La América del Sur de los glaciares, cordilleras, selvas, desiertos y ríos caudalosos vive disgregada en enormes espacios vacíos y gigantescas distancias.
Esa desmesura fue un obstáculo insuperable para el imperio español cuando estalló la revolución independentista. Sigue siendo hoy un obstáculo que nos encarece, nos demora y nos impide vivir como debiéramos.
Hay voces contrarias a la integración que sostienen con frivolidad que somos un grupo de países pobres que ni siquiera podemos comunicarnos entre sí. Esa gran verdad podría enunciarse con tono más constructivo. Porque no es que estemos incomunicados por deseo propio. Y menos aun que la incomunicación sea irreversible.
Estamos incomunicados porque somos pobres, pero además porque jamás reinó entre nosotros, la atmósfera imprescindible para encarar la histórica tarea de integrarnos. Hace algunas décadas que el clima favorece la integración, pero todavía en forma insuficiente. Hace poco que los sudamericanos comenzamos a mirarnos como aliados y a imaginar hipótesis de conflicto que no involucraran al vecino. Básicamente a partir de 1985 cuando Brasil y Argentina firmaron los acuerdos que en 1991 llevaron al Mercosur.
No todo ha ido sobre ruedas, les gusta señalar a quienes prefieren a nuestros países atados a socios lejanos. Esa verdad también podría ser dicha desde la misma orilla. ¿Acaso la sola firma de tratados podía finiquitar suspicacias y mezquindades? ¿A quién se le ocurrió que 10 años de Mercosur iban a ser más poderosos que 180 de enfrentamientos feudales? Si nuestras naciones ni siquiera lo son en el sentido profundo en que lo eran las naciones hoy desarrolladas en el siglo XIX. Sin ir más lejos tenemos en el Uruguay una guerra de patentes entre 19 pequeños reinos que prefieren no avenirse a ningún tipo de acuerdo colectivo. A la Argentina le cuesta normalizar los asuntos en Santiago del Estero o San Luis, que también parecen funcionar como pequeños principados.
La pregunta sería: ¿deberíamos esperar a que todo sea como la ortodoxia manda en nuestras naciones para recién ahí comenzar la integración? No suele ser así como opera la historia. Mas bien parece a la inversa. Lo más probable es que las guerritas estúpidas internas entre príncipes anacrónicos pierdan sentido cuando la columna vertebral de una América del Sur de infraestructura integrada y moderna ordene el movimiento de mercaderías y personas.
Necesitamos modernizar la infraestructura para reducir costos y acelerar los tiempos de transporte de insumos y personas. Es decir, para que nuestra gente, mucha gente y no pequeñas minorías, pueda aspirar a vivir como se debe.
Son tareas que las economías de Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, entre otras, resolvieron en el siglo XIX. El desarrollo de la infraestructura vial, ferroviaria y de canales de navegación fue decisivo para que alcanzaron primero su propia integración económica, para luego proyectarse al exterior.
¿Alguien piensa razonablemente que nuestros pobres y pequeños países podrían resolver aisladamente los problemas que aquellas economías no pudieron realizar sin producir enormes excedentes económicos y colocarlos fuera de fronteras en medio de una expansión que iba desde lo militar a lo financiero y que abarcó el siglo XIX y buena parte del XX?
América del Sur debe unificar sus mercados, racionalizar su producción, abaratar costos, modernizarse y combatir en conjunto a ese flagelo del consumo de drogas que destruye a los segmentos de jóvenes más pobres.
Finalmente, hay un debate no prioritario sobre formas organizativas para la unidad regional que obstaculiza y no debiera hacerlo, el sí muy prioritario plan de desarrollo de la infraestructura regional. Este es el debate central. Ninguna potencia amiga hará por nosotros lo que nosotros mismos no hagamos. Y una tarea de este alcance sólo puede encararse en forma mancomunada. No es cosa de países aislados, ni de planes inconexos.
El año 2004 será recordado más que por el lanzamiento de la Comunidad Sudamericana, que es una aspiración y no una realidad, por la decisión conjunta de integrarnos físicamente, de fortalecer las redes físicas de comunicación, para que personas y mercaderías puedan trasladarse más velozmente, más barato y con mayor eficacia. Ese ambicioso plan de siete ejes contará con la asistencia del BID y de la Comisión Andina de Fomento y no debe fracasar.
Daniel Mazzone
Editor de El País digital
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