MERCEDES ESTRAMIL
EN BULLET Park, tercera de las cinco novelas de John Cheever, un adolescente deprimido imploraba que le devolvieran las montañas. Era un deseo que ni su padre Eliot Nailles le podía cumplir, incluso si lo entendía, porque también sus propias montañas se habían perdido o extraviado sin retorno. La imagen representaba la porción más amarga del conflicto realidad-deseo, la que se resuelve en impotencia e inamovilidad. Cheever sabía bastante de esto y durante cuarenta años reflexionó sobre ello a lo largo de 29 cuadernos, en paralelo a su carrera pública de escritor. Los Diarios, publicados por primera vez en 1991, son apenas la vigésima parte de esa escritura oculta donde Cheever se analiza, confiesa, exhibe y pide de tantas maneras que le devuelvan sus montañas. No dejan de reeditarse, porque la figura de Cheever no deja de crecer.
Los diarios íntimos, con frecuencia póstumos y publicitados como cofres de secretos, interpelan el voyeurismo más desvergonzado de los lectores. Quién no va a las páginas de Cesare Pavese, Virginia Woolf o Alejandra Pizarnik a buscar las claves de sus respectivos suicidios, o a las de Anaïs Nin, Thomas Mann o Cheever para indagar en sus sexualidades. Pero incluso cuando responden a esas interrogantes se tiene la impresión de que lo hacen sesgadamente, dentro de una dinámica interna que no es de respuesta sino de pregunta. Tampoco hay que olvidar que por más privado que sea un Diario es parte sustancial de la construcción pública que un escritor hace de sí mismo, sea consciente de ello o no.
La lectura de este libro, editado por Robert Gottlieb, anotado por Rodrigo Fresán y prologado por Benjamin Cheever, es apasionante sobre todo para quien haya leído al escritor y sepa de qué habla cuando habla de jardines en casas de suburbio, de perros sacados a pasear, de fiestas con amigos, de matrimonios silenciosos y de amor.
COMPLEJO DE INFERIORIDAD. Estrictamente, hay datos reales incontestables. John Cheever se casó en 1941 con Mary Winternitz, con quien tuvo tres hijos: Susan, Benjamin y Frederick, y vivió con esa mujer hasta su muerte. Ya en vida, recibió la admiración y el respeto de mucho contemporáneo famoso: John Updike, Truman Capote, Saul Bellow. Fue amante de la bella actriz Hope Lange. Con el dinero que ganó escribiendo pudo pasear por el mundo, comprarse una casa y autos para él y sus hijos. Ganó, entre otros, el Premio Pulitzer. Evidentemente, una estadística como la anterior lo hubiera hecho vomitar. No porque no fuera cierta sino porque no era toda la verdad. Si los Diarios buscan algo es completar esa versión, contar la parte que falta. O decir en primera persona lo que está narrado de forma brillante en cuentos y novelas.
La sensación de inferioridad de Cheever se remontaba a las especulaciones sobre su origen ("me concibieron por error después de un banquete" escribió), a que su familia se viera arruinada económicamente por el crack del `29 y a la infelicidad conyugal de sus padres. Pero era una sensación aluvional que se nutrió de todo lo que encontró a su paso: el hecho de no ser académico, no ser un escritor prolífico, no estar bien pago, no tener éxito inmediato. El medidor interno de Cheever siempre encuentra quien lo hace mejor, quien disfruta más: le impresiona la capacidad productiva de Norman Mailer o de Irwin Shaw; envidia el éxito de escritores cuyos personajes están por debajo de la edad de la razón (Salinger); se tranquiliza cuando Nabokov comete errores, etc.
Su mundo narrativo mostraba que no podía ser en modo alguno un "ganador". Alguien con tan sobrado manejo del cinismo y la ironía, dispuesto a disecar en todo momento el american way of life, y acosado por cortapisas morales de índole social y religiosa muy marcadas, no estaba para un anuncio publicitario de ningún tipo. El problema era que el anuncio publicitario le gustaba, por falso que fuera ofrecía belleza y tranquilidad, dos cosas a las que nunca quiso renunciar, incluso cuando su objetivo fuera "destruir mi compostura, aullar, penetrar". De manera imperceptible ese anhelo se canalizó en autodestrucción a medida que Cheever se dejaba ganar por la bebida. Los Diarios documentan esa dependencia, cómo la hora de beber se va adelantando con el correr de los años, hasta finalizar literalmente en las "amarguras de la ginebra" que describió en tanto relato, y en estados eufórico-depresivos, visitas a psiquiatras en los que no creía y clínicas de desintoxicación.
