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 Miércoles 24.02.2010, 23:39 hs l Montevideo, Uruguay
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Agropecuario

Cambios y permanencias

POR NICOLÁS LUSSICH | nlussich@seragro.com.uy

El sol ya se fue y el atardecer pinta sus últimos colores en el horizonte. Ya en las casas, el productor prende la computadora, mientras acomoda algunas facturas y recibos.

Pone a cargar el celular, con la batería "agotada" de tanta llamada (que cuántos milímetros, o cuándo llega la ración, o cómo anduvo "la pantalla"). En la última le preguntó a un colega cómo cerró Chicago (ya ni falta hace aclarar que es el mercado de granos).

Con la ayuda informática se dispone a hacer algunas cuentas, mientras actualiza en Internet el pronóstico del tiempo. Llovió un poco en los últimos días pero se precisa más agua.

El día fue movido y mañana promete no ser menos: el contratista se atrasa con el ensilado y el tiempo viene complicado. El veterinario llega temprano a hacer los tactos y –no hay más remedio- hay que dar una vuelta por el pueblo, a cobrar unas pocas cuentas y pagar muchas otras. Esto no ha cambiado mucho.

Pero otras cosas, vaya que lo han hecho.

Allá por el 95, la soja era apenas un mal recuerdo para la agricultura y la siembra directa era motivo de discusión, más que de aplicación concreta. Después de mucho vacunar, la ganadería conquistaba sus primeros "nuevos mercados": EEUU abría sus puertas a la carne uruguaya, dulce conquista del "mercado no aftósico" que prometía el novillo a un dólar el kilo y buenos tiempos para los ganaderos.

El SUL promovía intensamente el acondicionamiento de la lana. Había 20,5 millones de ovinos y los vacunos, recuperados de la seca, ya eran 10,5 millones. Los eucaliptos rumbeaban para las 200.000 hectáreas, que en aquel tiempo ya asustaban. Los plantaban audaces inversores urbanos, mientras la mayoría de los productores miraban recelosos desde el otro lado del alambrado.

La reconversión granjera generaba más discursos que fruta y más litros de tinta que de vino. Eran tiempos de cebolla dulce y nadie sabía qué eran los arándanos. Las sequías y las lluvias se alternaban, como siempre, sin turnos fijos. Los meteorólogos proyectaban con impunidad la próxima catástrofe y algún experto decía que había un Niño y una Niña implicados. Como antes y como ahora, Nueva Zelanda era el ejemplo.

El celular era cosa de muy pocos, artefacto de lujo que pesaba cinco veces más que ahora y andaba sólo en la capital. La luz comenzaba a llegar a los pagos más apartados, pero había que juntarse a poner la plata.

Las computadoras complicaban más de lo que solucionaban y "la Internet" apenas asomaba en Montevideo. Por el campo ni aparecía.

"Quién te ha visto…", piensa el productor, mientras teclea con soltura las www y las @.

Por aquellos tiempos todo se discutía "de cara al Mercosur", desde el trigo hasta la uva. El bloque regional no había resultado tan fiero como lo pintaban: comenzó a funcionar a los tropiezos pero Brasil decidió bajar la inflación con el Plan Real, lo que prendió una aspiradora de demanda y comenzó a llevarse todo: ganado en pie, leche en polvo, trigo y fruta, mientras algunos se preguntaban cuánto iba a durar.

Por cuestiones climáticas, los precios mundiales de los granos se dispararon, y tras ellos las áreas de cultivo. Los chacareros, entusiastas, arriesgaron lo propio y lo ajeno, renovando maquinaria con ayuda bancaria. "Es la globalización", explicaba un analista.

La iniciativa le iba ganando espacio a la cautela y la deuda le iba ganando espacio al patrimonio. Uruguay iba camino a ser un país "estable", con inflación de un dígito, y era más fácil acceder al crédito. "Tal vez demasiado fácil", piensa el productor, mientras se ceba los últimos mates.

