Eusebi Lahoz Rozas
MARZO DEL ‘73. Joan Manuel Serrat, después de haber estado una semana actuando en el Opera de Buenos Aires, se presenta en el viejo Teatro Solis de Montevideo, y a mitad del recital dice “Estuve con un amigo de ustedes y me pidió que les trajera esto”, marca dos acordes y empieza a cantar “Yo no soy de por aquí/ ni es este pago mi pago/...” El teatro de derrumba en aplausos, no le hizo falta nombrar a Daniel Viglietti, autor de esa música, que se encontraba recién exiliado de la dictadura impuesta por los militares.
Dos años después, en septiembre del ‘75 el cantautor catalán está de gira por México y en una entrevista condena públicamente los últimos fusilamientos de Franco. Automáticamente se prohíbe en España la radiodifusión de sus canciones y la venta de sus discos. Además se dicta una orden de busca y captura con objeto de aplicarle el artículo 132 del código penal. No hay otra solución: Serrat se convierte en un nuevo refugiado político. América latina le acoge en su exilio de once meses. Las raíces se van haciendo muy profundas, el romance está servido.
EL AMOR CORRESPONDIDO. El 20 de agosto del 1976, con la amnistía dictada por el rey Juan Carlos, Serrat puede aterrizar en Barcelona. Lo hace ante cientos de medios de comunicación y ofrece una rueda de prensa en la que afirma que no va a cambiar en nada su compromiso. Sin embargo, por aquel entonces Serrat ya sabía que con eso de las banderas se necesita un principio radical: o todas o ninguna. Por eso esquiva con maestría los intentos de caza del nacionalismo catalán, quienes todavía no sabían que la única definición de Nacionalismo que conoce Serrat es la que le soltó su madre cuando él le preguntó, confundido ante tanta transfusión de linaje, “¿Y tú de dónde eres?”. Ella le respondió: “Yo soy de donde comen mis hijos”. Tampoco sabían que Serrat ya no era el mismo: ya no era solo un catalán bilingüe querido en toda España, sino que también se sentía sudamericano, sudaca. El cordón invisible que lo unía con América Latina se hace eterno, es indestructible y es el detonante de una historia de amor correspondido.
Abril de 1990. Serrat vuelve a Chile. Después de haber estado prohibido durante diecisiete años por Pinochet (con quien todavía tiene “Algo personal”) pisa nuevamente las calles de Santiago para dar un recital en el Estadio Nacional ante 90.000 personas. Descubre que las calles de la ciudad llevan dos semanas forradas de carteles en los que se lee “Por fin, Serrat”. En mitad del concierto Serrat canta “Volver a los diecisiete”, el himno de Violeta Parra. Al menos una cuenta pendiente ya quedaba saldada.
Una semana después, en mayo de 1990, acude de nuevo a Montevideo para participar en el homenaje a Alfredo Zitarrosa, por quien el catalán siempre sintió admiración y devoción; justo en el primer aniversario de su muerte actúa junto al Cuarteto Zitarrosa, el dúo Larbanios Carrero, La Tana Rinaldi y Juan Carlos Baglietto. A la hora de cobrar dice: “Bueno, si quieres me traes unas piedrecitas de Artigas”. Serrat (que en aquella época coleccionaba ágatas y amatistas) no tardó en aprender que el cariño y el amor más que recibiendo se consigue dando: a las pocas horas ya tenía las piedras.
En la actualidad las cosas no difieren. América Latina necesita ver a Serrat del mismo modo que él necesita imperiosamente regresar en cada tour. En sus giras por Latinoamérica los escenarios se llenan de regalos: botellas de vino, camisetas del Barça, empanadas... A Serrat se le espera y se le ve como a un amigo entrañable y popular. Y se lo ha ganado a pulso, pues tanto en España como en Sudamérica lo hemos visto encabezando manifestaciones, haciendo de rey Baltasar en la cabalgata por Barcelona, pidiendo públicamente en Viña del mar (balneario cercano a Santiago de Chile) la liberación de un niño que había sido raptado, y que se produjo al día siguiente cuando el secuestrador lo devolvió, o convocando a 200.000 personas en la Plaza de Congresos de Buenos Aires, que lo recibieron al grito de “Nano, querido/ el pueblo está contigo”. Hoy en día, si Serrat tuviera que asistir a todos los asados que le invitan en Montevideo, no haría otra cosa que comer carne en tres semanas.
