Pablo Rocca
LA FOTOGRAFÍA de la portada muestra a Jorge Luis
Borges y María Kodama de espaldas, una noche,
mirando hacia un borroso avión cercano. Esa imagen
parece una metáfora de la mirada de Borges sobre
Brasil. Porque las pocas ocasiones en que escribió o
pensó el Brasil, lo entendió como un país casi infinito,
donde la civilización y la barbarie difícilmente pueden
conciliarse. Las veces que lo mencionó en sus
cuentos, fue en historias de contrabandistas que
pasan de un lado a otro de la porosa frontera que pone
en contacto a Rio Grande do Sul con el norte uruguayo,
o lo imagina como refugio para delincuentes comunes.
Quizá este juicio se funda en que presenció un crimen
ocurrido en un boliche de Santana do
Livramento-Rivera, episodio que recordó en muchas
oportunidades y al que convirtió en literatura en la
"Posdata de 1947" de "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"
(Ficciones, 1944).
Otros relatos son aun más elocuentes. Por ejemplo,
"El muerto" y "Emma Zunz", los dos del libro El Aleph
(1949). En el primero, el contrabandista brasileño
Azevedo Bandeira le da alas a un subordinado, el
compadrito porteño Benjamín Otárola, hasta el punto
de dejarle poseer a su mujer. Pero lo hace así, lo deja
hacer, para planificar una muerte ominosa con la que
ni siquiera se manchará, ejecutada por un segundón.
Un retrato de Bandeira dice mucho sobre la
perspectiva que Borges tiene del Brasil: "Alguien opina
que Bandeira nació del otro lado del Cuareim, en Rio
Grande do Sul; eso, que debería rebajarlo,
oscuramente lo enriquece de selvas populosas, de
ciénagas, de inextricables y casi infinitas distancias".
Por su lado en "Emma Zunz", un supuesto estafador
argentino-judío de origen alemán se refugia en un
hotel de Bagé, como si esta pequeña ciudad
riograndense fuera una tierra de nadie para la ley o la
justicia.
Y sin embargo, la literatura de Borges también es
venerada en Brasil. Un libro ejemplar y reciente lo
demuestra. Su compilador fue el argentino-brasileño
Jorge Schwartz, profesor de la Universidad de São
Paulo y uno de los mejores investigadores sobre los
años 20 en A. Latina. Ya en 1984 —en colaboración
con Elza Miné— había ensayado la tarea de reunir un
conjunto de artículos en un número especial del
Boletim Bibliográfico da Biblioteca Mário de Andrade.
Ahora vuelve a juntar esos textos, que circularon en
forma limitada, recuperándolos en este nuevo libro al
que adiciona otras tantas páginas. Con ese doble
operativo —rescate y renovación—, Schwartz consigue
armar un volumen que, por la fertilidad de su
propuesta, importa dentro y también fuera de la lengua
en que están escritas las contribuciones.
Borges estuvo en Brasil en varias oportunidades a
partir de 1970, pero no son abundantes sus
vinculaciones estrictas con ese país. Por eso, dadas
las peculiaridades de la "geografía" elegida, a
Schwartz le quedaba un solo camino: apelar a lo
escrito en Brasil sobre la obra y la persona de Borges.
El hecho de que se pueda reunir en volumen tantos
trabajos de épocas distintas, desde una nota pionera
de Mário de Andrade (del 13 de mayo de 1928) a las
ponencias de un congreso realizado un año atrás en la
capital paulista, indica por lo menos dos síntomas
atractivos. Primero, las mutaciones de la crítica literaria
brasileña, que —como en el resto de América Latina—,
fue ejercida hasta los años sesenta por escritores y en
medios periodísticos, mientras que en las últimas
décadas en su sector dominante funciona en medios
universitarios. Segundo, que hace ya tiempo Borges es
leído, sin ninguna incomodidad, como un clásico y no
como un "escritor argentino". Por eso, también, las
interpretaciones de este libro van en esta última
dirección, se bifurcan por los senderos de la
traducción del castellano al portugués, por la
comprensión de las lecturas borgianas de textos clave
(Don Quijote, la Commedia, Las Mil y una noches, etc.),
por las comparaciones con algunos escritores
brasileños.
