VIERNES 1 de noviembre de 2002- Año 85 -Nº 29179
Internet Año 7 - Nº 2289 | Montevideo - Uruguay
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Victoria Ocampo
“La vaca más hermosa de la pampa”

Carina Blixen

RICA, hermosa, inteligente, Victoria Ocampo (1890-1979) recibió al nacer todos los dones. Fue la primera de las seis niñas de Manuel Ocampo y Ramona Aguirre. Acaparó el amor de los suyos y fue educada con los criterios que aplicaban las familias de clase alta argentina a sus hijas. Tuvo una institutriz francesa y otra inglesa. Prolongados viajes familiares a Europa pusieron a su disposición desde muy temprano lo “esencial” de la cultura occidental y aseguraron el perfecto dominio del francés y el inglés. Con dos vacas viajaba la familia, para que las niñas tuvieran leche fresca todos los días durante la travesía en barco.

Victoria fue también voluntariosa, y no quiso ser solamente lo que se esperaba que ella fuera. Peleó contra la opresión de la facilidad, de la falta de exigencia y necesidad. A los dieciocho años le escribió en una carta a su amiga Delfina Bunge: “La ociosidad a la que me veo condenada me mata”. En una familia patricia de fines del siglo XIX, las posibilidades de vida de una mujer estaban rigurosamente pautadas. Victoria quiso ser libre sin que menguara el afecto de los suyos y sin perder los privilegios de su situación de poder. Ello le permitió llevar adelante “grandes” empresas y vivir espléndidamente. Tuvo que realizar algunas renuncias cuyos costos personales tal vez nunca haya sido capaz de medir con justeza a pesar de sus indudables momentos de lucidez.

Fue mecenas, amante, amiga (a veces estos papeles se superpusieron, otras no) de figuras fundamentales del siglo pasado. Necesitó rodearse de intelectuales famosos. Tal vez con eso pagaba su condición de mujer y de latinoamericana, dos formas de la postergación, de las que fue conciente de distinta manera. Desde temprano peleó por la injusta situación de la mujer. En su caso quería decir que no podía resolver sobre su dinero y sus bienes, pero fue sensible al problema de la mujer en general y luchó por su equiparación cívica con el hombre.

Le llevó un largo camino encontrar un lugar como intelectual latinoamericana. Beatriz Sarlo analizó con perspicacia la imposibilidad de Victoria Ocampo de entender los numerosos malentendidos surgidos del contacto con sus admirados escritores europeos. Se mostró incapaz de darse cuenta de que no era tratada como una igual sino como alguien un poco desconcertante, un poco extraño, sin duda exótico.

Fue entusiasta y empecinada. Este último adjetivo aparece en labios de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, con los que tuvo una larga, cercana y difícil relación. “Obstinada y egocéntrica...” la llamó Ernesto Sábato (que de las dos cosas sabe) en una entrevista en que honra la memoria de Victoria. Agrega: “a menudo procedía de manera autoritaria, era extremadamente susceptible y pecaba por orgullo e incluso por soberbia...” Fue elitista por nacimiento y por vocación.

El peso de su obra no pasa por lo mucho que escribió. Para bien o para mal —y son muchos los que se ubican a uno y otro lado del espectro—, dejó una impronta indeleble en la historia de la literatura y la cultura argentina del siglo XX. Fue fundadora —en sentido material e ideológico— de la revista Sur (1931-1957), punto de encuentro de intelectuales europeos y americanos, del norte y del sur. En torno a esta empresa se reunieron plumas tan definitivas en las letras argentinas como las de Jorge Luis Borges, José Bianco, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Silvina Ocampo, Julio Cortázar. Algunos fueron colaboradores esporádicos, otros se convirtieron con el correr de los años en emblema de una manera de hacer literatura; en todo caso fue difícil sustraerse para un escritor argentino contemporáneo al poder legitimador de la revista. Que Roberto Arlt y Witold Gombrowicz nunca hayan publicado en ella puede esgrimirse como argumento de la coherencia de la revista o de estos escritores.

