Elvio E. Gandolfo
EL PROFESOR MALIK SOYANKA se ha mudado a Nueva York. Tiene 55 años y en el pasado quedan un matrimonio feliz, con un hijo, y el éxito arrasador de una serie de muñecos y muñecas por él inventados. Sobre todo una: Cerebrito, que fue la que a la vez le dio fama y fortuna y lo hundió en la crisis. Una noche, sin saber por qué, estuvo mirando a su esposa y su hijo dormidos, con un cuchillo en la mano, furioso. En la gran ciudad la furia en vez de aplacarse ha crecido geométricamente. “La vida es furia, pensó. La furia —sexual, edípica, política, mágica, brutal— nos empuja a nuestras alturas más nobles y a nuestras profundidades más bajas”.
Ante todo, Soyanka está furioso por el sinsentido de una sociedad dedicada al despilfarro: “la disparada demanda de productos cada vez más rebuscados: aceite de oliva de edición limitada, sacacorchos de trescientos dólares, 4 x 4 personalizados, los últimos programas antivirus, servicios de compañía que ofrecen contorsionistas y mellizas, instalaciones de video, arte outsider y chales del peso de una pluma, hechos con perillas de cabras montesas extinguidas.” Pero también con la mayor parte de la gente que se cruza por la calle. Y al fin, desde luego, con él mismo. La reatroalimentación de esa furia es múltiple: su esposa abandonada Eleanor lo llama para que vuelva; su hijo Asmaan pronuncia mal las palabras; uno de sus mejores amigos, Krysztof Waterford-Wajda, termina por suicidarse aunque parecía muy vital.
DE CERCA SE VE POCO. El autor que firma, Salman Rushdie, tiene motivos de sobra para estar furioso. Escribió hasta hoy ocho novelas. Entre ellas por lo menos dos se cuentan entre las mejores escritas en inglés en la segunda mitad del siglo XX: Hijos de la medianoche y Los versos satánicos. Ganó buena parte de los premios más importantes de narrativa en Occidente. Pero también se ganó el encono de una fatwa (condena a muerte) por haber ofendido al Islam con Los versos.... Obligado a vivir en un túnel de seguridad permanente, su nueva vida cotidiana le hundió dos matrimonios y lo decidió al fin a irse de Inglaterra (y su mirada cercana, crítica, provinciana) a Nueva York, la aparente cosmópolis anónima. Allí formó pareja nueva con una espigada, joven y dinámica muchacha. Tanto él como Neela Mahendra, una espigada, joven y dinámica muchacha de Furia, tienen la posición y las edades de sus contrapartidas reales. Son alter egos deformados y literarios, no literales, de ellos mismos, pero la buscada coincidencia recibió una mirada atenta y muchas veces sardónica por parte de cierta prensa y cierta crítica.
La condena a muerte de Rushdie lejos de sofocar su energía creativa la fomentó. Publicó dos gruesas novelas, El último suspiro del Moro y El suelo bajo sus pies. Ambas tenían menos espesor y complejidad que Hijos... y Los versos..., pero en las dos ejercía a pleno sus mejores capacidades. Ante todo equilibrar lo occidental y lo oriental en la mirada de un hombre nacido en Bombay que conoció por eso mismo parte de los despistes y absurdos, de los dramas y comicidades de la época por así llamarle posmoderna. A eso se suma un barroquismo riquísimo de imágenes, juegos de palabras y cruces culturales. También dio a conocer una novela corta, Harún o el mar de las historias, y Oriente y Occidente, un volumen de cuentos, con un par de relatos magistrales.
Furia podría haber sido un ejemplo más de esas habilidades. Pero la va deteriorando la cercanía excesiva a su núcleo temático y expresivo. Se ha dicho con razón que un relato sobre el aburrimiento no debe ser aburrido. Acá un largo relato sobre la furia termina perdiendo los parámetros básicos de una construcción literaria por su furia inmediata, personal, y a la larga hueca.
