El costo de la genialidad

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MERCEDES ESTRAMIL

ALEMANIA es Adolf Hitler y Thomas Mann: con esta polaridad alguien se atrevió a definir la alemanidad en el siglo XX. Fue un crítico literario alemán, Marcel Reich-Ranicki, especialista en la familia Mann y sobre todo en Thomas, novelista a la par de Kafka o Proust y para muchos, la gran voz alemana después de Goethe. Pero sobrellevar, aunque sea ex aequo y con semejante compañero, la representatividad de ese país en los hombros no es tarea menor ni siquiera para Mann. Ni siquiera para un "genio". La denostada palabrita regresó a la escena literaria cuando el académico Harold Bloom publicó su ensayo Genios (Anagrama, 2005) en el que repasa la trayectoria de cien escritores. Qué duda cabe, Thomas Mann figura entre ellos. Y si no figurara se habría levantado de la tumba: su alto concepto de sí mismo sobrevivió a depresiones reales y a hipocondrías varias, a las críticas negativas, a sus pasiones no resueltas y al exilio.

Esteticista, descriptivo y con agudo sentido de lo trascendente, su literatura pertenece al pasado. Ya no se escribe así, no se lee así, no se piensa así. El largo y ordenado aliento de su prosa, su densidad conceptual, y la soberbia interioridad de sus personajes dotados además de capacidad verbal para expresarla, no encontrarían pista en la aparente velocidad actual, ni siquiera en el complejo, abstracto mundo literario de la Mitteleuropa. Claudio Magris o W.G. Sebald podrían dar hoy las coordenadas más cercanas a lo que en su día fue la cosmovisión de Mann, pero ya no las inscriben en una novelística tradicional. Pertenece al pasado pero tiene, como toda gran obra, más peso que sus circunstancias y una contundencia capaz de atraer hacia su atmósfera. Pertenece al pasado, pero el presente la puede ir a buscar a poco que encuentre una excusa y la más reciente pudo ser la relectura bajo el signo gay, propiciada (¿involuntariamente?) por él mismo en sus Diarios, liberados de acuerdo a su voluntad mucho después de su muerte. La reedición de parte de su extensa obra, hecha por la editorial Edhasa con nuevas y mejoradas traducciones, invita a leerlo. Sus historias de fuerte perfil autobiográfico y conciencia de estar "haciendo literatura" mantienen el interés a través de cientos de páginas. Sus grandes parejas temáticas -arte/vida, salud/enfermedad, adolescencia/vejez- son asunto universal también en este siglo.

LOS MANN. Thomas nació en Lübeck el 6 de junio de 1875, segundo de cinco hermanos. Era hijo de un comerciante de granos y Senador por la Liga Hanseática, y de una brasileña de temperamento artístico, recreada en varios de sus personajes femeninos. Mal estudiante y sin vocación comercial, en 1905 se casa con Katia Pringsheim, hija de judíos acaudalados que le aseguran estabilidad económica el resto de su vida. Murió el 12 de agosto de 1955 en Zurich a los ochenta años, y Katia le sobrevivió hasta 1980. No fueron un modelo de familia. Primero, Thomas luchó contra la sombra literaria de su hermano mayor, el escritor Heinrich Mann; ambos pilotearon una triste carrera por la gloria. Después, los hijos de Thomas resintieron la sombra del padre; ninguno tuvo fuerza para vencerla y el resultado, entre carreras postergadas, adicciones y suicidios, fue deplorable. Son muchas las biografías que dan cuenta del peso de Mann en su círculo íntimo. En español se consiguen algunas. Thomas Mann y los suyos, de Marcel Reich-Ranicki (Tusquets, 1989), pese a ser complaciente con el "genio" permite odiarlo y hasta tenerle alguna lástima, pasajera, desde luego. La familia Mann de la socióloga Marianne Krüll (Edhasa, 1992) analiza los patrones suicidas e incestuosos de la familia. Y el germanista Hermann Kurzke en Thomas Mann. La vida como obra de arte (Galaxia Gutenberg, 2004) analiza al hombre a través de su obra, bajo el supuesto de que toda ella es autobiográfica, y haciendo hincapié en el homoerotismo del autor, visible en su ficción y confirmado en los Diarios. Como es natural, una familia que proveyó a la chismografía incestos, suicidios, envidias, bisexualidad y un Premio Nobel, tiene cuerda para rato.

