Felipe Polleri
VIENE a ser una novela escrita hace casi treinta años para estar de moda (claro que formalmente ya estaba pasada de moda en su época) y que hoy parece más vieja que la injusticia. Aunque estuvo de moda, por supuesto.
Media docena de jóvenes ingleses (visitados por un trío de jóvenes estadounidenses) pasan un fin de semana en una antigua mansión campestre. Se trata en casi todos los casos de herederos o futuros herederos de padres tan ricos como irresponsables que, entre divorcios y catástrofes y desatinos de todo tipo y tamaño, sólo consiguieron crear “niños muertos”.
Antes de nacer, por decirlo así, estos chicos ya estaban condenados al fracaso. Para rematarlos, vinieron los años sesenta: drogas, alcohol, libertad sexual y otras alegrías. En un tono de comedia negra, Amis pretende que el lector se divierta con el progresivo declive y definitiva ruina de sus jóvenes creaturas. De sus jóvenes caricaturas, mejor dicho. Aquí no hay un solo personaje de carne y hueso, sino grotescas y a veces intercambiables figuritas de cartón que van de una punta a otra de un escenario de títeres.
Al grano: nadie se divierte con las frívolas estupideces que aquí se describen, incluyendo las orgías sexuales y los experimentos con drogas duras que dos por tres aparecen para asustar a los padres de familia. (Los padres de familia, por el solo hecho de serlo, no se asustan fácilmente y menos que menos ante las groserías de media docena de imbéciles). La grosería, ¿habrá que repetirlo mil doscientas veces? así como la obscenidad, son armas endiabladamente complejas y para usarlas hay que estar tan bien dotado como Genet. Sobre todo, la voluntad de ofender debe ser auténtica y estar por encima de cualquier propósito. Los propósitos de Amis son muchos y contradictorios: asustar a los “buenos burgueses” para darles, al final, la razón; sorprender con una comedia increíblemente ingeniosa y brillante para que la crítica y el público lector estalle en aplausos; ¡mejor que Wilde!; describir las costumbres de una clase y una época y moralizar sobre ellas; lucir su extraordinario talento; demostrar que una nueva luminaria hizo su ya innegable aparición en las letras inglesas y universales. Y hay más, Amis también quiere divertirse y divertir con las guarangadas de sus caricaturas y luego desaprobarlas; enseñar que la vida es imposible sin amor y compasión (esos otros “niños muertos”); condenar la irresponsabilidad familiar: dejar bien en claro que está de vuelta de todo, etc. El joven Amis era muy joven, sin duda. Ni él estaba de vuelta de todo, ni la novela está a la altura de ninguno de los temas que propone con una arrogancia difícil de soportar. Por ejemplo: todo aquel que haya vivido y sufrido la casi infinita complejidad de las relaciones familiares, sentirá como una ofensa la superficialidad con que se trata el tema. La superficialidad, la frivolidad más patética, a menudo se disfraza de viejísimo “estoy de vuelta de todo”; desgraciadamente, por lo común los que están de vuelta de todo son los que nunca fueron a ningún lado. A esta altura de su carrera, Amis era solo otro “enfant terrible” que no había ido a ningún lado y que ni siquiera sabía imitar a sus maestros: formalmente estaba copiando a Evelyn Waugh y similares. Y, comparado con Waugh, con el Waugh exquisitamente mordaz de Los seres queridos, ¿qué era Amis sino el más muerto de los niños muertos?
Para terminar con el destrozo, hay que aclarar que el encausado escribió libros muy distintos: El tren de la noche (una pequeña y sombría obra maestra, una de las más brillantes novelas inglesas contemporáneas), Dinero (un mamotreto con fragmentos interesantes y/o cómicos) y Niños muertos (más que una novela, un pecado de juventud). l
NIÑOS MUERTOS, de Martin Amis. Anagrama. Barcelona, 2002. Distribuye Gussi. 286 págs.
EL DESVÁN DEL NOVECIENTOS. Mujeres solas, de Carina Blixen, Ediciones del Caballo Perdido, Montevideo, 2002. Distribuye Gussi. 63 páginas.
EL ÚLTIMO párrafo de este ensayo de Carina Blixen se refiere a la sensación que en la cultura uruguaya ha dejado el Novecientos. El Novecientos es aún un mito en nuestra historia literaria no sólo por la suma de talentos que en ese momento surgieron sino —dice Blixen—por su aura de algo prístino y primordial, una verdadera “edad de oro” de la literatura uruguaya. Pero la ensayista, con agudeza, advierte en sus últimas palabras “no es de extrañar que una fuerte añoranza de esa época la transforme en un engañoso paraíso perdido”.