EL POR QUÉ. La respuesta a esa necesidad mutua sólo se encuentra en la naturalidad de un artista que puso rumbo al horizonte y por nada se detuvo. Decía Montserrat Roig que hay dos tipos de personas, los que viajan y los que no, y entre los que viajan, los que lo hacen con los ojos abiertos y los que no. Pues bien, Serrat no solo viajó y viaja con ojos de par en par sino que además se dedicó a mirar con lupa las injusticias sociales. Sus críticas y su compromiso, en América Latina, le han convertido en un símbolo. Por eso las canciones de Serrat pertenecen al cancionero universal, por eso se escuha en Mar del Plata “La tieta” y “La saeta” en Palafrugell, por eso hasta en Montevideo se conoce Belchite (pueblo de su madre) y por eso si se pronuncia la palabra Camprodón en Buenos Aires nadie pregunta, ¿Qué decís, che? Hace unos tres años confesaba a la periodista Margarita Rivière: “Soy del Poble Sec (barrio donde nació, en Barcelona) y, sin duda, soy más latinoamericanista que europeísta. Me siento más unido a Latinoamérica por el afecto, la cultura y la profesión, de una forma cotidiana: estoy más cerca de un argentino que de uno de Montpellier (ciudad del sur de Francia). Sería curioso que después de más de treinta años me sintiera más cercano a la gente de Montpellier, donde no he estado nunca”.
UNA GENERACIÓN PIRATA. Joan Manuel Serrat pertenece a la generación de niños españoles nacidos en la década de los 40. La generación que más de cerca vivió la posguerra y también la que más agradeció el fin de la dictadura de Franco. Fue una generación que convivió y creció en una España pobre e indecisa. Él concretamente vivió en una Barcelona charnega (hijos de emigrantes andaluces y murcianos afincados en Cataluña) y genuina, repartida entre la burguesía catalana industrial y la inmigración que llegó del interior para buscarse la vida. Es la Barcelona de las novelas de Marsé, la de las buhardillas, los solares, las aventis. Es una generación de piratas, que no tuvieron más remedio que mojar el pan en la escalivada y beber a morro, una generación sin videojuegos ni consolas pero con sueños en calles de barrio y escaleras con humedades y olor a zotal. Una generación de huevos fritos y porrón que defiende su infancia con uñas y dientes porque fue hecha de pequeñas cosas, casi todas inventadas. Una generación que creció heredando ropas y libros clandestinos y que vio en Serrat un tipo raro que rescataba de la furtividad poemas de Machado y Miguel Hernández que han acabado por ser populares. Una generación que va a los conciertos y mientras Serrat canta “Tu nombre me sabe a hierba” miran el escote de las amigas de sus hijas, y luego giran la vista al escenario y sonríen a Tarrés. Una generación adicta a los sueños que no se cansó de perder partidos de fútbol con pelotas de trapo y que siguen pensando que algún día “la muerte perderá por dos a cero”.
Serrat se hizo amigo de esa generación y de todas las posteriores, tanto en España como en América Latina. Porque si algo sorprende de este artista es su público: un público que nunca se renueva, simplemente crece. No obstante existen detractores, claro. Aunque resulta curioso que la única proposición a la que acuden para crucificarlo es la de “Antes sí, pero ahora no”, o aun peor: “Antes tenía sentido, ahora debería guardar silencio”. Luego se descubre que ni siquiera escuchan los discos nuevos.
En su país de origen cantó el final de una dictadura en dos lenguas distintas con discos como Mi niñez, Dedicado a Antonio Machado, A Miguel Hernández, Serrat 1978 o Res no és mesquí (Nada es mezquino), que incluía poemas de Joan Salvat Papasseit. Luego marcó la transición con discos memorables como En tránsito, que contenía verdaderas joyas como “A quien corresponda”, “Esos locos bajitos”, “Una de piratas”, “No hago otra cosa que pensar en ti” o “Las malas compañías”. Cada loco con su tema donde se encuentran temas como “Algo personal” y el mítico Fa vint anys que tinc vint anys (Hace veinte años que tengo veinte años) donde destacan “Aixó que en diuen estar enamorat” (Eso que llaman estar enamorado), “Sería fantàstic”, “Plany al mar” (Lamento al mar) o “Carta a Helena Francis”.
Las generaciones de América Latina descubrieron en Serrat a un cantautor comprometido contra todos los militares golpistas del Cono Sur. Se erigió en un símbolo cuando se negó a cantar (en algunos países tenía la entrada vedada) mientras los dictadores siguieran en el poder. Pero se le siguió escuchando de forma clandestina, de forma pirata. Siguió siendo un acompañante en el viaje de aquellos jóvenes que sobrevivían a las dictaduras y que no se han cansado de escuchar “Lucía”, “Aquellas pequeñas cosas”, “Mediterráneo”, “Fiesta”, “Paraules d’amor” o “Algo personal”. Existe un libro sobre la ciudad de Montevideo, en cuyas páginas colabora Serrat escribiendo: “Cuando nos vimos las caras por primera vez, Montevideo, verdeabas por los cuatro puntos cardinales y las muchachas se desparramaban adormiladas en los pastos del Parque Rodó, robándole el brillo al sol del mediodía para llevárselo puesto. Era noviembre de 1969. Aquel año fue el primero de mi vida que tuvo dos primaveras... Aún reconociendo el aporte tecnológico que el termo representa para la cultura de la yerba (mate), no deja de ser chocante para unos ojos profanos... Me gustaste desde el primer momento, Montevideo, pero fue más tarde cuando me enamoré de ti. Fue cuando te exiliaron y te viniste a mi casa con lo puesto. Ahí, mirada triste, sueños torcidos, carnes torturadas; ahí te conocí, Montevideo; ahí te sentí como algo mío, y ahí nos juramos amor eterno”.
