Alfredo Fressia
EL CRÍTICO Lauro Marauda (Montevideo, 1958) y el poeta y editor Jorge Morón (id, 1965) reunieron en El cuento uruguayo treinta y cinco relatos inéditos y en principio contemporáneos, uno por cada autor seleccionado para esta compilación. La carátula de la edición es emblemática de la aventura aquí implícita: una imagen de rayos cayendo sobre la tierra, o tal vez sobre una torre, como la del Arcano XVI, pero ya desintegrada.
Bajo semejante signo, la solapa redactada por Hugo Castillos prefiere llamar a la presente selección “¿antología?” (sic), una perplejidad que el lector no puede sino compartir al hojear la nómina de los “seleccionados” en este libro subtitulado “Narradores uruguayos de hoy”: autores que van de Mario Benedetti (1920) a Adriana Dos Santos, (1975). Sin duda son todos “de hoy” porque —Deo gratias— están todos vivos, y los textos exhiben la revisitada mística del “ineditismo” (por más que no comparezcan datados). Los criterios de inclusión, que decididamente no fueron generacionales ni temáticos, obedecen a otros tres items, según la Introducción de Marauda, relativos a los autores, a saber: “su popularidad, calidad reconocida por la crítica o premios recibidos en concursos importantes”. Pero de este confortable canon quedaron excluidas, manu militari, es decir, sin explicaciones, dos categorías: “la extensa narrativa para niños y la generada fuera del país”.
Se puede aceptar el primer criterio de exclusión. La existencia, desde el siglo XX, de “literatura infantil”, esa excrescencia paraliteraria que escandalizaba a Borges, se debe, decía César Aira, a “abyectos motivos comerciales” y a “la segmentación interesada de los mercados”. Aun así, la puerilidad narrativa de algunos de los textos aquí incluidos (pocos, también Deo gratias) podría legitimar, para muchos lectores, la nostalgia de esa literatura explícitamente para niños. Más grave, en cambio, es la segunda exclusión inexplicada, que resulta también inexplicable. En un país compuesto literariamente entre los “de adentro” y los “de afuera”, y frente a un tema tan sensible, los organizadores deberían haber procedido, por lo menos, con explicaciones. La amputación anunciada, pero sin justificativas, en esta muestra de narrativa nacional, de Cristina Peri Rossi, Fernando Aínsa, Tarik Carson, Juan Carlos Mondragón, Nelson Marra (para citar a algunos, pero la lista es demasiado larga) debe ser leída como una forma, ya no de discriminación, algo que en principio no debería resultar imaginable, sino de falseamiento y depauperización del material expuesto como conjunto representativo. Imagínese una muestra de teatro nacional sin Florencio Sánchez bajo el inopinado argumento de que lo más y mejor de su obra fue realizado fuera de fronteras. Imagínese una selección de ensayos que excluyera a Rodríguez Monegal o aun a Angel Rama porque se sospechase que esos textos puedan haber sido redactados en el exterior. O, para quedarnos en los relatos, imagínese una “sospecha” igual frente a ciertas obras de Acevedo Díaz o respecto a casi toda la producción de Horacio Quiroga, o mucha de la de Onetti. Quien asumiese tanta pequeñez se preguntaría, desconfiado, si el texto de Benedetti que de hecho figura en esta selección fue realmente redactado en Montevideo, o en el verano madrileño.
En la misma Introducción de Marauda, hacia el final, podría sugerirse una explicación para semejante veto. Dice: “Con sus luces y sombras, los cuentos reflejan y refractan como un prisma la realidad socio-económica y espiritual de nuestro país”. Pero si esa lectura testimonial justificase la exclusión de los artistas que residen “afuera” (y es sólo una hipótesis, porque el texto es de un ambiguo laconismo) se trataría de un trágico sofisma, cuando es un hecho que el “Uruguay literario” siempre excedió a la estrechez de las fronteras físicas, y de “nuestro país” da tanto y tan intenso testimonio la obra nacional escrita dentro como fuera de su territorio.
