VIERNES 25 de octubre de 2002- Año 85 -Nº 29172
Internet Año 7 - Nº 2282 | Montevideo - Uruguay
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La casa nueva

Garson Kanin Frances Howard Goldwyn

EN SU LIBRO "HOLLYWOOD" (1974) el libretista y comediógrafo Garson Kanin dedica todo un capítulo al productor Samuel Goldwyn, con quien había trabajado.

Un fragmento recoge el recuerdo de Frances Howard, viuda de Goldwyn.

"Durante mucho tiempo habíamos pensado en construir nuestra casa propia. En realidad, Sam nunca la había tenido. Pero siempre fue un proyecto y nunca se nos había presentado la oportunidad. Un día almorzamos en casa de Joe Schenck y en la sobremesa, sentados en el patio, Sam miró repentinamente hacia una colina y nos dijo: "Esa es una espléndida colina. Sería un gran sitio para tener allí la casa propia". Fue una frase casual, nada más. Así que quedé sorprendida cuando nos íbamos, porque Sam insistió en que yo manejara el coche hasta la colina. Bien, tú sabes cómo es Beverly Hills, especialmente en esa zona, así que demoré mucho en encontrar el camino, pero lo encontré. Después caminamos entre los matorrales y me arruiné medias y zapatos, pero Sam estaba entusiasmado, como Balboa al descubrir el Océano Pacífico. Algo de ese sitio lo fascinaba y no pudo descansar hasta obtener los títulos de propiedad.

Y el día en que los consiguió, me dijo: "Ahora, querida, deseo que te ocupes de construir nuestra casa. Ese será tu trabajo. Lo haces sola y yo no quiero mezclarme porque no sé cómo se construye una casa". Le contesté "Yo tampoco, Sam". Pero él insistió. Eso fue todo.

Nunca discutió conmigo sobre arquitectos o planos o especificaciones o costos. Pronto descubrí que no quería discutir nada de eso. Temía que eso le distrajera de su trabajo en la empresa. Así que durante el año que demoró la construcción, el tema no fue muy mencionado. El estaba al tanto de lo que se hacía, desde luego, pero sin detalles.

Bien, si alguna vez has construido y equipado una casa, no tengo necesidad de explicarlo. Era un trabajo de tiempo completo, entre la casa y el terreno y el paisaje. La piscina. La cancha de tennis. Las alfombras, las cortinas, los muebles. Todo hecho desde cero. Bien, finalmente, finalmente, finalmente, se terminó, y llené la casa de flores. Todo pronto.

Una tarde recogí a Sam en la puerta del estudio. El conductor sabía mi plan, así que no hubo que decir mucho. Comenzamos el viaje. Había sido un día muy duro para Sam en el estudio, supuse. Parecía abrumado. Cuando llegamos al Coldwater Canyon, el conductor giró a la derecha y Sam le gritó. "¿Dónde va?". Le dije: "Tranquilo, Sam, está todo bien". Pero no le gustó y protestaba: "No estoy para paseos. Estoy cansado. Quiero irme a casa". Tomé su mano y le dije: "eso es exactamente lo que hacemos, Sam. Vamos a casa". Allí comenzó a hacerse a la idea. Al fin, al fin, después de tanto tiempo y de la espera y del enorme gasto en tiempo, en dinero y en energía, la casa estaba terminada. Me miró como si empezara a creerlo y apretó mi mano.

Llegamos al Laurel Lane y entramos en el camino y ahí estaba. Pensé que era la casa más hermosa de Beverly Hills, y lo sigo pensando. Nos quedamos sentados al frente y le dije "Estamos en casa, Sam". A partir de allí, Sam se comportó como un hombre que estaba soñando, y en cierto sentido así era. Llegamos a la puerta y la mucama nos abrió. Sam le dio la mano. Entró y empezó a flotar, mirando, mirando, mirando. No sé en qué pensaba él, pero cuando yo lo miraba, pensé en aquel pobre huérfano de trece años que llegó a un país extraño, sin saber qué sería de su vida. Y después, su trabajo con los guantes y después New York y las luchas y las desilusiones y el desastre de la primera película y la cercana bancarrota... y ahora estaba aquí, en la cima del mundo y dueño de una bella mansión.

Comencé a seguirlo. No decía una palabra. Miraba cada habitación, miraba los armarios, la sala de proyección, los cuadros en las paredes, el salón comedor (donde habíamos puesto toda la platería y la loza), la gran cocina, hasta que llegó a la escalera y ahí lo dejé subir solo, porque esa era la parte de la que yo estaba orgullosa. Había sido concebida, diseñada y ejecutada según mi comprensión de su persona. Estaba confiada en que le gustarían su dormitorio, su baño, su armario para la ropa, su estudio, todo lo que era el corazón de la casa. Quise que viera todo por sí mismo. Esperé en la planta baja, sabiendo que Sam quedaría impresionado con lo que viera. Entonces escuché su voz, muy imperativa. "Frances! Frances!". Corrí hasta el hall, pensando que Sam tendría alguna dificultad en expresar su alegría. Estaba arriba, al fin de la escalera. Otra vez gritó mi nombre. "Sí, querido, ¿qué pasa?". Y él dijo:

"No hay jabón en mi jabonera".

KANIN: Mrs. Goldwyn hace este cuento con mucho afecto y siempre obtiene al final una carcajada de alguien, pero me parece que es algo más que una anécdota. Expresa los rasgos que construyeron al hombre Samuel Goldwyn. Mientras se movía por su notable casa nueva, debió apreciarla, pero no miraba lo que estuviera bien sino, básicamente, lo que estuviera mal. Lo encontró.

No había jabón en la jabonera. Hay quien ve en esta historia a un mezquino y un ingrato. Otros opinan con fundamento que cuando un hombre ha invertido un millón y medio de dólares en una casa nueva, tiene derecho a encontrar jabón en su jabonera. *



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