Agustín Courtoisie
LAS TAPAS negras, el título en letras rojas, los antecedentes penales de uno de los autores por su activismo político en la década de 1970, para algunos lectores podía hacer esperar, simplemente, un panfleto más largo de lo habitual. Era de prever también alguna reacción por parte de los “conservadores”, emparentada con el mismo tipo de automatismo mental.
La gran sorpresa consiste en que la ardiente polémica que despierta esta obra de Antonio Negri y Michael Hardt ocupa hoy casi en exclusiva a uno solo de los bandos —a pesar de que todos podrían sacar provecho de su lectura—. Y además, que dentro de ese bando, los entusiastas tanto como los críticos que vienen procesando con inocultable recelo esta estimulante apuesta en materia de filosofía política, parecen comprender que el libro podría abrir nuevos caminos al accionar político, tanto como generar una gran divisoria de aguas en la ya de por sí heterogénea “izquierda”.
Hardt y Negri han procurado comunicar una visión nueva acerca de la globalización presente y sobre todo de la futura. Pero es difícil sostener la mirada en la dirección que ellos indican sin tentarse en algún momento por regresar los ojos a las viejas nociones, tan confortables como erosionadas, y distorsionar su mensaje.
TODO Y SU CONTRARIO. En primer lugar, suele irritar a los críticos la idea central del libro. Para ellos hablar de “imperio” sin referirlo a algún país en particular (EEUU por ejemplo), es como hablar de un huevo frito sin yema ni clara. Pero esa es la atrevida postura de Hardt y Negri: “Estados Unidos no constituye —y en realidad, ningún Estado-nación puede hoy constituir— el centro de un proyecto imperialista. El imperialismo ha terminado. Ninguna nación será un líder mundial como lo fueron las naciones europeas modernas” (pág. 15). Hay una manera de explicar esa excéntrica declaración. Para el pensamiento tradicional marxista, todo individuo está inmerso en un sistema, y su pertenencia de clase hace en buena medida ilusoria su autonomía. En forma análoga, a partir del siglo XX todo Estado (incluido los EEUU) también funciona dentro de un sistema mayor, que condiciona o determina su desempeño más allá de los deseos de sus corrientes internas de opinión. Ese sistema mayor a veces se denomina “globalización”. El propio Marx advertía que hay que atender no lo que una persona o una sociedad dicen de sí mismas, sino lo que efectivamente hacen. Por ende, poco importa el equívoco de que un país dado se autoasigne un rol de gendarme planetario, —y sus adversarios le crean a pie juntillas—. Lo que vale es lo que puede hacer dentro de un paralelogramo de fuerzas: “El paso al imperio y sus procesos de globalización ofrecen nuevas posibilidades a las fuerzas de liberación. La globalización no es un solo fenómeno y los múltiples procesos que reconocemos como globalización no están unificados ni son unívocos. Nuestra tarea política no es meramente resistir a estos procesos; también es reorganizarlos y redirigirlos hacia nuevos fines”. Como hubiera dicho Thomas Friedmann, la globalización puede ser todo y también su contrario.
EL GOCE CONTRA EL PODER. Por si fuera poco, Imperio agrega la propuesta de transformar la rebelión en “un proyecto de amor” y la sugerencia final de inspirarse de nuevo en San Francisco de Asís, todo más cercano de curas embriagados con la teología de la liberación que de dos intelectuales de formación marxista como los autores. Pero así son las cosas y ello puede incluso inspirar simpatía en un número nada despreciable de personas. Según Hardt y Negri, en oposición al capitalismo naciente y a la mortificación de la carne (causada por la pobreza y el orden establecido), San Francisco propuso una vida gozosa que incluiría a todos los seres y a toda la naturaleza, a los animales, al hermano Sol y a la hermana Luna, todos juntos en contra del poder y la corrupción. “En la posmodernidad, volvemos a encontrarnos nuevamente en la situación de San Francisco de Asís y proponemos contra la miseria del poder, el gozo del ser” (pág. 374).
Pero ni ese tipo de alegatos poéticos, ni la noción de imperio sin centro, ni la visión esperanzadora que se levanta sobre el horror del mundo —cuyo “victimario” carece de una identidad antropomórfica, porque es un fenómeno social sui géneris, como apuntaría Durkheim—, ninguna de esas cosas alcanza todavía para explicar los resquemores y las reacciones dispares en la interna de la izquierda frente a esta curiosa obra.
Sería muy fácil ponerse en comentarista bilioso y ridiculizar frases como la estampada al final del libro: “Esta es una revolución que ningún poder podrá controlar, porque el biopoder y el comunismo, la cooperación y la revolución continúan unidos, en el amor, la simplicidad y también la inocencia”. (pág. 374) Y sería muy fácil también invertir la frase atribuida al Che y recomendar a los autores: hay que ser tiernos pero no perder la dureza. Es que ese tipo de afirmaciones no son las que han exasperado o desconcertado a los detractores de Imperio.
LA OCULTA SENSATEZ. Lo que verdaderamente perturba a los críticos de la izquierda tradicional son ciertas observaciones de H & N harto sustanciosas y reveladoras de que cierto sentido común —o elemental instinto de supervivencia—ha pesado más en los autores de Imperio que su evidente adhesión emocional a determinadas filosofías político sociales. He aquí algunos de esos sapos difíciles de tragar. Según los autores:
La alternativa deberá ser global más que local. No es posible oponer resistencia al imperio a través de un proyecto que apunte a lograr una autonomía local, ni retornar a una ninguna vida social anterior, ni avanzar aisladamente: “Antes bien, debemos atravesar el imperio y salir del otro lado (...) En lugar de resistirnos a la globalización del capital deberíamos acelerar el proceso” (pág. 196).
Hay que reconocer el rol positivo del Estado benefactor en el capitalismo, tanto como su expiración: “Al haber sido educados en la lucha de clases, sabemos muy bien que el gran gobierno también fue un instrumento de distribución de la riqueza y que, bajo la presión de las luchas de la clase obrera, fue útil en la batalla por la igualdad y la democracia. Sin embargo, aquellos tiempos se han ido” (pág. 319)
Hay que rechazar de plano el incremento del control estatal, pero eso no implica considerarse anarquistas: “¡Tenemos que poner fin a los engaños que plagaron las tradiciones socialista y comunista durante tanto tiempo! Marx [se] lamentaba hace 150 años [y] decía que las revoluciones han perfeccionado el Estado en lugar de destruirlo. No somos anarquistas, sino comunistas que hemos visto cuánta represión y cuánta destrucción provocaron los grandes gobiernos liberales y socialistas” (pág. 319).
LIBERTAD YA. En definitiva, H &N han construido —pese a lo farragoso de muchos capítulos—, una cosmovisión participativa, hedonista, interdisciplinaria, libertaria, abierta al mundo, que permitirá al lector de cualquier convicción política orientarse un poco mejor en un mundo globalizado y cambiante. Si son perdonables algunos de sus balbuceos poéticos, o su autoexoneración de mostrar un caso real de concreción de sus postulados (pág. 195-196) o sus fusiones inesperadas y polémicas de niveles y puntos de vista, es porque el resultado final es poderosamente sugestivo. En cualquier caso, valía la pena el intento. No siempre el “ancho de banda” de la racionalidad permite introducir todo lo que los autores ven, o sospechan. Por algo en la página 192 acuden a La Boétie: “Resolved no servir más y estaréis libres de inmediato”. l