Se podría argumentar, ciertamente, que la edición constituiría sólo una aventura comercial, con erratas, además, o que no es menos grave el olvido de autores jóvenes (y “premiados” sin embargo, como un Alejandro Ferreiro, por mero ejemplo), y que, al cabo, frente a la crisis que vivimos, se le debe desear suerte y buenas ventas. Por otro lado, varios de los textos incluidos son excelentes (era esperable en el caso de Mario Delgado Aparaín o Hugo Bervejillo, o la sorpresa de un Jaime Monestier, también por ejemplo) y siempre es grato verificar el pulso firme de varios narradores nacionales. Serían todos argumentos válidos, incluidos los extraliterarios, para tratar de eludir lo irreparable: la herida que esta selección abre alegremente en el cuerpo de la literatura nacional. Morón y Marauda son respetados escritores con limpias y generosas historias intelectuales, cuya buena fe no necesita ser puesta a prueba. Aun así, tal vez movidos por el entusiasmo de la publicación, que en otras condiciones hubiera llenado un vacío, pecaron por precipitación en esta obra enrarecida, incompleta y frágil, pronta para sucumbir, en tanto conjunto literario, como frente al rayo representado en cubierta. l
EL CUENTO URUGUAYO, selección de Jorge Morón y Lauro Marauda. La Gotera, Montevideo, 2002. 263 páginas.
CON LOS OÍDOS ABIERTOS (Aproximaciones al mundo de la música) de Eusebio Ruvalcaba, Paidós, México 2001, Distribuye Sudamericana Uruguaya. 279 págs.
HACE YA tiempo que la bibliografía sobre temas musicales es flaca en nuestra lengua. La carencia contrasta con la situación del mundo editor de Argentina, México y España que, hasta hace una década mantenían colecciones sobre la música y los músicos, en traducciones que en su momento fueron la fuente de colecciones enteras. Es cierto que se ven publicaciones en torno a los astros de la música pop, rock, y demás, pero se nota la falta de libros de peso sobre el reino de los sonidos de otras áreas.
Quizá este vacío haya facilitado la edición de Con los oídos abiertos de Eusebio Ruvalcaba. El libro es una mezcla de ensayo, crítica, autobiografía y opiniones de una sorprendente capacidad para el error. El libro se divide en diversos capítulos titulados “El cuarteto”, “Vidas imaginarias”, “Charlas musicales” y “Ciertas obras”. El autor confiesa su admiración por el cuarteto de cuerdas, paseándose sin pudor por el cuarteto Lener, donde su padre fue primer violín (según afirma) con ligeros comentarios sobre obras del género firmadas por Mozart, Beethoven, Schubert y otros maestros, mientras declara sin rubor que las mujeres son incapaces de apreciar una obra de esta forma. Por lo tanto al invitarlas a escuchar un cuarteto se aburrirán tanto que estarán dispuestas aceptar cualquier propuesta amorosa no importa de quien. Se supone que los violines violas y violonchelos integrantes de cuarteto quedan excluidos de esta posibilidad. El prejuicio sobre la mujer no le impide dirigir una carta abierta a la violinista Anne Sophie Mutter y relatar con mirada de testigo presencial las relaciones femeninas de Spivakosky, Heifetz, Ricci o Mischa Elman. Explica muy seriamente por qué no escucha ópera y las razones por las cuales la música no está contaminada por la cultura ya que “la música la escurre el hombre”, en una definición que tiende a confundir sonatas, sinfonías, tangos y rock en una especia de sudoración sonora. En fin que por estos y otros argumentos atribuye a los músicos, a diferencia de los escritores, la suprema modestia. Afirma: “ningún compositor se cree el Mesías de la humanidad”, olvidándose por lo menos de Wagner. Omisión comprensible ya que Eusebio Ruvalcaba no escucha ópera por doce razones, la primera de las cuales confiesa, increíblemente conmovedora: “Por ignorante”. Quizá un título mejor para el libro hubiera sido “Con los oídos cerrados”.
H. G. R.
OBRA POÉTICA de Joaquín Gianuzzi. Emecé. Buenos Aires, 2000. Distribuye Planeta. 537 págs.