Nada de paraíso parece haber tenido aquel Montevideo en el cual vivieron y escribieron las dos primeras grandes escritoras uruguayas, Delmira Agustini y María Eugenia Vaz Ferreira. La palabra paraíso evoca goce, naturaleza, y libertad. Todo lo contrario del entorno opresivo, cursi y pacato de aquel mundillo burgués en el cual transcurrieron las vidas de María Eugenia y Delmira. Profundamente controladas por la familia (por las madres, por cierto) y por los prejuicios, ellas no pudieron llevar a cabo la revolución explícita y escandalosa de sus compañeros masculinos de generación, los dandys, como Roberto de las Carreras, el joven Horacio Quiroga, su amigo Federico Ferrando, Julio Herrera y Reissig y hasta el bohemio anarquista Florencio Sánchez. Ellos podían bullir de ideas, alcohol, humo y poesía en los cafés, en las trasnochadas, en los grupos de donde podían salir manifiestos tales como los diez mandamientos del Consistorio del Gay Saber, que incluían leyes como “amar el yo sobre todas las cosas”, “Gustar el placer donde quiera que lo encontremos”, “satisfacer todos los deseos que pudieran ocurrírsenos”, “fornicar eternamente así en el pensamiento como en la obra”, etc.
Ellas, en cambio, ni siquiera podían salir a la calle solas. Blixen cita reveladores fragmentos en los cuales se ve a estas aisladas chicas burguesas —que no eran obreras, que estaban por fuera del movimiento feminista— prisioneras del irritante dolor de tener talento y estar encorsetadas en la mediocridad de la mojigatería. Delmira decía en una carta: “Si estuviera en Europa (...) tendría derecho de sentarme sola en la terraza de un café, sin que la mitad de la ciudad gritara escandalizada”. Y María Eugenia una vez se mostró ante un amigo sumamente feliz, porque “había llegado sola en tranvía a las afueras de la ciudad, había descendido sola del tren, entre un montón de gentes severas, y en medio de la calzada, sola, imperturbable ante la estupefacción de todos, había esperado, sola, para regresar, el primer tren que volvía al centro”.
Para demostrar la opresión y el aislamiento de nuestras escritoras del Novecientos, en oposición a la chisporroteante libertad y camaradería de sus colegas masculinos, Blixen echa mano de diarios, revistas, semblanzas, reclames, álbumes, registros de “juegos florales” (recitales de poesía), y por supuesto, de fotografías, donde aún puede observarse la vestimenta de la mujer virtuosa y honorable. También cita las patéticas reseñas literarias de los críticos—hombres— que alababan con un paternalismo francamente ridículo la poesía de las “poetisas”, mientras se burlaban de la producción de las “literatas”.
La conclusión a la que el lector arriba frente a todo este material aportado por Blixen es cuán desquiciante, cuán tóxico, cuán implacable fue ese mítico Novecientos para con sus mejores escritoras, a quienes no dio otro camino que la enfermedad (la locura en el caso de María Eugenia) y la autodestrucción (el asesinato en el caso de Delmira).
A. B.
INVENTARIO
Histórica
LA FAVORITA DEL INCA de Colette Davenat, Editorial Salamandra, Barcelona, 2001. Distribuye Océano. 318 págs.
EN 1572, en Lima, la fascinante cuarentona Azarpay, favorita de los tres últimos emperadores incas, casada con un conquistador español muerto en forma repentina, relata su vida desde su niñez y defiende el punto de vista indígena frente al sacerdote jesuita llegado de España para investigar esa muerte. Su relato, capitulado con breves preámbulos de las contradictorias reflexiones del religioso, acuciado por el odio, la atracción y la duda frente a la mujer, constituye el material literario de La favorita del Inca.
La fancesa Colette Davenat se las arregla para ofrecer, en formato bestseller con pasiones, intrigas, guerras y desastres naturales, una narración de prosa directa, prolija y conducente, una magnífica síntesis histórica de las andanzas de los hermanos Pizarro y sus asociados en la conquista del Perú y un fresco acabado de la vida cotidiana del imperio inca.
El mayor atractivo de la novela proviene de la fluidez, vivacidad y detallismo, mediante los cuales la autora recrea el mundo inca, desde el paisaje y la vida campesina, sus ritos y costumbres, hasta la fastuosidad imperial de pompa y circunstancia. Con el abundante uso de vocablos indígenas y la astuta capacidad para explicarlos, traducirlos e insertarlos de modo natural en el texto literario, Davenat introduce al lector como testigo privilegiado de hechos perdidos en el tiempo. l