prometido para el 2009, ¡con 700 metros de altura! Este es el tema central del nuevo número de la revista de arquitectura japonesa a+u No. 421, de octubre 2005: el rascacielo como construcción emblemática del siglo XXI. Contra todos los pronósticos políticos (terrorismo), económicos (a quién diablos se los venden), urbanísticos (le tapan el sol al vecino), y ecológicos (cuánto gastarán en calefaccionarlas), las agujas al cielo viven y luchan, y parece no haber a la vista impedimento tecnológico alguno que las frene. Y a pesar de las críticas de un grande como Rem Koolhaas, de que las agujas al cielo deberían dejar paso a nuevas ideas ("Asesinen al rascacielo" dijo el muchacho tímidamente), esas críticas terminaron reinventando los nuevos edificios, y el propio Koolhaas lanzó al aire su propia utopía como válvula de escape (una ciudad-rascacielo de 120 mil habitantes...).
Nada más alejado de este confuso panorama teórico que el nuevo número de a+u, quizá la mejor revista de arquitectura del mundo. Al ensayo introductorio de Andre Lepik le sigue un análisis de las torres más emblemáticas de la actualidad, con la calidad gráfica que caracteriza a estos mágicos japoneses (diseño limpio y fotografía impactante). Destacan la torre torneada de Santiago Calatrava (Malmo, Suecia, 2005), la Bishopsgate Tower de Londres (en construcción), y la Torre Agbar de Jean Nouvel en Barcelona (en construcción), entre una veintena de obras analizadas.
LEONARDO DA VINCI. El 27 de agosto de 2003 dos ladrones disfrazados de turistas hurtaron del Castillo de Drumlanrig en Escocia la pintura de Leonardo Madonna of the Yarnwinder (1501-1507). Se llevaron, bajo el brazo, nada menos que 65 millones de dólares, dejando al Duque de Buccleuch y a su familia en un grave estado de depresión, pues hacía doscientos años que la obra les pertenecía.
Nada se sabe aún del destino de esa pintura. Pero hay muchas cosas que sí se pueden saber de Leonardo, más allá de la danza de millones. Son aspectos mucho más universales e imposibles de robar: es todo el conocimiento que Leonardo legó a la Humanidad, y que vuelve de tanto en tanto en sesudas biografías, algunas mediocres y otras muy buenas.
Se acaba de reeditar en libro de bolsillo una de las mejores, Leonardo de Martin Kemp (Oxford University Press), que por su brevedad y claridad permiten alcanzar la fibra íntima de cómo funcionaba ese cerebro genial.