ÁNGELES BLANCO
QUE LOS temas de una banda de rock como Los Redonditos de Ricota puedan ser ejecutados por un cuarteto de cuerdas puede resultar extraño, al menos, arriesgado. Instrumentos "cultos" y espíritu roquero parecen pertenecer a universos musicales disímiles. Pero para El Club de Tobi, cuarteto de cuerdas uruguayo, esa mezcla no es incompatible. Sus integrantes, Mario Gulla y Fernando Rosa en violines, Bruno Masci en violoncello y Fernando Luzardo en viola, se han encargado de desafiar estereotipos interpretando composiciones propias y ajenas, roqueras o no, que van de los Beatles a Piazzolla, pasando por Bob Marley o El Príncipe, entre otros. Esta conversación transcurrió días después de su única presentación en la Sala Zitarrosa durante 2007, a lleno completo.
DE LA PLAZA AL ESCENARIO.
-¿Cómo se define lo que ustedes hacen?
Mario Gulla: -Es una mezcla entre cuarteto de cuerdas y banda de rock. Es difícil autodefinirse. Nuestra búsqueda es nuestra. No copiamos ningún modelo, no somos un cuarteto de cuerdas clásico, tampoco somos una banda clásica de rock and roll, y de alguna manera estamos haciendo trabajo de escuela.
Bruno Masci: -Somos un conjunto musical que en el 99 o 2000 conformó la estructura actual: dos violines, viola y cello.
-¿Cómo surge la idea de hacer esto?
Fernando Rosa.: -Surgió sola. Tocábamos el violín y empezamos a hacer temas conocidos en la calle. Y a la gente le llamó la atención, se paraban a escuchar.
-¿Y de la calle al Solís, cómo se fue dando ese proceso?
F. R.: -Después empezamos a tocar en un bolichito, El café Fábula, con entrada libre, todos los jueves.
B. M.: -Le siguió un ciclo de dos o tres años en Nat Capiloncho todos los domingos.
-¿Era más juego que profesión?
B. M.: -Antes del 2000 era una especie de divertimento anárquico. Había un tema de actitud: "vamos a tocar y dale". Luego vimos que la gente se interesaba, y ahí nos cayó la ficha.
M. G.: -Empezamos a trabajar mucho. Y cuando se transforma cada vez más en un medio de vida, se hace algo serio.
Fernando Luzardo: -Hubo una época de transición donde me preguntaba a qué me dedicaba. Yo venía con la ilusión de entrar en una orquesta sinfónica para trabajar de músico de atril y estudiar. Y de repente te das cuenta que la movida es otra. Que te llaman para hacer algo desde otro lugar; una cosa que era un juego pero que se transforma en trabajo.
-Dejando de lado El Club de Tobi, ¿qué otras inquietudes musicales los mueven?
M. G.: -En mi caso participé de varios proyectos de música uruguaya, con El Príncipe y Martín Morón. Bruno por ejemplo toca la guitarra.
F. L.: -Yo tiro más para el jazz, integro la banda KungFu. Y Fernando (Rosa) toca en un grupo de tango que se llama El Chamuyo, como violinista y arreglador.
-¿Cómo seleccionan el repertorio?
F. L.: -Lo más difícil es hacer la lista de temas, porque tenés que acomodarlos de manera coherente. Y son cuatro coherencias distintas.
B. M.: -Si alguien trae un tema, y rinde, se incluye.
M. G.: -La decisión de tocar un tema pasa más por lo afectivo…
F. R.: -... y también por lo efectivo.
B. M.: -No tanto. Porque si bien tenemos temas que son "efectistas", de eso nos dimos cuenta después de tocarlos, no lo pensamos previamente. Y espero que nunca lo hagamos. Sí, a veces, se nos presenta la pregunta: ¿tenemos que hacer algo que realmente colme las expectativas del público o algo que nos guste a nosotros y que después en definitiva colmará las expectativas de la gente?
F. L.: -Ahí el conflicto está con los sellos que quieren algo para poder vender, tienen que tener certeza de que va a funcionar.
-¿Han tenido ese problema?
M.G.: -Todavía no.
F. L.: -Porque la producción del primer disco fue nuestra. Ya el segundo fue distribuido por el sello Koala.
B.M.: -Aunque la producción artística (arreglos, selección de temas, repertorio) fue nuestra.
F. L.: -Es un espíritu que queremos conservar, más allá de algo puntual que te pidan, como cuando tocamos "Penny Lane" con Contrafarsa.
