VIERNES 28 de febrero de 2003- Año 85 -Nº 29296
Internet Año 7 - Nº 2406 | Montevideo - Uruguay
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Borges por los brasileños

Pablo Rocca

LA FOTOGRAFÍA de la portada muestra a Jorge Luis Borges y María Kodama de espaldas, una noche, mirando hacia un borroso avión cercano. Esa imagen parece una metáfora de la mirada de Borges sobre Brasil. Porque las pocas ocasiones en que escribió o pensó el Brasil, lo entendió como un país casi infinito, donde la civilización y la barbarie difícilmente pueden conciliarse. Las veces que lo mencionó en sus cuentos, fue en historias de contrabandistas que pasan de un lado a otro de la porosa frontera que pone en contacto a Rio Grande do Sul con el norte uruguayo, o lo imagina como refugio para delincuentes comunes. Quizá este juicio se funda en que presenció un crimen ocurrido en un boliche de Santana do Livramento-Rivera, episodio que recordó en muchas oportunidades y al que convirtió en literatura en la "Posdata de 1947" de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius" (Ficciones, 1944).

Otros relatos son aun más elocuentes. Por ejemplo, "El muerto" y "Emma Zunz", los dos del libro El Aleph (1949). En el primero, el contrabandista brasileño Azevedo Bandeira le da alas a un subordinado, el compadrito porteño Benjamín Otárola, hasta el punto de dejarle poseer a su mujer. Pero lo hace así, lo deja hacer, para planificar una muerte ominosa con la que ni siquiera se manchará, ejecutada por un segundón. Un retrato de Bandeira dice mucho sobre la perspectiva que Borges tiene del Brasil: "Alguien opina que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo, oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de ciénagas, de inextricables y casi infinitas distancias". Por su lado en "Emma Zunz", un supuesto estafador argentino-judío de origen alemán se refugia en un hotel de Bagé, como si esta pequeña ciudad riograndense fuera una tierra de nadie para la ley o la justicia.

Y sin embargo, la literatura de Borges también es venerada en Brasil. Un libro ejemplar y reciente lo demuestra. Su compilador fue el argentino-brasileño Jorge Schwartz, profesor de la Universidad de São Paulo y uno de los mejores investigadores sobre los años 20 en A. Latina. Ya en 1984 —en colaboración con Elza Miné— había ensayado la tarea de reunir un conjunto de artículos en un número especial del Boletim Bibliográfico da Biblioteca Mário de Andrade. Ahora vuelve a juntar esos textos, que circularon en forma limitada, recuperándolos en este nuevo libro al que adiciona otras tantas páginas. Con ese doble operativo —rescate y renovación—, Schwartz consigue armar un volumen que, por la fertilidad de su propuesta, importa dentro y también fuera de la lengua en que están escritas las contribuciones.

Borges estuvo en Brasil en varias oportunidades a partir de 1970, pero no son abundantes sus vinculaciones estrictas con ese país. Por eso, dadas las peculiaridades de la "geografía" elegida, a Schwartz le quedaba un solo camino: apelar a lo escrito en Brasil sobre la obra y la persona de Borges. El hecho de que se pueda reunir en volumen tantos trabajos de épocas distintas, desde una nota pionera de Mário de Andrade (del 13 de mayo de 1928) a las ponencias de un congreso realizado un año atrás en la capital paulista, indica por lo menos dos síntomas atractivos. Primero, las mutaciones de la crítica literaria brasileña, que —como en el resto de América Latina—, fue ejercida hasta los años sesenta por escritores y en medios periodísticos, mientras que en las últimas décadas en su sector dominante funciona en medios universitarios. Segundo, que hace ya tiempo Borges es leído, sin ninguna incomodidad, como un clásico y no como un "escritor argentino". Por eso, también, las interpretaciones de este libro van en esta última dirección, se bifurcan por los senderos de la traducción del castellano al portugués, por la comprensión de las lecturas borgianas de textos clave (Don Quijote, la Commedia, Las Mil y una noches, etc.), por las comparaciones con algunos escritores brasileños.