NO HAY TREGUA. Octubre del 2002. Sale a la venta el nuevo disco de Serrat, Versos en la boca, y con él una nueva gira, que incluye, por supuesto, Latinoamérica, donde no se le perdona nada porque no hay nada que perdonar. Se siente como en casa y se le oye en todas partes, desde una heladería hasta en la cortina de un burdel. Sirva como ejemplo lo sucedido hace dos años en Buenos Aires, donde una mañana lo entrevistó Alejandro Dolina en el Café Tortoni para la radio y dijo que de su infancia recordaba las visitas a Belchite, donde se hartaba de comer aceitunas. Aquella noche, no se podían contar los quilos de aceitunas que había al pie del escenario del Gran Rex.
La presentación de Versos en la boca en Montevideo tendrá lugar el 13 de Enero de 2003, para llegar a Buenos Aires un día después, donde ofrecerá un total de siete recitales, antes de embarcarse en todo el país y pasar a Chile, Bolivia y Perú... En dichos conciertos se podrá comprobar cómo la voz quebrada de este sudaca vocacional ha ido ganando y es cada vez más característica. Serrat ha crecido como músico y vuelve a estar acompañado de Ricard Miralles, el maestro que arregló los primeros discos, hasta el sublime Bienaventurados. Treinta y siete años después de su primer disco y luego del lujo que nos brindó con Cansiones, Versos en la boca, narrado íntegramente en primera persona, suena más acústico que otros anteriores como Sombras de la China, para muchos el disco más completo de toda su carrera. Como ya anunciaba Tarrés, se vuelve a reincidir en el vicio, en el humor, en las metáforas trabajadas, en el lado oscuro del ser humano, en el amor furtivo y en el ciego, en los conflictos sociales, en el sufrir del exilio en las pateras y en el de los recuerdos, y por supuesto, en la mujer, la mujer de la noche o la del metro, pero la que siempre gira el sueño. Se debe destacar la impecable “De cuando estaba loco”, escrita a medias con el poeta Tito Muñoz, “De cuando estuve loco aun conservo/ el carné de majara en la cartera/ un plano detallado del infierno/ un cielo con pirañas y goteras/ un prontuario en la comisaría/ un frasco con pastillas de colores/ la carta con la que te despedías/ remedios varios contra el mal de amores”; así como “La bella y el metro”, un tema suburbano y poco común en Serrat “El escritor ve lectores/ el diputado carnaza/ el mosén ve pecadores/ y yo veo a esa muchacha del metro”; o “Los recuerdos”, otra lección de sabiduría, otro modo de aliarse con el tiempo “Los recuerdos suelen/ contarte mentiras/ se amoldan al viento/ amañan la historia/ por aquí se encogen/ por allá se estiran/ se tiñen de gloria/ se bañan en lodo/ se endulzan, se amargan/ en nuestro acomodo/ según nos convenga/ porque antes que nada/ y a pesar de todo/ hay que sobrevivir”; y la escrita junto a Eduardo Galeano, “La mala racha”, cuyos versos dicen “Mientras dura la mala racha/ pierdo las llaves/ los documentos/ el tren y el rumbo/ tal como si estuviese el mundo/ en contra de mí... mientras dura la mala racha,/ dame cobijo”.
PRINCIPIOS. Más que en la canción, Serrat es un maestro en el arte de ser un tipo natural, que sabe que en la vida se recoge lo que se siembra. Ahora no deja de recibir premios. Entre otros, hace un año el Premio Antonio Machado de Andalucía, en honor a su contribución en la difusión de la obra del poeta en todo el mundo. Cuando lo recibió simplemente dijo: “Cuando me dijeron lo de este premio acordé con mi familia que estaría colgado en un lugar importante de mi casa. Y también acordé que la dotación económica (dos millones y medio de pesetas) estará mejor en el estómago de los que tienen hambre. Por eso el dinero va dirigido al colectivo de inmigrantes independientes de Sevilla y a la asociación Civis Mundi de Cochabamba, en Bolivia”. Hay principios que no tienen final. l