B.M.: -Nos pidieron que tocáramos, y como nos gustan los Beatles y también Contrafarsa, lo hicimos.
BEETHOVEN Y COSQUÍN.
-¿Cómo se vinculan a sus instrumentos?
M.G.: -De chico, desde que empecé a estudiar violín, tocaba lo que se me ocurría. Y como vengo de una familia de músicos, tuve la posibilidad de elegir entre varios instrumentos. Tenía nueve años, facilidad, y ahí arranqué.
F. L.: -Cada uno se acercó a los instrumentos de manera distinta. Por ejemplo Fernando (Rosa) tocaba la guitarra eléctrica en un grupo de rock hasta que alguien le hizo estudiar violín... Bruno estudió guitarra con Ney Peraza, y yo tenía un tío tanguero que un día fue a casa, se puso a tocar el violín y dije "tá, es esto". En ese momento tocaba el piano.
-La idea entonces era dedicarse a la música clásica…
F. L.: -En mi caso sí, quería trabajar en una orquesta porque con el piano, que es mucho más competitivo, me iba a morir de hambre.
F. R.: -Yo no, yo quería tocar rock and roll con el violín. Ya lo hacía con la guitarra y cuando escuché un par de solos de violín, dije: es un lindo instrumento para hacer un ruido bárbaro. Ya tenía veinte años. Pero para aprender a tocar tuve que pasar por la escuela de música y por la Orquesta Sinfónica Juvenil del Ministerio de Educación y Cultura.
-En el espíritu del grupo, ¿se sienten más cercanos a una banda de rock o a la música clásica?
F. R.: -Algunos recitales nuestros se parecen más a los de una banda de rock, pero la mayoría son como cuarteto.
B. M.: -Pero el sonido nuestro no es el de un cuarteto clásico.
F. L.: -Primero por la amplificación que usamos, después por la actitud. Estamos parados por ejemplo, y no leemos.
B. M.: -Músicos clásicos que tocan Beethoven cuidan una cantidad de cosas que nosotros descuidamos. Pero es por estar al servicio de determinado estilo musical y de determinado efecto. A veces técnicamente estamos limitados para tocar música que nos conmueva. No tocamos Beethoven a la perfección, pero lo que tocamos se hace con el corazón.
-Un público más roquero como el de Cosquín, ¿cómo los recibió?
M. G.: -Bárbaro, muy bien. Nos enfrentamos a vivencias que no habíamos imaginado. Estar frente a tanta gente, un "pogo", mil personas moviéndose… Fueron dos años seguidos, 2005 y 2006.
-¿Ahí fueron teloneros de Charly García?
M. G.: -Primero de Charly (2005) y después de Sky Beilinson (2006).
B. M.: -Pero no tocamos en festivales de rock uruguayos (risas).
-¿Por qué?
F. R.: -Porque no somos una banda de rock uruguayo… (risas).
B. M.: -Aunque estamos perfectamente capacitados para tocar en un festival de rock. Pero está bueno que el rock uruguayo nos margine. Si de repente nos ofrecieran tocar en tantos festivales de rock, tendríamos que desarrollar un repertorio más roquero y quedar un poco en eso. La mirada Tobi es contemplativa de la música: tocamos música obviamente, pero también hablamos mucho de música, pensamos música.
-Y la experiencia de musicalizar El perro andaluz y El viaje de la Tierra a la Luna en Cinemateca, ¿qué les dejó?
B. M.: -Está bueno tocar para una imagen, no estar bajo un foco de nada, sino más cerca de la mirada del público. Estás tocando, interpretando y das sonido a esas imágenes, pero en un lugar menos de estrella de rock, por eso no somos tan roqueros como parece. Estamos en off, y eso a mí me encanta.
-Es como volver a los orígenes del cine...
M.G.: -Pero con mucho más "malicia", porque hubo de todo en el medio.
B. M.: -Corremos con un bagaje de siglo XXI que juega a favor. Es interesante resignificar esas obras hoy en 2007.
F. L.: -Tenemos la idea de musicalizar otras cosas. Ya hemos hecho la música para un cortometraje, Machos marinos, de Guillermo Kloetzer. A mí me interesa esa línea de lo visual contemporáneo.
B.M.: -Pero sin perder el espíritu de la banda. Por ahora es solo una idea.
Los discos
Piratas, 2000-2002
Anselmo, 2003
Anselmo, 2004 (Edición argentina)
Aldorio, 2005