Pablo Rocca
HAY LIBROS que integran con exacta madurez una larga tarea de estudio y reflexión, pero que aparecen a destiempo o en un momento inoportuno. Y por eso sólo a largo plazo consiguen incidir sobre los grupos a los que están destinados o, sólo por esa falta de sintonía cronológica se los conoce por la mediación de lectura de sus discípulos. Pocos casos más ilustrativos de estas curiosas vicisitudes que el de Latinoamérica, las ciudades y las ideas, de José Luis Romero (Buenos Aires, 1909-Tokio, 1977).
UN LIBRO DE CULTO. En el prólogo a esta quinta edición, Luis Alberto Romero —también historiador de obra fundamental— recuerda que el libro de su padre salió en junio de 1976, apenas “dos meses después del golpe que inició en la Argentina la más reciente y sangrienta dictadura militar”. A este descalabro general se sumó la pronta y repentina muerte del autor, mientras se encontraba en Japón. El libro no tuvo la fortuna que se merecía: las universidades de las dos márgenes del Plata estaban intervenidas, la mayor parte de la intelligentsia de estos países —sus receptores inmediatos y sus naturales difusores— se hallaban desperdigados por el mundo. Alguno de esos selectos, como Ángel Rama, descubrió en Latinoamérica, las ciudades y las ideas, una plataforma para sus intuiciones, una visión erudita, a la vez inteligente y sistemática, que le permitiría redactar La ciudad letrada (1984). Otros, como el recientemente fallecido Richard Morse, encontraron en el texto de Romero un espacio de diálogo —de confluencia pero también de disidencia— en relación con su extenso Las ciudades latinoamericanas (México, 1973). Y como siempre ocurre con los clásicos, sobrevendrán los innumerables lectores que, por vía indirecta, retomarán apuntes y comentarios. Por eso no parece del todo acertada la observación de Carlos Altamirano en cuanto a que la obra “no ha tenido descendientes” (Punto de Vista, Buenos Aires, Nâ 71, dic. 2001). No habrá tenido, en todo caso, continuadores en cadena, pero su forma de ver la historia no sólo se empalma con las líneas más “al día”, sino que, de algún modo, las prefigura.
Es cierto, como también señala Altamirano, que la singularidad de este libro consiste en la combinación de historia social con política, historia de las ideas con urbanismo y, cabría agregar, un uso bien dosificado y nada mecánico de fuentes literarias y testimoniales, complemento indispensable de las otras herramientas epistemológicas. No se detiene con morosidad en la economía, en cambio hay una tendencia marcada hacia la enunciación de rasgos fuertes de las mentalidades o de trazos de una psicología social. De ahí su enorme interés actual.
José Luis Romero era un humanista, de esos que la imparable ola de la especialización han hecho desaparecer; fue un académico de larga trayectoria en la Universidad argentina y también, cuando su oposición al peronismo le hizo perder sus cargos, enseñó en la Universidad uruguaya, en la Facultad de Humanidades. Dentro del arco de sus preocupaciones estuvo la vida política y cultural de la Edad Media, la historia de las ideas en la edad burguesa y, también de modo dominante en sus últimos años, el pensamiento argentino y latinoamericano, tema sobre el cual dejó varios libros y ensayos. Al margen de su trabajo, o tal vez como parte inescindible de él, no dudó en salir de la trinchera de su biblioteca y de su archivo para participar en el campo concreto de las actividades sociales y políticas. Vivió entre varias fronteras, en horas largas de estudio y en la realidad de la calle, en contacto con múltiples saberes y en el ejercicio de una escritura suelta, creativa y llana, “ensayística”, al fin. Toda esa experiencia se sintetiza, quizá mejor que nunca, en este libro ambicioso y pionero.
UN RECORRIDO CUIDADOSO. Bajo el modelo español colonial —tanto urbano como ideológico—, Romero medita que las ciudades latinoamericanas buscan llenar el “vacío” rural, controlándolo y en forma paralela, creciendo con él, adquiriendo, sin quererlo, los contornos del perfil “bárbaro”. En lo que llama “el ciclo de las fundaciones” esa interrelación entre campo y ciudad conduce a la “progresiva diferenciación de ciudades y de procesos urbanos que han comenzado por ser idénticos”. Las hubo “ciudades-fuerte”, con funciones militares y de concentración de la riqueza de una región que se pretendía dominar; otras veces fueron ciudades-puerto, por donde salía la producción de ese interior rústico y rico, y por donde entraba la mercadería del Viejo Mundo. Hubo, también, ciudades creadas sobre las que habían construido los indios (como México) o ciudades propiamente mineras (como Ouro Preto). A la diferenciación que podría llamarse “funcional” habría que agregar distintas perspectivas de españoles y portugueses: los primeros optaron por territorios llanos, los segundos, dieron “preferencia a los lugares altos y susceptibles de ser bien defendidos”.