Hasta 1900, Thomas había escrito relatos menores, en tanto Heinrich, apenas cuatro años mayor, escribía con facilidad y ya era un nombre. En 1901 Thomas publica en dos tomos Los Buddenbrook, novela río sobre la decadencia de una familia burguesa. No pasó nada. En 1903, cuando el mismo texto se publica completo en un solo libro, su éxito de público se parangona al que tuvo Goethe cuando a los veinticinco años publicó el Werther. Nada menos. A partir de ahí los hermanos se prodigan entre sí críticas ácidas y falsos elogios, y se hacen visibles sus distancias políticas y estéticas (aunque Thomas revisará su posición pro-nacionalista y terminará enfrentando al fascismo desde el exilio). El prestigio de ambos se va repartiendo en los años de la República de Weimar -interludio entre el fin de la Primera Guerra y el Tercer Reich- pero sólo hasta el tope que supone, en 1929, la obtención del Premio Nobel por Thomas. A partir de ahí, Mann hay uno solo. Los seis hijos de éste serían siempre "los hijos de", bendición y maldición a la vez. Le pesó sobremanera al primogénito Klaus, uno de los primeros novelistas alemanes en llevar el tema homosexual sin tapujos a primera plana. Se suicidó en 1949 a los 43 años, siguiendo el ejemplo de sus dos tías paternas. En 1977 lo haría su hermano Michael.

LA BURGUESÍA DECADENTE. Viendo la historia de la familia Mann en perspectiva se puede concluir que la vida copió al arte tanto como el arte a la vida. La aristocracia comercial que se desmorona en Los Buddenbrook alude en parte a la de su propia familia, en la que los hombres no siguieron con éxito el designio comercial y se dedicaron al arte. El mea culpa con que ya a los 26 años interpreta su vida es conmovedor. Y la solvencia narrativa con que arma y dosifica una novela poblada de personajes y peripecias lo es también. Los Buddenbrook empieza con una fiesta fastuosa y termina en una reunión de mujeres solitarias blandiendo como su última esperanza el "más allá". Antes de morir de tifus el último Buddenbrook varón, un amiguito lee "La caída de la casa Usher", de Poe, y aunque la prosa de Mann no tiene nada de terrorífico, el declive económico y espiritual de los Buddenbrook transmite toneladas de desolación. Mann se asegura que la vocación trágica sea visible desde todos los ángulos. Aún en personajes secundarios -como la prima pobre que vive comiendo y apenas habla, o la tríada de solteras envidiosas-, y desde luego en el cuarteto principal de hermanos, que viven sumando errores, ya sea debido a la obediencia o a la indisciplina. Hasta hay algo de fatalista en la imagen señorial de la casa, que los Buddenbrook compran a otra familia arruinada, y que décadas después malvenden a sus competidores comerciales, los Hagenström.

Los retratos más logrados son sin duda los de Thomas y su hermana Tony, la vivaz niñita con la que se abre la novela. Ambos permanecen fieles a los designios familiares, realizan matrimonios en apariencia convenientes y santifican de mil maneras la respetabilidad burguesa y el elogio al trabajo. Cuando ese edificio muestra sus grietas, sólo el pragmatismo de Tony se salva, mostrando que es la única Buddenbrook capaz de sobrevivir sin el ropaje de la apariencia. Aquí está preanunciado uno de los grandes temas de la narrativa manniana: la brecha entre lo aparente y lo real, distancia que atormenta a varios personajes futuros.

El éxito de esta novela fue providencial, pero fueron dos obritas menos ambiciosas las que determinaron la evolución de Mann. La primera fue Tonio Kröger (1903), retrato minimalista y abismal de la indiferencia con que la vida mira al arte y de la pasión a distancia con que el artista mira la vida. Tonio es el adolescente burgués que quiere ser escritor pero envidia la vitalidad rubia y saludable de sus amigos. Demoledor es el episodio en que ya adulto viaja a Dinamarca, la tierra de Hamlet, y en el camino ve su antigua casa convertida en biblioteca popular, es confundido en el hotel con un estafador, y al final ve juntos en un baile a su íntimo amigo adolescente y a su enamorada secreta. Esa condición de extranjero, exiliado en la patria de las letras, será común a todos sus artistas y al propio autor.

