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¿QUÉ TIPO DE CORDERO DEBERÍA PRODUCIR EL URUGUAY? (PRIMERA PARTE)
Rompiendo paradigmas

POR GIANNI BIANCHI | Ing. Agr., PhD, Prof. Agregado UDELAR-EEMAC (Paysandú) | tano@fagro.edu.uy

La pregunta no admite una única respuesta y quizás debería reformularse: ¿qué tipo de cordero el país no está produciendo? Además, ¿qué implicancias tiene ello?, dado el contexto de los sistemas de producción y las alternativas tecnológicas cada vez más intensivas que se implementan en nuestro campo, en un escenario de precios de la tierra desconocidos para el país y que, como consecuencia, han ido "embretando" a la oveja en las zonas más marginales y por ende menos productivas1.

En nuestra época de estudiantes nos enseñaron dos enunciados que hoy ya no son ciertos (al menos en su totalidad): el primero, que la correcta elección y posterior ejecución de un Programa de Mejora Genética tenía mucho más impacto en los sistemas de producción que la elección o forma de utilización del recurso racial: el segundo, que el sistema de producción predominante era lanero y el ingreso hacia el interior del rubro estaba explicado en más de 70–80% por la lana.

Si bien la elección y ejecución de un Programa de Mejora Genética es importante, más lo es la elección de la raza y la forma de utilizarla. Basta recordar que un kg de lana Merino se cotiza actualmente a más del doble de lo que lo hace la lana mayoritaria del país y que la producción de un Corriedale, por ejemplo, no genera en términos físicos el doble de lo que produce un Merino y tampoco insume tantos menos cuidados, desde el punto de vista sanitario, como para "empardar" tal decisión.

En la producción de carne pasa otro tanto, nadie puede discutir en forma objetiva que la tecnología de los cruzamientos, utilizando carneros de razas carniceras, supera ampliamente –física y económicamente– a la que se puede obtener a partir de razas laneras o doble propósito2. Respecto al segundo enunciado, y salvo para los casos en que se explote Merino fino y superfino (que, convengamos, son los menos), el ingreso mayoritario actual –y desde hace ya algunos años– es por carne (>_65%).

En base, entonces, a la desmitificación de estos dos enunciados, en el desarrollo de este trabajo discutiremos, en dos notas continuadas de esta revista, qué cordero debería producir también el Uruguay y por qué razones.

Nótese que se señala "también" y no "en lugar de", conforme consideramos válida la producción de cordero pesado tradicional.

¿Tiene vigencia el doble propósito?

Otro paradigma de nuestra producción ovina tradicional. También en nuestra época estudiantil se nos enseñaba que, considerando los grandes productores-exportadores de lana y carne ovina (Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina y Uruguay), nuestro país era el único que "estratégicamente" cubría un segmento del mercado "descuidado" por nuestros competidores, en el entendido de que los otros cuatro países estaban especializados en lana (Australia, Sudáfrica y más recientemente Argentina) o carne (Nueva Zelanda).

A tal punto que, en más de una oportunidad, nos hemos jactado de señalar que somos el país que más Corriedale posee, sin preguntarnos si eso necesariamente es una virtud.

Bueno, una rápida mirada a nuestros competidores, sobre todo a aquellos que reciben reiteradas visitas de delegaciones de productores y colegas uruguayos (Australia y Nueva Zelanda), parecen responder a dicha interrogante. En Nueva Zelanda –país donde se originó el Corriedale– hay cada vez menos majadas Corriedale en estado puro (a pesar de lo cual seguimos importando genética Corriedale de ese país).

Sí hay Romney Marsh, que se utiliza como base para producir los más de 20 millones de corderos que genera este país anualmente. Pero nos centraremos –en particular– en lo que Australia ha hecho en estos últimos años (y elegimos Australia para romper con otro paradigma, que es el referente al antagonismo entre lana y carne de calidad, también erróneo, por cierto).

Esto ha sido motivo de otro trabajo, recientemente publicado3, por lo que sólo recordaremos que mientras en el período comprendido entre inicios-mediados de la década del 90 y el año 2005 Uruguay prácticamente liquidó su stock, aunque sin cambios significativos en la composición racial.

En Australia (principal exportador y productor de lana fina del mundo), también existió una disminución en su stock (eso sí, menor que la registrada en nuestro país), pero también cambios en su composición racial: mientras que en el ejercicio 1996-1997 el 92% de los vientres eran Merino Australiano –y sólo 5,5% eran hembras cruza–, apenas ocho años más tarde el Merino Australiano representó el 85% de los vientres servidos, en tanto que las hembras cruza duplicaron su participación (de 5,5% a 11,4%).