MATRIMONIO PERDURABLE. El alcoholismo sin embargo era apenas la punta del iceberg de una insatisfacción más profunda. Un buen porcentaje de estos Diarios es la exhibición descarnada de la "impostura sexual" de Cheever, que se va autodefiniendo a la vez como una bomba sexual, un quizá-incestuoso adolescente, un gay con miedo a asumirse, etc. Al mismo tiempo, un buen padre de familia y un creyente que va a misa.
Su esposa Mary fue el modelo para varias de sus protagonistas malhumoradas, vengativas e independizadas. También fue su albacea literaria, por lo que la publicación póstuma de los controvertidos cuadernos necesitaba su aprobación. La obtuvo, pese a que Mary es la gran y oscura contrafigura del libro. Leyendo lo que Cheever fue capaz de escribir en relación a ella (y lo que sin duda calló) se obtiene el más mezquino de sus retratos matrimoniales. En los años cincuenta todavía puede decir: "el buen estado de Mary inhibe mis aventuras". Cuando los hijos han crecido la convivencia se vuelve insoportable, quizá porque Mary ya no tiene tan buen estado, o porque el apetito sexual de Cheever es insaciable o porque la represión de su homosexualismo es insostenible. En el crudo balance, Mary es descripta como la mujer que durante cuarenta años cocinó para él, tanto en los buenos como en los malos tiempos, y Cheever asegura que no se divorcia por miedo "a la soledad, al alcoholismo y al suicidio". En términos menos trágicos, quizá no lo hace por la misma razón que alguno de sus personajes, para no separarse de su césped y su jardín ("Una visión del mundo") o porque la casa familiar seguía siendo "el mejor de todos los sitios posibles" ("Las amarguras de la ginebra").
Igual que sus personajes, es partidario de las confesiones hirientes: "soy un amoral, mi fracaso consiste en haber tolerado un matrimonio intolerable. Mi afición a los interiores agradables y las voces de los niños me ha destruido. Debería haber roto este contrato años atrás y escapado con una belleza de mente sana". Lo cierto es que se presentaron algunas bellezas pero él no escapó con ninguna. Olvidó el nombre de alguna hermosa amante, su amorío con Hope Lange terminó amistosamente, su pasión por el escritor Allan Garganus fue rechazada con altura por este homosexual que no quería historias con bisexuales atormentados. Y Mary Winternitz siguió ahí, como tardía profesora de inglés, constante ama de casa, y mudo señalador de la conciencia culpable de Cheever que muy a su pesar era tan homosexual como homofóbico. Su "normalidad" (esposa, hijos, casita, título de escritor) no le alcanzaba, tenía grietas, etc., pero él creía en la normalidad.
De ahí tanto llevar sus deseos/temores a terminología romántica: "Tener la buena suerte de amar lo que se debe, lo que el mundo aconseja que se ame, y a la vez ser amado por ello, es un destino más fácil que ligar en Puerto Príncipe con un marinero que te vaciará los bolsillos, te estrangulará con las manos y te arrojará muerto a una zanja". Recién en la vejez, después de varias aventuras heterosexuales y mucha fantasía homoerótica, encontró una relación homosexual estable en Max Zimmer, que no era marinero sino profesor universitario y que estuvo a su lado desde que enfermó de cáncer hasta que murió en 1982. Resolver ese punto o al menos darle un desenlace asertivo no curó la melancolía de Cheever, arraigada con muchos años de doble vida y retroalimentada por una literatura sobre el fracaso y el desencanto.
Igual que al Tony Nailles de Bullet Park, tampoco a él le devolvieron sus montañas pese a todo el sacrificio, suyo y de otros, puesto en la empresa.
DIARIOS, de John Cheever, Emecé, Bs. As., 2007. Tr. de Daniel Zadunaisky. 501 págs. Distribuye Planeta.