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Las bolsas de todo el mundo expresaron la crisis financiera
POR JORGE CHOUY | jchouy@seragro.com.uy
Estalló la burbuja financiera inflada a lo largo de varios años y el mundo se asoma con asombro a las puertas de una recesión global.
Siempre oímos hablar de la crisis del 29, la Gran Depresión, el Jueves Negro y todo tipo de ominosas mayúsculas que jaquearon al capitalismo y a la economía mundial en su momento.
Pues ahora tuvimos la oportunidad de presenciar y de participar (tal vez como víctimas) de un cataclismo económico a escala mundial, tan monumental como intempestivo.
Se dice que la culpable es la codicia sin medida, pero la codicia es el motor del sistema. "Enriquecerse es glorioso" dijo Deng Xiao Ping, el gurú verdadero del capitalismo salvaje de estos tiempos.
Ahora resulta que el que tuvo la culpa que Alan Greenspan: después de dos décadas manejando la plata de EEUU y del mundo, pasó de dios a demonio a la misma velocidad que se derrumbaban las bolsas.
Dicen los acusadores que la excesiva liquidez que fomentó la baja de las tasas de interés continuada durante años, sumada a la incontrolada creación de instrumentos financieros, provocó un alza de los valores de los bienes y los activos financieros que no guardaba ninguna relación con la realidad. Se vivía en un carnaval y todas las gráficas que proyectaban el futuro apuntaban al cielo.
El recalentamiento se dio principalmente en el mercado inmobiliario de EEUU, con valores que aumentaban día a día, pero que igual encontraban compradores, "apalancados" por el financiamiento libertino.
Como sobraba plata de esos préstamos contra hipoteca, el beneficiario, independientemente de su ingreso real, podía cambiar de auto, viajar, darse otros gustos, ya que no todo es lucha en esta vida. El fuego constantemente alimentado llevaba al alza los valores de los inmuebles y después a todo lo demás, en un proceso que se expandía por todo el planeta.
Los inventores e impulsores de las martingalas de la timba eran remunerados con bonos de millones de dólares, porque traían ganancias enormes a sus instituciones.
Un día, cediendo a otros impulsos, las tasas de interés iniciaron un alza que inmediatamente desnudó la debilidad financiera de gran parte de los deudores hipotecarios, que no pudieron seguir pagando las cuotas y terminaron con bandera de remate en la puerta de sus casas.
Tampoco pudieron renegociar, como cualquier deudor, pidiendo ajustes en sus condiciones particulares, porque estaban disimulados en paquetes, fichas que estaban jugando agrupadas en el tapete de la ruleta general.
La abrupta baja de los valores hizo caer a los bancos hipotecarios en EEUU, luego a los bancos de inversión –especializados en la especulación– y enseguida tocó el turno de los bancos comerciales, los verdaderos gigantes, íconos del capitalismo.
De rebote cayeron las grandes aseguradoras, las mayores del mundo, que en la calesita garantizaban el pago de operaciones predestinadas al fracaso. También de rebote, el descrédito, en el sentido literal de la palabra, salpicó a las calificadoras de riesgo, que condecoraron con galones a todas las aventuras imaginables.
Esto ocurrió en EEUU, después en Europa, y enseguida en todo el mundo, porque la globalización, que hizo copartícipes necesarios a los demás países, difundió a todos los rincones los efectos del crac.
Los gobiernos, en primer lugar el de EEUU, debieron salir a apoyar a las instituciones financieras, haciendo pagar a los ciudadanos comunes el costo de la crisis.
Por más que se indignara, la gente tuvo que tragarse ese sapo sin patalear, porque el riesgo de una profundización de la crisis -la instalación de una recesión mundial- es la peor pesadilla imaginable.
La compra por parte de los Estados de las carteras "podridas" (tóxicas, les llaman ahora), las inyecciones masivas de liquidez para restablecer el crédito, la compra de acciones –verdadera nacionalización total o parcial de los bancos–, la intervención en las bolsas con compras estratégicas, las garantías y los apoyos específicos a determinadas instituciones, alcanzan sumas estratosféricas, pero, hasta ahora, no se ha frenado la caída.
Al cierre de esta nota, los bancos no se prestan ni entre ellos, la desconfianza cunde. Cae el consumo y cae la llamada "confianza del consumidor", base de la disposición a consumir y, también, a invertir.
¿Y la tercera ola?
La primera ola del tsunami (figura reiteradamente recordada en estos días) destrozó a los circuitos financieros; la segunda ola pega en la economía real, a través de varias vías que se retroalimentan entre sí: las trabas en el comercio por interrupción de los créditos a los agentes, la baja en el precio de los productos, la retracción de los consumidores, la caída en el empleo y el ingreso de las poblaciones, en definitiva por múltiples causas que provocan la caída de la actividad económica.
El fantasma de una recesión global, de una depresión al estilo de la mítica de 1929, golpea en el imaginario mundial.
El ánimo de la gente en las sociedades más ricas está alterado, cunde el insomnio, las crisis de pánico y el consumo de tranquilizantes entre los ejecutivos y la gente común. En las ciudades de EEUU se organizan servicios religiosos especiales y cadenas de oración para financistas y hombres de negocios de todos los credos.
Curiosamente, el dólar, la moneda del país donde se desató la crisis, aumentó fuertemente de valor respecto a las demás, luego de un largo período de caída. Esto sucede a pesar de que el mundo está empapelado con dólares, lo que traerá otros problemas.
Otro tanto ocurre con los bonos del tesoro estadounidense, donde recalan muchos capitales, aunque, por la misma razón, no pagan intereses. Los expertos (que ahora nos enseñan sobre la crisis) dicen que se trata de una "huída hacia la calidad" (más paradojas). Las bolsas se derrumbaron, la pérdida de valor de las empresas es incalculable.