El compilador distribuye en cinco secciones los
materiales. La parte I recoge los estudios más
recientes de especialistas —todos ellos del medio
académico brasileño— bajo distintas visiones
teóricas, desde Patricia Artundo hasta Raúl Antelo,
desde Guillermo Giucci hasta Ana Cecilia Arias Olmos.
La segunda sección reúne las lecturas del
mencionado Boletim..., empezando con la nota lúcida
de Mário de Andrade, pasando por las evaluaciones no
menos inteligentes de Augusto Meyer y Guilhermino
César, para arribar a los enfoques de Eneida Maria de
Souza, Zipora Rubinstein, Augusto de Campos y el
propio Schwartz, entre otros. La tercera parte incluye
entrevistas a Borges realizadas entre 1970 y 1985, en
ocasión de sus distintos pasajes por Brasil. La cuarta
junta una erudita bibliografía crítica publicada en
territorio brasileño —en la que trabajó activamente
Gênese Andrade—, mientras la última sección ordena
algunas fotografías.
Y, sin embargo, Brasil casi es un espacio vacío para
Borges.Hay algunas muestras de admiración borgiana
sobre Os Sertoes, de Euclides da Cunha —lo que
verifican varios en este libro—, en el que seguramente
encontró los visibles ecos del Facundo, de Sarmiento;
hay otras pocas notas despectivas, como la que
dedicó a Ribeiro Couto en la Revista Multicolor de los
Sábados, del diario Crítica. Pero nunca habló de
Machado de Assis, uno de los escritores
decimonónicos más modernos de toda América
Latina, quien se adelantó medio siglo a las
experimentaciones narrativas hispanoamericanas. De
eso se ocupa algún trabajo de este volumen, como el
de Leyla Perrone-Moisés. Y está claro que si Borges
hubiera conocido a Machado o, quién sabe, si hubiera
admitido que lo conoció, otra y mejor hubiera sido su
opinión sobre la modernidad de la cultura brasileña.
BORGES NO BRASIL, Jorge Schwartz (compilador).
Editora UNESP/ Imprensa Oficial do Estado, São
Paulo, 2000, 606 págs.
Viajes
EL ARTE DE VIAJAR. Cómo ser más feliz viajando, de
Alain de Botton. Taurus, Madrid, 2002. Distribuye
Santillana. 246 pgs.
RESULTA PASMOSA la facilidad de ciertos europeos,
intelectuales o no, de derecha o de izquierda,
continentales o isleños, para vivir en el país de Trulalá.
Es esta una tierra mítica que abarca todo el mundo,
donde todo es ideal(izado) debido a que sus únicos
habitantes son europeos bienpensantes de clase
media, y sus reflejos. Estos últimos vienen en gran
variedad de colores y formatos, hablan varios idiomas
exóticos y piensan y sienten como si fueran trulalenses
legítimos (pobrecitos, piensan los trulalenses, ojalá lo
fueran. Qué pena).
Lo confortable de ser trulalense es que da una
seguridad inconmensurable en cuanto a lo correcto de
las ideas propias, y les brinda la irrefutable sensación
de que todo habitante de esa tierra es interesante,
más que eso, que es apasionante, y que todo lo que
salga de su mente tiene un significado profundo que
debe compartirse con sus demás coterráneos y, claro,
con esos pobrecitos reflejos que viven en la periferia
del país. A fin de cuentas, ¿no es cierto que cada
trulalense es descendiente intelectual directo, si no
genético, de Spinoza, Kant, Montaigne, el doctor
Johnson y, apretando un poco las clavijas, del
mismísimo Platón?
Alain de Botton, quien a pesar de lo que su nombre
pueda indicar vive en Inglaterra, es un trulalense de
pura cepa. Con sus treinta y tres años apenas
superados ya tiene publicados siete libros, incluyendo
este El placer de viajar. Sería interesante ver qué tuvo
para decir a los 29 en su primer libro, Del amor, o de
qué se trata el enigmático título Cómo cambiar tu vida
en Proust. En este último opus suyo, de Botton decide
capitalizar su experiencia como viajero, aunada a su
amplia cultura, para disertar sobre el significado de los
viajes.
