LÁSZLÓ ERDÉLYI
CUANDO Grossman ingresó a Alemania junto a las tropas de su país, se sorprendió del comportamiento de sus idealizados camaradas, los soldados comunes del Ejército Rojo. En febrero de 1945 encontró al 8vo. Ejército saqueando y violando. Era la misma unidad que tanto había admirado en Stalingrado. "A las mujeres alemanas les están sucediendo cosas horrorosas", escribió en su cuaderno mientras caminaba por el pueblo de Schwerin/Skwierzyna. "Un alemán educado cuya mujer ha recibido `nuevos visitantes` -soldados del Ejército Rojo- explica con gestos expresivos y palabras rusas entrecortadas que su mujer ha sido violada hoy por diez hombres. La señora está presente. Desde las ventanas se oyen gritos de mujeres". Son ancianas, maduras, jóvenes y niñas: muy pocas se salvaron. Grossman habla con los civiles alemanes, escucha sus historias, y observa el clima de venganza que circula por las calles. La población civil alemana ya no es, a los ojos del novelista, representante del "fascismo"; sólo son seres humanos. Registra, y se expone. "Un joven francés me dijo: `Monsieur, amo su ejército y por eso es doloroso para mí ver su actitud hacia las chicas y las mujeres (alemanas). Eso va a ser muy dañino para su propaganda".
Grossman es parte importante de los libros más famosos de Beevor: Stalingrado (1998) y Berlín, La Caída: 1945 (2002). En este último los textos de Grossman ayudaron a repensar los abusos de la tropa soviética sobre la población civil enemiga. La reacción no se hizo esperar: en el 2003 varias asociaciones de veteranos del Ejército Rojo cuestionaron en forma dura las afirmaciones del historiador inglés y sus fuentes. La idealización de la guerra, para muchos, sigue siendo un ejercicio vital.
Grossman, a su vez, nunca se afilió al Partido Comunista soviético, algo insólito teniendo en cuenta su destacada posición, su poder para influir sobre el ánimo del soldado común, y la baja tolerancia de Stalin hacia cualquier asomo de disidencia. El líder soviético sabía perfectamente quién era Grossman. De hecho, según Beevor, lo odiaba. "Al dictador soviético, que se interesaba mucho por la literatura, le gustaba muy poco Grossman" escribe Beevor. "Ilia Ehrenburg pensaba que sospechaba de Grossman porque admiraba demasiado el internacionalismo de Lenin (un pecado cercano al crimen de trotskismo), pero es mucho más probable que el resentimiento del dirigente soviético se basara en el hecho de que Grossman nunca se plegó al culto a la personalidad del tirano". O quizá algo peor para el ego de Stalin: los artículos de Grossman eran mucho más populares entre los soldados y la propia población civil que las arengas estalinistas más inflamadas. Con todos estos elementos en contra nadie podía, por aquel entonces, sobrevivir a las purgas estalinistas. Pero por alguna misteriosa razón Stalin lo toleró.
Grossman fue un testigo privilegiado del terrible enfrentamiento entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, un conflicto entre dos naciones cuya brutalidad y costo en vidas humanas no tiene igual en la Historia del hombre. El desprecio por la vida de ambos regímenes los llevó a tratar a sus propios combatientes en forma subhumana, quienes a su vez se vengaron en sus adversarios, militares y civiles, con igual o peor saña. La Alemania nazi pretendía eliminar o someter a lo que consideraba razas inferiores (eslavos, judíos). La URSS se defendió movilizando su población en base a una crueldad inaudita, tan extrema que, por ejemplo, en el Sexto Ejército nazi que peleó en Stalingrado vistieron el uniforme alemán más de 50 mil ciudadanos soviéticos, dato que todavía es tabú en la ex Unión Soviética (Beevor, Stalingrado).
En ese contexto, el humanismo de Grossman cobra una inusual relevancia.