Carlos María Domínguez
CUANDO en los años ochenta comenzaron a llegar al Río de la Plata las novelas de Charles Bukowski, la juventud lo convirtió en un héroe literario, como había ocurrido, años antes, con Henry Miller. El sexo, el alcohol, el vagabundeo melancólico, eufórico o sórdido de las historias, traía una cuota de escatología, autenticidad y autodestrucción bastante ejemplar del nihilismo que aproximaba el fin de siglo. Entonces Bukowski ya era viejo, el músico de rock Fito Páez muy joven, y su reivindicación del autor norteamericano funcionaba como un emblema contra la moral y “las sanas costumbres” de un mundo amenazado y amenazante. Igual que otros lectores de su generación, se intoxicó rápido y lo dejó. Bukowski era demasiado pesado y de una seducción notoriamente indigesta.
CAMORRERO NATO. Pero entonces Bukowski hablaba de un escritor algo mayor que esgrimía por maestro y cuyos libros no habían pisado las librerías del sur: John Fante (1909-1983), creador de un personaje llamado Arturo Bandini que resumía su experiencia biográfica, a modo de alter ego. Primero se conocieron en España, luego en el Río de la Plata, sus novelas: Espera a la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo, libro que Bukowski atrapó en una biblioteca pública cuando era un joven desesperado por convertirse en escritor. “Fue un milagro tan fenomenal como imprevisto, que tendría una influencia vitalicia en mis propios libros” declararía años después.
Hace pocas semanas, llegaron a Montevideo las dos novelas de Fante que completan su tetralogía sobre Arturo Bandini: Camino de Los Angeles y Sueños de Bunker Hill. A un paso de Miller y sus trópicos, Fante carga con el padrinazgo del llamado realismo sucio, que Raymond Carver, entre otros, habría de concentrar y exportar a otras lenguas. Pero el realismo sucio es realismo norteamericano sin más, porque su literatura nunca dejó de integrar a sus ficciones la vulgaridad, el feísmo, la indecencia y la desesperación, al grado de construir con ellas una de sus más fecundas tradiciones. “Ven a América y conoce qué tan salvaje puede ser el amor, la ambición y el dolor del hombre civilizado”, podría ser la máxima de origen legada por generaciones de escritores.
Cuando Juan Carlos Onetti reclamaba para las letras uruguayas la emergencia de escritores salvajes, anti intelectuales, nombraba a varios norteamericanos entre los que podría figurar, sin incomodidad, John Fante, hijo de modestos inmigrantes italianos y con dos obsesiones: ser tratado como un legítimo norteamericano en vez de como un “macarroni”; abandonar la miseria, en medio de la recesión de los años treinta, y convertirse en un gran escritor.
De esa historia da cuenta Arturo Bandini, un camorrero nato, buscavidas delirante al modo de Jack London, dueño de orgullos insufribles, no sólo capaz de urdir disparatadas mentiras a los demás sino de mentirse a sí mismo cuantas veces sea necesario para compensar el desprecio por su origen italiano y por su extrema pobreza.
MIEDOS DE LOBO. Camino de Los Angeles cuenta sus años de juventud en San Pedro, el puerto de Los Angeles, cuando se veía obligado a mantener a su madre y a su hermana, tras el fallecimiento del padre. Entonces Bandini rebotaba de empleo en empleo, sacaba de la biblioteca libros de Nietzsche, Spengler y Schopenhauer, a veces sólo para ver a la espléndida bibliotecaria, una dama tan rubia, delicada y espectacular como fuera de su alcance. Incapaz de conquistarla, leía los bodrios que ella abandonaba sólo por el placer de posar su mirada en las líneas por donde habían pasado sus ojos. No se ahorraba ilusiones Bandini. Tenía una colección de fotos de mujeres desnudas que revisitaba encerrado en un armario, alrededor de las cuales tejía toda clase de encendidas fantasías, y era muy capaz de conducir sus quimeras hasta la confrontación violenta con la dura realidad, donde inevitablemente se deshacían en pedazos.