Cuando estas realidades se fueron consolidando, a diferencia de las ciudades burguesas mercantiles del mundo europeo, toda una estructura jurídica se asentó en un medio social disociado, compuesto por sectores dominantes europeos y criollos frente a amplios sectores sometidos, indígenas o criollos pobres. Sólo en el siglo XVIII llegarían las clases medias y, hasta entonces, el tono de la ciudad latinoamericana sería el del hidalgo altanero y presuntuoso. Pero su “mentalidad conquistadora” comenzó a ceder hacia fines del XVIII ante el crecimiento de los núcleos urbanos y la gravitación creciente de la pujante burguesía. Nació así la “ciudad criolla”, la de la insurrección anticolonial, resultado del choque de intereses entre la metrópoli y la periferia, como de la mestización y los procesos de aculturación y, asimismo, de la fuerte incidencia de las “nuevas ideas” ilustradas en las élites, ahora liberales.
Una vez lograda la Independencia, el patriciado se abocó a resolver el hondo conflicto entre campo y ciudad, entre ideología liberal e ideología romántica que, al fin y al cabo, se laudó con un empuje del nacionalismo de las regiones y de los países que terminaron por justificar la unidad política de los flamantes Estados. Lo europeo y lo criollo, en sus distintas manifestaciones de clase y de correspondientes prácticas culturales, convivieron no siempre con armonía, como lo demuestra el caso de la Buenos Aires de Juan Manuel de Rosas.
Los albores del siglo XX, en cambio, encontraron a las ciudades de América Latina ante tres encrucijadas: la inmigración —desde ultramar y desde el campo— la consiguiente efervescencia demográfica y el predominio notable de la burguesía, al fin triunfante. Se ahondó, entonces, la dicotomía entre ciudades modernas —concebidas sobre todo a imagen y semejanza de París— y las que quedaron cercadas y determinadas por el medio rural, ligadas a los usos, las costumbres y hasta las modalidades económicas de la colonia. Poco a poco fueron ganando espacio las clases medias, por obra y gracia del crecimiento del Estado, de los primeros atisbos de la industrialización y del ensanche del sistema educativo.
Todo cambió, y esta vez de modo decisivo, a partir de la crisis del sistema capitalista en 1929. Esa es la época de las “ciudades masificadas”, el último ciclo que analiza Romero, un proceso que se cumple entre 1930 y comienzos de los años setenta. Crisis económica, profundización del capitalismo periférico y de la dependencia con Estados Unidos —rasgo no del todo subrayado por Romero—, soluciones políticas de distinto tipo (demoliberal, populista, reaccionaria), se encuadran en el marco de la explosión demográfica. Esta lleva a ciudades como Sao Paulo con menos de cien mil habitantes en 1900 a 1.326.000 en 1940 y a 7.750.000 en 1970, o a Caracas, que pasa de ser poco más que una villa en los comienzos del siglo XX a una pequeña urbe en 1940 (250.000 personas), mientras que treinta años después sobrepasa los dos millones de habitantes. Dos tipos de modelos de sociedad que venían insinuándose desde fines de la centuria anterior adquieren clara forma: la “sociedad normalizada” y la “sociedad anómica”. La primera, conservadora y tradicional, representa la ideología de los grupos hegemónicos; la segunda, manifiesta las heterogéneas y difusas peticiones de las corrientes de inmigrantes, de los desposeídos y marginados. Una y otra se enfrentan y, hacia fines de los ’60, se influyen mutuamente, mucho más cuando los rebeldes del primer grupo se pliegan a las reivindicaciones oscuras —a veces violentas— de los desplazados. “En esa fluctuación de los grupos sociales y de las posiciones ideológicas se exteriorizaba la magnitud y profundidad del impacto de la masificación urbana”. Un impacto que no sólo se ha agravado, sino que el vértigo de la crisis ha vuelto cada vez más incontrolable. l
LATINOAMÉRICA, LAS CIUDADES Y LAS IDEAS, de José Luis Romero, Siglo XXI, Buenos Aires, 2001, 400 págs.