La otra nouvelle es La muerte en Venecia (1911) filmada por Luchino Visconti en 1971, una de las contadas adaptaciones cinematográficas tan brillantes como su original. Gustav Von Aschenbach es un viejo escritor, reconocido pero insatisfecho con su arte convencional y su vida de instintos silenciados. Sueña con las exóticas tierras del tigre, pero viaja a la civilizada Venecia para desestresarse. Sin embargo, la Venecia real coincidirá con sus sueños: un adolescente polaco (Tadzio) enciende con su sola belleza la última pasión de su vida; y el tigre aparece, implícito, en el cólera hindú que asola la ciudad y le da a Aschenbach el otro gran absoluto, la Muerte.

LA CURA ESPIRITUAL. Extensión y prejuicios atentaron contra la lectura de La montaña mágica. Casi mil páginas y el secreto a voces de que Mann era aburrido, denso, alemán. Resulta casi cómico saber que en sus orígenes de composición esta colosal novela de aprendizaje iba a ser una short story basada en una experiencia familiar. En 1912 su esposa se internó durante medio año en un sanatorio suizo en la montaña, prescripción habitual para cualquier dolencia sospechada de tuberculosis. En esa época ya había muerto el descubridor del bacilo que la causaba (el médico alemán Robert Koch) pero recién en 1944 con el descubrimiento de la estreptomicina la enfermedad comenzaría a hacerse controlable. El frío clima montañero y la reunión de muchos enfermos en realidad contribuían a propagar el bacilo y a aislar del mundo a los pacientes, reforzando el aura romántica que los envolvía. No era raro, entonces, que algunos visitantes comenzaran a sentirse mal y fueran admitidos como huéspedes permanentes. Eso fue lo que estuvo a punto de sucederle a Mann cuando visitó a Katia y a los pocos días contrajo un resfriado. Aunque el médico le recomendó quedarse, él tuvo la buena idea de bajar enseguida y ponerse a escribir, con ironía suficiente, una novela sobre "el mundo de arriba". Le llevó doce años terminarla, pero el juicio de la posteridad le aseguró que estuvieron bien empleados.

Su alter ego en esta ocasión es Hans Castorp, un futuro ingeniero naval de 23 años que visita a su primo enfermo en el Sanatorio Berghof de Davos Platz. Planea pasar tres semanas, pero una serie de síntomas físicos y motivos inconfesados lo llevan a permanecer allí siete años. Antes de constatar su enfermedad Hans ya calcula que puede costearse una estadía prolongada en el lugar. Y cuando el médico lo diagnostica le confiesa que desde que lo conoció supo que era "uno de los nuestros". Así, la novela se plantea en los términos de una atracción fatal.

Hans adquiere en la montaña, en contacto con la muerte, el aprendizaje que necesita para despertar de verdad a la vida. No deja de ser irónico que una vez despierto se marche, sí, pero para enrolarse en la Primera Guerra Mundial. No es la única ironía de la novela, que restringida a un único escenario despliega un saber enciclopédico, transforma una colonia de moribundos en un paraíso existencial, y muestra tísicos capaces de batirse a duelo por una idea. Hay un puñado de personajes inolvidables, desde el médico jefe a la enamorada del protagonista, y desde la doble, antagónica y complementaria figura del jesuita Naphta y el liberal Settembrini, al vitalista suicida Peeperkorn. Si Venecia implicó una suspensión de lo real y un "extrañamiento onírico" para Aschenbach, qué decir de la montaña para Hans. En su aparente quietud, modulada por ritos y controles médicos, el hombre descubre que no sabe nada de uno de los ingredientes principales de la vida, el tiempo.