El compilador distribuye en cinco secciones los materiales. La parte I recoge los estudios más recientes de especialistas —todos ellos del medio académico brasileño— bajo distintas visiones teóricas, desde Patricia Artundo hasta Raúl Antelo, desde Guillermo Giucci hasta Ana Cecilia Arias Olmos. La segunda sección reúne las lecturas del mencionado Boletim..., empezando con la nota lúcida de Mário de Andrade, pasando por las evaluaciones no menos inteligentes de Augusto Meyer y Guilhermino César, para arribar a los enfoques de Eneida Maria de Souza, Zipora Rubinstein, Augusto de Campos y el propio Schwartz, entre otros. La tercera parte incluye entrevistas a Borges realizadas entre 1970 y 1985, en ocasión de sus distintos pasajes por Brasil. La cuarta junta una erudita bibliografía crítica publicada en territorio brasileño —en la que trabajó activamente Gênese Andrade—, mientras la última sección ordena algunas fotografías.

Y, sin embargo, Brasil casi es un espacio vacío para Borges.Hay algunas muestras de admiración borgiana sobre Os Sertoes, de Euclides da Cunha —lo que verifican varios en este libro—, en el que seguramente encontró los visibles ecos del Facundo, de Sarmiento; hay otras pocas notas despectivas, como la que dedicó a Ribeiro Couto en la Revista Multicolor de los Sábados, del diario Crítica. Pero nunca habló de Machado de Assis, uno de los escritores decimonónicos más modernos de toda América Latina, quien se adelantó medio siglo a las experimentaciones narrativas hispanoamericanas. De eso se ocupa algún trabajo de este volumen, como el de Leyla Perrone-Moisés. Y está claro que si Borges hubiera conocido a Machado o, quién sabe, si hubiera admitido que lo conoció, otra y mejor hubiera sido su opinión sobre la modernidad de la cultura brasileña.

BORGES NO BRASIL, Jorge Schwartz (compilador). Editora UNESP/ Imprensa Oficial do Estado, São Paulo, 2000, 606 págs.

Viajes

EL ARTE DE VIAJAR. Cómo ser más feliz viajando, de Alain de Botton. Taurus, Madrid, 2002. Distribuye Santillana. 246 pgs.

RESULTA PASMOSA la facilidad de ciertos europeos, intelectuales o no, de derecha o de izquierda, continentales o isleños, para vivir en el país de Trulalá. Es esta una tierra mítica que abarca todo el mundo, donde todo es ideal(izado) debido a que sus únicos habitantes son europeos bienpensantes de clase media, y sus reflejos. Estos últimos vienen en gran variedad de colores y formatos, hablan varios idiomas exóticos y piensan y sienten como si fueran trulalenses legítimos (pobrecitos, piensan los trulalenses, ojalá lo fueran. Qué pena).

Lo confortable de ser trulalense es que da una seguridad inconmensurable en cuanto a lo correcto de las ideas propias, y les brinda la irrefutable sensación de que todo habitante de esa tierra es interesante, más que eso, que es apasionante, y que todo lo que salga de su mente tiene un significado profundo que debe compartirse con sus demás coterráneos y, claro, con esos pobrecitos reflejos que viven en la periferia del país. A fin de cuentas, ¿no es cierto que cada trulalense es descendiente intelectual directo, si no genético, de Spinoza, Kant, Montaigne, el doctor Johnson y, apretando un poco las clavijas, del mismísimo Platón?

Alain de Botton, quien a pesar de lo que su nombre pueda indicar vive en Inglaterra, es un trulalense de pura cepa. Con sus treinta y tres años apenas superados ya tiene publicados siete libros, incluyendo este El placer de viajar. Sería interesante ver qué tuvo para decir a los 29 en su primer libro, Del amor, o de qué se trata el enigmático título Cómo cambiar tu vida en Proust. En este último opus suyo, de Botton decide capitalizar su experiencia como viajero, aunada a su amplia cultura, para disertar sobre el significado de los viajes.

