Gabriel Sosa
YA ALEJANDRO MAGNO, en su camino hacia la India, tuvo serios problemas con los que fueron los tatarabuelos de los actuales afganos. La postura del conquistador, que muy bien pudo ser compartida por posteriores invasores mongoles, turcos, ingleses y soviéticos entre otros, puede ser resumida en mover la cabeza con perplejidad y decir que los afganos son locos bravos. Esa misma condición de gente difícil e independiente hizo que hasta épocas recientes los afganos fueran uno de los pueblos menos atendidos por la cultura occidental, la misma que sólo los miraba con asombro cuando detenían y echaban a uno de los ejércitos más poderosos del mundo, cuando una dictadura religiosa imponía restricciones inhumanas a sus mujeres o cuando la misma dictadura se dedicaba alegremente a volar antiquísimas estatuas gigantes de Buda, declaradas patrimonio de la humanidad, por considerarlas ofensivas para el Islam.
Todo cambió cuando los dirigentes afganos taliban decidieron acoger a un turista incómodo, a quien supuestamente se le debía mucho desde la época de la guerra contra los soviéticos. Cuando Osama bin Laden se convirtió en el enemigo público número uno de Estados Unidos (y por mecanismos misteriosos, de todo el mundo), la subsiguiente invasión “amistosa” y el derrocamiento del régimen Talib, convirtieron a esta remota zona de Asia en el plato fuerte de todos los medios de prensa. (Talib es el singular de Taliban, y significa “buscador”; lo correcto es decir “los Taliban” y no “los Talibanes”). El asunto es que la realidad afgana resultó tan compleja, fragmentada y confusa que casi nadie pudo explicar con propiedad qué estaba pasando en el país. Afganistán y los Taliban no son material para gente amiga de definiciones simples o de paneos rápidos.
LA HISTORIA RECIENTE. Un dato que puede dar una buena idea de la idiosincrasia afgana es la manera en que la policía (o el ejército, que viene siendo lo mismo) se hace cargo de un asesino. Cada pueblo, y particularmente en el aislado norte del país, tiene su propia organización social. Un grupo de pueblos de la misma área está dirigido por un woleswal, un administrador general nombrado por el gobierno. En caso de un crimen mayor, el woleswal tiene que enviar a un soldado rigurosamente desarmado a solicitar al líder local de la aldea involucrada el permiso para arrestar al sospechoso. Si el líder local está de acuerdo (y sólo si lo está), hacen la detención. Este líder local no pertenece a ninguna organización del Estado, es elegido por lo pobladores de acuerdo a métodos tradicionales y no tiene contacto directo con el gobierno. Y aunque el soldado o policía que hace el arresto, y que es el único representante del gobierno tolerado en el asunto, debe ir desarmado, es el único en esa condición. Desde tiempos inmemoriales todo el mundo en Afganistán lleva armas encima, y mientras más mejor. Esta costumbre no sólo proviene de las tradicionales y cíclicas resistencias del pueblo afgano a las invasiones, porque ellos mismos han contribuido bastante a su armamentismo y su beligerancia, con continuas y sangrientas luchas internas.
Sobre la política y las barbaridades cometidas por los Taliban se ha dicho mucho en los últimos tiempos. Pero no tanto sobre cómo surgió el movimiento, cómo llegó al poder y cómo se mantuvo en él, a pesar de la oposición de grupos militares (la tan mentada “Alianza del Norte”) y políticos. Pocos en Occidente, salvo algunos especialistas, entendían y entienden la compleja situación del Afganistán post-soviético, y el estado de guerra permanente en que vive el país desde la invasión de 1979. Una vez retirados los soviéticos, facciones principales de los líderes locales (mujahidims) que se habían unido para resistir la invasión, se disputaron el poder ferozmente, sin poder llegar a consolidarse. En las batallas de esta guerra civil, todos los bandos acusaban a los otros de ser monafiq (traidores al Islam), y en los ataques se enfrentaban gritando Allah-o-Akbar (Alá es grande). Estas luchas civiles sólo se detuvieron (y no del todo) cuando el Talib fue derrotado, y su régimen sustituido por el actual. Antes de eso, el régimen de los taliban había aprovechado el vacío creado por la imposibilidad de los partidos dominantes en Afganistán de crear un gobierno sostenible, para llenar la necesidad clásica de un “tercer partido” y para imponer la dictadura religiosa más férrea que registre la historia del Islam.
