Vistahermosa - "Pueblo fantasma". Esta leyenda escrita sobre un madero ilustra la situación de varias aldeas del municipio colombiano de Vistahermosa desoladas por las balas, las minas antipersona y las erradicaciones de coca.
El aviso está clavado en lo alto de un poste en el caserío La Albania, en la esquina de una discoteca sin puertas donde hace tres semanas retumbaban ritmos tropicales y hoy está muda y vacía al igual que una docena de viviendas.
"Vivíamos unas cien personas, pero nos fuimos hace un par de semanas porque la guerrilla (de las FARC) dio la orden de desocupar advirtiendo que se iba a dar plomo con el Ejército", cuenta Orlando Nieto, un jornalero de 45 años, durante una visita fugaz a su casa de madera y latas.
Lo mismo sucede en las aldeas vecinas de Palestina y Playa Rica, donde el 28 de diciembre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) mataron a 29 militares que venían de acompañar a un grupo de erradicadores de plantas de coca.
Tras ese ataque, el presidente Alvaro Uribe ordenó una campaña de erradicación masiva en la zona, bastión de las FARC, para golpear lo que se considera la principal fuente de financiación del grupo que compra a los agricultores la droga obtenida de la hoja de coca.
Esa ofensiva ha dejado desempleados a decenas de campesinos pobres que se van a otras regiones del país a probar suerte. En las últimas semanas se desplazaron unas 250 familias.
También en Playa Rica, el terror de las minas obligó a varios a marcharse.
El 15 de enero un niño de cuatro años murió y sus hermanos de 11 y 13 sufrieron heridas al explotar uno de esos artefactos mientras jugaban en el patio de su casa, en un hecho atribuido a las FARC.
Más de mil personas sufren cada año mutilaciones o la muerte por la explosión de minas en Colombia, tercer país del mundo en número de víctimas por esas trampas.
Los campesinos, en su mayoría cultivadores o recolectores de coca, se desplazaron a Puerto Lucas, un caserío vecino, y al área urbana de Vistahermosa, 250 km al sureste de Bogotá.
En Puerto Lucas ocupan viviendas abandonadas en el pasado por otros labriegos, sin servicios públicos, y en Vistahermosa se refugian en un coliseo donde reciben asistencia del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).
"Estamos aquí desde hace 20 días. Somos 45 personas", dice Nidia Gamba, de 26 años, quien está con su esposo y dos hijos menores en el polideportivo, donde los espacios por familia se demarcan con lonas verdes.
"Cuando empezó la erradicación, la guerrilla minó los potreros, las cercas y las orillas de los caminos. Daba pánico salir", agrega la mujer, y recuerda que dos días antes del éxodo un joven quedó ciego por una mina.
"Otro murió cuando cortaba unos plátanos y en la copa del árbol hubo una explosión", añade, y asegura que para presionar la salida de los campesinos la guerrilla baleó algunas casas y ella sólo alcanzó a sacar la ropa.
Las minas, sembradas también entre los cultivos de coca, dejan cuatro muertos este año en Vistahermosa.
Los desplazados de La Albania denunciaron que tras el éxodo los militares rompieron los candados, tumbaron puertas y se llevaron sus objetos de valor.
Rosa Romero, de 24 años, huyó de la aldea Buenos Aires a Puerto Lucas con su esposo y dos niños luego del combate en que murieron los 29 soldados.
"El Ejército dio la orden de desocupar, así que salimos sin nada. Uno de los soldados nos dijo poco antes de morir que corriéramos porque venía mucha guerrilla", recuerda.
La zozobra reina en Vistahermosa, en cuyos caminos rurales de fango y piedra se ven los cráteres que dejan las minas activadas por campesinos, semovientes y vehículos.
Esa sensación también se aprecia en los numerosos retenes del Ejército, donde las requisas son exhaustivas e incluyen a un personaje singular: un militar con pasamontañas de lana, a pesar de los 30 grados centígrados de temperatura, y lentes oscuros, que observa incisivo el rostro de los viajeros.
AFP