VIERNES 1 de noviembre de 2002- Año 85 -Nº 29179
Internet Año 7 - Nº 2289 | Montevideo - Uruguay
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Recopilación
Vargas Llosa, el hablador

Oscar Brando

EN EL artículo “Las profecías de Casandra” recogido en este libro Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936), al tiempo que elogia al George Steiner de Lenguaje y silencio, le echa en cara que, a esa altura (mayo de 1996), el ensayista haya caído en el “facilismo frívolo”. Se refiere a cierta conferencia en que Steiner auguró la muerte de la literatura y su sustitución por los medios electrónicos. No se trata ahora de discutir el aserto sino de aprovechar el juicio para comentar el calado del Vargas Llosa ensayista. Quien lea este libro, El lenguaje de la pasión, podrá sacar rápidamente dos conclusiones: todo el ensayismo de Vargas Llosa no vale lo que una página cualquiera de Lenguaje y silencio; nada en los ensayos de Vargas Llosa puede ser tildado de “facilismo frívolo”.

Es posible argumentar que lo que este libro recoge son los artículos de la columna “Piedra de toque”, publicados en El País de Madrid entre 1992 y 2000; y que, por lo tanto, el vuelo ensayístico esté limitado por el medio, el espacio, la oportunidad. Cierto. Pero hay que señalar que es la forma que ha elegido y privilegiado Vargas Llosa para difundir su pensamiento. Logra que lo periodístico no inhiba la pretensión de perdurar; y, a pesar de lo perecedero de la página de diario, se las ingenia para poner toda su prolijidad y su inteligencia al servicio de sus ideas y obsesiones. Para cumplir esa misión, los artículos exigen una coherencia y una honestidad que espantan toda forma de frivolidad.

Así y todo, hay momentos en que se duda de su buena intención y no se sabe si es tozudo, ingenuo u oportunista. Son conocidas sus opiniones sobre la Cuba de Fidel Castro; solo Fujimori logra fastidiarlo tanto. Esa actitud cerril lo precipita a rezongar a los buenos (demócratas, legalistas) cubanos del exilio en Miami por convertir en un tema político el caso del niño Elián González y regalarle una victoria a Castro, avalada por el gobierno de la democracia más poderosa de la tierra. Asimismo, su inquina contra el intervencionismo del Estado lo lleva a afirmar que la privatización y la desburocratización sacarán del subdesarrollo a los países del Tercer Mundo. Vargas Llosa adhiere a la tesis de que los países generan riqueza o generan pobreza y que depende de cada uno de ellos hacer una cosa u otra. Para generar riqueza, según su fórmula, hay que permitir actuar a las leyes del mercado. Sus artículos, escritos durante los 90, reflejan el optimismo de una década de crecimiento económico en América Latina (se entusiasma con Bolivia, por ejemplo) y en Asia. Es una pena que la última de las notas sea de junio de 2000 y no llegue a pronunciarse sobre la crisis en Ecuador o en Argentina. De todas formas es de sospechar que argumente que esas situaciones son producto de la satrapía de la corrupción, de la resistencia a aplicar un régimen democrático y liberal como el de su admirada Holanda, de la persistencia de los caudillismos y los intervencionismos. A veces sus buenas intenciones traicionan su inteligencia: él desearía conciliar la existencia de su admirado Israel con una solución digna para el pueblo Palestino.

Hay en Vargas Llosa un reaccionarismo saludable con el que es difícil no coincidir. Y una osadía en los juicios que, por más alejados que sean de los del lector, generan respeto. En el primer caso revistan sus diatribas contra los esnobismos artísticos, contra las truculentas oscuridades de la crítica francesa, contra “la hora de los charlatanes”, ideólogos de la posmodernidad. Vargas se declara generoso admirador del arte clásico y moderno y muchos de sus artículos son paseos didácticos por la obra de Monet, Frida Kahlo, Delvaux o Seurat. También parecen sensatas sus críticas a los culturalismos y su defensa del progreso, cuando aquellos pretenden justificar cosas como la circuncisión femenina. En la columna de las osadías se inscribe su artículo contra el subcomandante Marcos, cumbre de la incorrección política; también su admiración por escritores antipáticos o abiertamente reaccionarios. Su elogio de Santa Evita de Tomás Eloy Martínez es una buena radiografía de sus dilemas como lector y de los abismos de la lectura.

Lo mejor de Vargas Llosa es lo más escaso. “Sombras de amigos” es una bella evocación que recupera la Barcelona perdida por el paso de los años. Hay, en la nota sobre Frida Kahlo, una magnífico elogio de la vida. Su actitud más destacable es la defensa pertinaz de los inmigrantes y la guerra sin tregua a las inquisiciones. Implacable contra la xenofobia europea, no se cansa de recordarle a los intolerantes españoles de hoy su pasado reciente.

El libro toma título de un artículo dedicado a Octavio Paz. Menos vasto, menos apasionado, menos arbitrario, Vargas Llosa admira, discute, tal vez envidia la situación controversial en que vivió el mexicano. Desde el lugar excéntrico que le tocó ocupar entre la intelectualidad latinoamericana, Vargas Llosa parece empeñado en ser consecuente y dejarse embelesar por sus propias maquinaciones y en no renunciar a sus impertinencias. l

EL LENGUAJE DE LA PASIÓN, de Mario Vargas Llosa, Buenos Aires, Aguilar, 2001, Distribuye Santillana. 336 pp.



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