Mauricio Müller
ASCENDEMOS LA VEINTENA de pisos hasta el penthouse; es, como siempre en el Victoria, un ascenso turbadoramente rápido, pero esta vez está al compás de la impaciencia de la ocasión. Una multitud de curiosos busca acreditarse en la puerta, ante un control riguroso pero no tan eficiente, como integrantes de la prensa. Entramos por fin. Un aire caliente demasiado acondicionado nos transplanta a una tierra de nadie climatológica, que será tal vez propicia con sus exudaciones de invernadero a la escena exquisita, enrarecida que habremos de presenciar. A la hora señalada, sale Joan Crawford, y una primavera artificial cuidadosamente preservada estalla ante la atónita, predispuesta concurrencia.
Un rapsoda amigo la describió así: "Un tocado color naranja, resultado de un montón de rosas de seda, cuya coloración iba de amarillo yema de huevo a un rosa marfileño y dorado, dejaba entrever apenas unas matas de pelo, en iridiscente tono zanahoria. La blusa estampada tenía arabescos naranja. Anaranjada era la pollera, el bolso y el tapado. Ese naranja cálido que Matisse contrasta en sus telas con el azul pastel y el blanco violento... Y diamantes. Diamantes de Tiffany en la garganta, en las pulseras, en los clips, en los anillos."
Estamos todos agolpados en círculo alrededor de la refulgente aparición. Todo es mise en scène, la estrella, la luz, la temperatura, la expectativa, la curiosidad, pero ¿dónde están los teléfonos blancos? Un intermezzo. El veterano periodista musita y pregunta, (pero no a la entrevistada, sino a los asistentes, a nadie en particular):¿Qué diferencia existe entre la curiosidad que obliga al pueblo a acudir cuando pasa el rey, una jirafa, un salvaje o un actor...? ¿Separa una curiosidad de otra un cabello o una aguja...? El dilema fue planteado hace más de cien años por el poeta, pero ahora se puede agregar el elemento nuevo que separa esta curiosidad de las otras: es el whisky, los saladitos, y demás gratuidades.
Los fotógrafos trabajan y trabajan bien. Después de todo, es lo único que puede importarnos: a la larga serán ellos los que mejor que sus camaradas de la pregunta y el lápiz tinta nos darán la imagen de la estrella, que es más para vista que para oída.Ahí están los diarios del día siguiente: la dama rodeada de gobernantes,mostrando aplomo(pero nuestros gobernantes también): la dama comensal, en un almuerzo del directorio de una compañía embotelladora: la dama junto a las mellizas creciditas, haciendo el papel de madre, pero con glamour. Las niñas están de extras; no tienen letra siquiera.
La entrevista de prensa, propiamente dicha, florece y florece, y no hay límite para las preguntas; la señora contesta a todo; aún los temas prohibidos son motivo para una escena deliciosa. Con una sonrisa destinada a desarmarnos, y que nos desarma de verdad, nos inculca que no hace, por principio, declaraciones sobre política ni sobre religión; le cuestan demasiado, a ella y a la compañía, en términos de amistad. Muy bien, muy bien, aprueba la asamblea de preguntones, encantada. Pero esta tarde se pregunta improvisando; la legión que hace sus primeras armas de periodista se despacha a gusto; la sesión se prolonga, languidece y ya no se sabe qué preguntar. ("¿A ver, a ver, y ahora que le pregunto?) Es un juego de tiro al blanco donde es imposible errar.
Lo que importa son los gestos, los mohines, la seguridad en la improvisación, la sonrisa indiscriminada, la experiencia y los años asimilados con el mínimo rastro; y por encima de todo, el sentido común mezclado con la sintética fastuosidad, el glamour a la americana. El sueño de la modistilla (la fama y el triunfo tal como ella se lo imagina) hechos realidad, y también —un poco—las opiniones de la modistilla (entre sus actores favoritos están Rock Hudson y la Turner); y siempre privando por sobre todo lo demás, el sentido común de la business woman.
Lo que importa y a lo que aquí hay que atender, por sobre el gesto tan bien aprendido, por sobre la respuesta banal o sensata ("nunca invierto plata en mis cintas") es el argumento más increíble y cinematográfico de todos: el de su propia vida. Porque ser Joan Crawford no significa hoy día simplemente el rostro invariablemente bonito —a la manera caratulesca— y ecuménico, incansable siempre en la lucha implacable, en la guerra cosmética, dietética, patética, contra lo que en otras amenaza ser el ocaso de una estrella. La muchacha que nació Billie Cassin, en 1908 según el Filmlexicon de Pasinetti, que fue Lucille Le Sueur en sus tiempos de bailarina de varieté, en Chicago, en Nueva York y en 1925; que fue sucesivamente Mrs. Douglas Fairbanks Jr., Mrs. Franchot Tone, Mrs. Phillip Terry, y ya francamente remontándose al mundo de los altos negocios, Mrs. Alfred N. Steele, principal accionista y directora de una bebida sin alcohol (Calidad, Cantidad) que además de refrescar a los hombres, los une por encima de fronteras, climas, convicciones políticas y religiosas.
A través de todos estos avatares sucesivos, la dama siguió siendo fiel a la más conocida de sus encarnaciones, a la Joan Crawford de la mirada exacerbada pronta a que le digan Ud. tiene ojos de mujer fatal; a la gran dama del celuloide que tan bien se desliza sobre los años y el mundo. Y está probado que todo esto se complementa y todo se coadyuva, y promueve, y vende, y conquista simpatías, y ensancha el mercado. El gesto displicente y la frase que no titubea, todo está allí perfectamente ensayado y pulido; el trocito caliente de quiche loraine partido a medias y puesto en la boca de Cynthia, y de Kathy; la botella de Pepsi Cola con su costado correcto —el que permite leer todo el marbete— mirando la cámara; la anécdota deslumbrante (el gin es inmejorable para lavar diamantes) contada como al acaso.
Esa tarde, orgullosamente lo contamos, hemos podido ver a la gran Joan Crawford mereciendo un Oscar, otro Oscar, por la más grande de sus interpretaciones, la de la increíble Joan Crawford. l