El 70% de las familias estadounidenses tiene colocaciones en papeles que cotizan en esos mercados. La plata que sale de la Bolsa se queda en dólares abajo del colchón.
Los asalariados, que hacen sus aportes para el retiro en fondos que tienen toda o gran parte de su cartera invertida en las bolsas, llevan perdidos a esta fecha cerca de 40% de su capital, suspenden sus pagos y se quedan con la plata, líquidos, e inseguros.
Justo al borde del fangal
Si bien se sabía que la situación de los mercados hacia mediados de este año no respondía a la realidad, que había componentes especulativos distorsivos y que en algún momento esta locura se iba a terminar, nadie fue capaz de anticipar cuándo se venía: todo se precipitó de un día para otro, se cayó la estantería sobre la cabeza de los operadores, analistas, políticos, empresarios y público común.
Dice el financista Warren Buffet que se dio el fenómeno "Cenicienta en el baile": está tan bueno que seguimos bailando hasta última hora, pero resulta que no había relojes en la pared, y cuando quisimos acordar dieron las 12 y, de golpe, se acabó el encanto.
Lo malo es que estas crisis traen aprietes para los más indefensos y débiles. Se exacerban las peores lacras en los países ricos con muchos inmigrantes: se agudizan el racismo y la xenofobia, aumenta la desocupación con perfiles de exclusión.
Entrecasa
Por lo menos, hasta ahora no hay corridas bancarias importantes, y menos entre nosotros. Los bancos que operan acá, que vivieron una crisis reciente, tienen gran parte de sus fondos en encajes obligatorios en el Banco Central y otra parte en depósitos en el exterior; tienen poca exposición a los puntos de crisis.
En nuestro país el peso se devaluó, aunque a menor velocidad que las monedas de nuestros competidores.
Las perspectivas son preocupantes: los mercados a los que exportamos están trabados, hay dificultad para colocar los productos y, en el mejor de los casos, se colocan con importantes bajas en los precios.
Los primeros impactos negativos se dieron en el complejo cárnico.
La industria del cuero está reduciendo su nivel de actividad. Los precios de los cueros de faena se desplomaron y hoy ni siquiera hay compradores. Los cueros de campo directamente no tienen colocación.
La cadena lanera, incluida la industria textil lanera, sufre un nuevo golpe al inicio de la zafra.
Los granos bajaron violentamente de precio, como vemos en las páginas 48 y 49, y, para peor, el clima no está ayudando a gran parte de los cultivos de invierno, implantados con altos costos y otras expectativas de precio.
Los precios de los lácteos se derrumbaron en el mundo, y también el de la leche al productor, y también las perspectivas de rentabilidad para el ejercicio próximo, como lo advirtió FUCREA en la reciente jornada de lechería.
Algunos efectos ya se reflejan en las rentas por todo tipo de campo, con bajas pronunciadas e incluso con planteos de renegociación de otras que están vigentes.
Afortunadamente, la situación financiera de los establecimientos está –en general– saneada, están capitalizados y con bajo endeudamiento en dólares.
Un amigo menos
Dos temas resultan particularmente importantes para nuestro país: la cotización del tipo de cambio de Brasil, que viene devaluando más que nosotros y amenaza despegarse, como ocurrió en el 99.
El prolongado fortalecimiento del real frente al dólar dejaba a Brasil como el único país con el que aún teníamos competitividad positiva, a pesar de la caída en el tipo de cambio real que veníamos sufriendo.
Esa situación favorecía a nuestras zonas de frontera -que vivieron una fiesta inolvidable-; impulsaba las exportaciones (con unos U$S 800 millones en lo que va del año, 16% del total, Brasil es el principal destino de nuestras ventas) y las ventas no registradas, y atraía crecientemente a los turistas de ese origen. Todos beneficios que corren peligro de desaparecer y hasta puede revertirse la dirección de los flujos por esta sola causa. Es más: hay efectos instantáneos, ya está ocurriendo.
También Australia y Nueva Zelanda, competidores nuestros en varios productos, están devaluando más que nosotros y amenazan desplazarnos de algunos mercados en los que concurrimos.
Las salidas
Se hablaba mucho de la nueva composición de la demanda mundial, con la participación relevante de los países emergentes, en especial los del BRIC (Brasil Rusia, India y China). Pero estos países, sumados, representan apenas 20% del PBI mundial (solo, EEUU representa 27%) y, además, dependen de la demanda de los países ricos para mantener su nivel de actividad.
El otro factor que iba a sostener la demanda mundial de granos, y de rebote todos los alimentos, provendría de los biocombustibles, pero dependen en gran medida del precio del petróleo, que ahora se desmoronó y está dejando a la intemperie a muchos emprendimientos que crecieron a la sombra de los altos valores. En EEUU hay ya varias plantas de etanol que están en concordato.
La baja del petróleo es fundamental para nosotros. En los 12 meses anteriores a agosto de este año, la importación de petróleo y destilados llegó a U$S 1.888 millones, una cifra desmesurada para nuestra economía, aunque habría que descontarle unos U$S 220 millones de exportaciones de nafta realizadas por ANCAP en ese período.
El futuro
¿Qué va a pasar en Uruguay? Joaquín Secco, en páginas 22 a 24, arriesga algunos pronósticos sobre el escenario que se instalará luego de pasada la nube atómica. Hay riesgos y heridas, pero también oportunidades.
La fiesta se acabó. La burbuja explotó y ahora hay que recoger los pedazos para seguir andando, algo en lo que los uruguayos, curtidos en las crisis, estamos acostumbrados a hacer.
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