Fue generosa con sus bienes y sus afectos. En un país en el que el dinero para la cultura siempre escaseó, ejerció un mecenazgo efectivo. Este estuvo muchas veces sometido a sus deslumbramientos un poco ingenuos. Vendió la tiara de diamantes de su boda para pagar el alquiler del poeta bengalí Rabindranath Tagore a quien invitó a quedarse en Argentina cuando en 1924 hizo escala en Buenos Aires para dirigirse a Perú. Se enamoró intelectualmente del conde de Keyserling, pensador de dudosa valía, personaje de apetitos excesivos, con quien Victoria protagonizó algunas escenas de comedia. Pero también dio apoyo financiero y quiso al ensayista Roger Caillois que tuvo que quedarse en Buenos Aires cuando Francia fue ocupada por los nazis. Al volver, realizó una fundamental labor de difusión de los escritores argentinos.

UN LUGAR PARA LA SRA. OCAMPO. Pierre Drieu La Rochelle, a quien Victoria conoció en París en 1929, escritor conflictivo que apoyará la ocupación nazi en Francia y que pondrá fin a su vida cuando la liberación de París, fue su amante. La llama su “hermosa novilla”, en culta referencia a Homero, o “la vaca más hermosa de la pampa”. La ironía forma parte de la irreverencia del trato amoroso, pero no oculta la puesta en lugar. Drieu, torturado y sagaz, a quien Borges recuerda como “muy inteligente”, también se consideraba la “distracción de Madame Ocampo”.

El 26 de noviembre de 1934 Victoria Ocampo acompañó a Aldous Huxley a la inauguración de una exposición del fotógrafo Man Ray. Allí conoció a Virginia Woolf, a quien admiraba devotamente. La inglesa anotó el hecho en su diario: “...allí encontramos a Aldous, a Mary y a Jack y a una sudamericana, una ‘rasta’ palabra utilizada por Roger para designar a los opulentos millonarios venidos de Buenos Aires. El hecho es que se trataba de una mujer madura y muy rica, con perlas en las orejas. Se habría dicho que una gran mariposa nocturna había puesto allí sus racimos de huevos color de albaricoque visto a través de un vidrio”. La refinadísima Victoria reunía para los europeos los atributos de lo animal, sensual, costoso, desmesurado o fantástico.

En el mejor de los casos, Victoria fue para la gente del primer mundo la “bella extranjera”, un ser extravagante al que se mira con curiosidad y algo de desconfianza. Tal vez ese fuera el lugar que podía ocupar, pues fue también extraña en su propia clase social en la Argentina. Conservó su lugar en ella, aun cuando su “estilo de vida” fuera considerado no apropiado para una mujer de su condición.

Durante muchos años mantuvo una relación similar con la lengua española. Victoria escribía en francés y después se traducía al español. Es recién a partir de 1937 que se impuso, con la tenacidad que le fue característica, el esfuerzo de escribir en español. Ya está iniciada la aventura de Sur y el dominio de la escritura en español forma parte de su decisión de reconocerse como intelectual latinoamericana.

En su círculo de escritores argentinos no fue precisamente extravagante: fue la cabeza organizadora de un grupo de talentos que prescindieron de preocupaciones sociales y políticas y estuvieron muy poco atentos a los reclamos de su mundo circundante; sin embargo se mostraron sensibles al fascismo y el nazismo, a los cuales se opusieron explícitamente. Así fueron liberales, cosmopolitas, modernos.

Drieu La Rochelle aconsejó por carta a Victoria que leyera el Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline. Victoria obedeció y no le gustó. La contestación de Drieu es útil para despejar el alcance de la luminosa figura de Victoria: “Es la otra cara del universo que no conoces; la cara de la pobreza o de la fealdad o de la debilidad. Insisto en creer que se trata de un libro sano. La gente morbosa de París lo detesta”. Victoria desconoció y prescindió de la zona oscura, dolorosa, miserable de la realidad. Solo manifiestó sensibilidad ante las llagas nimbadas por la aureola de lo heroico o lo poético. Fue solidaria, ayudó a los escritores de la Francia ocupada y del exilio, y trabajó para ellos. En Argentina se movió casi exclusivamente entre su familia y la brillante intelectualidad que la rodeó.

