VIERNES 1 de noviembre de 2002- Año 85 -Nº 29179
Internet Año 7 - Nº 2289 | Montevideo - Uruguay
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reflexion a dos voces
Un imperio sin Roma

Polémica obra de Hardt y Negri

Henry Trujillo

LA GLOBALIZACIÓN es un fenómeno radicalmente nuevo. No se trata de un ciclo más en la expansión del capitalismo. Se trata de una ruptura que altera tanto las formas mismas de la producción como las relaciones de poder que se entretejen con ellas. Tal es la primera de las afirmaciones que Antonio Negri y Michael Hardt realizan en Imperio, un libro que ha generado fuertes, por no decir irritadas, discusiones.

Más irritante que ésta es una afirmación posterior. El imperialismo no existe más. En el imperialismo, la dominación se establecía entre Estados nacionales, entre los cuales había algunos que eran hegemónicos. A partir del último cuarto del siglo XX, el poder se traslada de los Estados nacionales a un complejo de instituciones, que incluyen el mercado financiero, las transnacionales, los organismos multilaterales, los medios de comunicación globales, y hasta las organizaciones no gubernamentales. Estados Unidos tiene un papel importante en ese complejo, pero ya no goza de hegemonía y hasta puede ser duramente afectado por sus turbulencias. Ese complejo es lo que Negri y Hardt llaman “Imperio”. Pero, más importante que discutir el papel de los Estados Unidos, es entender que en el Imperio no hay una instancia que imponga su poder sobre las otras. Más bien, el Imperio debe ser entendido como una retícula, o mejor, como un sistema autorregulado. Este Imperio no tiene Roma. Roma está en todas partes.

CRISIS Y TRASCENDENCIA. Si hay un nuevo comienzo de la historia, entonces los conceptos que sirvieron para entender la modernidad, y para orientar las conductas en su seno, se han vuelto obsoletos.

No sirve, sobre todo, pensar el poder como trascendencia. El concepto de un poder trascendente fue la solución encontrada a una crisis intrínseca de la modernidad misma, la crisis entre el carácter revolucionario expresado en el humanismo renacentista y la reacción subsiguiente. Desde el siglo XV, la aventura intelectual europea quitó el poder de la esfera trascendente de Dios y la ubicó en el nivel inmanente de la práctica humana, poniendo al hombre en el papel de sujeto del conocimiento y de la acción. Eso sería el síntoma de que la “multitud” tomaba las riendas del mundo. La humanidad se concebía como creadora de su propia historia. Esto es lo revolucionario.

En el siglo XVI, al primer impulso revolucionario se le opuso una iniciativa generalizada, cultural, social y política, que intentó controlar las fuerzas humanas puestas en libertad. La contrarrevolución culminó con la guerra civil. “La resolución parcial y temporal de esa crisis”, escriben Negri y Hardt, se logró “mediante la formación del Estado moderno como asiento de la soberanía que trasciende el plano de las fuerzas inmanentes y media entre ellas”. Desde entonces, la historia de la Modernidad ha sido la historia de la sujeción del deseo por el orden. Lo que ocurre ahora, según este razonamiento, es que el Estado, como instancia trascendente que media entre las fuerzas sociales, se ha debilitado o hasta disuelto. “Al haber alcanzado el nivel global, el desarrollo capitalista se encontró directamente enfrentado cara a cara con la multitud, sin ninguna mediación”. No hay Estado, ni siquiera los Estados Unidos, que puedan hacer de capitalista genérico.

EL NUEVO SUJETO. La andanada de críticas a Imperio apunta a dos elementos. Primero, el afirmar una y otra vez que el enemigo no es Estados Unidos. Por lo menos no en sí mismo. Se ha dicho, incluso, que Negri y Hardt harían el juego al imperialismo, sirviendo a sus intereses, e Imperio no sería más que un texto ideológico, en el peor sentido de la palabra.

Esa es una crítica injusta. La afirmación de que Estados Unidos no es una potencia hegemónica, o que su hegemonía está seriamente resquebrajada, ha sido hecha por otros autores de talla, como Immanuel Wallerstein. Aunque los argumentos del sociólogo alemán son diferentes, obliga a prestar atención a los de Negri y Hardt.

La segunda crítica es más sólida, y refiere al papel de los movimientos sociales en la búsqueda de un cambio social generalizado. Lo que caracteriza al Imperio es que el capitalismo debe cumplir dos tareas contradictorias. Controlar para someter políticamente, y alentar la libertad, la “explosión” de las subjetividades, para la producción y el consumo. Esta parece ser la “contradicción fundamental”, para usar una expresión pasada de moda.