Crisis y después

Los 90 fueron años intensos y hasta parecían dar paso a cierto entusiasmo. Más allá de secas y aguaceros, dólar atrasado y problemas de mercado y sanitarios, la productividad y la producción crecían en casi todos los rubros. El trigo subió su rinde media tonelada, el arroz sumó 30 bolsas más por hectárea y la lechería pasó de 700 a 1.100 millones de litros remitidos.

Los ganaderos se animaban a las pasturas, el Lotus Rincón era la estrella ascendente entre las forrajeras y –si bien el procreo se resistía a mejorar– las vaquillonas comenzaron a entorarse más temprano, se adelantaban los destetes y el que no hacía tacto, por lo menos preguntaba.

Pero –en una suerte de "tragedia criolla"- los 90 terminaron mal, justo cuando parecía que íbamos en coche y podíamos poner cuarta y quinta. La devaluación brasileña, primero, y la crisis financiera, después, llevaron al agro, primero, y luego a todo el Uruguay a la crisis, dura, grave y profunda. En el 99, en un hecho sin antecedentes, las gremiales rurales convocaron a una multitudinaria manifestación en Montevideo. Caballos y tractores, paisanos y agricultores, peones y productores, autos y camionetas, transitaron por toda la capital, que –más que escuchar– miraba con curiosidad y asombro al campo en la ciudad.

Mientras pasa las cuentas de la veterinaria, el hombre tiene un recuerdo de aquella camioneta que lo paseó del Palacio Legislativo al Centro montevideano. "Estuvo bien", piensa,

"pero nadie nos dio pelota". Hubo que vender un pedazo del campo para pagar la deuda. A otros les fue peor, se consuela.

El país y sus gobiernos no actuaron a tiempo y lo que sufría el campo lo vivió luego toda la población. Seguramente, muchos de los productores que desfilaron en aquel abril del 99 ya no están en la tierra. Otros, que pudieron "pelearla" en la chacra y en el banco, siguieron adelante.

Algunos cambiaron decididamente su trabajo: de productores con tierra pasaron a ser empresarios de servicios, sin tierra pero con máquinas. Varios se achicaron o volvieron a arrendar algún pedazo, para apostar a una revancha que –mal que bien- se les está dando: los precios están firmes y las perspectivas son buenas. Los chinos comen cada vez más alimentos y parece que hoy, en el mundo, es mejor ser productor rural que banquero.

Hoy la tierra vale cinco veces más que hace 15 años y más de uno se ha visto tentado en vender, aunque ¿qué hacer con tanta plata?

Más de la mitad de los vecinos de hace 15 años ya no están. El pago se ha poblado con nuevos inversores capitalinos, varios argentinos y algunos otros, de más lejos. Más que nombres y apellidos, cada campo tiene hoy detrás una firma. Al dueño no se lo ve nunca, a los técnicos a veces, pero que la tierra se trabaja, no hay duda, aunque quedan cada vez menos para compartir un mate y hablar de novillos perdidos.

Hoy la soja anda por todos lados: ya es la reina del Litoral y se mete entre las sierras de Rivera o se entrevera con los tambos de San José. Es –por lejos– el principal cultivo del país en área, y llegó para quedarse. Producimos el triple de trigo y crece sostenido el maíz. Las ovejas se ven cada vez menos, las vacas están un poco más apretadas, trabajan un poco más (no le pidan más de un ternero por año) y los novillos se faenan más jóvenes, aunque mejor alimentados. A la carne uruguaya ya le quedan pocos lugares del mundo por conocer.

Optimismo y cautela

La duda es si este moderado optimismo de hoy, no será pariente del de hace 15 años. "No…", piensa el productor, buscando convencerse mientras responde unos correos. En una combinación de crecimiento por varias vías, el campo ha sido protagonista de un excelente ciclo para la economía uruguaya, que alienta a pensar que podemos ser un país bien desarrollado, sin tanta gente en la pobreza y con todos bien puchereados.

El agro crece y esto tiene causas múltiples: buenas condiciones naturales, nuevas tecnologías, firme demanda mundial y políticas públicas.

Hay sectores que ya eran dinámicos 15 años atrás (lechería, arroz, la propia ganadería), y hoy vuelven a mostrar mayor productividad y producción, superando los números de antes.

