Gabo y el diccionario

Héctor Balsas

EL 10 DE OCTUBRE de 2002 Vivir para contarla, el libro de memorias de Gabriel García Márquez, inició su recorrida por el mundo hispanohablante.

Las anotaciones minúsculas supervivientes entre las reflexiones de fondo aportan más de lo que se cree en un principio. Tienen relación con el diccionario y la ortografía.

TODAS LAS PALABRAS. En varios pasajes hay indicaciones sobre el diccionario. La primera recuerda el contacto inicial del futuro autor con ese libro tan voluminoso e importante. No hay entre los dos una vinculación física ni intelectual. A esa edad es muy difícil que alguien emplee el diccionario a sabiendas de que es una fuente auxiliar. Como juego, si es un diccionario adaptado a la edad, cabe la relación, pero no va más allá del plano lúdico. En el caso de García Márquez todo comenzó con uno de los tantos hechos mínimos que vive cualquier persona: "Fue también mi abuelo quien me hizo el primer contacto con la letra escrita a los cinco años, una tarde en que me llevó a conocer los animales de un circo que estaba de paso en Cataca bajo una carpa grande como una iglesia. El que más me llamó la atención fue un rumiante maltrecho y desolado con una expresión de madre espantosa.

—Es un camello— me dijo el abuelo. Alguien que estaba cerca le salió al paso.

—Perdón, coronel, es un dromedario."

He aquí el disparador. La diferencia entre "camello" y "dromedario" se zanjó consultando el diccionario después de la visita al circo. El abuelo, hombre de una pieza, declaró con santa candidez que el diccionario era el único libro que lo sabía todo y que nunca se equivocaba. También, luego de consultado, dictaminó, ante una pregunta del nieto, que contenía todas las palabras del idioma.

Tanto ayer como hoy estas dos ideas están muy arraigadas entre la gente de cultura media o escasa. Se trata de prejuicios producidos por creencias que se afirman en el espíritu desde el período escolar. La fe ciega en el lexicón se mantiene toda la vida. No se ha encontrado el dique opositor que determine que este libro, por grande que sea de tamaño, es incapaz de recoger en sus columnas la totalidad de las voces de una lengua, sea cual fuere. Por ningún concepto puede considerárselo omnisapiente e infalible. La letra impresa tiene una fuerza enorme en la mente de muchos lectores. De ahí, en gran medida, las conclusiones erróneas que se extraen y las ideas fantasiosas que se generan a partir de un texto.

Así como el abuelo origina una página en que se habla del protagonismo del diccionario, Alfonso Fuenmayor, compañero de García Márquez en el diario "El Heraldo", también se asocia con ese libro. Su relación con él es muy particular: lo lee y lo estudia para descubrir errores que luego trasmite a las editoriales con el fin de provocar la enmienda correspondiente. Fuenmayor, durante muchos años, recorrió miles y miles de columnas de diccionarios españoles, ingleses y franceses, en una tarea de búsqueda y hallazgo de los más insólitos gazapos. Esta actitud de revisión lo obligó a estar ligado al lexicón para no perder ningún detalle negativo. Parecería que la lectura de libros de este tipo no fuera propia de una mente organizada y equilibrada. Sin embargo, leer el diccionario, con el fin que fuere, es una tarea intelectual que deja resultados inesperados y huellas indelebles. Probar para creerlo.

ZACATECAS TODAVÍA. No se olvida fácilmente la intervención de García Márquez en Zacatecas (México) y sus observaciones ortográficas en 1997, en ocasión de cumplirse el I Congreso Internacional de la Lengua Española. Fue un mal paso que pudo evitarse, sobre todo porque no había necesidad de dramatizar como él lo hizo. Se dejó llevar por la pasión, que lo cegó y lo condujo por el peor camino posible. La posterior intervención de varios académicos de la Española puso las cosas en su lugar mediante la refutación pública del exabrupto de Gabo y el asesoramiento en privado, para evitarle otras caídas.

En las memorias, García Márquez escribe varias veces sobre la ortografía y sobre cómo le resulta un obstáculo personal. Sus originales suelen contener fallos ortográficos que —según él— son disimulados amablemente por los tipógrafos, digitadores y correctores, quienes consideran que las cacografías se deben más que nada a torpezas de tecleo en la máquina o la computadora. En sus palabras hay un agradecimiento implícito a esos habitantes de las imprentas y salas de redacción. Sintetiza él con humor esa disfunción asegurando que tiene "ortografía de holandés".

Pese a todo lo dicho, en cierto pasaje se advierte que las expresiones de Zacatecas se mantienen firmes en su conciencia. Dice: "En medio de tanto dinamismo superfluo, todavía no entiendo por qué los maestros se ocupaban tanto de mí sin dar voces de escándalo por mi mala ortografía. Al contrario de mi madre, que le escondía a papá algunas de mis cartas para mantenerlo vivo, y otras me las devolvía corregidas y a veces con sus parabienes por ciertos progresos gramaticales y el buen uso de las palabras. Pero al cabo de dos años no hubo mejoras a la vista. Hoy mi problema sigue siendo el mismo: nunca pude entender por qué se admiten letras mudas o dos letras distintas con el mismo sonido, y tantas otras normas ociosas."

Leídas estas declaraciones, se refuerza la creencia de que aquello que se le oyó ante el micrófono en 1997 no fue un acto del momento, producido por un arranque instantáneo. Ahora no hay agresividad en la expresión de los juicios condenatorios sobre las haches (rupestres, para él, recuérdese) y los dobles sonidos de un mismo grafema (y algunas consideraciones sobre morfología también, que en el libro no aparecen). Pero su posición es la misma: inmutable y rígida. Parece que los consejos recibidos de Camilo José Cela y Víctor García de la Concha (actual director de la Real Academia Española) y otros académicos cayeron en saco roto. Cabe una sentencia aquí: recordar para aprenderlo.

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