Ocurre que de Botton está lejos de ser uno de esos
grandes viajeros europeos (que sí los hubo, el último
de los cuales tal vez haya sido Bruce Chatwin). Más
bien, en cuanto a recorridos se trata, es un penoso
ejemplo del poco provecho que algunos trulalenses
sacan a los medios de que disponen. Según se
desprende de su libro, su experiencia en el campo se
limita a unas vacaciones en Barbados, una excursión
al Sinaí, un fin de semana en Escocia, una visita a
amigos en Amsterdam y Provenza, un viaje de trabajo
en Madrid y poca cosa más. Para colmo, sus
reflexiones acerca de estos leves periplos dejan muy
en claro lo aferrado que está de Botton (y a veces su
compañera de viajes, M), a su personalidad de
trulalense, y lo impermeable que resulta a cualquier
estímulo. Cuando van a Barbados, la primera actividad
de M es echarse en una reposera a tomar notas sobre
El suicidio de Durkheim. Cuando viaja al Sinaí, el
equipaje del autor en las recorridas por el desierto se
limita a una linterna, una gorra y la Indagación
filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de
lo sublime y lo bello de Edmund Burke.
Su reducido, por no decir patético, kilometraje
recorrido, no le quita ímpetu a de Botton. Además tiene
la inapreciable oportunidad de pararse en hombros de
gigantes, o mejor, de ser el proverbial mosquito
labrador que pica a un buey. Gran parte del libro se
compone de notas y transcripciones de experiencias
de gente como Flaubert, Humboldt, Baudelaire,
Edward Hopper o el poeta Wordsworth, es decir gente
que sí viajó, o que realizó las actividades que de Botton
quiere remedar en cada capítulo. Con este material, de
Botton se lanza a su empeño. A fin de cuentas, Trulalá
es toda la tierra y toda la tierra es Trulalá, y de Botton
viaja por el mundo en el sobreentendido de que el
mundo es él.
No es de extrañar entonces que no de sus héroes
literarios sea des Esseintes, protagonista de la novela
de Huysmans A rebours, suprema muestra de quien
prefiere la representación sobre la realidad, incluso en
materia de viajes. Ni que finalice su libro con un
rescate y defensa de Viaje alrededor de mi cuarto de
Xavier de Maistre, que es una obra literaria delicada
exactamente a lo que dice su título. La diferencia entre
de Maistre y su apólogo moderno es que de Maistre sí
viajó en sus tiempos, y su libro es un divertimento. De
Botton pertenece a otra calaña, al grupejo de
trulalenses filosofadores con pretensiones populistas,
que creen que el mundo y todo lo necesario para
comprenderlo se encuentra allí, cómodamente
reposando, mezclado con la pelusa de sus ombligos.
G.S.
Sociología
A LA BÚSQUEDA DE SÍ MISMO. DIÁLOGO SOBRE EL
SUJETO de Alain Touraine y Farhad Khosrokhavar,
editorial Paidós, Montevideo, 2002, 270 páginas.
SI NO LEYÓ todavía Movimientos sociales hoy, ni Los
massmedia, ¿nuevo foro político o destrucción de la
opinión pública?, ni tampoco ¿Cómo salir del
liberalismo? o cualquiera de sus numerosas obras,
ésta es la oportunidad para tomar contacto con el
célebre sociólogo francés Alain Touraine.
El libro reúne las conversaciones de Touraine con
Farhad Khosrokhavar, también investigador en
ciencias sociales y miembro del Centre d’analyse et
d’intervention sociologiques (CADIS). En realidad,
Khosrokhavar asume un rol similar al de un periodista
calificado y conocedor de la obra de Touraine, quien se
extiende sabrosamente sobre los más variados temas
—su historia personal intelectual y por momentos
íntima, América Latina, sujeto y movimientos sociales,
religión y fe, género, sexo y familia, y muchos otros—.