Ocurre que de Botton está lejos de ser uno de esos grandes viajeros europeos (que sí los hubo, el último de los cuales tal vez haya sido Bruce Chatwin). Más bien, en cuanto a recorridos se trata, es un penoso ejemplo del poco provecho que algunos trulalenses sacan a los medios de que disponen. Según se desprende de su libro, su experiencia en el campo se limita a unas vacaciones en Barbados, una excursión al Sinaí, un fin de semana en Escocia, una visita a amigos en Amsterdam y Provenza, un viaje de trabajo en Madrid y poca cosa más. Para colmo, sus reflexiones acerca de estos leves periplos dejan muy en claro lo aferrado que está de Botton (y a veces su compañera de viajes, M), a su personalidad de trulalense, y lo impermeable que resulta a cualquier estímulo. Cuando van a Barbados, la primera actividad de M es echarse en una reposera a tomar notas sobre El suicidio de Durkheim. Cuando viaja al Sinaí, el equipaje del autor en las recorridas por el desierto se limita a una linterna, una gorra y la Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y lo bello de Edmund Burke.

Su reducido, por no decir patético, kilometraje recorrido, no le quita ímpetu a de Botton. Además tiene la inapreciable oportunidad de pararse en hombros de gigantes, o mejor, de ser el proverbial mosquito labrador que pica a un buey. Gran parte del libro se compone de notas y transcripciones de experiencias de gente como Flaubert, Humboldt, Baudelaire, Edward Hopper o el poeta Wordsworth, es decir gente que sí viajó, o que realizó las actividades que de Botton quiere remedar en cada capítulo. Con este material, de Botton se lanza a su empeño. A fin de cuentas, Trulalá es toda la tierra y toda la tierra es Trulalá, y de Botton viaja por el mundo en el sobreentendido de que el mundo es él.

No es de extrañar entonces que no de sus héroes literarios sea des Esseintes, protagonista de la novela de Huysmans A rebours, suprema muestra de quien prefiere la representación sobre la realidad, incluso en materia de viajes. Ni que finalice su libro con un rescate y defensa de Viaje alrededor de mi cuarto de Xavier de Maistre, que es una obra literaria delicada exactamente a lo que dice su título. La diferencia entre de Maistre y su apólogo moderno es que de Maistre sí viajó en sus tiempos, y su libro es un divertimento. De Botton pertenece a otra calaña, al grupejo de trulalenses filosofadores con pretensiones populistas, que creen que el mundo y todo lo necesario para comprenderlo se encuentra allí, cómodamente reposando, mezclado con la pelusa de sus ombligos.

G.S.

Sociología

A LA BÚSQUEDA DE SÍ MISMO. DIÁLOGO SOBRE EL SUJETO de Alain Touraine y Farhad Khosrokhavar, editorial Paidós, Montevideo, 2002, 270 páginas.

SI NO LEYÓ todavía Movimientos sociales hoy, ni Los massmedia, ¿nuevo foro político o destrucción de la opinión pública?, ni tampoco ¿Cómo salir del liberalismo? o cualquiera de sus numerosas obras, ésta es la oportunidad para tomar contacto con el célebre sociólogo francés Alain Touraine.

El libro reúne las conversaciones de Touraine con Farhad Khosrokhavar, también investigador en ciencias sociales y miembro del Centre d’analyse et d’intervention sociologiques (CADIS). En realidad, Khosrokhavar asume un rol similar al de un periodista calificado y conocedor de la obra de Touraine, quien se extiende sabrosamente sobre los más variados temas —su historia personal intelectual y por momentos íntima, América Latina, sujeto y movimientos sociales, religión y fe, género, sexo y familia, y muchos otros—.