ES UNA SUERTE que diversos sellos editoriales argentinos hayan ido dando a conocer obras completas de poetas importantes de la otra orilla. A los volúmenes que compilaron la producción de nombres como Juan L. Ortiz, Roberto Juarroz, Edgar Bayley o Hugo Padeletti, se agregó en el 2000 éste que recoge todos los libros editados por Joaquín Gianuzzi, más uno inédito, Apuestas en lo oscuro. En el trayecto que va de Nuestros días mortales (1958) a Cabeza final (1991) la obra de Gianuzzi se despliega lúcida, sólida, concentrada ya sea en objetos menores (un hueso de gaviota, geranios visto al amanecer, una mosca, incluso una “Hipótesis sobre objetos”), o incursiona de modo objetivo o personal, comprometido, en la vida y el paisaje por lo general urbano que lo rodea.
Hay un choque generador entre cierto pesimismo que se va asentando a lo largo de los años, cuando a su alrededor empeoran las condiciones no sólo sociales sino cotidianas (mueren los amigos, los otros poetas, o se producen choques fatales de automóviles en la calle) y la extraordinaria limpieza y contundencia de la ejecución verbal, el ritmo que rara vez falla, no sólo de las palabras sino también de las imágenes. Porque Gianuzzi, en su obra, parece mirar “lo que pasa en la calle” con la percepción certera de un Roberto Arlt, aunque desde luego con un estilo totalmente distinto, más íntimo, más clásico, más despojado.
De lo que se le va pegando en las calles, o en las noches donde oye ruidos o, peor, la angustia del silencio tras las ventanas, el propio poeta va sufriendo el contagio. Cuando habla de sí mismo, enfrenta con desgano su rostro en el espejo, mira sin recordar viejas fotografías juveniles, le duele el hígado, siente acidez, la posibilidad del cáncer, reconocer pulmones y aire atabacados por su adicción al cigarrillo.
Transita además por sitios que a pesar de su filo negativo parecen alimentarlo: poetiza velorios, hospitales o salas fúnebres. No es el resultado de una búsqueda estética, desde luego. Ocurre que, como a todos, le toca visitarlos por problemas propios o ajenos. En ese aspecto, el temático, airean el conjunto la presencia de las hijas amadas, y la insaciable curiosidad. A Gianuzzi lo sacan de la desesperación sus preguntas sobre la historia, los planetas, la teoría de la relatividad.
Seguramente también la recóndita alegría de crear, de escribir poemas como “Detenido bajo la lluvia”: “Estoy detenido en la esquina de la calle/ bajo la lluvia, prisionero del éxtasis/ de ver correr el agua por la alcantarilla/ arrastrando papeles, metales, cáscaras,/ materia atormentada y digerida,/ astillas de todo el mundo.///Llueve en general en este instante:/ los hombres y las mujeres se despojan de todo para arrojarlo al agua/ y siembran el torrente de cosas grises e inexplicables./ Por esta alcantarilla se va al río y después al océano./ Los residuos humanos alimentan de crímenes el agua universal”.
E. E. G.
MANDATOS DEL CORAZÓN, de Héctor Aguilar Camín. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2002. 94 págs.
EL CONOCIDO mecanismo de las cajas chinas organiza esta nouvelle de hombres que hablan sobre mujeres. Héctor Aguilar Camín (n.1946, México), historiador y novelista, vuelve a estampar su sello de contador nato en Mandatos del corazón, donde hombres de distintas generaciones —de estirpe machista, veladamente homofóbicos, y aterrados por la cursilería que asocian a lo femenino— redimen a través del discurso sobre el amor su fracaso en esas artes. Un narrador principal sin padre y sin pueblo —uno lo abandonó y al otro se lo llevó un ciclón—visita junto con su mejor amigo al padre de éste, Bernardo Ruiz Portuondo, que entre copa y copa les cuenta dos aventuras, una ajena y otra propia y se convierte en el verdadero protagonista del libro.