EL EXILIO. El nazismo y la Segunda Guerra Mundial colocaron contra la pared a Mann, siempre reacio a compromisos extra-artísticos. Apenas un relato de 1929 estaba metafórica pero indudablemente ambientado en la Italia fascista, "Mario y el mago". Allí el narrador, esposa e hijos viajan a un balneario italiano saturado de un aire puritano y xenófobo. Para distenderse llevan a los niños a un espectáculo de magia ofrecido por Cipolla, hipnotizador que ridiculiza a los asistentes y provoca dolor físico a quienes no le siguen el juego, hasta que un humilde camarero de pueblo pone un fin trágico a la representación. Es la época del Duce, la figura obvia detrás del simbólico mago del título.

En 1933 Hitler era designado Canciller, se limitó la libertad de prensa, se presionó a escritores y se quemaron bibliotecas. Thomas fue alentado por sus hijos Erika y Klaus para exiliarse en Suiza, hasta 1938, y luego en Estados Unidos, donde se nacionalizó. Desde el exilio participó en espacios radiofónicos antifascistas, emitidos por la BBC de Londres entre 1940 y 1945. Terminó y produjo obras consideradas maestras como la tetralogía José y sus hermanos (1933-1943) inspirada en episodios del Génesis bíblico, y saldó su deuda con Wolfgang Goethe. Su admiración por él nunca fue un secreto, pero recién en 1939 se tradujo en una novela de excepción y no muy mencionada: Carlota en Weimar.

Ambientada en 1816 narra el encuentro apócrifo entre un Goethe anciano y Lotte, la mujer que le inspiró Las cuitas del joven Werther, libro de cabecera de Napoleón, modelo para la vestimenta y el suicidio de varias generaciones, y carné identitario del autor aún en la vejez, cuando estaba seguro de haber escrito cosas mejores. Goethe había cerrado una etapa de su vida matando a su héroe de ficción tras el desencanto real que sufrió con la joven Charlotte Buff. Ahora Mann, en un juego de espejos, la hace entrar en otra ficción. Carlota Kestner, madre de once hijos y viuda respetable, llega a Weimar con el propósito aparente de visitar a su hermana, si bien no ignora que allí vive el famoso escritor y que ella misma será objeto de devoción popular en cuanto sepan quién es. Un camarero divulga la noticia y Carlota es visitada sin tregua: una dibujante irlandesa la retrata, un ex secretario de Goethe le confiesa que desperdició su vida al lado del genio, una joven le pide ayuda para resolver un asunto amoroso, y el hijo de Goethe le lleva un recado del padre invitándola a una cena. A través de Carlota los visitantes se acercan al mito viviente de la creación, y con ellos la mujer recupera la imagen falible del hombre de carne y hueso que desdeñó en la adolescencia. En el capítulo siete (número mágico para Mann según especialistas en numerología) el autor muestra al viejo Goethe en su casa, en un monólogo interior por momentos hilarante, hablando de sus obras, del tiempo, de los méritos de la dificultad y los peligros del facilismo, etc. Apenas da importancia a la llegada de su musa a Weimar. Recién días después de recibirla en su casa y notar que va vestida con el mismo diseño y colores con los que la hizo famosa, se conmueve. La unidad, la correspondencia entre el arte y la vida se consagra en esa imagen del recuerdo literario y vital, que Goethe no deja de captar y que esa mujer simple supo reproducir.

Carlota en Weimar es una elegante y dura crítica a la hipocresía social frente al genio artístico. La sociedad, que en público admira al escritor no pierde oportunidad de señalar a media voz su elitismo, su soberbia, su egoísmo manipulador; y de llorar en secreto la pena por no ser más que gente común. Carlota sí va a Weimar para ver a Goethe y para ocupar un instante ese lugar mítico de la Lotte del Werther que algún día fue suyo.