Despojado de tecnicismos y del aparato propio de otro tipo de obras, Touraine logra comunicar muchos de los conceptos centrales de su pensamiento, de una manera fresca, ágil, y por momentos, incluso muy cálida. Este es el caso del recuerdo de su primera esposa, Adriana, de nacionalidad chilena, que murió de cáncer en 1990. Touraine recuerda su personalidad, su capacidad de ser feliz e irradiarlo a los que la rodeaban, y su filosofía de vida: "la forma como soportó esos años de tratamientos dolorosísimos me llenó de admiración y me hizo pensar que los valores privados son en definitiva, desde el mismo punto de vista social, más importantes que todos los servicios que se hacen a la sociedad".

El mismo tono coloquial, directo, y no por ello menos lúcido, le permite a Touraine comunicar con eficacia sus posturas acerca de los más variados tópicos. Por ejemplo, respecto del derecho de injerencia: "Apoyo la acción judicial española y francesa contra Pinochet. Es legítimo intervenir desde el exterior para hacer respetar el derecho de los actores a la libertad y a la verdad. Es verdad que muchas veces esto se ha utilizado como excusa para ocultar intenciones coloniales, pero que nadie se equivoque".

En otro orden, con flexibilidad de criterios y enorme apertura mental defiende la función de la familia en la sociedad actual pero tolerando variantes en su integración. Se muestra cauteloso frente a fenómenos calificados habitualmente como "violentos" pero sumamente militante contra toda forma de "crueldad". Las formas alternativas de sexualidad las analiza en un contexto amplio y comprensivo.

Cuando se le interroga por la pérdida de valores morales se muestra sólidamente optimista: "Los puntos de referencia procedentes de la religión, de las costumbres o de las instituciones desaparecen. Pero, por el contrario, asistimos a un reforzamiento de los imperativos interiores: respeto al otro, la dignidad, la solidaridad. Esto no es un camelo". Esto conduce a un concepto central en su mirada sociológica y en la cosmovisión filosófica que le subyace: la idea de "sujeto". Las etnias, la búsqueda regresiva del "orden", el mercado y sus intereses, las conductas compulsivas de los individuos excluidos, son todos ejemplos de la brutal fragmentación del mundo actual, causa y a la vez consecuencia de muchos males. Para enfrentarlos, "hay que recurrir a un principio de unidad, de sentido, de conciencia. Nada puede sustituir el tema del sujeto, es decir, este mirarse a sí mismo, la conciencia y la reflexividad". Y más adelante sostiene que para librarnos de la fragmentación y de la crueldad, no es posible hacerlo "apelando a una reconstrucción de lo social, a un aumento o a un resurgimiento de la participación, pues este falso remedio agrava el mal. Hay que reforzar directamente al sujeto, es decir, la relación consigo mismo, la vida privada". En términos de Touraine, somos objetos de tantas dominaciones sociales que no alcanza con defenderse incorporándose a grupos o instancias superiores, sino buscando el significado de nuestras vidas a partir de la interioridad de cada uno y sus vínculos más cercanos. Es muy reconfortante, tratándose de un sociólogo, leer que "en la mayoría de nosotros hay siempre elementos de constitución del sujeto, a menudo a través de una esperanza, un sufrimiento, un amor, un lamento: la vida se organiza en torno a una esperanza, la esperanza de la dignidad, la fraternidad".

A.C.

Música

ANTOLOGIA DEL TANGO. Letras, de Alfredo Gravina. Ediciones del caballo perdido. Montevideo, 2002. 199 págs.

