Circe Maia
UN GRAN poeta abre siempre caminos nuevos, no todos transitables por las generaciones que le siguen; su obra, sin embargo, permanece allí, viva, aún mirada a diferente luz después de varias décadas.
Ahora, cuando sus poemas son "material de estudio", ya en Secundaria, cuesta imaginar la enorme conmoción que nos produjo el leer Residencia en la Tierra en aquellos años. Era como penetrar en un territorio nuevo, que iba creando su propia atmósfera a medida que se avanzaba en la lectura. Sus poemas —sus imágenes, sus ritmos— nos quedaban sonando interiormente por mucho tiempo. Y todavía están allí, como una fuente a la que siempre se puede volver, en la que el agua va cambiando de sabor con el tiempo, pero que no puede ser ignorada, por formar parte del cambio de sensibilidad de nuestra época.
Alfredo Fressia
POR SU OBRA, por su vida, y aun por su muerte, Neruda permanece como una figura emblemática del siglo XX. Representa sus grandezas, sus excesos, sus errores, y el verbo representar no es aquí inocente. Neruda representó, de hecho, a su pueblo en el Parlamento, representó a su país como diplomático, nos representó a todos en la busca de la justicia. Tuvo mucho de cristiano ese comer y beber de una vida y de una obra. Fue como si el siglo le hubiera dado carta blanca en ese gesto vicario, incluso cuando los tiranos de turno lo condenaron al exilio y todos lo acompañamos en ese exilio paradójico donde volvía a representarnos. Y es por eso que su biografía, como su obra, sufre de gigantismo. Por el momento, el siglo XXI parece estar optando por lo fragmentado, lo caleidoscópico, la promoción de lo minoritario, la contestación de las "representaciones". Lo que Neruda "representa" hoy, para los que por décadas vivimos y sufrimos el siglo XX, es la nostalgia de los ideales colectivos, que nos dieron una identidad, pero también el baldón de una catástrofe. Por eso su obra flota hoy como en un nimbo (del que, por cierto, nos apresuramos a rescatar las Residencias, cierta mirada al pasado o aun el gozoso sentimiento de la naturaleza, hoy amenazada). Por otro lado, la poesía constituye, fundadoramente, el rechazo de un lenguaje impuesto, una innata desobediencia. Y no se espera desobediencia de un gigantesco "representante". Algunas veces Neruda fue obediente en su idioma, algunas veces dijo lo que todos esperábamos en un lenguaje que todos esperábamos. Cuando no lo hizo fue poeta. Y de los grandes.
Eduardo Milán
EN TENTATIVA del hombre infinito (1925) Neruda anticipa lo que será Residencia en la tierra (1925-1935) en cuanto búsqueda de una poesía poco comunicante, entregada en estado bruto, expresiva en grado sumo, subterránea, transgresora —y las demás virtudes que se quieran ajustarle a un libro magistral marcado por la época y por la dicción más audaz de su tiempo. Luego comienza la pasión comunicante de Neruda, su estar en lo poético como "el poeta de América" que hubiera querido Rodó para Darío. La pasión social de Neruda lo vuelve decididamente histórico, épico-histórico se diría siguiendo los avatares de Canto general (1938-1949), una obra maestra de la poesía latinoamericana que a mí no me gusta. Y no me gusta porque ahí (a excepción del inolvidable momento de "alturas de Macchu Picchu") esa escritura resulta ser desmesurada "hacia afuera" cuando la poética de Residencia lo era "hacia dentro" si se puede hablar así. La potencia de Neruda lo hace deudor de todo, todo lo quiere decir, lo ocurrido y lo no ocurrido, los hechos y su invención, lo muerto y lo vivo, siempre en el mismo tono entre memorioso y profético. Eso sucede cuando actúa la furia que actuó en Neruda luego de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial. Eso vuelve a Neruda un poeta histórico, interpelado por la historia, marca indeleble de la poesía del siglo XX. Hay una carencia que se mantiene, en poesía, como carencia. Hay una indigencia que se lucha —en lo social, en lo político, en lo económico— por resolver. Pero no todo cabe —creo— en el mismo saco. Un hombre de esa potencia verbal —que en un momento se vuelve en su contra— tenía que entregar un saldo contradictorio. Un saldo que para mí es favorable: es, hoy, un gran poeta y una de las potencias verbales fundamentales de América Latina en el siglo XX.