FRENTES DE LUCHA POR LA MUJER. Su nula sensibilidad para las determinaciones sociales y económicas, no la incapacitó para atender al problema de la condición postergada de la mujer. En 1935 Victoria Ocampo fundó la Unión de Mujeres Argentinas para contrarrestar el empuje de la Acción Católica que se había propuesto anular los avances logrados en los derechos de las mujeres casadas a través de la ley de 1926. Sin embargo su feminismo con el correr de los años se fue haciendo más personal, menos social y programático. En 1938 renunció a su cargo de Presidenta en la Unión de Mujeres porque sospechó de la manipulación de la organización con fines políticos. Acostumbrada a hacer su voluntad, no estaba preparada para dar una pelea en el terreno de la política. Era una esfera que no le interesaba.

En lo personal, resulta muy ambigua su actitud de buscar una y otra vez estar a la sombra del “gran hombre”, su sumisión ante la hermosura, la inteligencia, el prestigio. Mirado desde otro ángulo, su poder económico, su gusto, su estilo, la ponían en la situación del coleccionista, del que arma su collar con las perlas que más le apetecen. Después de irse de la Unión de Mujeres, en una carta sin fecha a Roger Caillois, recuerda con admiración a Catalina de Rusia: “Envejeció como un hombre. Por esto se dice seguramente que fue una Mesalina. Quiero decir que se obsequiaba con hombres, de la misma manera que los hombres de cierta edad (se obsequian con jovencitas)....”

EL APRENDIZAJE DE LA ACTRIZ. En el marco patricio opulento y conservador en que se desarrolló Victoria, la voluntad de conocer, la posibilidad de investigar en la expresión para una mujer, chocaba con la posibilidad de ser respetable. Victoria dio vuelta esa oposición, no la destruyó. Se transformó en una “gran señora” de la cultura. Se hizo un lugar no solo por sus méritos intelectuales, que los tuvo, sino por su capacidad de mecenazgo, por su brillante presencia a uno y otro lado del Atlántico. “Creo tener una auténtica vocación para el teatro (...). La he conservado viva contra viento y marea”, decía en una de sus autobiografías. “Parece, efectivamente, que mantuvo toda su vida el amor a los escenarios y al público, la afición a la interpretación y al repertorio teatral e incluso, ya en edad avanzada, un cierto gusto por la teatralidad”: el juicio de Ayerza y Felgine, dos de sus biógrafas, explica en su origen una de las características del funcionamiento de Victoria Ocampo en público.

Tal vez el desempeño de ese papel de gran señora fuera la sustitución a su frustrada vocación de actriz. Una y otra vez se recuerda su imagen espléndida, su elegancia, su refinamiento. Como en la actuación, hacía de su cuerpo y su presencia un espectáculo. Esto puede leerse como uno de los elementos que determinan el funcionamiento “desubicado” de Victoria Ocampo en la cultura. Aunque se ha señalado reiteradamente el valor de sus crónicas y la fineza conquistada del lenguaje con que se analiza a sí misma, su mundo y algunos autores, no es por esto que tiene un lugar destacado en la cultura argentina.

En el reducto íntimo de la letra, escrita o leída, Victoria jerarquizó fundamentalmente a la ficción. Un don de creación que ella no tuvo y sí Silvina, su hermana menor. Desde muy temprano fue lúcida con respecto a sus posibilidades. Cuando tenía 17 años le escribió a Delfina Bunge: “No llegaré a nada en la novela. Tengo que escribir de forma intermitente y de la manera que quiero. No podré crear nunca un personaje porque, de hacerlo, lo arrastraría hasta mí (...) Todos mis personajes vendrían a ser disfraces de mí misma perfectamente insoportables”. Victoria decidió ser testigo y escribió mucho. Pero para ese necesario y discreto segundo lugar, fue demasiado ostentosa. Se ha señalado —no como un demérito—que siempre habló de sí misma hablando de otros.