Despojado de tecnicismos y del aparato propio de otro
tipo de obras, Touraine logra comunicar muchos de
los conceptos centrales de su pensamiento, de una
manera fresca, ágil, y por momentos, incluso muy
cálida. Este es el caso del recuerdo de su primera
esposa, Adriana, de nacionalidad chilena, que murió
de cáncer en 1990. Touraine recuerda su
personalidad, su capacidad de ser feliz e irradiarlo a
los que la rodeaban, y su filosofía de vida: "la forma
como soportó esos años de tratamientos
dolorosísimos me llenó de admiración y me hizo
pensar que los valores privados son en definitiva,
desde el mismo punto de vista social, más
importantes que todos los servicios que se hacen a la
sociedad".
El mismo tono coloquial, directo, y no por ello menos
lúcido, le permite a Touraine comunicar con eficacia
sus posturas acerca de los más variados tópicos. Por
ejemplo, respecto del derecho de injerencia: "Apoyo la
acción judicial española y francesa contra Pinochet. Es
legítimo intervenir desde el exterior para hacer respetar
el derecho de los actores a la libertad y a la verdad. Es
verdad que muchas veces esto se ha utilizado como
excusa para ocultar intenciones coloniales, pero que
nadie se equivoque".
En otro orden, con flexibilidad de criterios y enorme
apertura mental defiende la función de la familia en la
sociedad actual pero tolerando variantes en su
integración. Se muestra cauteloso frente a fenómenos
calificados habitualmente como "violentos" pero
sumamente militante contra toda forma de "crueldad".
Las formas alternativas de sexualidad las analiza en
un contexto amplio y comprensivo.
Cuando se le interroga por la pérdida de valores
morales se muestra sólidamente optimista: "Los
puntos de referencia procedentes de la religión, de las
costumbres o de las instituciones desaparecen. Pero,
por el contrario, asistimos a un reforzamiento de los
imperativos interiores: respeto al otro, la dignidad, la
solidaridad. Esto no es un camelo". Esto conduce a un
concepto central en su mirada sociológica y en la
cosmovisión filosófica que le subyace: la idea de
"sujeto". Las etnias, la búsqueda regresiva del "orden",
el mercado y sus intereses, las conductas
compulsivas de los individuos excluidos, son todos
ejemplos de la brutal fragmentación del mundo actual,
causa y a la vez consecuencia de muchos males. Para
enfrentarlos, "hay que recurrir a un principio de unidad,
de sentido, de conciencia. Nada puede sustituir el
tema del sujeto, es decir, este mirarse a sí mismo, la
conciencia y la reflexividad". Y más adelante sostiene
que para librarnos de la fragmentación y de la
crueldad, no es posible hacerlo "apelando a una
reconstrucción de lo social, a un aumento o a un
resurgimiento de la participación, pues este falso
remedio agrava el mal. Hay que reforzar directamente
al sujeto, es decir, la relación consigo mismo, la vida
privada". En términos de Touraine, somos objetos de
tantas dominaciones sociales que no alcanza con
defenderse incorporándose a grupos o instancias
superiores, sino buscando el significado de nuestras
vidas a partir de la interioridad de cada uno y sus
vínculos más cercanos. Es muy reconfortante,
tratándose de un sociólogo, leer que "en la mayoría de
nosotros hay siempre elementos de constitución del
sujeto, a menudo a través de una esperanza, un
sufrimiento, un amor, un lamento: la vida se organiza
en torno a una esperanza, la esperanza de la dignidad,
la fraternidad".
A.C.
Música
ANTOLOGIA DEL TANGO. Letras, de Alfredo Gravina.
Ediciones del caballo perdido. Montevideo, 2002. 199
págs.
ES EVIDENTE que el tango vuelve a estar de moda.
Quizá lo que más llama la atención en el Uruguay es el
fenómeno del baile, que mucho más extendido en el
pasado en Buenos Aires, ha reaparecido ahora en
Montevideo bajo el impulso de Joven Tango. Boliches,
festivales, lugares públicos como plazas y calles, son
escenarios donde viejos y jóvenes se reúnen a bailar,
con técnica cada vez más depurada, la música típica
rioplatense. Pero también se escucha más el tango
cantado, como lo prueba la aparición de emisoras de
radio dedicadas al género. Acompañando ese
creciente interés, se han sumado en los últimos años
a los estudios ya clásicos como los de José Gobello y
Eduardo Stilman, o los de Horacio Ferrer, nuevas
antologías de letras, entre ellas, la de Héctor A.