Estos casi seis millones de ovejas cruza son, principalmente, producto del cruzamiento de ovejas Merino Australiano con otras razas paternas, buscando conferirle a la hembra F1 una mayor precocidad sexual (primer servicio como diente de leche), más corderos y capacidad lechera para criarlos.

En forma análoga, al principio del período poco más de 74% de los vientres fueron servidos con padres Merino Australiano y, si bien en ese momento más de 16% de las hembras ya eran servidas por carneros de razas terminales, hacia el final del período se cruzó el 28% de las hembras y sólo el 63% de las ovejas fueron servidas con padres Merino Australiano.

En otras palabras, sin resignar su posicionamiento en materia de lanas, encontraron en la tecnología de los cruzamientos (rápida, versátil y económica) una forma de agregarle competitividad al rubro ovino.

Las cosas no pasan por casualidad, estos cambios –entre otros– permitieron no sólo consolidar la corriente exportadora australiana (de exportar 20% de su producción de corderos pasó a exportar 35%), sino que contribuyeron a facilitar el acceso a nuevos mercados, como el norteamericano, que pasó a constituir el principal destino comercial de sus corderos (30% en volumen y más de 40% en dinero), prácticamente triplicando los valores de inicio del período4.

Uruguay, con el surgimiento del cordero pesado a partir de 19965, comenzó a volcar al mercado volúmenes crecientes de carne de cordero provenientes de canales de mayor peso. Este cambio tecnológico constituyó una excelente propuesta, sobre todo en momentos en que el rubro estaba en "jaque".

No obstante, no es menos cierto que la propia propuesta no implica grandes cambios a la ovinocultura tradicional; de hecho, en su mayoría, se engordan corderos puros de las razas laneras predominantes, particularmente Corriedale, que nacen en primavera (aprovechando el pico de forraje de nuestras pasturas naturales y las –al menos probables- mejores condiciones climáticas de parición para animales que lo hacen a campo), se mantienen al pie de sus madres hasta inicios del verano, momento en que son destetados con 22-24 kg, luego, los corderos solos, son mantenidos todo el verano en campo natural y en el otoño, pero casi siempre en el invierno siguiente, se engordan y terminan en pasturas mejoradas, vendiéndose "pisando" el año de edad, previa esquila de un vellón, cosa que constituye una fortaleza adicional de la propuesta.

Esta práctica, que responde a una racionalidad por demás lógica de parte del productor, que no recibe ningún incentivo decente por vender antes su producción (aunque vale la pena destacar las señales, tímidas sí, pero señales al fin, de Central Lanera Uruguaya, que a partir de esta zafra pagaría un incentivo por entregar antes la producción), atenta contra cualquier estrategia lógica de un país que, como exportador nato que es de carne ovina, debería tener presencia sostenida todo el año, basta comparar (salvando obviamente las cantidades), cómo se distribuyen las faenas locales y las de Australia (Figura 1).

Pero, además, esta lógica de producción parte de la base de que la estrategia de "hacer la plancha" en verano y recurrir a escasos períodos de crecimiento sostenido, es gratis. He aquí otro paradigma erróneo en Uruguay. Veamos la información que se presenta en la Figura 2.

Un análisis rápido de la Figura 2 permite señalar que animales en mantenimiento no crecen –y por lo tanto tampoco generan ingresos- pero sí generan costos por concepto de alimentación que se destinan en su totalidad a su mantenimiento. Conforme la tasa de crecimiento aumenta, una mayor proporción de la alimentación se dirige a satisfacer las exigencias de ese crecimiento: 0, 39 y 62%, partición de la energía hacia crecimiento para corderos con crecimiento nulo, moderado y alto, respectivamente.

En consecuencia, conforme el animal crece, disminuye el peso relativo de lo destinado a mantenimiento y, por ende, mejora el resultado físico y económico de la actividad. Parece algo de Perogrullo, pero en base a esta información, y más allá de que pueda cuestionarse alguno de los coeficientes utilizados por Garibotto, el resultado no cambia y es por demás elocuente y gráfico: desde todo punto de vista resulta más racional mantener altas tasas de crecimiento animal.

Y acá desembocamos en la pregunta que originó esta nota. No es precisamente con razas laneras o doble propósito que vamos a maximizar las tasas de crecimiento animal y competir con otras alternativas, que, como señalábamos al principio de este artículo, resultan más rentables.