MUJERES DE JUGUETE. Como Malik Solanka se mira a sí mismo y se critica todo el tiempo, parece estar instalado en una patineta o tobogán que le perturba la perspectiva. Es agudo para percibir a un nuevo tipo de mujeres: “ahora mujeres de carne y hueso querían ser como muñecas, cruzar la división y parecer juguetes. (...) No eran muñecas de nadie, sino mujeres propias, que jugaban con su propia apariencia, su propia sexualidad, sus propias historias: la primera generación de mujeres jóvenes que mandaban realmente, no sometidas al antiguo patriarcado ni al feminismo de línea dura y odio al hombre que había aporreado la puerta de Barbazul. Podían ser mujeres de negocios y coquetas, profundas y superficiales, serias y ligeras, y tomar esas decisiones por sí mismas.” Esas mujeres ricas y bellas empiezan a morir, asesinadas con ladrillos por un aparente psicótico. Por un momento se abre la duda clásica: ese furibundo, ¿no será el propio Solanka, que tiene ráfagas de amnesia? Pero pronto el tema tomará otro rumbo. Como de hecho pasa con cada uno de los temas, sin asentarse, empujados por la furia.
Al mirar a su alrededor, el cincuentón Solanka hace caer su ácido sobre la institución matrimonial, sobre las costumbres a veces payasescas de los intelectuales y los exitosos, sobre Estados Unidos entero: “Bajo la retórica autosatisfecha de aquella América de nuevo envase, homogeneizada, aquella América de veintidós millones de nuevos puestos de trabajo y la mayor tasa de propiedad de viviendas de la historia, aquella América-Centro Comercial de presupuesto equilibrado, bajo déficit y valores bursátiles, la gente estaba estresada, se venía abajo y hablaba de todo ello todo el día en retahílas de tópicos.”
Leído así, fuera de contexto, suena convincente. Pero al acumularse la ironía, la sonrisa sardónica, el malhumor, con muy pocos momentos de gracia verdadera, la que va pagando su duro peaje es la novela misma. Por ejemplo, el tema de su éxito con la muñeca Cerebrito acumula docenas de observaciones humorísticas sobre el peso de la celebridad excesiva, pero todas escritas como si su destino fuera una revista de humor, no una novela. Además esos tramos incluyen un capítulo de ciencia ficción (el duodécimo), tan plomizo, que pocos lectores podrán recuperarse.
MUJERES CONGELADAS. Cuando Mila Milo, una “musa” entre creativa e industrial, se encarga de él, lo ayuda y lo ama a su manera, termina por ser una típica mujer-niña, no liberada (ni mucho menos) del complejo de Edipo. Aunque su ex bondadosa, Eleanor, parece amarlo, termina por ser una peste insoportable. Y cuando llega Neela Mahendra, que puede calmar su furia tomándolo de la mano, es tan convencionalmente excepcional, que resulta inverosímil por completo. Para hablar de su belleza, Rushdie (que seguramente sintió y vivió eso) elige la banalidad para ejemplificarlo: los hombres chocan o se caen al verla. Escrito así, sin el menor agregado literario.
Hacia el final introduce un tema nuevo. En el país de Neela, un improbable Liliput-Blefuscu, estalla la revolución, y la dama, defraudada por el pasado sacudido del profesor, va a sumarse al líder de la rebelión. A esa altura, con casi toda la poceada novela detrás, Rushdie elige el disparate liso y llano. En más de un sentido, esa zona se parece a Bananas, la película de Woody Allen, pero una vez más sin la gracia.
Por el camino otro amigo (el ex de Neela) parece haberse suicidado, aunque la verdad será otra. La creación de una serie de muñecos nuevos le devolverá la fama que se le había gastado un poco, y los personajes todos acelerarán hasta perder por completo su condición mínima de tales.
Furia es ese tipo de novelas (Payasadas de Vonnegut, o Vineland de Pynchon) fallidas, deformes pero interesantes. Pero como otra cosa, no como relatos. Es el testimonio de un malestar personal que refleja a la perfección un malestar general, social. Leerla, por momentos soportarla, provoca furia, pero no la furia de la gran literatura. Sino el furor de que Rushdie, un autor excelente, no haya sabido sostener la energía y el vigor para mantener una distancia humanizadora, complejizadora, ante su propio ataque de ira. Es un texto de transición, un puente hacia ninguna parte quizá, pero seguramente hacia una próxima novela que este narrador torrencial puede escribir después de librarse de toxinas a las apuradas en este libro. l
FURIA de Salman Rushdie. Areté. Barcelona, 2002. Distribuye Sudamericana Uruguaya. 335 págs.