La primera, de un machismo absoluto, refiere las últimas hazañas sexuales de un coronel desahuciado con una prostituta. La segunda no es menos clisé. Cuenta el amor loco y asustado que Bernardo sintió por Laura Portales, una femme fatale ya desde niña y en todos sus términos, “reencarnación de Mae West” como él la define. La comparación no es gratuita porque esa explosiva actriz y escritora de los años treinta supo oxigenar la tristeza de la “gran Depresión” más que con su belleza con sus declaraciones dentro y fuera de la pantalla (“cuando soy buena soy muy buena, pero cuando soy mala soy mejor” es quizá la más conocida); el vocabulario amoroso de Laura Portales también oxigena en espaciados encuentros la medianía vital del personaje, esposo enamorado y buen padre de familia siempre que ella no esté delante.
Como novela sentimental Mandatos... tiene más de comedia tierna que de drama reflexivo. Vuelca un poco más hacia el terreno de lo privado-afectivo el cambio que ya se daba en Aguilar Camín con Las mujeres de Adriano (2001), donde el narrador le confesaba a un ex alumno su polígama relación con cinco mujeres. Diez años antes, en La guerra de Galio (1990) el mismo personaje se ocupaba de asuntos más públicos. El viraje es significativo y acompasa los tiempos de una sensibilidad reorientada al mundo íntimo, a los ajustes de cuentas con la propia felicidad; en ese punto la prosa de Aguilar gana en ductilidad y sutileza. Hay que decir que igual que ocurre en la narrativa de su esposa, Ángeles Mastretta, la preocupación por el gran fresco social y político sigue viva. Puede leerse en las entrelíneas de esta narración de oralidad seductora, donde los hijos buscan la verdad sobre los padres, los secretos salen a luz, y lo que no fue asoma como la gran marca de identidad en la vida de un hombre.
M. E.
La Puerta de la Misericordia de Tomás de Mattos
PORQUE es un libro mayor de un narrador ineludible. Desde una mirada contemporánea, pero cuidadosa del contexto en que se produjo, de Mattos reconstruye la historia de Jesús, indaga en su experiencia humana, en sus tribulaciones y alegrías, en su condición de hombre, que presiente, sin saberlo con certeza, cuál es su verdadera naturaleza y su misión en el mundo. La historia, narrada por un doctor de la ley, está sembrada de preguntas y puede ser leída tanto desde una perspectiva religiosa como desde la no creencia. En ambos casos, la alta calidad literaria de la novela, su poder de atrapar y conmover, compensan con creces su extensión, que no debe asustar a quienes buscan buena literatura. (Alfaguara/ Santillana)
Inventario
Novela
AMORES EN TRÁNSITO, de Esther Feldman. Galerna, Buenos Aires, 2002. Distribuye Libros de la Arena. 140 págs.
RICARDO es un exitoso arquitecto casado sin pasión con Susana, y tiene un tórrido romance con su ayudante Carla. Carla está divorciada, tiene dos hijos y se desahoga hablando con su amiga Sofía y cambiándose interminablemente de ropa. Susana sólo habla sin ganas con su psicoanalista, y se refugia en el country (así le dicen en Buenos Aires a los clubes privados). Ricardo está tan estresado por la situación, por su matrimonio fracasado y por su romance absorbente, que decide tomar la única medida coherente: alejarse por un tiempo para pensar. Se toma un avión y se va a un 5 estrellas del Caribe. Atrás quedan las dos mujeres, cada cual por su lado tomando café en bares de moda, yendo al spa y leyendo libros de Kundera o Sciascia, o novelas románticas. Estamos en el mundo de las adocenadas producciones televisivas argentinas, repleto de lugares comunes, personajes tan chatos como la pampa infinita y diálogos forzados e irreales. Algunas descripciones filosas del ambiente de los complejos turísticos caribeños, alguna mirada juguetona sobre la inutilidad del psicoanálisis en ciertas circunstancias y una innegable solvencia por parte de la autora en el arte de dejar discurrir la pluma sin sobresaltos, elevan un poco el nivel de Amores en tránsito, pero no consiguen sacarlo de la medianía. La perpetradora de esta primera novela se llama Esther Feldman, es productora y guionista de TV, y su mayor éxito fue la miniserie Okupas, que parece haber levantado cierta polvareda en el ambiente televisivo argentino a principios de este siglo o finales del otro. l