Todos los caminos

Felipe Polleri

LAS HOY consideradas luminarias de la literatura del siglo XX (Proust, Joyce, incluso el mismo Kafka) revolucionaron el género novelístico, para bien o para mal. Eran cultos, extremadamente conscientes de sus herramientas, refinados; eran "intelectuales". Panait Istrati (1884-1935) fue sólo un vagabundo rumano que, cuando le llegó el éxito, nunca fue otra cosa que un vagabundo rumano; siguió arrastrando su cuerpo enfermo de un lado a otro, siempre pródigo y siempre curioso, hasta que la tuberculosis lo aniquiló. Hijo de un contrabandista griego, muerto violentamente antes de que Istrati pudiera conocerlo, y de una lavandera rumana, nació en Braila y volvió a nacer en sus eternos vagabundeos por los Balcanes, Medio Oriente, los puertos más siniestros, las grandes capitales, los amigos, las mujeres, los libros, la vida dulce y amarga. Fue un maravilloso narrador oral (y gracias a eso comió más de una vez, encantando a sus pobres oyentes con sus historias de las "mil y una noches") pero lo que conserva la posteridad de este contador-de-cuentos y mil oficios son unos pocos libros escritos en francés. Un francés aprendido, muy penosamente, en los diccionarios y en la calle; pero que le sirvió para volcar su extraña fabulosa vida con una pasión arrolladora. La crítica literaria del siglo XX (esa pesada jerga seudocientífica en que se convirtió la corriente principal de la crítica, mejor dicho) se abocó a Proust y Joyce, al mito, a la hermenéutica, al metamensaje y al signo, al morfema, a la estafa y al X=(Y-t); y no tuvo una mirada para Istrati, ese "inculto" extranjero que escribía con un diccionario al alcance de la mano.

Fue un narrador eminentemente autobiográfico; Adrián Zograffi, su doble, se apiada de su madre lavandera y sale a recorrer los caminos para volver hambriento y andrajoso y, claro, apiadarse otra vez de la pobre mujer: un monumento a la ternura y a la dignidad, pero que nunca pudo entender la vagabunda pasión de su único hijo. Con esta incomprensión empieza Codine, novela breve, que narra la amistad entre Adrián y un violento ex-presidiario, en el barrio más miserable de Braila: la Comorofca. Gracias a la magia de Istrati un mundo ya desaparecido es desplegado ante nuestros ojos, un mundo pintoresco y asombroso, infinitamente vil, pero donde también puede encontrarse la amistad generosa, completamente desinteresada, último refugio de los que nunca tuvieron nada, salvo "un corazón de hombre". Esta pequeña obra maestra se encuentra en abundancia y generalmente en ediciones paupérrimas en las librerías de "usados", así como su otra, única, gran novela: Kyra Kyralina.

La literatura no sólo está hecha de morfemas; debe haber un espacio para el escritor cuya única fuerza, libre, inconsciente, es la inspiración del momento, la necesidad imperiosa de contar todo lo que un hombre ha visto y vivido, con esa "fluida calidad, el impulso lírico, que según parece ha sido negada a menudo a los sabios y otorgada a lo insensatos". La cita es de Joyce, alguien seguramente más insensato que sus críticos, exégetas y etcéteras.

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