Washington Benavides
RECORRER la azarosa vida y la múltiple obra de Neruda es como poner a un niño con un hacha de plástico ante un bosque de coníferas. Creo que, como el otro Pablo, se fue multiplicando en modos y situaciones, que para algunos discípulos, confesos o no, fue la etapa definitiva del poeta. Pero Neruda, como Picasso, creaban de manera incesante y sus estilos eran como estaciones de provincia no la estación terminal. Digo sí, a Neruda, porque siempre ha habido y habrá iconoclastas que ven una barquita y no el tumultuoso océano; gente que se detiene a negarlo porque defendió cosas que, en su tiempo, parecían definitivas. Digo sí a Pablo Neruda porque escribió libros para adolescentes y escribió libros enigmáticos, que sólo con el tiempo han ido desvelizándose y adquiriendo la magnitud que merecían. Y porque a decir verdad: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche".
Mariella Nigro
TENÍA CATORCE años cuando leí por primera vez "Entrada en la madera" y "Enfermedades en mi casa". Esos poemas me enseñaron a leer poesía.
Recuerdo el asombro que tuve entonces frente al extraño desvío de unos verbos hacia el sustantivo inesperado: "y ardamos, y callemos, y campanas". Imaginé correspondencias entre el árbol de "Entrada en la madera" y la niña agonizante de "Enfermedades en mi casa": "las raíces de un árbol sujetan una mano de niña; "... manos interrumpidas". Aquel año había muerto mi hermana.
Con el tiempo supe que aquel abrazo de Neruda, bajo el que había hallado amparo aquellos años, era el trovar surrealista y hermético de la Segunda Residencia en la Tierra.
Por eso, aunque también evoco al hombre público y al militante del Canto General, en realidad me acuerdo de él como de un padre, que me hubiera entregado el asombro del lenguaje para lidiar con el sentido de la vida.
Rafael Courtoisie
NO ME gustan las banderas. Dudo de casi todas las banderas. Las banderas suelen ser peligrosas. Prefiero la gente a las banderas. La gente sola, sin estandartes ni insignias. El mar humano. Ni siquiera todo el mar: cada ola por separado, cada gota de agua con su personalidad salobre y translúcida. La gente con banderas puede ser hermosa, pero también fatal. La gente con banderas es como el mar entero. Nunca se sabe.
¿Hay banderas de poesía? La poesía tiene muchas banderas, y todas son invisibles. Menos una.
Año 1971, premio Nobel, lecturas compulsivas y obligadas, falso pleito, falsa oposición Neruda- Vallejo. Neruda estalinista y post estalinista, Neruda capaz de la ingeniería caótica y sustancial, humana, de las Residencias y Neruda en plena posesión de sus poderes poéticos, capaz de escribir una obra "parriana" de antipoesía, como fue Estravagario. Neruda capaz de ser por un instante la antítesis de Neruda.
Neruda evocado por Edwards en Adiós, poeta: extrañamente lúcido, realista y visionario, pero también religioso y obsecuente. Recuerdo una nota de Hugo Achugar en Marcha (1974) donde la lucidez y el bisturí del uruguayo se hundían en ciertas opulencias nerudianas, en ciertos excesos o gorduras...