Además, también crece el sector forestal, inicialmente impulsado por una política de Estado que resultó exitosa: hay árboles por todo el territorio y ya se viene la segunda planta de celulosa. Finalmente, se ha desatado una verdadera revolución agrícola, sector que hoy lidera las exportaciones y que promete, en los próximos años, entrar en mayor sinergia con la producción animal.

El crecimiento se ve y se siente: las agroindustrias invierten y se expanden; hay un silo nuevo aquí, una nueva planta de raciones allá; aquellos chircales, contra la ruta, verdean hoy soja y mañana trigo. Las casas están bien pintadas y los alambrados parejos, muchos nuevos.

Mientras anota la cuenta del molino, recuerda la primera vez que trajo ración para el ganado. "Un desparramo", rememora con una sonrisa. La ración no se fue más y hoy es clave en la producción del establecimiento.

Las máquinas son mejores y más grandes, aunque hay poca gente que sepa manejarlas.

En la "Agronomía" de Paysandú, los estudiantes ya tienen ofertas de trabajo y hasta pueden elegir: es la profesión del presente. Los veterinarios se desdoblan para estar en todos lados y contratan más técnicos colaboradores, para atender los rodeos y planteles.

Ya no es necesario recordar que el productor es un empresario, como se insistía en los 90: casi todos tienen sus técnicos y asesores, propios o en grupo. Tienen que lidiar cada vez con más información y, por eso, varias costumbres de cuando la cosa era a otro ritmo se van perdiendo. Las tradiciones camperas más queridas se reviven en las fiestas gauchas y las exposiciones, pues en el campo se ven cada vez menos.

Dichas tradiciones y su cultura se han ido con el tiempo y con la gente. Muchos veteranos camperos hace rato que se rebuscan en el pueblo o la capital. La muchachada le dispara al campo, por mejor que se la trate.

Y no se fue solo el folclore: trabajar con las vacas o la tierra no se aprende de un día para el otro, por más tecnología que se tenga y por más clases que se tomen. Trabajar en el campo es duro, en el siglo XX y en el XXI, y la pericia y el carácter necesario para encarar las tareas rurales se va perdiendo. No hay gente y eso es un profundo problema.

Desafíos

El productor apaga la computadora. Pudo más el cansancio y la liquidación de los jornales quedará para mañana. "Todavía hay tiempo", piensa, mientras se pregunta si podrá retener al joven peón que reclutó hace pocos meses, antes de que lo tiente alguna empresa o se vaya a la ciudad. Es que el muchacho es prolijo y avispado, combinación difícil de encontrar.

Trabaja bien y aprende. No es que gane poco ni viva incómodo: tiene todas las facilidades y más. Pero trabajar en el campo es estar mucho tiempo solo y eso, a los que tienen menos de 30, no les gusta.

Él lo sabe bien porque mira a los suyos, mientras se acomodan para comer algo antes de acostarse. La mujer trabaja en el pueblo y hace ya un rato volvió con los gurises. Mientras pone la mesa le comenta -como al pasarqué van a hacer el año próximo porque la mayor –que siempre trae buenas notas– debería arrancar liceo y, en el pueblo, liceo no hay.

Son esas preguntas que surgen en la pareja y que –los dos saben– no tienen respuesta fácil.

Entre capital departamental y capital nacional estará la cosa, si los números lo permiten.

"Suerte que la patrona trae el sueldo todos los meses –piensa-, porque el campo da plata cuando quiere". A los niños les gusta vivir aquí, pero la educación está primero, ni hablar. Ya pensarán cómo hacen.

Antes de dormir, el productor manotea de la mesa de luz el último Agropecuario de El

País. "Agrofuerte", dice en la tapa. "Ojalá", piensa. Arranca leyendo una nota sobre ganadería y pasa a otra que alerta sobre la caída del tipo de cambio. "Qué parecido a aquellos años", piensa preocupado.

Luego, una nota sobre lechería, pero lo vence el sueño. Es tiempo de cargar las pilas para mañana. La del celular ya está pronta.

Afuera, brillan las estrellas.

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