EL MAL. Con más extensión, pretensión y dudoso resultado abordó Mann el otro gran asunto goethiano, la tragedia de Fausto. En 1947 publica Doktor Faustus, donde también el protagonista vende su alma al diablo, aunque en este caso no es a cambio de juventud eterna ni sabiduría. Las fuerzas que el personaje de Mann quiere dominar no son las de la naturaleza sino las de la creación. Adrian Leverkühn pacta por 24 años de genialidad. A cambio renuncia a cualquier pasión que no sea el trabajo. Jaquecoso y cínico, es el Fausto más solitario aunque esté rodeado de admiradores, acompañado por un perro que no simboliza tanto lo diabólico como lo que representan todos los perros en Mann (desde el cuentito "Tobías Mindernickel" de 1897 al relato largo "Señor y perro"de 1918): una compañía fiel. La ironía del relato es que la historia del genio la narre su mediocre amigo Serenus Zeitblom, un doble antagónico y feliz padre de familia (aunque sus hijos sirvan al Führer), pero convencido del carácter del todo secundario de su vida.

La novela fue leída como una frontal alusión al nazismo, el régimen que pacta con el diablo la gloria imposible de Alemania a cambio del infierno físico y moral de sus habitantes.Y puede leerse como el balance manniano del costo de su propia genialidad. Más allá de eso, es de difícil lectura, sus habituales digresiones no aparecen encauzadas por una voz de peso, y explícitamente el narrador reconoce que los lectores se puedan "saltear capítulos". También le trajo a Mann algunos problemas hoy irrisorios. No era una novedad que sus fragmentos con comentarios sobre música tenían un coautor: Theodor Adorno, filósofo y musicólogo que, gratis y por rendida admiración, se prestó a colaborar con Mann en la "cocina" de la obra. Tampoco lo era que las ideas no eran suyas. Las tomó sin permiso del compositor austriaco Arnold Schönberg, inmediatamente ofuscado. Hay que decir que Mann en un principio aceptó las ofrendas como si se le debieran, pero luego se portó como un señor y reconoció en posteriores ediciones ambos préstamos.

Un episodio lateral de Doktor Faustus deja servido el argumento de una novela posterior, de corte folletinesco y casi fantástico, El elegido. Inspirada en la figura del primer Papa alemán, Gregorio V, más bien pone sobre la mesa obsesiones personales de la familia (incesto entre hermanos y entre padres e hijos) camufladas en viejos formatos (bíblicos, la tragedia de Edipo, etc.).

El último gran proyecto de su vida, Las confesiones del estafador Felix Krull (1954) se publicó inconcluso, pese a que fue una idea de juventud, con saludos cordiales a la picaresca española (en especial de Mateo Alemán y Quevedo).

Como artista del engaño, nada asegura que el positivo autorretrato de Felix sea fiable, pero éste permite afirmar que posee un talento inequívoco: la palabra. Krull manipula a los personajes con su belleza física y su agradable voz, pero lo que mantiene su magia es de carácter intelectual: maneja varios idiomas, tiene buena memoria, imaginación, capacidad asociativa y don poético.

Son rasgos que le permitirán tanto esquivar el servicio militar como suplantar a un marqués en un viaje por el mundo. Su lema es "la determinación lo es todo". En esa premisa también reconocemos en toda su estatura a Thomas Mann, calculador, obsesivo, constructor infatigable de su personaje de escritor, inmune a los escándalos y a las pasiones, encerrado -pero a sabiendas encerrado- en la pura representación, en la vida dentro del arte

Thomas Mann básico

Los Buddenbrook. Edhasa, Barcelona, 2005. Traducción de Francisco Payarols. 748 págs.

Señor y perro. Tonio Kröger. Plaza y Janés, 1984. Tr. de Francisco Payarols y Oliver Brachfeld. 221 págs.

La muerte en Venecia. Mario y el mago. Edhasa, Buenos Aires, 2006. Traducciones respectivas de Juan del Solar y Nicanor Ancochea. 189 págs.

La montaña mágica. Edhasa, Barcelona, 2006. Tr. de Isabel García Adánez. 1051 págs.

Carlota en Weimar. Losada, Bs. As., 1941. Tr. de Francisco Ayala. 352 págs.

Doktor Faustus. Edhasa, Barcelona, 2005. Tr. de Eugenio Xammar. 710 págs.

El elegido. Sudamericana, Bs. As., 1957. Tr. de Alberto Luis Bixio. 330 págs.

Confesiones del estafador Felix Krull. Sudamericana, Bs.As., 1956. Tr. de Alberto Luis Bixio. 452 págs.

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