Recuerdo Isla Negra. Ese barco en tierra, el mar rompiendo, el sabor del pisco frente a esas extrañas algas vivas como dedos marinos de un mal sueño. La brisa fresca. Las mujeres. Después de ser enterrado y desenterrado, por fin descansaba ahí, frente a su mar, el Poeta. Muchos, muchísimos amigos chilenos, poetas, opinadores de universidad o de café, hacen una mueca al mencionarlo. A veces ocurre lo mismo con Paz en México. Coincidencias y paradojas de dos grandes que hicieron poesía y política de manera análoga (la diplomacia, el pasaje por la India, el Nobel), aunque en vida estuvieron persuadidos de su absoluta diferencia.
Una amiga chilena me entregó, en un susurro, una bandera de Neruda. "La" bandera de Neruda, aquella bandera negra con el pez blanco navegando para siempre en el centro de su esfera universal y tántrica.
Luego de mucho cavilar, lo decidí. La bandera ondea ahora en el fondo de casa, cerca de un querubín de piedra erosionado por los días, entre hierros oxidados y recuerdos terrestres.
La bandera con el pez ondea en el cielo de Montevideo por encima de una fuente seca, sobre los pastos poéticos, a metros de un techo ondulado que oscurece el invierno y sostiene el amanecer cada día.
Salvador Puig
NERUDA es un enorme ferrocarril. Neruda corre, derrama su presteza verbal por los más raros carriles. No para de escribir. Por suerte, como todo tren que se precie, tiene estaciones en las que el viajero se detiene y escribe algunos de los más grandes poemas de la literatura hispanoamericana.
Por ejemplo, escribe un extensísimo Canto General "descuadernado", como bien observó Octavio Paz, pero en su recorrido también se estaciona para producir el formidable "Alturas de Macchu Picchu".
Todos tenemos un Neruda. Imposible leer sus Veinte poemas de amor..., o —escritos tantos años después— sus Odas elementales o su Estravagario o Aún, sin comprender el intrínseco valor de su cambiante itinerario.
Neruda no estudia las palabras, simplemente las hace suyas.
Hay que saludar con respeto a casi todos los Neruda, pero hoy vuelvo a admirar más que nada sus Residencias, esas estaciones en las que su torrente ferrocarrilero llega a decir el vértigo de la quietud del hombre en la historia.
Cuando Ángel Rama me lo presentó, una mañana de domingo del verano de 1970 pude conversar con él mientras caminamos a solas unas seis cuadras por la calle Jackson.
En la charla, nada erudita, hizo referencia a algún poeta chileno que ese mismo mes vino a participar en unas jornadas de poesía en Piriápolis, pero también a la "luz tranquila" de Montevideo.
En un momento se paró y, mostrándome su muñeca izquierda, dijo: "Mira este relojito atómico que me regalaron en la URSS. ¿Te parece que podremos seguir escribiendo poesía?" Recuerdo otros detalles y la sonrisa atristada de su mirada de reojo. Pero inmediatamente partió de nuevo en su ferrocarril.
Roberto Echavarren
NUNCA SENTÍ simpatía por Pablo Neruda el personaje público, que según José Angel Valente, "era un portador de máscaras": el comedor de caviar en la ex-Unión Soviética. Hoy es difícil reconstruir lo que significó entonces ese personaje, hasta su relativo opacamiento cuando su izquierdismo no concordó con el cubano. Pero las dos primeras Residencias y fragmentos del Canto general fueron, para mi adolescencia, junto a alguna poesía de Lorca, una prueba de que la poesía existía en castellano. Mi primer libro, El mar detrás del nombre, participa de la sustancia marina de la costa uruguaya y de los versos "de consumida sal y garganta en peligro". Del Canto general me conmueve siempre el segmento "El gran océano", dentro del cual figura "Mollusca gongorina" y los enigmas del fondo. Aunque debo reconocer que en un registro muy diferente justifico y disfruto "La United Fruit Co." Pero me parece absolutamente aborrecible cuando escribe: "levantando el amor sobre la tierra con la palabra de Stalin en millones de labios".
