Cuando Andrés Pérez ensayaba una obra armaba una fiesta a su alrededor. Los vecinos del barrio, los familiares de los actores y todo el que quisiera ir, podía verlo crear. Así quisieron despedirlo el 3 de enero. Sus amigos y familiares organizaron un velatorio con música y teatro para dar un último aplauso al director de 50 años que falleció a causa de una insuficiencia respiratoria, derivada de un cuadro de neumonitis provocada por el sida.
Pérez descubrió lugares para el teatro, formó a jóvenes actores y puso su firma a la obra que marca un antes y un después en la historia del teatro local: La negra Ester.
El poema de amor que Roberto Parra escribió para una prostituta de San Antonio no sólo es la obra más vista del teatro chileno, con 6 millones de espectadores en el mundo. Es también la obra que introdujo en Chile el lenguaje del circo-teatro que Pérez aprendió tras 6 años de residencia en el Théatre du Soleil, de Ariane Mnouchkine.
Fue un discípulo adelantado de Mnouchkine. Pudo realizar su carrera en Europa, pero sus raíces fueron más fuertes y regresó.
Andrés Pérez descansará desde hoy en el Parque del Sendero de Villa Alemana. Lo hará junto a su padre, un suboficial de Armada que nunca entendió el oficio de su díscolo hijo actor y que nunca asistió a una función teatral suya.
Imparable hasta el final
La vida de Andrés Pérez estuvo tan llena de contradicciones como la de su relación paternal. A los 11 años dejó su tocopillano hogar de seis hermanos para sumarse al trabajo y, por unos años, a la vocación sacerdotal. Terminó en Santiago estudiando teatro, militando en el MIR y bailando en el Bim Bam Bum junto a su ex compañera de banco del liceo, Rosa Ramírez. Con los años, ella sería su esposa, la madre de su hijo y su más fiel compañera en las largas jornadas que le tocó vivir en la UTI del Hospital San José.
A comienzos de los 80, junto a Juan Edmundo González, fue uno de los primeros chilenos en subirse a un par de zancos. Sacó el teatro a la calle en estado de excepción. Fue detenido, pero también fue descubierto ahí e invitado al Théatre du Soleil.
Desde su regreso no dejó de crear. Primero fue La negra Ester (1988). Luego, con el Gran Circo Teatro, vinieron época 70: Allende (1990), Noche de Reyes y Ricardo II (1992), Popol vuh (1992), La consagración de la pobreza (1995), Madame de sade (1998), Nemesio Pelao (1999), Visitando el Principito (2000) y La huida (2001).
Con esta última obra, Pérez, inevitablemente, comenzó a plasmar en su obra su procesión interior. El texto sobre la persecusión a los homosexuales en el gobierno de Ibáñez del Campo lo escribió en 1974, pero sólo 16 años después la quiso mostrar. Para estrenarla eligió unas abandonadas bodegas del Estado que descubrió en Matucana 100.
Cuando el gobierno no aceptó cederle la administración de las Bodegas Teatrales de Matucana, que él revitalizó durante todo el verano de 2001, Pérez entró en franca depresión. Pensó dejar el país.
Pero no paró de trabajar. En la Fiesta de Teatro a la Chilena de septiembre pasado remontó La negra Ester, La huida e incluso preparó, premonitoriamente, Viaje a la semilla, un montaje basado en el texto homónimo de Alejandro Carpentier donde un artista moribundo pasa revista a su vida. No alcanzó a estrenar la obra y partió de gira a Córdoba. A su regreso, en octubre, su cuerpo no resistió más.
Desde que Andrés Pérez llegó al Hospital San José, sus cercanos tejieron una fuerte red de apoyo en torno a él. El 22 de noviembre, en las afueras del hospital, amigos actores y productores participaron en un ritual para pedir por su salud. Al frente del grupo, tocando los tambores, estaba su hijo, quien llegó a Chile desde Francia.
También un rito, tal como los que le gustaban a él - sonoros, olorosos y coloridos- , veló sus restos. Su cuerpo estuvo hasta la mañana siguiente en el Teatro Providencia.
Sus palabras
Talento y vocación: Mi padre me contaba historias fabulosas y yo las reescribía. Creo que de ahí me viene el talento y la necesidad de narrar historias. 10 de diciembre de 2000.
Teatro callejero: Para mí la esencia del teatro callejero es que hay un llamado a repensar nuestro espíritu, desde los actores y hacia el público. Esto no es un arte para que la gente se acomode en el sillón. Si en la calle hablamos de dolores y horrores, hay un llamado a detenerse. 30 de junio de 2000.
Vida y obra: Muchas veces pensé tener más hijos. Aún tengo ese sentimiento, pero no se ha dado. No se ha dado que me enamore tan fuertemente de una mujer, como amé a la Rosa, para perpetuar ese amor en un hijo. Cuando he tenido parejas hombres, los resultados han sido puestas en escena, otras creaciones, otros hijos. 26 de noviembre de 1999.
Su último montaje: Estoy en una etapa de mi vida especial. Hay cosas que indudablemnte no voy a poder hacer porque ya se pasó el tiempo. Pero hay cosas que sí puedo hacer como dirigir ´La huida´, obra que nadie quiso hacer antes. Parecía que el tema de la homosexualidad y el de Ibáñez alejaba a la gente. 30 de junio de 2000.
Ofensas públicas: Fui muy maltratado. Eso (el desalojo de las bodegas de Matucana) fue una negativa a otra manera de hacer gestión cultural. No existe un sólo marco como lo asegura el gobierno. No estoy de acuerdo con que la clase política tenga tanta soberbia y arrogancia. 16 de agosto de 2001.
Después del escarnio, ganas de partir: El primer intento es viajar a un lugar donde te quieran y te reconozcan más. 16 de agosto de 2001.
Soy de un lugar: Aprendí muy rápidamente que pertenezco a aquel sector de la sociedad al que no se le entrega ninguna agregaduría cultural oficial. Y rápidamente la envidia desapareció y me fui al mundo de lo no oficial. 15 de junio de 2001.
La revista El Sábado publica hoy más detalles de la vida de Andrés Pérez en una edición impresa antes de su muerte.
Por Claudia Guzmán y Verónica San Juan
El Mercurio / GDA