Para competir en serio y para que la oveja vuelva a los lugares monopolizados, entre otros, por un cultivo de soja transgénico, que todavía no hemos dimensionado en qué terminará este negocio para unos pocos, mayoritariamente extranjeros, pero que sin dudas dejará secuelas en nuestro país6, hay que producir carne en forma eficiente y eso es sinónimo de cruzamientos, ¿por qué no directamente razas carniceras puras como se usan en otros lados?

Porque las razas carniceras no son numéricamente importantes, lo cual no quiere decir que no puedan realizar una significativa contribución a la producción de corderos, sobre todo con las tecnologías reproductivas que últimamente se utilizan cada vez más –y con éxito– en el país.

Pero, además, porque la propuesta no pretende eliminar las razas tradicionales que han demostrado una clara adaptación al país, sino mejorar su desempeño reproductivo en grado importante y utilizarlas en la forma más eficiente.

El doble propósito que mayoritariamente (en "negritas" para que se entienda que también existen dobles propósitos rentables, pero convengamos que son los menos) se produce en el país está agotado, no sólo por la lana que produce (>28-29 micras), sino también por el lado de la carne (ganancias diarias durante el año que no superan los 100 g y procreos bajos e "inamovibles": en una perspectiva de largo plazo, seguimos precisando dos ovejas para destetar un cordero al año; más allá de la mejora registrada en estos últimos años, que nadie puede atribuirla a que el sector haya adoptado un paquete tecnológico más exitoso, sino que más bien se debería atribuir a las excelentes condiciones climáticas durante los servicios y las pariciones, y las consecuencias que ello tiene en un sistema de producción a "cielo abierto" como se realiza en Uruguay).

Distinta podría ser la situación bajo un doble propósito de lana media-fina y también con buena producción de carne. Esta opción, que además de estar presente en algunos buenos criadores Corriedale, Ideal o Merilín, existe en el país y se llama Dohne Merino, pero dista bastante de convertirse en una alternativa numéricamente importante, entre otras cosas porque –a pesar de que hay majadas Corriedale y de otras razas doble propósito que se están cruzando o directamente absorbiendo con Dohne– el precio de los ejemplares puros (que es al tipo de material que habría que apostar) es una limitante real (al menos en el corto plazo), pero sobre todo porque esta raza no está "pensada" para el tipo de cordero que sostenemos es el que mejor se adecua a una ovinocultura intensiva donde los ingresos mayoritarios sean por carne y no por lana.

¿Por qué? Porque, entre otras cosas el cordero que Uruguay debería comenzar a producir masivamente (y obviamente la industria reconocer y pagar más por dicho producto) es un animal que deja cerca de 20 kg de carne, magra, tierna y en un período inferior a los cinco meses de edad, donde la lana –que también se le extrae a este animal previo a su sacrificio– se paga como lana de cordero y, salvo que sea negra o con fibras pigmentadas evidentes, es independiente del biotipo que la produzca.

A este cordero, no hay dudas, hay que generarlo a partir de una cruza, pero tan importante como la decisión de cruzar es definir qué raza paterna elegir. A estos temas nos dedicaremos en el próximo número de El País Agropecuario.

1 Ver : BIANCHI, G. y GARIBOTTO, G. 2008. ¿Lana o Carne? La oveja "embretada". El País Agropecuario No 155: 30-35.

2 Ver: BIANCHI, G. 2007. Alternativas Tecnológicas para la Producción de Carne Ovina de Calidad en Sistemas Pastoriles. Editorial Hemisferio Sur (Montevideo, Uruguay). 278 p.

3 Ver: GARIBOTTO, G. 2007. Producción de carne ovina en el Uruguay: la década perdida. Suplemento Agropecuario de El Observador No 709. 8 de junio de 2007.

4 Ver: GARIBOTTO, G. y BIANCHI, G. 2008. ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA INVERNADA DE CORDEROS In: XXXVI Jornadas Uruguayas de Buiatría, 12 al 14 de junio, 2008. Paysandú. Uruguay.

5 Ver AZZARINI, M. 2003. El cordero pesado tipo SUL. Un ejemplo de desarrollo integrado en la producción de carne ovina del Uruguay. In: 12º Congreso Mundial de la raza Corriedale. 1-10/9/2003. Montevideo. Uruguay. Conferencia (CD-ROM) y pp: 11-17.

6 Ver: BLUE, A., NARBONDO, I., OYHANTCABAL, G. y SANCHO, D. 2008. RAP-AL. Uruguay. Marzo 2008. 197 p.

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