La pregunta es si a partir de esta contradicción puede desarrollarse una acción colectiva democrática. Imperio aboga por esa posibilidad, pero con más ganas que argumentos. En los últimos treinta años se han puesto muchas esperanzas en los llamados “nuevos movimientos sociales”. Éstos suelen ser caracterizados como formas de conducta colectiva que, más que pelear por la distribución o el poder mismo (como lo habrían hecho los “viejos” movimientos, al estilo de los sindicatos o los movimientos revolucionarios), intentan afirmar el derecho a “ser”. Así, ejemplos clásicos de los nuevos movimientos sociales son el feminismo o los movimientos por los derechos de las minorías sexuales o étnicas. Negri y Hardt no dudan que movimientos de ese tipo puedan constituirse en el nuevo sujeto revolucionario de la posmodernidad.

Imperio trae consigo la invitación a olvidarse de los proyectos revolucionarios clásicos, montados sobre el objetivo de la liberación nacional o la construcción de sociedades cristalinas y ordenadas. Nada de confundir la igualdad con la uniformidad. Nada de imaginar todo un pueblo vestido con el mismo uniforme gris, rojo o verde. Sí apuesta, en cambio, por el carácter creativo de la multitud. En el último capítulo se esbozan algunos objetivos para la práctica rebelde: el derecho a la ciudadanía mundial, al salario social, la democratización del conocimiento, la recuperación del cuerpo y el tiempo. Lo que parece sugerirse es algo distinto a la toma del Palacio de Invierno. Más bien se parece a una transformación radical del mundo, que se lograría por múltiples luchas locales.

EL REGRESO DEL ESTADO. Todo eso es ambiguo. Tradicionalmente, las acciones colectivas de largo alcance requirieron identificar un enemigo, y cualquier identificación de un enemigo necesita una representación que oponga un “nosotros” (los pobres, el pueblo, los proletarios) contra un “otro” (la oligarquía, la burguesía, el imperialismo). Es decir, requiere la construcción de una identidad colectiva que supere los límites del grupo de pertenencia. Una pregunta obvia es si, en el contexto de identidades fragmentadas característica de la era posmoderna, es posible una acción colectiva coordinada.

De hecho, la esperanza puesta en las posibilidades de la “multitud” parece más una expresión de deseos que la conclusión del análisis. Esa interpretación es reforzada por un comentario de Etienne Balibar: “Toni Negri es muy amigo mío”, explicó, “es un loco completo, un iluminista que ve a la historia como el proceso de autocreación de la humanidad”. Sería interesante descubrir que la historia responde a semejante teleología. Sin embargo, nada garantiza que la explosión de las subjetividades pueda traducirse en cooperación o en fraternidad sólo porque sí.

La segunda parte de Imperio, que Negri y Hardt han comenzado a redactar, parece estar destinada a contestar estas preguntas. Pero es significativo algo que Negri manifestó en una entrevista publicadas por la revista argentina 3 puntos:“Hoy la revolución, como mínimo, es posible en grandes conglomerados regionales. Por eso las luchas tienen que desarrollarse a este nivel. No sirve construir contrapoder en Argentina si su capacidad de lucha no deviene, por su forma y por su modalidad, como mínimo inmediatamente regional” (Brecha, 23/8/2002). Por supuesto, se continúa negando la posibilidad de un cambio gestionado en ámbitos nacionales. Sin embargo, admitir la posibilidad de cambios radicales en el ámbito regional implica aceptar que la acción colectiva puede fijarse en un espacio geográfico, no importa su tamaño. Eso no parece ser lo que decía Imperio: “la creciente imposición del mercado mundial debería destruir la creencia de que un país o una región pueden aislarse o desvincularse de las redes globales del poder a fin de recrear las condiciones para su desarrollo, tal como hicieron los países capitalistas dominantes”. Se podría argumentar que una revolución en el nivel de “grandes conglomerados regionales” no implicaría aislarse de las redes globales. Pero entonces, ¿qué es lo que implica? La expresión “conglomerado regional” parece un eufemismo para eludir la palabra “Estado”. Un Estado supranacional, distinto tal vez del Estado-nación. Pero Estado al fin y al cabo, con capacidad para mediar entre las fuerzas sociales.

Los autores reconocen a cada paso que hay pocas cosas claras. Eso también puede ser un problema de la crítica, que parte de los paradigmas propios de la modernidad. Justamente, lo más importante de Imperio es que desnuda los postulados con los que se está pensando la crisis. Quizás en unos años más se lo pueda leer de otra manera. l



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