LA REVISTA SUR. La aparición de Sur concreta una manera de decidirse a ser americana. Salió en español y esa fue una opción que tuvo que discutirse, para una mujer que, según cuenta, soñaba y recordaba en tres lenguas. Podría explicarse la manera de ser latinoamericana de la revista con la idea del “escritor en las orillas” que Beatriz Sarlo utilizó para situar a Borges. La universalidad surge del tener todo a disposición. Una frase extraída de una “Carta abierta” de Pierre Drieu La Rochelle publicada en el primer número concreta visualmente esta postura: “Dejad que todos los vientos del mundo atraviesen vuestra pampa....”

Sur estuvo signada por el cosmopolitismo desde su génesis: la idea fue originariamente una insistencia del escritor norteamericano Waldo Frank; su nombre fue gritado por teléfono por José Ortega y Gasset una noche en que Victoria lo llamó porque no se decidía por ninguno. El nombre y su presentación gráfica, la gruesa flecha hacia abajo, definen con rotundidad la decisión de verse como latinoamericanos. De todas maneras este no era un camino prefijado. Hubo marchas y contramarchas, discusiones, defecciones, persistencias. En el primer número, del 1 de enero de 1931, había fotos que mostraban distintos paisajes de la Argentina. “Creo recordar —dijo Jorge Luis Borges— que decía ‘Vista de las pampas...’, ¡en plural! Un verdadero manual de geografía. Victoria lo había hecho para enseñar Argentina a sus amigos europeos, pero resultaba un tanto extraño en Buenos Aires”.

Sur estaba programáticamente ajena al compromiso político. Así lo explica Victoria Ocampo en una entrevista de Danubio Torres Fierro: “Lo que me interesaba era el talento, no la política. Todo el mundo tenía derecho a pensar lo que quisiera en este campo. Evidentemente, los que se ponían al servicio del partido y hacían propaganda de él eran inmediatamente excluidos...”

LAS VIDAS DE VICTORIA. La crítica feminista, hoy en retroceso, avivó el afán por recuperar la presencia de mujeres en la historia y la cultura. En algunos casos se buscó a la mujer excepcional, en otros justamente a la que no lo era. Las que abordan la vida y la obra de Victoria Ocampo quedaron presas de su protagonismo, de la espléndida suma de dones que la conforma. El hecho de que sea materia interesante para la biografía porque sobresale, es uno de los problemas que hace difícil acercarse comprensivamente a ella. En su afán reivindicador les ha faltado a las biógrafas perspicacia para acercarse a las zonas oscuras y tormentosas de esta mujer demasiado luminosa.

María Esther Vázquez en su Victoria Ocampo. El mundo como destino aclara que este es un libro diferente, mucho más amplio, al que diez años atrás integró la colección de Mujeres Argentinas de la editorial Planeta y que conserva el esquema de comenzar cada capítulo con una fotografía “contada” de la biografiada. “Hoy creo estar más que nunca comprometida con ella” puntualiza la autora de este libro que podría describirse como un testimonio admirativo. Vázquez deja explícito así uno de los problemas fundamentales de su trabajo: esa no es la mejor disposición para comprender.

Hay párrafos que resultan imperdonables escritos por alguien que quiere proporcionar información y no acercar el sutil lenguaje de la discriminación. Dice Vázquez en un capítulo en que recrea la infancia y adolescencia de Victoria: “Los primeros compañeros de juegos de la ‘infanta’ como la llamaban en la casa del Tata Ocampo, fueron, además de Angélica, los hijos de los sirvientes, incluyendo un negrito que ella siempre quiso mucho y que recordaba con afecto”. Cuando Victoria parte en viaje de luna de miel con Monaco Estrada en diciembre de 1912, lo hace acompañada de una mucama a la que llamó Fani. Aclara María Esther Vázquez: “Su nombre era Estefanía, pero qué difícil resultaba una palabra tan larga para quien debía llamarla, a veces a gritos, continuamente. Entonces fue bautizada Fani. Era habitual que se eligiera para las mucamas nombres cortos o fáciles, olvidando el verdadero; no se hacía por maldad (mucho menos en este caso) sino por comodidad”. Si así son algunos de los juicios personales, los “históricos” sobre el peronismo, que Vázquez no logra evitar, son de una tilinguería solo explicable por prejuicios de clase. La biógrafa oscila entre tomar partido en forma inconsciente y consciente: esto no es un favor que le hace a su admirada Victoria, mujer compleja y contradictoria, que hubiera merecido una mirada capaz de problematizar su carácter, sus actividades, su “destino”. Dejando de lado la actitud y el tono de quien escribe, el libro se lee bien, porque María Esther Vázquez trabajó mucho, reunió cantidad de datos, y porque la vida de Victoria Ocampo permite fisgonear en numerosas figuras reconocidas del siglo XX.