TALIBAN Y AFGANOS NO SON LO MISMO. El movimiento Talib se inició en las múltiples escuelas religiosas (madresahs) que los países árabes financiaron en la frontera de Pakistán con Afganistán a partir de la invasión soviética. En estas escuelas, dirigidas por partidos extremistas paquistaníes, los refugiados afganos encontraron casi la única fuente de ingresos para sus hijos (las escuelas daban, además de casa y comida, un sueldo mensual a sus estudiantes). Los estudiantes de estas madresahs participaban rutinariamente en la resistencia antisoviética, entrando y saliendo de su país. La ubicación y filiación de estas escuelas explica el apoyo paquistaní al régimen Talib.
Afganistán siempre fue un territorio complicado. Lo que en la actualidad se entiende por territorio afgano está habitado por ocho grupos étnicos principales —en orden de cantidad de integrantes, pashtún, tajiks, hazaras, aimaqs, turcos, uzbecos, kirghiztanos y baluchistanos—y docenas de minorías. Se hablan dos idiomas oficiales en el país (dari y pashto), pero también entre 20 y 40 dialectos. Al día de hoy, para complicar un poco más las cosas, circulan tres diferentes monedas legales, en su mayor parte no impresas por el gobierno. Y aunque el país es mayormente islámico, hay tribus minoritarias de afganos judíos, hinduistas y sikhs.
En 1747 todas estas tribus, etnias y religiones se pusieron de acuerdo en base solamente a su identidad nacional, y se fundó el moderno Estado afgano. Se trataba de una monarquía, cuyo primer Khan fue Ahmad, de la tribu Abdali. El país así formado se declaró musulmán, siguiendo la religión dominante. El islamismo afgano siempre se consideró a sí mismo como distinto del resto del mundo árabe, y se agregó al nacionalismo como el otro componente que logró mantener unido al Estado afgano a través de su turbulenta historia. Además de islamismo y nacionalismo, casi lo único que unifica a los habitantes del país es su creencia en tres principios básicos tradicionales, que reclaman como su “carácter nacional: honor, hospitalidad y venganza”.
SOLUCIÓN DE UN PEQUEÑO MISTERIO. El Estado afgano se las ingenió, en base a estos principios, para mantenerse funcional e incluso tolerante, para rechazar invasiones como la británica en 1919, e incluso para formar una clase media educada (a pesar de que la población urbana es de menos del 20% del total de habitantes) que emprendiera una modernización del país. Todo esto se descompuso en 1979, cuando los soviéticos disolvieron el gobierno central y la monarquía. La resistencia se organizó en base a pequeñas células locales dirigidas por sus mujahidims, y con un fuerte apoyo exterior. Estos grupos menores formaron sus propias asociaciones políticas, y cuando los soviéticos se retiraron, comenzó la lucha por el poder. Y por las características nacionales del pueblo afgano, no fue una lucha política sino militar.
En 1994 el grupo radical religioso que se llamó a sí mismo Talib comenzó a operar en la provincia de Helmand, donde logró rápidamente el control de la ciudad de Kandahar. Helmand es el centro regional del cultivo de opio, con una producción anual de miles de toneladas. Sabiendo esto, no es asombroso el rápido crecimiento militar del Talib, ni la facilidad con la que se extendió por el resto del país hasta controlarlo totalmente. Tampoco es raro que Kandahar fuera el “centro espiritual” del régimen, en detrimento de la capital tradicional Kabul, ni que fuera defendido tan ferozmente, ni que la Alianza del Norte estuviera tan ansiosa por capturarla. Es que al nacionalismo, al islamismo y a la trilogía “honor, hospitalidad y venganza”, debe agregarse otro elemento que no es menor en la explicación de la cohesión que el país ha logrado mantener durante tanto y tan turbulento tiempo: Afganistán, antes durante y después de los Taliban, es uno de los mayores productores de opio del mundo. l
THE RISE OF THE TALIBAN IN AFGHANISTAN. MASS MOBILIZATION, WAR AND THE FUTURE OF THE REGION, por Neamatollah Nojumi. Palgrave, New York, 2002.