ES EVIDENTE que el tango vuelve a estar de moda. Quizá lo que más llama la atención en el Uruguay es el fenómeno del baile, que mucho más extendido en el pasado en Buenos Aires, ha reaparecido ahora en Montevideo bajo el impulso de Joven Tango. Boliches, festivales, lugares públicos como plazas y calles, son escenarios donde viejos y jóvenes se reúnen a bailar, con técnica cada vez más depurada, la música típica rioplatense. Pero también se escucha más el tango cantado, como lo prueba la aparición de emisoras de radio dedicadas al género. Acompañando ese creciente interés, se han sumado en los últimos años a los estudios ya clásicos como los de José Gobello y Eduardo Stilman, o los de Horacio Ferrer, nuevas antologías de letras, entre ellas, la de Héctor A. Bendetti (Las mejores letras de tango, Seix Barral, 1998) y la de Oscar del Priore e Irene Amuchástegui (Cien tangos fundamentales, Aguilar, 1998), que agregan la historia de cada tango canción.

En el Uruguay no es posible encarar el tema sin referirse a los fundamentales y pioneros trabajos sobre los poetas del tango de Idea Vilariño —comenzados en la década del sesenta— que han permitido apreciar de otra manera la profunda originalidad, la expresividad o el vuelo lírico de los mejores letristas, como Contursi, Flores, Manzi, Cátulo Castillo, Discépolo, García Jiménez o Cadícamo.

Esta antología que el escritor uruguayo Alfredo Gravina realizara para Casa de las Américas de La Habana en 1984 con el título El tango ayer y hoy, tuvo una primera edición montevideana en 1993 por la editorial Proyección. Más que proponerse una valoración y un estudio de las características de la poesía del tango como los realizados por Idea Vilariño, el narrador uruguayo Alfredo Gravina (1913-1995) buscó con esta selección un objetivo más modesto, que presupone un contacto previo con el género: ayudar al aficionado a "reencontrarse, mediante el concurso de la letra, con melodías rebeldes al recuerdo", o a "completar las melodías que retiene en la memoria empalmándole versos que ha olvidado total o parcialmente"

Su selección —que incluye 126 textos ordenados alfabéticamente por el nombre del autor— se basó, según declara en el prólogo, en tres directivas esenciales: "calidad estética"; "representatividad económico-socio-cultural"; "grado de popularidad". El lector encontrará entonces para corroborar el alto nivel del género, una extensa selección de Discépolo, de Cátulo Castillo, de Homero Manzi, de Enrique Cadícamo, de Homero Expósito, además de muchos clásicos memorables como "Mi noche triste" de Pascual Contursi, "El bulín de la calle Ayacucho" de Celedonio E. Flores, "Melodía de Arrabal" de Le Pera, "Silbando" de González Castillo o "Farolito de papel" de Francisco García Jiménez. En lo que Gravina llama un poco engoladamente "representatividad económico-socio-cultural", debe suponerse que se refiere a textos con intención de denuncia social como "Acquaforte" de Marambio Catán, "Al pie de la Santa Cruz" de Battistella, o uno tan asombrosamente vigente como "Cambalache" de Discépolo, aunque en esa temática —y ya despreocupándose de su calidad estética— pueda echarse a faltar el melodramático "Pan" de Celedonio Flores. En cambio incluye textos de Héctor Negro, como "Un mundo nuevo", un tango de impronta sesentista, que recuerda a una canción de Mario Benedetti que popularizó Nacha Guevara.

Podrá lamentarse la ausencia de "Vieja Viola" de Frías y Correa, o el inolvidable "Discepolín" de Manzi, "La que murió en París" de Blomberg, o "Viejo smoking" de Flores, pero es seguro que el lector no se sentirá defraudado por la selección de Gravina. Su antología, además de reunir a muchos de los mejores textos del género, permite apreciar la diversidad temática del tango, sus distintos lenguajes y entonaciones, desde la palabra canyengue y resentida de "Margot" de Celedonio Flores hasta la nostalgia femenina de "El 45" de María Elena Walsh, pasando por la huella epocal de Rubén Darío en los alejandrinos de "Misa de once" de Armando Tagini, o el lirismo evocativo del bellísimo "A Homero" de Cátulo Castillo. También agradecerá el lector la ayuda del "Glosario de voces lunfardas y populares" que cierra el volumen.

R.P.



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