Doris Meyer, residente en EEUU, amiga de Victoria, en su Victoria Ocampo. Contra viento y marea, realiza una documentada biografía en la que elige a la luchadora, a la heroína que en su enfrentamiento a un mundo machista carga con el estandarte del feminismo (en algunos momentos en forma consciente y voluntaria, en otros por su simple manera de actuar). El título está sacado de una frase ya citada de Victoria tomada de su Autobiografía en la que ella se refiere a su vocación por el teatro. Al dar la imagen de Victoria perseguida por el peronismo, cae en apreciaciones tan desubicadas e improcedentes para alguien que debería describir o explicar los hechos como las de María Esther Vázquez. Ninguna de las dos tiene ningún prurito en opinar ni ninguna destreza ni sensibilidad para la comprensión de la historia.

Se muestran también enamoradas de la mujer extraordinaria Laura Ayerza de Castilho y Odile Felgine, en su Victoria Ocampo, pero no están condicionadas por los presupuestos que encarrilan las miradas de las dos anteriores. Manejan muchísima información sobre Victoria y sobre los intelectuales con quienes ella se conectó. Ello hace de este libro un muy apreciable aporte a la historia de la vida intelectual en el siglo XX. Sostenidas por el designio de rescatar una mujer destacada, logran “hacer revivir su persona y sus actos”, tal como se lo proponen en la introducción.

Ni Beatriz Sarlo ni Sylvia Molloy eligen la biografía. Toman la obra y la vida de Victoria Ocampo para pensar algunos problemas. Sarlo, una manera de ser intelectual moderno y latinoamericano; Molloy, una manera de leer que es femenina y feminista.

LA BELLEZA DE LA REALIDAD. La interpretación sobre una vida no puede cerrarse; la comprensión del proceso cultural que tuvo a Victoria Ocampo como protagonista y testigo sigue abierta a la polémica. Tal vez resulte adecuado para dar una pauta de la lucidez alcanzada por esta mujer singular terminar con una cita de sus cartas. Le escribe a Roger Caillois, su protegido, amigo, amante, más de veinte años menor, cuando la relación amorosa ha terminado: “Perder ilusiones no quiere decir despojarse ni empobrecerse. No he lamentado nunca haber perdido las ilusiones, lo que sí he lamentado ha sido el tiempo que he dedicado a perderlas. La realidad, por dura que sea, tiene una belleza que no tienen las ilusiones”. Y dice más adelante: “¿Sabes de qué manera nos castigan los dioses? Pues atendiendo nuestros ruegos, porque nuestros ruegos se parecen a nosotros. Pero los dioses son lo suficientemente generosos para no tomárselos siempre al pie de la letra...” l

FUENTES

— Victoria Ocampo, de Laura Ayerza de Castilho y Odile Felgine, Circe Bolsillo, Barcelona, 1998.

— “Silvina y Victoria Ocampo”, de Liliana Heker, en Mujeres argentinas,Alfaguara, Bs. As, 1998.

— Contra viento y marea, de Doris Meyer, Sudamericana, Bs.As., 1981.

— “El teatro de la lectura: cuerpo y libro en Victoria Ocampo”, de Silvia Molloy, en Acto de Presencia, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

— “Victoria Ocampo o el amor de la cita”, de Beatriz Sarlo, en La máquina cultural, Bs.As., Planeta, 1998.

— Victoria Ocampo, El mundo como destino, de María Esther Vázquez, Seix Barral, Bs.As., 2002. Distribuye Planeta. 316 pag.



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