René Fuentes Gomez
SE SABE: Pablo Neruda fue, es y será un poeta imprescindible. También objetable por sus excesos. Cabe señalar, después de tanto reflujo crítico a favor y en contra de su obra, que Neruda y sus lectores de entonces encontraron en la poesía un ámbito de esencias compartidas, de esperanzas, de credibilidad para palabras, como: "tristeza", "compañera/ o" y "alma". Palabras que hoy, dentro o fuera del discurso poético, carecen de una acepción generalizada o se refugian en la autocompasión y el cinismo.
Quienes crecimos leyendo, estudiando, enamorándonos y discrepando con la obra de Neruda, podríamos llegar —de forma personal— al después que toda creación humana y perdurable merece: la relectura sin nostalgia ni revanchismo. Relectura que, en este caso, habilita el reencuentro con un valor literario ineludible; y que es posible rastrear en los poemas 7, 15 y 19 de Veinte poemas ....
Selecciono además para mi antología personal de Neruda, otros poemas de Residencia en la tierra (I y II), como "Serenata", "Tango del viudo", "Walking around" y "Entrada a la madera". Porque hay en su hechura un tono, una atmósfera y un discurrir (unidireccional y fragmentario a la vez) que sobrevive a la asociación libre de ideas del surrealismo, y otras búsquedas experimentalistas de las vanguardias de entonces. Hoy (después de tantos después inconclusos, frustrados, perversos) resulta un tanto ingenuo imbuirse en el meollo de su magnitud para desatender las convergencias y contradicciones entre el ideario político de Neruda y la fenomenología existencialista y neorromántica que conforman su obra.
Se sabe: Neruda escribió mucho y en vida fue leído por multitudes; que obtuvo el Premio Nobel que no recibieron (entre otros) Borges, Lezama ni Vallejo; que la aceptación del premio fue para algunos un acto indigno y le respondieron con indignos agravios. Se sabe que entre leer y la necesidad de releer hay una gran distancia. Y ahí, en esa libre elección, creo que sigue Pablo Neruda: ahí, después del tiempo que confesó haber escrito y vivido.
Elder Silva
CON NERUDA me pasó siempre algo muy extraño. Me apetece leerlo, deslizarme sobre su poesía, introducirme en uno o dos, o tres de sus libros hasta que me doy cuenta que eso no es para mí y lo dejo. Me empalaga y lo abandono por un tiempo.
A los diecisiete años, cuando estudiaba magisterio en Salto, descubrí su poesía y copié algunos de sus poemas en un libro que yo mismo encuaderné y en el que se puede rastrear lo que leía por entonces: Góngora, Lezama Lima (la magnífica "Rapsodia para un mulo"), Li Po, Ferreira Gullar, Dalton, Octavio Paz, Sandburg, el padre Cardenal, y otros. Entre ellos está la "Oda a los calcetines" y aquello de "el olor de las peluquerías me hace llorar a gritos" de "Walking around".
Pero lo que en verdad me impresionó de Neruda fue el poema "Orégano", que apareció en uno de los Cuadernos de Crisis y que no sé luego en que libro fue incluido. Según dice el propio poeta esa palabra la encontró en los andenes, o en el campo recién estrenado y ya no quiso conocer palabra alguna, quemó los diccionarios, se encerró a solas con esas sílabas cantoras.
Esa exageración me sobresaltó. Yo estaba madurando como poeta y creía que tenía las palabras en mis manos y ese hombre viejo (y gordo) afirmaba que después de esa palabra no necesitaba nada más. El asunto se complicaba además, porque si él se quedaba con la palabra "orégano", ¿qué nos quedaba a los demás? ¿Con que materia íbamos a construir la poesía los nuevos poetas? A mí ese poema me puso ante un desafío con el lenguaje.
En realidad yo no sé lo que significa exactamente la poesía de Neruda en la historia de la literatura. Para mí Neruda tiene olor a orégano, a pasto, a campo abierto.
A veces cuando estoy preparándome la comida y muelo orégano en el mortero, me acuerdo de Neruda y busco la razón de porqué me gustan tanto las palabras esdrújulas en la poesía y en la vida.