El nauseabundo trabajo en una conservadora de pescado del puerto, entre filipinos y mexicanos, sus humillaciones cotidianas, las rabiosas peleas con su hermana religiosa, su madre y su tío, dan cuerpo a esta novela febril y exaltada que recuerda la prosa de Céline. “Parte del contenido pondría de punta los pelos del culo de un lobo. Puede que sea demasiado fuerte; quiero decir que carece de ’buen gusto’. Pero no me importa”, le escribió a su editor McWilliams en 1936, quien le había dado un adelanto para que la escribiera. Fante no se equivocaba. Su audacia electrizó demasiados pelos y la novela no se publicó hasta después de su muerte, en 1985, cuando su viuda, Joyce, la rescató de sus manuscritos.
Leída en perspectiva, es un magnífico registro de ese temprano siglo XX que concentró en Estados Unidos tantas razas como ambiciones en una fragua de confianza y desilusión, ambas tan trabadas en la lucha por el progreso y por las oportunidades individuales que se potenciaron mutuamente. Cuando mayor el fracaso, mayor el lastimado empeño en salir adelante, al precio que fuera. La locura de Bandini, con sus exabruptos, delirios de grandeza, impiadosos orgullos, tiene la virtud de expresar las presiones morales de los sujetos “incorregibles”, incapaces de resistirlas. Sus furias contra la religión, su desprecio por los débiles, el odio a la mediocridad y a su propio abatimiento, dan el voltaje de un personaje vistoso —porque la desesperación suele serlo—, no muy profundo, pero encantador.
BANDINI EN HOLLYWOOD. En Sueños de Bunker Hill Bandini ya se ha mudado al centro de Los Angeles, trabaja de ayudante de camarero en un restaurante y consigue publicar un cuento en una revista, por el que le pagan la fortuna de 150 dólares. La oportunidad lo vincula con el mundo de los agentes literarios y luego con los guionistas de Hollywood, en cuyos estudios John Fante trabajó durante muchos años.
El escritor le dictó esta novela a su esposa, cuando ya estaba ciego, un año antes de morir. Retrata con sarcasmo las ingenuas expectativas de Bandini en la sinuosa fábrica del cine y su confrontación con personajes atildados, despectivos, sentados con excéntrico glamour sobre montañas de basura y de dinero.
Las obsesiones de Arturo Bandini siguen siendo alcanzar una fortuna, el éxito como escritor y la conquista de las más bellas mujeres. Pero no consigue más que rechazos, empleos ambiguos en los que le pagan por no hacer nada y el amor de una portera que tiene la edad de su madre, con la cual vivirá experiencias grotescas y desdichadas. El regreso a la casa paterna, envuelto de mentiras, su rotundo fracaso y el nuevo empeño por volver a Hollywood a reclamar su lugar, cierra esta etapa de su vida.
Como en la novela anterior, hay humor delirante, herejías contra el buen gusto, estruendosos desengaños y enredos acuciantes. Pero el texto tiene menos nervio y menor ambición. La unidad de los sucesivos episodios está centrada en el itinerario del personaje, ya convertido en tema de sí mismo. Si entretiene y divierte es porque con todas sus torpezas, Bandini es atractivo de por sí, pero el mundo de Hollywood ha entrado en demasiadas novelas y el retrato de esa tumba de talentos, a merced de los más frívolos caprichos, no destaca por su originalidad.
A diferencia de Charles Bukowski, no obstante, su maestro tiene un dominio más vasto de los recursos narrativos, tiene más que decir y lo hace con una templanza mayor. Su exhibicionismo es más desgarrado y su desesperación encierra ternuras, matices y contrastes que el discípulo maceró en un exceso de sordidez alcohólica y sexual, hasta el agotamiento. Aun cuando es lascivo, Fante consigue un grado de emoción y sugestión literaria que no abunda en Bukowski. Pero fue él quien promovió la revalorización de Fante en las letras norteamericanas. Su obra, parcialmente traducida al español, fue reconocida antes en Europa que en Estados Unidos, donde el PEN lo premió con el Lifetime Achievement Award en 1987. Hacía cuatro años que había muerto, después de alcanzar una solvente posición económica y un inmerecido olvido. l
CAMINO DE LOS ANGELES, de John Fante, Anagrama, Barcelona, 2002, 195 páginas; SUEÑOS DE BUNKER HILL, de John Fante, Anagrama, Barcelona, 2002, 150 páginas. Distribuye Gussi.