Bendetti (Las mejores letras de tango, Seix Barral,
1998) y la de Oscar del Priore e Irene Amuchástegui
(Cien tangos fundamentales, Aguilar, 1998), que
agregan la historia de cada tango canción.
En el Uruguay no es posible encarar el tema sin
referirse a los fundamentales y pioneros trabajos
sobre los poetas del tango de Idea Vilariño
—comenzados en la década del sesenta— que han
permitido apreciar de otra manera la profunda
originalidad, la expresividad o el vuelo lírico de los
mejores letristas, como Contursi, Flores, Manzi, Cátulo
Castillo, Discépolo, García Jiménez o Cadícamo.
Esta antología que el escritor uruguayo Alfredo Gravina
realizara para Casa de las Américas de La Habana en
1984 con el título El tango ayer y hoy, tuvo una primera
edición montevideana en 1993 por la editorial
Proyección. Más que proponerse una valoración y un
estudio de las características de la poesía del tango
como los realizados por Idea Vilariño, el narrador
uruguayo Alfredo Gravina (1913-1995) buscó con esta
selección un objetivo más modesto, que presupone un
contacto previo con el género: ayudar al aficionado a
"reencontrarse, mediante el concurso de la letra, con
melodías rebeldes al recuerdo", o a "completar las
melodías que retiene en la memoria empalmándole
versos que ha olvidado total o parcialmente"
Su selección —que incluye 126 textos ordenados
alfabéticamente por el nombre del autor— se basó,
según declara en el prólogo, en tres directivas
esenciales: "calidad estética"; "representatividad
económico-socio-cultural"; "grado de popularidad". El
lector encontrará entonces para corroborar el alto nivel
del género, una extensa selección de Discépolo, de
Cátulo Castillo, de Homero Manzi, de Enrique
Cadícamo, de Homero Expósito, además de muchos
clásicos memorables como "Mi noche triste" de
Pascual Contursi, "El bulín de la calle Ayacucho" de
Celedonio E. Flores, "Melodía de Arrabal" de Le Pera,
"Silbando" de González Castillo o "Farolito de papel" de
Francisco García Jiménez. En lo que Gravina llama un
poco engoladamente "representatividad
económico-socio-cultural", debe suponerse que se
refiere a textos con intención de denuncia social como
"Acquaforte" de Marambio Catán, "Al pie de la Santa
Cruz" de Battistella, o uno tan asombrosamente
vigente como "Cambalache" de Discépolo, aunque en
esa temática —y ya despreocupándose de su calidad
estética— pueda echarse a faltar el melodramático
"Pan" de Celedonio Flores. En cambio incluye textos de
Héctor Negro, como "Un mundo nuevo", un tango de
impronta sesentista, que recuerda a una canción de
Mario Benedetti que popularizó Nacha Guevara.
Podrá lamentarse la ausencia de "Vieja Viola" de Frías
y Correa, o el inolvidable "Discepolín" de Manzi, "La que
murió en París" de Blomberg, o "Viejo smoking" de
Flores, pero es seguro que el lector no se sentirá
defraudado por la selección de Gravina. Su antología,
además de reunir a muchos de los mejores textos del
género, permite apreciar la diversidad temática del
tango, sus distintos lenguajes y entonaciones, desde
la palabra canyengue y resentida de "Margot" de
Celedonio Flores hasta la nostalgia femenina de "El
45" de María Elena Walsh, pasando por la huella
epocal de Rubén Darío en los alejandrinos de "Misa de
once" de Armando Tagini, o el lirismo evocativo del
bellísimo "A Homero" de Cátulo Castillo. También
agradecerá el lector la ayuda del "Glosario de voces
lunfardas y populares" que cierra el volumen.
R.P.